Francisco-Roma-Tierra-Santa-AP_CLAIMA20140527_0103_27Una persona, ciertamente alarmada, me comentaba ayer: “He oído que el Papa va a suprimir el celibato de los curas o que, al menos, ha abierto la puerta a esa posibilidad. Por lo visto ha dicho que no es dogma de fe…” Me puse a buscar en internet, y, en efecto, los titulares de noticias parecen haberse puesto de acuerdo para hablar de la famosa “puerta” que el Papa pareciera querer abrir…

Esto es lo que dijo exactamente el Santo Padre dijo en el avión de regreso de su viaje a Tierra Santa, a propósito de su encuentro con el Patriarca ortodoxo, Bartolomé:

―La Iglesia católica tiene sacerdotes casados, ¿no? Los católicos griegos, los católicos coptos, ¿no? Hay sacerdotes casados en el rito oriental. Porque el celibato no es un dogma de fe: es una regla de vida que yo aprecio tanto y creo que es un don para la Iglesia. No siendo un dogma de fe, está siempre la puerta abierta: en este momento no hemos hablado de esto, como programa, al menos en este tiempo. Tenemos cosas más fuertes que emprender. Con Bartolomé este tema no es tocado, porque, de verdad, es secundario en las relaciones con los ortodoxos, en este sentido.

Mas bien se trata de un elogio al celibato sacerdotal y ademas expresa el carácter muy secundario que tiene esta cuestión en su programa de trabajo. Francisco ha repetido, casi literalmente, lo que ya dijo, Juan Pablo II, Pablo VI, Pio XII, el Concilio Vaticano II y el Catecismo de la Iglesia Católica.

Bueno, quizá si haya una novedad: hasta ahora ningún Papa había hablado del celibato sacerdotal mientras volaba en un avión, es decir: el lugar menos adecuado para abrir la puerta.

El Papa celebró ayer sus 60 años como sacerdote con una emotiva ceremonia en el Vaticano. A continuación te transcribo un fragmento de la homilía que predicó en la solemnidad de san Pedro y san Pablo:

Queridos hermanos y hermanas,

«Non iam dicam servos, sed amicos» – «Ya no os llamo siervos, sino amigos» (cf. Jn 15,15). Sesenta años después de mi Ordenación sacerdotal, siento todavía resonar en mi interior estas palabras de Jesús, que nuestro gran Arzobispo, el Cardenal Faulhaber, con la voz ya un poco débil pero firme, nos dirigió a los nuevos sacerdotes al final de la ceremonia de Ordenación. Según las normas litúrgicas de aquel tiempo, esta aclamación significaba entonces conferir explícitamente a los nuevos sacerdotes el mandato de perdonar los pecados. «Ya no siervos, sino amigos»: yo sabía y sentía que, en ese momento, esta no era sólo una palabra «ceremonial», y era también algo más que una cita de la Sagrada Escritura. Era bien consciente: en este momento, Él mismo, el Señor, me la dice a mí de manera totalmente personal. En el Bautismo y la Confirmación, Él ya nos había atraído hacia sí, nos había acogido en la familia de Dios. Pero lo que sucedía en aquel momento era todavía algo más. Él me llama amigo…

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Sigo con esta serie de vídeos tan interesantes. De forma breve y convincente se exponen con sencillez argumentos profundos. Mis felicitaciones a los creadores de esta página:

¿Qué sentido tiene el celibato sacerdotal? What is the point of Priestly Celibacy? de catequesisarguments
SUBTITLES AVAILABLE. Clic on the “CC” icon.
¿Por qué no pueden casarse los sacerdotes? ¿Qué sentido tiene?
Serie de Arguments – http://www.arguments.es

 

Y aquí va este vídeo muy bonito sobre el sacerdote que me envía el Padre Miguel Angel. La verdad es que me ha emocionado un poco por su sencillez:

Me acaban de enviar la carta que ayer 18 de octubre ha dirigido Benedicto XVI a los seminaristas y me ha parecido tan interesante que te la trascribo:

En diciembre de 1944, cuando me llamaron al servicio militar, el comandante de la compañía nos preguntó a cada uno qué queríamos ser en el futuro. Respondí que quería ser sacerdote católico. El subteniente replicó: Entonces tiene usted que buscarse otra cosa. En la nueva Alemania ya no hay necesidad de curas. Yo sabía que esta “nueva Alemania” estaba llegando a su fin y, que después de las devastaciones tan enormes que aquella locura había traído al País, habría más que nunca necesidad de sacerdotes. Hoy la situación es completamente distinta. Pero también ahora hay mucha gente que, de una u otra forma, piensa que el sacerdocio católico no es una “profesión” con futuro, sino que pertenece más bien al pasado. Vosotros, queridos amigos, habéis decidido entrar en el seminario y, por tanto, os habéis puesto en camino hacia el ministerio sacerdotal en la Iglesia católica, en contra de estas objeciones y opiniones. Habéis hecho bien. Porque los hombres, también en la época del dominio tecnológico del mundo y de la globalización, seguirán teniendo necesidad de Dios, del Dios manifestado en Jesucristo y que nos reúne en la Iglesia universal, para aprender con Él y por medio de Él la vida verdadera, y tener presentes y operativos los criterios de una humanidad verdadera. Donde el hombre ya no percibe a Dios, la vida se queda vacía; todo es insuficiente. El hombre busca después refugio en el alcohol o en la violencia, que cada vez amenaza más a la juventud. Dios está vivo. Nos ha creado y, por tanto, nos conoce a todos. Es tan grande que tiene tiempo para nuestras pequeñas cosas: “Hasta los pelos de vuestra cabeza están contados”. Dios está vivo, y necesita hombres que vivan para Él y que lo lleven a los demás. Sí, tiene sentido ser sacerdote: el mundo, mientras exista, necesita sacerdotes y pastores, hoy, mañana y siempre.

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La primer comunión para los padres

Sábado, 7 agosto, 2010

Miguel Aranguren

El sábado pasado (hoy hace una semana) pude dar la primera comunión a mi prima Lucia (aunque ella me llama tío). Como siempre fue un momento imborrable para ella y para mi. Pero cada vez empieza a ser también un momento importante para los padres; que en caso de Lucía son un matrimonio ejemplar, con tres hijos maravillosos.

Me ha parecido muy interesante y copio algunos fragmentos de un comentario de Miguel Aranguren sobre este tema.

Para los padres, la primera Comunión de nuestros hijos supone una barrera que franquea la madurez, porque incluso en la paternidad hay grados, desde la inocencia de los primeros pañales al cansancio de cuando no sabemos hacia dónde tirar de las veleidades de los hijos capciosos (…) Como anunciaba, la última ha sido la primera Comunión del segundo de mis vástagos, con el que he vuelto a cruzar la frontera de la fe infantil, casi vaporosa, para enfrentarme junto a él al misterio insondable de un Dios que se queda, desarmado, en un trozo de pan.

La primera Comunión ofrece lecciones preciosas a los padres que colaboran en la catequesis familiar. Vemos acercarse a los hijos hasta la sabiduría de las oraciones populares y cómo tratan de desbrozar los misterios de la lógica sacramental, cómo se plantean la economía salvadora de Dios y comienzan a verle y a tratarle como a un Padre todavía más auténtico que el que les ha tocado por sangre.

Me confiaba un amigo, hoy joven sacerdote, que en su vocación tuvo mucho que ver la primera de sus comuniones. Su abuela, a la sazón mujer sufridora por la ruptura matrimonial de los padres de aquel niño, a todas luces irreparable, le hizo un ruego a aquella criatura que aún se atrevía a tratar de tú a tú a Jesús: “El niño Dios concede un deseo a los niños que hacen su primera Comunión. Cuando comulgues y le tengas en el corazón, pídele, por favor, que tus papás vuelvan a quererse”. Así hizo la criatura, con sencillez y empeño. Dos años después el matrimonio vivía de nuevo bajo el mismo techo y consentía, con el tiempo, al propósito sacerdotal del chico.

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