Fascinante misterio el del cuerpo

Jueves, 15 diciembre, 2011

Hace unos días la liturgia del Adviento nos recordaba que: Toda carne es hierba y su belleza como flor campestre… (Is 40, 1-11).

Fascinante misterio el del cuerpo humano. Afirmar que el cuerpo es una de las fuerzas más poderosas que posee el ser humano me parece que no es exagerar. Evidentemente no me refiero a su fuerza física, sino a la fascinante y gigantesca fuerza que difunde con solo ser mostrado. Hay en él un brillo poderosísimo que evoca su origen modelado por el mismo Dios…  

Toda carne es hierba y su belleza como flor campestre… (Is 40, 1-11).  

Fascinante misterio el del cuerpo. Y es que desde la caída original la hermosura de esta obra de Dios resulta con frecuencia deslumbradora y violenta para los demás. Por eso el pudor, que está mucho más inscrito en nuestra naturaleza de lo que pensamos, resulta la forma más eficaz de proteger a los demás del brillo de nuestro cuerpo. Porque del mismo modo que un automóvil me deslumbraría e impediría conducir si me enfocase con la luz larga de sus poderosos faros, así cuando una persona hermosa exhibe su cuerpo con la intención de deslumbrarme, violenta mi libertad de tal modo que no me deja otra opción que cubrirme o ser devorado por una luz que yo no he elegido; porque ya no puedo seguir adelante como si tal cosa.

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¿Qué es la “voluntad propia”?

Sábado, 17 abril, 2010

En Oriente se apreciaba mucho la vida eremítica, en soledad. Pero el derecho canónico no permitía a los monjes seguirla al principio sino tras diez años de vida en la comunidad del monasterio. Como motivación se daba que el monje primero tenía que liberarse de la voluntad propia. Y por eso se inventaban diversos ejercicios para los principiantes con el fin de «romper su voluntad», para liberarlos del propio querer o no querer, de los propios deseos.

Se comprende que hoy nos escandalice ese método educativo… Pero la experiencia nos enseña que muchos equívocos proceden de los diferentes significados que se dan a la misma palabra. Y de los equívocos nacen también los errores. Por eso, conviene fijar bien, antes de nada, el contenido de las palabras. ¿Qué quiere decir, en ascética, «voluntad propia»? Leer el resto de esta entrada »

No deja de sorprenderme cuando leo a los Padres antiguos, su atinada percepción de la realidad y de la psicología humana. Por eso, en estos tiempos bañados por la modernidad puede ser de gran ayuda la lectura atenta de sus escritos.

Por ejemplo, según los Padres cada uno de nosotros posee un paraíso, que sería el corazón creado por Dios, y cada uno de nosotros vive la experiencia de la serpiente, que se cuela para seducirnos. Esa serpiente tiene la forma de un mal pensamiento. «La fuente y el principio del pecado es el pensamiento» (en griego logismós), escribe Orígenes, junto con otros autores. Éstos comparan también el corazón humano a una «tierra prometida», en la que los filisteos lanzan las flechas, o sea, las sugestiones al mal. Estos pensamientos «carnales», «diabólicos», «impuros», no pueden tener su origen en nuestro corazón porque ha sido creado por Dios. Vienen «de fuera». Ni tan siquiera son verdaderos pensamientos sino más bien imágenes de la fantasía a las que en seguida se añade la sugestión de realizar alguna cosa mala.

San Máximo el Confesor ilustra esta situación con ejemplos sacados de la vida cotidiana. No es un mal la facultad de pensar ni el pensar mismo. No es un mal la mujer. No es un mal pensar en una mujer. Pero la imagen de una mujer en la mente de un hombre raramente permanece pura. Se mezcla cierto impulso carnal. Igualmente no es un mal el dinero ni el vino, y sin embargo pueden convertirse en piedra de ofensa. Como los pensamientos malvados vienen «de fuera» y no pertenecen a nuestro modo natural de pensar, van penetrando en el corazón sólo lentamente.

Los autores bizantinos indican, poco más o menos, cinco «grados».

El primer grado se llama «sugestión», «contacto». Es la primera imagen de la fantasía, la primera idea, el primer impulso. Un avaro ve el dinero y le viene una idea: «Voy a esconderlo». Del mismo modo vienen imágenes carnales, la idea de ser superior, el deseo de dejar de trabajar, etc. No decidimos nada; simplemente constatamos que se nos ofrece la posibilidad de hacer el mal, y el mal se presenta de una forma agradable. Los neófitos en la vida espiritual se asustan, se confiesan de haber tenido «malos pensamientos», incluso en la iglesia y durante la oración. San Antonio abad llevó al tejado a un discípulo suyo, que se lamentaba amargamente de sus malos pensamientos, y le ordenó agarrar el viento con la mano: «Si no puedes agarrar el viento, menos podrás coger los malos pensamientos». Quería así demostrar que en estas primeras sugestiones no hay ninguna culpa y que no podremos librarnos de ellas mientras vivamos. Se parecen a las moscas que molestan todavía más cuando, impacientes, las espantamos.

El segundo grado se llama «coloquio». Recordemos el relato del Génesis (capítulo 3) sobre Eva y su coloquio con la serpiente. Leer el resto de esta entrada »

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