Ni fe ni paraguas.

Martes, 12 junio, 2012

En un pueblo castellano, un año de “pertinaz sequía”, los feligreses acuden al párroco para que haga “rogativas pidiendo la lluvia”. 

El domingo en la misa el sacerdote les habla del poder de la oración hecha con fe, y de la necesidad de la fe para la eficacia de la oración.

La tarde del día señalado para las “rogativas” el templo está abarrotado de gente. El párroco se fija ostensiblemente en cada uno durante un rato. Después les dice:

• Venís a pedir a Dios que llueva. Y, seguro, estáis convencidos de que va a escucharos. Pero, curiosamente, teniendo tanta fe en que va a llover, ni uno solo ha traído paraguas.

***

Y yo, ¿llevaría paraguas? ¿Con qué fe acudo al Señor? ¿Realmente me fío más de Dios que de mí mismo? ¡Cuántos cristianos tienen más fe en el seguro de vida que en Dios! ¡Cuántos ponen más esperanza en las quinielas que en la Providencia divina! Leer el resto de esta entrada »

Os transcribo este tesoro literario que guardaba traspapelado de hace años. Había visto la película “La fuerza de uno”, basada en la novela “La potencia de uno” de Brice Courtenay, y me había gustado. Es una auténtica historia de superación personal. En un momento dado, el protagonista de la película recuerda como el profesor Von Vollensteen, Doc, le explicó a su madre su teoría sobre los cactus:

Si Dios eligiese una planta para representarle, yo creo que elegiría entre todas ellas el cactus. El cactus posee casi todas las bendiciones que Él intentó otorgar al hombre, casi siempre en vano. El cactus es humilde pero no sumiso. Crece donde no es capaz de crecer ninguna otra planta. No se queja si el sol le quema en la espalda, ni si el viento lo arranca del acantilado o lo sepulta en la arena seca del desierto, ni sí está sediento. Cuando llega la lluvia almacena agua para futuros tiempos difíciles. Florece lo mismo en el buen tiempo que en el malo. Se defiende del peligro pero no hace daño a ninguna otra planta. Se adapta perfectamente casi a cualquier medio. En Méjico hay un cactus que sólo florece una vez cada cien años y de noche. Eso es santidad en grado sumo, ¿no está usted de acuerdo? El cactus tiene propiedades que le permiten curar las heridas de los hombres, y se extraen de él pociones que pueden hacer que un hombre toque el rostro de Dios o se asome a la boca del infierno. Es la planta de la paciencia y de la soledad, del amor y de la locura, de la belleza y de la fealdad, de la dureza y de la suavidad. ¿No cree usted que de todas las plantas fue al cactus la que Dios hizo a su propia imagen?”. (Cfr. Peekay, protagonista de “La potencia de uno”, de Courtenay)

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