“Allá voy yo”

Domingo, 29 junio, 2014

Above the Abyss - Julian Alps, Slovenia by Dan Briski    Hay un interesante folleto de C. Ramirez Olarte, que se titula: “La Misa… ¡no me dice nada!”. En él Don Prudencio va explicando a Expedito la Misa y su significado. En un momen­to le dice:

    ‑Después de haber echado el sacerdote el vino en el cáliz, toma con una cucharita unas gotas de agua y la mezcla con el vino. ¿No te has fijado?

    ‑Sí, me he fijado. ¿Qué significa?

    ‑El vino representa a Cristo, puesto que se va a convertir en su sangre, y esas gotitas de agua, a nosotros y todas nuestras cosas. Del mismo modo que al incorporar el agua al vino, todo se convierte ya en vino, también nosotros debemos hacernos uno con El. Y así como aquello, por las palabras de la consagración, se va a convertir en algo divino, en el Cuerpo y la Sangre del Señor, le pedimos a Dios, en ese gesto, que haga divina nuestra vida y todos nuestros afanes.

    Me contaba un amigo, que había captado este simbolismo, que él, cada vez que el sacerdote mezclaba las gotas de agua con el vino, le decía interiormente al Señor: “Señor, allá voy yo”.

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    A la Misa vamos a entregarnos a Dios con nuestro Señor Jesucristo. Es la actualización de su entrega ‑su sacrificio‑ y de nuestra entrega con El. Es el mejor medio que tenemos para unir nuestra entrega a la entrega de Cristo. Así nuestra pobreza, unida al amor del Señor, adquiere un valor infinito ante Dios.

Algunas frases del Papa Francisco

Lunes, 31 marzo, 2014

Comenzamos la semana con esta frase del Papa Francisco:

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“No tengáis miedo al compromiso, al sacrificio, y no miréis con miedo al futuro. Mantened viva la esperanza: siempre hay una luz en el horizonte”

La frase fue pronunciada en la audiencia general del 1 de mayo del 2013.

El texto completo aquí: Leer el resto de esta entrada »

Lo cuenta Fernando: “Acudió a mí, como quien tiene una noticia sensacional que no puede reprimir por más tiempo, un niño de ocho años, y me dijo: “¡Don Fernando, Don Fernando, mi madre es santa!“… Sorprendido por no haberme percatado de esa maravilla en el tiempo que llevo en la parroquia, y mientras buscaba en la agenda el teléfono de la oficina para las causas de los santos, le pregunté al niño: “¿Y tú cómo lo sabes, Jorge?”… – “Porque ella siempre nos dice que la estamos haciendo santa con todo lo que la hacemos sufrir“… Cerré decepcionado la agenda mientras le decía a Jorge: “Bueno, bueno, pues déjala que sea santa despacito y no la empujes”…

Es para pensarlo. Está claro que los santos no dicen esas cosas; ellos, cuando sufren, sufren en silencio. Pero lo que se esconde tras ese modo de expresarse es la idea de la santidad como efecto automático del sufrimiento. Primero identificamos cruz con sufrimiento, y luego cualquier sufrimiento lo asociamos con la Cruz redentora, la de Cristo… Y así nos va: que tenemos más mártires en la tierra que santos en el Cielo.

Pero si leemos bien este texto de la carta a los Hebreos no hay duda: “Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.

Fíjate bien en lo que acabas de leer: el centro de gravedad del Sacrificio Redentor no recae en el sufrimiento (que lo hubo), sino en la obediencia. Dios no se complació en que su Hijo sufriera, sino en que, aún sufriendo, obedeciera. La distinción es esencial, ha sido la obediencia de Cristo la que ha dado a su sufrimiento un sentido redentor. En efecto, no todo el que sufre se santifica; sin embargo, sí se santifica todo el que obedece.

Cuando se trata de escoger

Martes, 7 agosto, 2012

Con cierta frecuencia, más de la deseable, tenemos que decidir entre ser cristianos o no, entre Dios o los hombres.

Por ejemplo, cuando hemos de decir que no a propuestas escabrosas; cuando llega el momento de no reír determinados chistes. O cuando, en un viaje organizado, tenemos que preguntar por una iglesia para asistir a misa. O cuando sugerimos bendecir en una comida de un restaurante y nos santiguamos tranquilamente…

En esos momentos cotidianos y sencillos los ojos de Dios y los ojos de los hombres nos miran desde enfoques opuestos y hemos de decidir qué hacer. Se trata de escoger: ser cristianos o no; agradar a Dios o a los hombres. Se trata de escoger entre el aprecio y la estima de los hombres o escoger a Dios y entregarle el sacrificio de nuestra propia honra. Esta última opción, parece difícil y costosa, pero no lo es tanto. Además nos libera de la esclavitud de la propia imagen, del obligado quedar bien, y sobre todo nos hace agradables a los ojos de Dios. Vamos a buscar, tu y yo, en adelante caer bien a Dios antes que a nadie.

Acerca de la biblioteca de un amigo

Miércoles, 21 marzo, 2012

Un amigo tiene una biblioteca magnífica en su casa. Se trata de una pared entera donde una gran estantería aloja más de 400 libros. Y además tiene también una espléndida colección de películas en DVD y CDs de música clásica, de jazz, etc… En fin, que me da un poco de envidia cada vez que la veo.

Un día, mientras miraba extasiado su biblioteca, me dijo: “Cuando al entrar en casa, miro esa estantería, me doy cuenta de que, como cada día, mis dos hijos pequeños y mi esposa requieren mi tiempo y mi cariño, y sé que, un día más, me acostaré sin poder disfrutar de ella”… Me quedé pensando. Sí, la biblioteca de mi amigo parece un tesoro inútil, un despilfarro, porque su dueño no puede disfrutarla… Pero no, la biblioteca de mi amigo es un altar. Un altar en el que se ofrece a Dios, cada día, un sacrificio de música, de cine, de lectura… Esa biblioteca es el símbolo de la ofrenda de tiempo que hace a Dios por sus hijos y su esposa.

Al leer en el evangelio como Jesús “no quería andar por Judea porque los judíos trataban de matarlo”, comparto con él esa actitud de evitar el peligro, y más cuando, lo que está en juego, es la vida. Pero al seguir leyendo que, a pesar de eso, “subió también él, no abiertamente, sino a escondidas”. No te entiendo, Señor, si quieres conservar la vida, ¿para qué subir? Y si es estás dispuesto a morir, ¿por qué ocultarte? ¿Para qué subir, si no quieres que se sepa? … ¿Para qué conservar una magnifica biblioteca y a la vez, tener tantos hijos y trabajo que nos impide disfrutarla? La respuesta viene más adelante, cuando se nos dice: “Mirad como habla abiertamente”. Jesús conservó la vida para entregarla por nosotros, para ofrecerla en sacrificio a Dios por nosotros. Es paradójico, como la biblioteca de mi amigo: conservar, cuidar la vida (la biblioteca), no para disfrutarla, sino para que entregándola la disfrutáramos nosotros… ¡Fascinante, la biblioteca de mi amigo!

La piedra de toque

Jueves, 23 febrero, 2012

A Federico de Prusia se le ocurrió una idea extravagante. Estando en el campo se fijó en unos gorriones que picoteaban por las eras granos de trigo. Empezó a hacer sus cálculos y llegó a la conclusión de que aquella clase de pajarillos se comían anualmente, en su reino, dos millones de celemines de trigo.
Exterminarlos era, pues, de interés nacional. Prometió un premio por cada cabeza de gorrión que se presentase. Todos los prusianos se convirtieron en cazadores. Al poco tiempo no quedaban gorriones en el país. Todo un éxito.
El rey estaba satisfecho. Pero, al año siguiente, le anunciaron de todas las partes de Prusia que las orugas y las langostas se habían comido las cosechas.
Cuando hubo que traer gorriones de los países vecinos, dicen que el rey exclamó: “¡Cómo me he equivocado!¡Lo que Dios hace, bien hecho está!”.
Muchas veces Jesús nos dice como a Pedro: “Tú piensas como los hombres, no como Dios” (Mt. 16,20). Y un aspecto de la vida en el que se acentúa más esa diferencia de visión, entre Dios y los hombres, es precisamente en la cruz, el dolor, el sacrificio.
Algo debe tener el sufrimiento humano, que no acabamos de entender, cuando Dios ni a su propia Madre le ha librado de él. La Virgen al pie de la cruz es toda una tesis doctoral sobre el dolor. Conviene contemplarla, estudiarla, porque en ella late toda la teología del Amor y del Dolor. Leer el resto de esta entrada »

Ducha con sacrificio.

Jueves, 27 octubre, 2011

Seis hermanos, el mayor tiene 9 años. Está a punto de nacer el séptimo. Pero surgen problemas que dificultan el embarazo. La familia, además de los cuidados médicos, reza.

Recientemente han estado en Fátima. Prometieron a la Virgen que, si nacía bien y era niña, se llamaría Fátima. Todos los hermanos están muy pendientes de la que viene en camino.

Un día el mayor, Pablo, se acerca a su madre para darle un beso. Ella ve que tiene los brazos congelados. Le había encargado que bañase a dos hermanos pequeños. Los había duchado con agua fría, después de preguntarles, respetuoso con su libertad:

• ¿Qué queréis, ducha con sacrificio o sin sacrificio?

• Con sacrificio ­ contestaron ambos.

Lo habían pasado muy bien, según ellos. Pero al día siguiente se acabó la “ducha con sacrificio”. Hay que buscar sacrificios que no perjudiquen la salud. Pero sin miedo a romperse.

Hoy poca gente entiende el sacrificio cuando se hace por manifestar nuestro amor a Dios o por el bien del alma. Se entiende cuando la finalidad es la esbeltez del cuerpo o el triunfo en una competición.

Los astronautas para ir a la luna han hecho más sacrificios que muchos santos para ir al cielo. Un equipo de gimnasia rítmica se impone mayores sacrificios y privaciones que un convento de monjas. Las mujeres para meterse en una 36 aceptan un costo mayor que el de los ascetas. Se llega a extremos enfermizos.

Y la causa está en valorar más el culto al cuerpo que el cultivo del alma.

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