De pie

Martes, 10 julio, 2012

Ya pusimos otro texto de R. Guardini, De rodillas. La buena aceptación que tuvo me anima a introducir este otro sobre el signo religioso de estar “De pie”.

Hemos dicho que el respeto ante el Dios infinito requiere actitud comedida. Es Dios tan grande, y ante Él nosotros tan poca cosa, que el solo reparar en ello trasciende al exterior: nos empequeñece, nos fuerza a doblar la rodilla.
Mas puede también la reverencia mostrarse de otra suerte. Imagina que estás sentado, ya descansando, ya en conversación; llega de pronto una persona, para ti respetable, y te dirige la palabra. Puesto al punto de pie, le escuchas, y respondes a sus preguntas cortésmente erguido. Leer el resto de esta entrada »

De rodillas

Lunes, 11 junio, 2012

Aquí os dejo con este fragmento de Romano Guardini sobre el gesto de rodillas en adoración. Impresionante, como siempre:

Cual es la actitud del engreído? Se atiesa, yergue la cabeza, los hombros y el cuerpo entero. Su continente está diciendo: “Soy mayor que tú; soy más que tú” Pero cuando uno siente bajamente de si mismo y se tiene en poco, inclina la cabeza y agacha el cuerpo: “se achica”. Y tanto más, a la verdad, cuanto mayor sea la persona que tiene a la vista, cuanto menos valga él mismo en su propia estimación.
¿Y cuándo más clara que en la presencia de Dios la sensación de pequeñez? ¡El Dios excelso, que era ayer lo que es hoy y será dentro de cien mil años! ¡El Dios que llena este aposento, y la ciudad, y el universo, y la inmensidad del cielo estelar! ¡El Dios ante quien todo es como un grano de arena! ¡El Dios santo, puro, justo y altísimo!… ¡El, tan grande! … ¡Y yo, tan pequeño!… Tan pequeño, que ni remotamente puedo competir con Él; que ante Él yo soy nada.
Sin más, cae en la cuenta de que ante Él no es posible presentarse altivo. “Se empequeñece”; desearía reducir su talla, por no presentarla allí altanera; y ¡mira!, ya ha entregado la mitad, postrándose de rodillas Y si el corazón no está aún satisfecho, cabe doblar la frente. Y aquel cuerpo inclinado parece decir: “Tú eres el Dios excelso; yo, la nada.”
Al arrodillarte, no seas presuroso ni inconsiderado. Es preciso dar a ese acto un alma, que consista en inclinar a la vez por dentro el corazón ante Dios can suma reverencia. Ya entres en la iglesia o salgas de ella, ya pases ante el Altar, dobla hasta el suelo la rodilla, pausadamente; y dobla a la vez el corazón. diciendo: “¡Soberano Señor y Dios mío!…” Si así lo hicieres, tu actitud será humilde y sincera; y redundará en bien y provecho de tu alma.

Fuente: R. Guardini, en su libro, “Signos sagrados”, del original: VON HEILIGEN ZEICHEN, publicado por la Editorial MATTHIAS-GRÜNEWALD, MAGUNCIA, (c) E.L.E., S. A., 1957, Talleres Gráficos Agustin Núñez – Paris, 208 – BARCELONA

La Mano

Lunes, 4 junio, 2012

He encontrado este hermoso texto  de R. Guardini acerca de la mano:

El cuerpo entero es instrumento y espejo del alma. No reside ésta simplemente en aquél a la manera de una persona en su aposento, sino que vive y obra en cada uno de los miembros y en cada fibra; y habla por cada línea, forma y movimiento corporal. Rostro y mano son, empero, de especial modo instrumentos y espejos del alma. Leer el resto de esta entrada »

La Señal de la Cruz

Martes, 24 abril, 2012

He encontrado este hermoso texto acerca de la señal de la Cruz. Se trata de un fragmento de R. Guardini:

 Cuando hagas la señal de la Cruz, procura que esté bien hecha. No tan de prisa y contraída, que nadie la sepa interpretar. Una verdadera cruz, pausada, amplia, de la frente al pecho, del hombro izquierdo al derecho. ¿No sientes cómo te abraza por entero? Haz por recogerte; concentra en ella tus pensamientos y tu corazón, según la vas trazando de la frente al pecho y a los hombros, y verás que te envuelve en cuerpo y alma, de ti se apodera, te consagra y santifica.
¿Y por qué? Pues porque es signo de totalidad y signo de redención. En la Cruz nos redimió el Señor a todos, y por la Cruz santifica hasta la última fibra del ser humano. De ahí el hacerla al comenzar la oración, para que ordene y componga nuestro interior, reduciendo a Dios pensamientos, afectos y deseos; y al terminarla, para que en nosotros perdure el don recibido de Dios; y en las tentaciones, para que El nos fortalezca; y en los peligros, para que Él nos defienda; y en la bendición, para que, penetrando la plenitud de la vida divina en nuestra alma, fecunde cuanto hay en ella.
Considera estas cosas siempre que hicieres la señal de la Cruz. Signo más sagrado que éste no le hay. Hazlo bien: pausado, amplio, con esmero. Entonces abrazará él plenamente tu ser, cuerpo y alma, pensamiento y voluntad, sentido y sentimientos, actos y ocupaciones; y todo quedará en él fortalecido, signado y consagrado por virtud de Cristo y en nombre de Dios uno y trino.

Fuente: R. Guardini, en su libro, “Signos sagrados”, del original: VON HEILIGEN ZEICHEN
publicado por la Editorial MATTHIAS-GRÜNEWALD, MAGUNCIA, (c) E.L.E., S. A., 1957, Talleres Gráficos Agustin Núñez – Paris, 208 – BARCELONA

Cuenta un viejo relato cómo, en unos días de intensa lluvia, se produjeron unas inundaciones importantes, como consecuencia del desbordamiento de un gran río. El nivel del agua fue subiendo sin parar. Los sistemas de emergencia de la región pusieron en marcha todos los Operativos de salvamento disponibles.

Una de las lanchas se detuvo a la puerta de un caserío y exhortó al aldeano que allí se encontraba para que abandonara cuanto antes su vivienda, pues el agua estaba alcanzando ya el nivel de su puerta de entrada. Pero el aldeano les dijo: «No, no; id a por otros, que a mí me salvará la Providencia».
Pasaron unas horas, y el agua llegaba hasta la altura del piso superior de la casa del aldeano. Apareció una segunda lancha de salvamento, pero el hombre volvió a decirles lo mismo.
Tuvo suerte, porque, cuando el agua llegaba al nivel del tejado, y aquel hombre estaba sentado sobre él, una tercera lancha le ofreció Socorro, pero el aldeano insistió en que la Providencia le salvaría.
No llegó ninguna otra lancha y el aldeano murió ahogado. Llegó a su juicio en el Cielo y compareció allí con una protesta:
«Yo, confiando en la Providencia…, y la Providencia, nada, que deja que me ahogue».
«¿Cómo que nada? ¡Tres lanchas te hemos enviado! », se escuchó.

Hay personas que, como este pobre aldeano, esperan que la Providencia se manifieste de un modo extraordinario que ni ellos mismos saben bien en qué consiste. Sin embargo, lo normal es que la Providencia se manifiesten ante nosotros de modo cotidiano, a través de las situaciones corrientes de nuestra vida, por medio de las personas que tratamos de modo habitual. Así sucedió también, por ejemplo, a Romano Guardini:

«Un domingo fui a Misa a la iglesia de los dominicos de la Oldenburgerstrasse. Me encontraba en un estado critico. Cuando vi al hermano lego encargado de la colecta pasar con el rostro tranquilo y sonriente, portando su cestilla tintineante, me dio mucha envidia y pensé de repente: ¿No podrías tú llegar a ser como él? Entonces tendrías su paz. Y luego me dije: ¡Podrías ser sacerdote! Y entonces fue como si todo adquiriese tranquilidad y claridad. Volví a casa con un sentimiento de felicidad que desde hacía mucho tiempo no había sentido». Leer el resto de esta entrada »

Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió (Jn 4,34). Esta tarde tendré que dar una charla sobre la Voluntad de Dios y me he encontrado este texto de R. Guardini que puede servir muy bien como guión. Se nos abre una vista profunda al interior de Jesús si partimos de lo que en su vida significa la voluntad del Padre.

- Cuando el niño de doce años está sentado en el templo y su madre, angustiada y conmovida, le pregunta: «Hijo, ¿por qué lo has hecho así con nosotros? Tu padre y yo te hemos estado buscando con dolor», con la sorpresa de la más natural certeza el niño responde: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es preciso que yo esté en lo de mi Padre?» (Lc 2,49). Ya en el niño hay un interno «tener qué». No reflexiona si ha de hacer esto o lo otro. No quiere esto o lo otro, sino que «debe». Hay en él un profundo impulso que no procede de una voluntad deliberada; lo lleva, lo sostiene, de suerte que todo obrar brota de interna necesidad: una necesidad que no destierra la libertad, sino que hace más bien que la acción libre brote de la más honda unidad con el serLo que opera esta necesidad, lo esencial de que procede esta unión, es la voluntad del Padre.

- Después de bautizado en el Jordán, se dice que el Espíritu lo condujo al desierto: «el Espíritu le impulsó al desierto», dice Marcos con vieja violencia profética (1,12). Viene sobre él violencia, luz, ímpetu, entusiasmo. También esta violencia es voluntad del Padre; pero es violencia del Pneuma, del Espíritu, amor del Padre. Creemos encontrar otra vez lo inaudito, que impresionaba a un Elías, a un Eliseo, Habacuc, Daniel, y hacía de las figuras humanas instrumentos de Dios.

- Ha hablado en Cafarnaún. Todos están conmovidos, llenos, y piden que se quede. Pero Jesús se niega: «Vamos a otros sitios, a los pueblos cercanos, para que predique allí también: pues para esto he salido» (Mc 1,38ss). Jesús sabe que no obra por juicio y querer particular. Es un enviado. Vive en él un mandato. Cumplir ese mandato es la razón de su vida. Todo está a su servicio. Por él se legitima todo. Ahora bien, esta misión es a su vez voluntad del Padre.

- Un día, atravesando Samaría, se sienta, cansado, junto al pozo de Jacob (Jn 4,1ss). Los discípulos se han ido a la ciudad a comprar que comer. Llega una mujer al pozo y él entabla con ella el memorable diálogo acerca del tiempo nuevo, que ya alborea, en que Dios no será adorado en este o el otro monte, sino «en espíritu y en verdad». Los discípulos vuelven: «Maestro, come». Y él contesta, de lejos, como desde otro mundo: «Yo tengo para comer alimentos que vosotros no sabéis». Sorprendidos, los discípulos torpemente se preguntan: «¿Quizá le ha traído alguno de comer?». Y él: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió»… El hambre y la sed son la más profunda expresión del hombre. Somos, efectivamente, hambrientos por esencia. Hambrientos de una plenitud que nos sacie eternamente. Partiendo de esta elemental exigencia del ser del hombre, dice él que hacer la voluntad del Padre calma su hambre. No se trata de mera alegoría; verdaderamente que no. Se trata de algo vivido. Su esencia es hambrienta. Tiene hambre de cumplir la voluntad del Padre, que íntimamente lo acucia y reclama cumplimiento.

- Acaso sea aún más elemental la otra palabra (Mc 3,31ss): Está sentado en una casa y habla a la gente que le rodea. De pronto le dicen: «Mira, tu madre, tus hermanos y tus hermanas te buscan ahí fuera». Y él, que sabía realmente quién era su madre, responde desde lo más hondo de que vive: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». Y dando una mirada en derredor: «El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre…». No dejemos tampoco que estas frases se evaporen en lo parabólico o psicológico. La voluntad del Padre es una realidad. Es como un torrente de vida que viene del Padre a Cristo. Una corriente de sangre, de la que él vive, más profunda, más real, más fuertemente que de la corriente de su madre. Y el que está dispuesto a hacer la voluntad del Padre entra en esta corriente, y la voluntad del Padre es en él como un latido del corazón del mismo Padre y se halla en una unidad de vida con Cristo más real, más profunda, más fuerte que la que tuvo él con su madre. (…)

- Nada de sugestión ni fascinación, nada de ser ciegamente conducido. La voluntad del Padre habla a Jesús y es por él libremente aceptada. Así podemos sentirlo en aquella hora oscurísima de Getsemaní en que Jesús contempla ante sí esta voluntad del Padre en toda la terribilidad de su exigencia (Mt 26,39ss): «Padre mío, si es posible, que se aparte de mí este cáliz. Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú». Aquí se enfrentan las personas. No opera aquí un conjuro, un poder oscuro y forzoso, sino la llamada y la respuesta. Hasta punto tal, que se expresa en una fórmula de contradicción: «No mi voluntad, sino la tuya», para confluir inmediatamente en la más profunda y santa unidad, en que la voluntad del Padre ha sido totalmente recibida en la suya. Su voluntad se ha conformado enteramente con la del Padre. Y es como una postrera y bienaventurada expresión de su vida interior, cuando dice: «Yo hago siempre lo que a él agrada» (Jn 8,29). (…)

Su vida entera, Jesús vive de la voluntad del Padre. Pero justamente, ahí es enteramente él mismo. Justamente por no hacer su propia voluntad, sino la del Padre, cumple lo más profundamente propio. Esto tiene un nombre: se llama amor.

La voluntad del Padre es el amor del Padre. En su voluntad viene el Padre a Jesús. Su llamar, su mandar, su exigir es un «venir». Y en la aceptación de esta voluntad recibe Jesús al Padre mismo. La llamada de esta voluntad y su cumplimiento es la armonía o aceptación del amor. Sólo partiendo de aquí tienen sentido palabras como las de «tener que», «comida», unidad de sangre, solicitud por el cumplimiento, el grito de conformidad: «No mi voluntad, sino la tuya», y el triunfante y bienaventurado: «Yo hago siempre lo que a él agrada». Cometeríamos una exageración, una violenta exageración, si quisiéramos tomar esta voluntad sólo objetiva o materialmente como mandato de justicia o de cualquier otro modo. Algo que habla desde fuera sólo puede recibirse así, en el interior propio, en el corazón, en el espíritu, cuando es amor.

Si partiendo de aquí auscultamos el interior de Jesús, tal como se trasluce en sus palabras y obras, percibimos un eterno diálogo íntimo. El Padre dice constantemente: «Haz esto». Y Jesús contesta: «Sí, lo quiero hacer, porque es bueno». Una contraposición y, a la par, la más íntima unidad. Hay ahí una divina bienaventuranza.

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¿Contra egoísmo?: altruismo

Sábado, 8 noviembre, 2008

¿Qué significa altruismo y su contrario egoísmo? No es fácil dar una respuesta breve.

Por ejemplo, uno tiene que hacer un trabajo. Puede hacerlo con vistas a sí mismo, a la impresión que causa en los demás, a los beneficios que consigue con él, etc… Decimos entonces que en ese trabajo se ha buscado a sí mismo, es decir la mira estaba puesta en el propio yo. Pero entonces ese trabajo no le ha beneficiado porque el mirarse a uno mismo no aportada nada nuevo y el estar pendiente de la impresión que se causa genera falsedad. El yo, no se enriquece y se falsea. Ser altruista en un trabajo es dedicarse a él sin pensar en uno mismo; es trabajar bien, correctamente, limpiamente, como el trabajo quiere ser hecho. Entonces, además de no estar pendientes de nuestro vanidoso yo sale bien el trabajo y curiosamente empezamos a ser más nosotros mismos.

Efectivamente, el Señor nos ha dicho: “el que encuentre su vida la perderá y el que la pierda por mi la encontrará” (Mt 10,39).

Cuanto más se busca uno a sí mismo, mas se escapa de sí; cuanta más importancia se da, más mezquino resulta. La persona vanidosa, la que se goza en sí misma, piensa que crece en un modo de ser “yo” más pleno y fuerte. Pero en realidad, no crece, porque no surge nunca ese espacio libre que necesita para crecer, el cual solo surge en el altruismo. Efectivamente, cuanto más libremente uno se aleja de sí mismo, más es él mismo. El Señor dijo: “no como quiero yo, sino como Tu quieras” (Mt 26,39). Aquí vemos una separación radical entre la voluntad que se busca a sí misma y la que busca al Padre.

En todas las cosas hay una semejanza de Dios. Todo le expresa según su naturaleza creacional. Pero de modo especial se refleja Dios en el hombre. Dios quiere entrar en cada hombre y expresarse en él (la autentica encarnación esencial ocurrió en Cristo), tal como sólo puede expresarse en él: esto es lo que podríamos definir como “personalidad”: el reflejo que en cada uno produce la encarnación de la Persona del Hijo. El santo es el cumplimiento de esto; en él “aparece” Dios, pero entonces es cuando resplandece más que nunca él mismo, lo más auténtico de él mismo como hombre. Cada santo refleja a su manera especial la encarnación de Dios en Cristo.

Dios es el Generoso, el Altruista, y todo gesto humano de verdadero altruismo refleja de algún modo este misterio.

Cfr. Romano Guardini, en “Etica para nuestro tiempo”

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