Terminamos, por ahora, con esta serie de temas sobre el relativismo. Y terminamos con una afirmación que está en el corazón del problema del relativimso:
Quien piensa que existe una verdad, y que esa verdad se puede alcanzar con certeza aun en medio de muchas dificultades, y quien piensa que la naturaleza, y el propio hombre como parte de la naturaleza, tienen una finalidad que no se ha inventado el hombre, está aceptando la existencia de una inteligencia superior, está afirmando la existencia de Dios.
Que exista un fin último objetivo, ajeno a la voluntad del hombre, presupone la idea de un Creador. Por el contrario, aquello que es fruto del puro azar o de la casualidad no tiene fin, no tiene objeto, esto es, no tiene causa final. El error fundamental de la Modernidad fue, precisamente, la negación de la causalidad final. Desde el siglo XVII, el conocimiento del hombre y del resto de la realidad se ha limitado a ser un conocimiento del cómo, pero no del para qué. Y es lógico, pues qué sentido tiene, por ejemplo, preguntarse sobre el para qué de un montón de trapos arrojados ciegamente en un vertedero sin orden ni concierto. El preguntarse sobre el para qué de algo presupone una inteligencia que haya lanzado ese algo a la existencia y le haya destinado a un fin. La causalidad final de algo presupone, por definición, la de una inteligencia que destine ese algo hacia un objetivo. Leer el resto de esta entrada »

Estamos a punto de concluir esta serie sobre el relativismo. Ya vimos cómo el relativismo engendra una actitud existencial que algunos califican como “síndrome de la neutralidad”: “Yo nunca tendría un esclavo en casa, pero si alguien quiere tenerlo…”, “Yo no aborto, pero dejemos libertad para quien quiera abortar”. Pero, en el fondo siempre optamos y lo cierto es que tomamos postura entre el bien y el mal, entre la verdad y el error, queramos o no. Por ejemplo, llama la atención la campaña sistemática antitabaco, en contraste con la libertad con que se administra la píldora abortiva, incluso a menores. Se obliga a poner en los paquetes de tabaco: “El tabaco mata”, cosa que es verdad, pero mucho más verdad es que la píldora abortiva también mata, y además mata a un inocente que no tiene culpa de nada… Muchos, dispuestos a escandalizarse por cosas secundarias, parecen tolerar injusticias inauditas. Con el relativismo ético, colamos un mosquito y nos tragamos un camello.

Si el hombre se siente solidario de los demás hombres, tiene la obligación moral de hacer ver la falsedad (y crueldad) a que conduce el relativismo. Leer el resto de esta entrada »

¿Sentimentalismo vs razón?

Lunes, 26 diciembre, 2011

Seguimos con nuestra serie sobre el relativismo.  Esta vez veremos que la confrontación entre sentimiento y razón es otra de las fuentes del pensamiento relativista. Podemos entender así que para un relativista los juicios de valor son espejismos producidos por nuestros sentimientos o sensaciones.

Los escépticos o relativistas éticos sostiene que nuestros juicios de valor no son más que expresiones de nuestros deseos y sentimientos, que se proyectan sobre los objetos que deseamos, y luego objetivamos tales deseos, postulando su universalidad (*). Cuando no hay argumentos racionales para defender unos valores sobre otros, ya sólo queda apelar al sentimiento, y así se generaliza lo que muchos llaman el emotivismo, que podríamos definir como la convicción de que el bien o el mal de un determinado comportamiento depende del agrado o desagrado que provoque en nosotros dicho comportamiento. Si nos gusta, entonces estará bien. Y si nos provoca cierto rechazo, entonces estará mal. Esto impide cualquier intento de convencer a alguien de que algo es mejor que otra cosa. Esto sería lógico si la ética fuera una cuestión sólo de gustos, de tal modo, que para uno estaría bien, digamos, amputarse un dedo porque le gusta, y además está de moda, mientras que para otros, si su conciencia les provoca cierto desasosiego, entonces estaría mal.

De un modo gráfico, desde una perspectiva relativista, quien tratase de mostrar la verdad de unas determinadas normas morales en comparación con otras, sería como quien nos intentara convencer de que el helado de chocolate es absolutamente mejor que el de fresa. Lógicamente, como es una cuestión sólo de gustos, quien tratara de convencernos de la superioridad del sabor de chocolate sobre el de fresa, aparecería como una persona ridícula y dogmática.
Como una manifestación del emotivismo un poco más refinada, Dworkin defiende que las personas tienden a actuar partiendo de convicciones profundas y firmes acerca de lo que es valioso para ellas. Pero tampoco es totalmente cierto, porque muchas veces la gente, nosotros mismos, hacemos, quizá por debilidad, cosas que sabemos que están mal. Por ejemplo, muchas veces, las personas que consumen pornografía, frecuentan las prostitutas, se emborrachan asiduamente, o caen en la droga… no lo hacen con la convicción de que tales actividades sean valiosas o útiles para su realización humana. Más bien, son atraídas y enganchadas en tales conductas por impulsos emocionales, con el apetito de saciar deseos incontrolados, pero con cierta conciencia de culpa. Y en el caso de sostener opiniones que favorecen tales conductas, salvo quizá el caso de la homosexualidad, es poco probable que las opiniones sean reflexivas o sostenidas con gran convicción.
Bibliografia:
  • (*) A este respecto no podía ser más clara la afirmación de Mackie recogida por Finnis: «Los que emiten juicios de valor y piensan que tales juicios son objetivos, en realidad no hacen otra cosa que expresar sobre el mundo lo que ellos mismos desean». FINNIS, John: Natural Law and Natural Rights, Oxford University Press, Oxford, New York, 1996, p. 143
  • Cf. GEORGE, Robert: Para hacer mejores a los hombres, Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid, 2002, p.103
  • Qué es el relativismo, de Diego Poole, ed Palabra, dbolsillo mc 811
  • Relativismo; Escrito por Diego POOLE DERQUI, Profesor Titular de Filosofía del Derecho, Universidad Rey Juan Carlos, Madrid 2009

Seguimos con nuestra serie sobre el relativismo.  Esta vez veremos que existe cierta relación a la confrontación entre el relativismo y el cristianismo,  con el enfoque que caracteriza a la teología asiática negativa. Y aunque aparentemente este dato parezca muy lejano a una argumentación filosófica, conviene referirnos a él por la influencia real que ejerce: se trata de la influencia de la teología negativa asiática, según la cual lo Divino es absolutamente trascendente y no puede ser conocido desde este mundo más que en apariencias. Cristo ha de ser uno más entre las muchas imágenes y destellos de la divinidad en este mundo, un avatar más que se ha des situar en la fila de las diversas manifestaciones de Dios, junto a Kürma, Varaha, Rama, Krishna, Budha… y toda la peña. De ahí que el cristianismo, con su pretensión de verdad, sea incompatible con esta alianza mundial de las religiones, donde todas, cada una a su manera, manifiesta un aspecto de Dios y de la verdad del hombre, pero ninguna de ellas por separado puede tener la exclusiva. Oponerse a esta visión es oponerse a la democracia, al diálogo, a la tolerancia, a la la coexistencia de culturas iguales, a la alianza de civilizaciones.

Seguimos con nuestra serie sobre el relativismo. Hoy nos planteamos en qué consiste la “dictadura del relativismo”.
Kelsen, ardiente defensor del credo relativista, no duda en condenar a todo aquel que pretenda negar la postura que él defiende. Según él, no hay más remedio que estar a lo que digan las mayorías, sea lo que sea, porque no hay otro criterio más justo que ese. Pero, entonces lo único que cuenta es el poder del más fuerte, del que sabe disponer la mayoría hacia sus propios intereses.
Sin embargo, en contra de Kelsen y de la postura relativista, podemos decir que únicamente sobre la base de un criterio común, que trascienda la voluntad individual, es posible un discurso público racional que permita justificar la validez de unos comportamientos y la prohibición de otros. Sobre esta base no habría lugar para una mera retórica de intereses, sino para un discurso verdaderamente racional, donde unos argumentos valdrían realmente más que otros, precisamente porque son más fieles a la realidad que otros. Donde no hay posibilidad de argumentar sobre algo que precede y vincula la voluntad de los interlocutores, no habría más que conflicto de intereses, en el que se impondrían aquellos que fueran expresados con mayor energía. Aunque a nadie se le antoja ya que las normas elaboradas por un Parlamento democrático sean fruto de un diálogo razonado donde terminan imponiéndose las razones mejor fundadas, la democracia teóricamente vive de la confianza en la posibilidad de un entendimiento racional. Desde la perspectiva relativista no habría propiamente un bien común objetivo, sino intereses mayoritarios, que por otra parte serían inducidos, y manipulados en su expresión, por los medios de comunicación dominantes. La opinión publicada se identifica entonces con la opinión pública, y ésta, a su vez, con el interés general, con lo que al final las fuentes del derecho se mantienen siempre dentro de los grupos de presión dominantes. Leer el resto de esta entrada »

Seguimos con nuestra serie sobre el relativismo. Hoy nos planteamos la pregunta de por qué está el cristianismo en el ojo del huracán del relativismo. La respuesta es por la escandalosa pretensión de verdad del cristianismo. Veámoslo con más detalle:
El cristianismo está en el ojo del huracán desencadenado por el relativismo. Casi toda la ética occidental, y por tanto, también la deontología profesional, se ha inspirado durante siglos en el mensaje cristiano. Pero, la mentalidad relativista tiende a rechazar el mensaje cristiano como enemigo de la modernidad. Su afán de verdad (del cristianismo), que se traduce en una actitud evangelizadora, es vista como una invasión contraria a la libertad. Todo aquél que se crea en posesión de la verdad debería ser excluido del debate moderno, por intransigente y fanático. Lo propio de la persona moderna es aceptar el mismo valor por principios de todas las posiciones, con independencia de lo que diga cada uno.
SIN EMBARGO, lo cierto es, nos guste o no, que la religión cristiana ha actuado como factor unificador de las naciones y como catalizador que ha permitido que todos los pueblos de Europa comenzaran a hablar el mismo lenguaje moral y espiritual. [1] Leer el resto de esta entrada »

¿Existe el relativismo cultural?

Lunes, 14 noviembre, 2011

Seguimos con nuestra serie sobre el relativismo. Hoy se trata de otra interesante aclaración: la relación entre naturaleza, cultura y desarrollo. Se trata de responder a la pregunta ¿Existe un relativismo cultural? Vamos a ello:
Como ya hemos dicho, para los relativistas junto al relativismo ético personal, hay un relativismo cultural, según el cual las diversas culturas serían igualmente valiosas, y, por lo tanto, habría que respetarlas como se respetan las especies animales, todas igualmente preciosas. Esto sería verdad si los hombres que formamos las diferentes culturas tuviéramos diferentes naturalezas. Pero lo cierto es que todos los hombres, a pesar de la pertenencia a diferentes culturas, pertenecemos a una misma naturaleza. Leer el resto de esta entrada »

Libertad y valor

Lunes, 7 noviembre, 2011

Seguimos con nuestra serie sobre el relativismo. Hoy se trata de otra interesante aclaración: la relación entre la libertad y los valores. Vamos a ello:

El pensamiento moderno tiende a identificar libertad con independencia o autonomía. Y se propone este objetivo como el fin más valioso. Pero lo cierto es que el hombre no se hace más valioso en la medida en que se independiza de los demás, sino en la medida en que se relaciona con ellos. La persona madura no es la que ya no depende de nadie, sino la que es consciente de su verdadera interdependencia (de él con los demás, y de los demás con él). La realización del hombre no se logra en solitario, cada uno por su cuenta, sino en comunión con el resto de los hombres. Por eso, la moralidad, que es realización personal, es por definición también solidaridad. El hombre se realiza en la medida en que ayuda a otros a realizarse, y se degrada en la medida en que se olvida de los demás. Esta es la estructura más íntima de su dinamismo perfectivo o moral. Ayudar a otra persona a realizarse tiene una palabra: amor, amor personal. Amar a una persona es, en primer término, querer el bien de esa persona, y no tanto la satisfacción del deseo de estar junto a ella.

Pero el amor entre los hombres es por definición una relación libre: nadie ama obligado. Amar por obligación es una contradicción. O uno ama por que quiere, o sencillamente no ama. A diferencia de la relación de complementariedad que se da en los seres irracionales, donde vemos que unos animales se ayudan a otros de forma sólo instintiva, como movidos por sus tendencias, en el hombre, esta complementariedad, además de ser estimulada por el instinto, requiere el concurso de la voluntad: es cada uno quien decide si quiere o no quiere ayudar a los otros. Nadie se siente impulsado de manera irresistible hacia el bien del prójimo, aunque el instinto ciertamente pueda ayudarle (como es la inclinación natural de la madre hacia su hijo, o sencillamente, la de un hombre hacia otro que se encuentra desamparado). La libertad, por lo tanto, es un ingrediente constitutivo del amor. Es más, podríamos definir la libertad como la capacidad de amar, porque para todo lo que no sea amar, no hace falta libertad (las necesidades básicas las hacemos igual que los demás animales que no tienen libertad). Leer el resto de esta entrada »

Después de pasar el día pastando en el desierto que rodea la ciudad, un rebaño de ovejas y cabras sigue a su propietario hasta su casa en la periferia de Timbuctú. Fundada por pastores tuareg, Timbuctú todavía tiene en el comercio de ganado una de sus principales fuentes de ingresos.

Después de pasar el día pastando en el desierto que rodea la ciudad, un rebaño de ovejas y cabras sigue a su propietario hasta su casa en la periferia de Timbuctú. Fundada por pastores tuareg, Timbuctú todavía tiene en el comercio de ganado una de sus principales fuentes de ingresos.

Seguimos con nuestra serie sobre el relativismo. Hoy se trata de otra interesante aclaración: la relación intrínseca existente entre los valores, la verdad y las virtudes. Vamos a ello:

Hoy día preferimos hablar más de valores que de verdades para no entrar en conflicto con la idea de tolerancia y de relativismo democrático. Pero lo cierto es que los valores no se justifican por el simple hecho de ser elegidos libremente por los que los desean, porque según eso, tan valioso sería los apetitos complementarios de dos sadomasoquistas en el momento de sus relaciones sexuales, como el de la madre Teresa de Calcuta a la hora de atender enfermos. Los valores no son valiosos por el simple hecho de proceder de una voluntad deliberada, sino porque su consecución nos hace realmente mejores personas.

Dicho más claramente, los valores derivan su inviolabilidad del hecho de ser verdaderos y corresponder a exigencias verdaderas de la naturaleza humana. En sentido propio, un valor es una verdad, no un simple deseo, que inspira el comportamiento de una persona, y será tanto más valioso cuanto mejor persona le haga. El valor es pues una verdad moral. Leer el resto de esta entrada »
Imaginen a Galileo frente al Telescopio Gigante Magallanes, o GMT

Seguimos con nuestra serie sobre el relativismo. Hoy se trata de una aclaración que puede llevar a equívocos a algunos si no se entiende bien:

Efectivamente, existe una relatividad propia del razonamiento moral que no debemos confundir con el relativismo. El razonamiento moral es un tipo de razonamiento práctico, donde la premisa mayor es un fin a conseguir mediante la acción, cuya consecución se puede lograr de muy diversas maneras. La conclusión del razonamiento práctico consiste precisamente en la elección de uno entre los diversos medios posibles. El razonamiento será correcto si el medio elegido es en sí mismo legítimo y nos conduce derechamente a la consecución del fin.
En el ámbito de la razón práctica, la correcta elección entre diversos medios legítimos para lograr un fin bueno, es algo por definición relativo, y por tanto opinable.
Pues bien, esto es lo que sucede con la praxis política, donde muchos medios legítimos pueden ser discutidos para lograr el fin del bien común. Por eso, habitualmente no existe una única opción política que sea la correcta. Pero esto no ha de confundirse con el relativismo. Es más, cuando se renuncia a la relatividad propia del razonamiento práctico en temas políticos y jurídicos, se cae con frecuencia en el dogmatismo. Leer el resto de esta entrada »
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