Nobleza obliga

Miércoles, 11 enero, 2012

Pero no basta con saber que somos hijos de Dios, es necesario tener lo que podríamos llamar “sentido de filiación“. Tener un sentido vivo de esta altísima dignidad es algo lógico y natural: Los hijos… ¡Cómo procuran comportarse dignamente cuando están delante de sus padres!     Y los hijos de Reyes, delante de su padre el Rey, ¡cómo procuran guardar la dignidad de la realeza!     Y tú… ¿no sabes que estás siempre delante del Gran Rey, tu Padre-Dios? (Camino 265)
Este sentido de filiación divina es un don, un regalo que el Señor hace a quien quiere: nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo lo quisiera revelar (Mt 11, 27). A modo de ejemplo de don, copio este relato de la experiencia de un santo: “Día de Santa Eduvigis 1931: Quise hacer oración, después de la Misa, en la quietud de mi iglesia. No lo conseguí. En Atocha, compré un periódico… y tomé el tranvía. A estas horas, al escribir esto, no he podido leer más que un párrafo del diario. Sentí afluir la oración de afectos, copiosa y ardiente. Así estuve en el tranvía y hasta mi casa (…) Sentí la acción del Señor que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba! Pater! (…) Y anduve por las calles de Madrid, quizá una hora, quizá dos, no lo puedo decir el tiempo se pasó sin sentirlo. Me debieron tomar por loco. Estuve contemplando con luces que no eran mías esa asombrosa verdad, que quedó encendida como una brasa en mi alma, para no apagarse nunca. Años más tarde dirá: Aprendí a llamar a Dios Padre, en el Padrenuestro, desde niño; pero sentir, ver, admirar ese querer de Dios de que seamos hijos suyos…, en la calle y en un tranvía  -una hora, hora y media, no lo sé-; Abba, Pater!, tenía que gritar. (Cfr. Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, p. 389-391)
Fue una gracia que Dios le otorgó para que se desbordase en otras almas, como la de aquel buen estudiante de la Central—, pensaba en lo que usted me dijo… ¡que soy hijo de Dios!, y me sorprendí por la calle, ‘engallado’ el cuerpo y soberbio por dentro… ¡hijo de Dios!» Le aconsejé, con segura conciencia, fomentar la «soberbia». (Camino 274).
Escribe santo Tomás de Aquino que “el premio de la virtud es el honor”. Por eso, el cultivo del sentido de la filiación divina nos dará también un “sentido del honor”. Cuantos olvidan o no conocen su dignidad de hijos de Dios, y viven como el hijo pródigo de la parábola, en la degradación de sí mismo por el pecado. Hasta que un día el recuerdo de la dignidad perdida le hace volver arrepentido hasta los brazos de su padre, que le pone un vestido nuevo, unas sandalias y un anillo, señales de su honor. Leer el resto de esta entrada »

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