¿Mosca, moscón o abeja?

Martes, 24 julio, 2012

Imagina que estás rezando en una capilla que -permíteme suponer- no es la Sixtina ni tampoco la catedral de tu ciudad. Un cuarto pequeñito, un oratorio personal, casi solo para ti. El Sagrario, un jarroncito de flores, un pequeño retablo, el altar ligeramente separado de los dos bancos que hay, una ventana, el suelo de mármol y una puerta tras de ti.
Para tu infortunio, ha entrado, no se sabe por dónde, una pequeña y ágil mosca. Primero se ha apoyado en el altar; luego ha revoloteado al banco, finalmente se ha detenido en tu mano, ha hecho unos cuantos vuelos rasante sobre tu oreja, y ahora se está paseando por el reclinatorio. Quieres rezar, pero la inquietud de la mosca comienza a ser también la tuya. Una pequeña distracción, una gran dificultad.
Ponte en la misma situación pero imagina ahora que lo que ha entrado es un moscón. Gordo y peludo. Muy gordo. Podría llevar una mochila de cinco kilos. Tiene un tamaño descomunal. Los moscones no se conducen en absoluto como las moscas: ha visto la ventana y quiere salir. Va a la carga con todo su ímpetu. ¡Plas! Nada. Ventana cerrada. Total que ahí está el moscón, erre que erre, dale que te pego contra el vidrio. ¡Ah! Recuerda: tú sigues en el banco intentando rezar, viendo al moscón perseverar en su empeño.
Finalmente, imagina que lo que ha entrado es una abeja. Obviemos el miedo que te puede producir que te pique, porque lo más habitual entonces sería salir corriendo y buscar la ayuda de alguien que no tenga miedo a tales amenazas. La abeja repara en tu presencia, así como en todo aquello que puebla tu minúscula capilla, y se dirige a las flores que en ramillete descansan al pie del Sagrario. Se posa, hace silencio y, sin más ceremonias, extrae de cada flor todo lo que de más precioso tienen: su néctar.
*** Leer el resto de esta entrada »

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 568 seguidores

A %d blogueros les gusta esto: