Filiación divina

Miércoles, 11 enero, 2012

Filiación divina… Somos hechos hijos de Dios por el Bautismo. En la pila bautismal, cual seno materno de la Iglesia, se nos da a luz como hijos suyos. Y como nacidos de una misma Madre, la Iglesia, somos también todos hermanos. Y al igual que decimos de los que tienen un mismo lugar de origen, que son del mismo pueblo o ciudad, así todos los que tuvimos el mismo origen, la pila bautismal, somos del único Pueblo de Dios.
El domingo pasado, tras el bautismo de Jesús, escuchamos: Este es mi Hijo, en quien tengo mi complacencia. De algún modo, esto mismo se verifica en cada uno de nosotros. Todo un Dios desde el Cielo nos dice a ti y a mí: tú eres mi hijo amado.
Hace años vi en uno de esos folletos de formación para jóvenes una simpática viñeta. Sobre una nube aparecía Dios, sentado en su trono. Frente a Él, un coro angélico entonaba melodías cuya belleza se expresaba en el papel por medio de notas perfectamente dibujadas y ordenadas. Dios, sin embargo, no parecía prestar atención, distraído como estaba mirando hacia abajo, más allá de la nube, con una gran sonrisa que revelaba una inmensa simpatía. Abajo, en la tierra, un joven con las manos en los bolsillos, caminaba distraídamente tarareando algo. De sus labios salían unas notas arrugadas y “escuchimizadas” pero que deleitaban a Dios más que los cantos celestiales. Cuando el director del coro se acercó a ver qué distraía tanto a Dios, al ver a aquel joven, Dios le dijo: “Es que ¿sabes? ¡Es un hijo mío!”. No era la melodía de aquel susurro lo que gano el corazón de Dios, era el timbre cálido del Espíritu de su Hijo; el timbre cariñoso del amor a Dios. Ya ves, un ignorante, un patoso, tu y yo, podemos infundir a todo un Dios la más dulce de las ternuras, si, viviendo en gracia, procuramos agradarle en todo lo que hacemos.
¿Y por qué es esto así? Hace tiempo descubrí la respuesta. Estaba frente a mí, una madre joven cogía a su pequeñín y lo apretaba contra su pecho mientras no paraba de decir: ¡Ay mi pequeñín! Cuchi, cuchi, cuchi. Y le besaba: ¡Es que te comería a besos! ¡Ay madre, cuanto te quiero! ¡Mi niño!… ¿Por qué quiere tanto esa mujer a esa criatura que tiene en brazos? Sencillamente porque es su hijo. No hay otra razón.
Por eso, pase lo que pase en nuestra vida, recuerda: tú eres hijo de Dios… Y si alguna vez cayeras hasta lo más bajo, desde allí abajo, aunque aún estuvieras lleno de barro,  grita desde el hondón de tu miseria: ¡¡Padre!! Y Tu Padre, que es bueno, te escuchará y atenderá tu súplica.
Además tenemos a la Virgen Madre que nos abraza con su inmenso cariño, un cariño tan difícil de expresar con palabras. ¡Gracias Madre!

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