2001 a space odyssey o la odisea del cine

Martes, 22 septiembre, 2009

Son cada vez más las voces como la de Alfonso Basallo que  rubrican las palabras inequívocas de Paul Schrader:

“El cine se acaba, pronto será sólo historia. Ha llegado al final de su edad de oro”

Un análisis sutil sobre la suerte de dos de los motivos argumentales más típicos de la historia del cine: la épica y el amor, parecen confirmarlo. En el devenir de las tres décadas finales del siglo XX al contemplar la degeneración en violencia y estruendo de la épica de películas como Lawrence de Arabia (D. Lean, 1962); y el sexo ocupando el espacio del amor de películas paradigmáticas como Sabrina (W. Wilder, 1954)., parece necesario un nuevo cine, que salve la situación.

¿Os habéis fijado como cada vez más, el cine sugiere nuevas imágenes sobre la salvación? Películas como “Gran Torino” o “Los miserables”, etc… Es lo que está necesitando el cine actual. Triste resulta a veces la alternativa que un tipo de cine hace al relacionar la salvación a la tecnología: “Matrix”, “2001, odisea del espacio“, etc. La pregunta es si todas estas historias influyen o no en las creencias del público que las acoge con entusiasmo. Es posible que, en sí mismos considerados, estos celuloides no tengan gran trascendencia doctrinal. Pero si los vemos como heraldos de visiones culturales que se están extendiendo, entonces hay motivos para pensar que la cosa va en serio. Al final, el cine es solo un medio de difusión de ideas que llevan tiempo circulando en los ambientes intelectuales y que se han gestado años atrás en la literatura (A.C. Clark, G. Orwell, etc.) y en la filosofía.  Leí hace tiempo como Gabriel Villalonga en Aceprensa afirmaba que:

En este sentido, la red proporcionaría una experiencia de lo sagrado de características inéditas. Por una parte, como bien dice Lebkowsky, cuando uno navega descubre que no hay presencias absolutas: nada es completamente verdad y todo está permitido. Y sin embargo, también se tiene la impresión de habitar en el interior de un “Gran misterio”, una presencia inmanente a la multiplicidad de experiencias. Pero una presencia que no impone ningún contenido concreto. Y esto se compagina muy bien con la espiritualidad postmoderna: libertad para hacerse un menú personal a partir del “Gran misterio”. La unidad de la experiencia de la red como “Gran misterio” es puramente funcional, y no presupone la idea metafísica de una verdad única (y mucho menos cognoscible). Permite sumisión religiosa al mundo sin exigencias de conocimiento sobre sus causas.

El ciberespacio representa, filosóficamente, un nuevo modo de construir la identidad que no está limitado por barreras físicas y geográficas. Esto parece una superación de la naturaleza humana. Y quizá también, como dice Hans-Dieter Mutschler, llevará a un cambio en nuestro modo de concebir a Dios. Hay, sin embargo, otros elementos de la naturaleza que contribuyen igualmente a modelar nuestros espíritus y que no han cambiado: amor y odio, unión y división, paz y tregua, afirmación y negación, sexo y deseo de trascendencia.

Al final, tanto la comunidad física como la virtual construyen sobre un núcleo de naturaleza humana que no parece haber cambiado mucho en los últimos diez mil años.

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