Para que lo disfrutes:

El timelapse de la semana

Sábado, 20 abril, 2013

Hacía mucho que no poníamos un timelapse. Y hoy me he encontrado con este buen trabajo. Así que, para no perder las buenas costumbres, aquí os lo dejo. Espero os guste:

“Ser cónyuge”

Viernes, 5 agosto, 2011

Pienso que todos podemos estar de acuerdo en que el ser humano existe como persona femenina y como persona masculina, es decir, como mujer o varón. En él la sexualidad es algo que empapa “al todo” de la persona. Todo en el ser humano se ordena al amor. Y más su aspecto “esponsal” (entendido como el amor a un varón o a una mujer), pues en este caso se ordena a un amor comprometido, es decir, más capaz establecer un orden de preferencia entre los demás amores.

Aunque parezca obvio, conviene recordar que casarse es “hacerse esposa/a”, comenzar a ser cónyuge. Es decir, cada uno comienza a querer al otro no solo como se quiere a sí mismo, sino con el mismo amor con que se quiere a sí mismo (cfr. Santo Tomás de Aquino).

Ser cónyuge, ser esposo, es un rasgo de identidad que se instala en el mismo ser: “soy” cónyuge. Por ejemplo, uno puede echar café y echar leche en un mismo recipiente: pero si lo hace, ya no hay café y leche separadamente, sino “café-con-leche”. Uno puede detener el río con una presa: pero si la abre no puede ya hacer ir para atrás la corriente.

Uno es cónyuge de la misma manera que uno es madre, padre, hija o hermano. Incluso de un modo más fuerte porque ha intervenido muy expresamente la libertad de la persona.

Aquí os dejo con estas breves reflexiones. Espero que os aprovechen. Espero estar de vuelta y con conexión de internet dentro de poco. Saludos desde Brañillín.

En cierta ocasión, muy temprano, al alborear el día, se encontraba Napoleón Bonaparte paseando por una amplia avenida, tranquilamente, con su amigo el senador  y conde de Volney. Al parecer el tema de conversación era la religión. Bonaparte decía:

“Sí, dígase lo que se diga, el pueblo necesita una religión y sobre todo una creencia. Y cuando digo el pueblo no digo bastante, porque quiero decir que también yo mismo la necesito”. En ese momento, Bonaparte, ante el maravilloso juego de luces del amanecer que se presentaba ante él, lleno de entusiasmo exclamo: “Sí, yo mismo, a la vista de este espectáculo, me sorprendo y me siento emocionado, arrastrado, convencido…”

“El Cielo proclama la gloria de Dios y el firmamento pregona la obra de sus manos” (salmo 18). En nuestras, cada vez más pobladas ciudades, resulta cada vez más difícil levantar la mirada hasta el cielo y ver la noche estrellada, o el alborear del día o el ponerse del sol al atardecer… Las luces de la ciudad nos impiden ver más lejos. Me parece que serían muchos más los creyentes si mirasen, si advirtieran al menos, el espectáculo que se nos regala cada día desde el cielo.

Fuente: orar con una sonrisa de Agustín Filgueiras, ed. Desclée de Brouwer

Este es el último lunes que dedicamos al libro La abolición del hombre, de Clive Staples Lewis. La entrada es continuación de Los Manipuladores de C.S. Lewis. Esta vez C.S. Lewis intentará definir lo que él entiende por naturaleza:

Naturaleza es una palabra de significados diversos, lo que se comprende mejor si se consideran los varios antónimos. Lo Natural es lo opuesto a lo Artificial, a lo Civil, a lo Humano, a lo Espiritual y a lo Sobrenatural. Lo Artificial no nos interesa en este momento. Sin embargo, si consideramos el resto de la relación de antónimos, creo que nos podemos hacer una primera idea de lo que los hombres han entendido por Naturaleza y por lo opuesto a ella. La Naturaleza parece ser lo espacial y lo temporal en contraposición a lo que es espacial y temporal en menor medida o no lo es en absoluto. Parece ser el mundo de lo cuantitativo, en contraposición al mundo de lo cualitativo; de los objetos frente a lo que tiene conciencia de sí; de lo predeterminado frente a lo que es total o parcialmente autónomo; de lo que no conoce el valor frente a lo que tiene y percibe el valor; de las causas efectivas (o, en algunos sistemas modernos, sin causalidad alguna) frente a las causas finales.

Ahora vuelve a insistir en la idea del riesgo que implica el desmesurado afán de conquistar la naturaleza:

Arrebatar potencia a la Naturaleza es también hacer capitular las cosas ante la Naturaleza. En la medida en que este proceso se detiene cerca de la escena final, bien se puede sostener que los beneficios superan a los inconvenientes. Pero tan pronto como afrontamos el peldaño final de reducir nuestra propia especie al nivel de mera Naturaleza, todo el proceso se viene abajo, pues esta vez el sujeto que pretende obtener beneficios y el que resulta ser sacrificado coinciden.

Terminamos con esta aguda observación :

Es como aquel irlandés que se dio cuenta de que un determinado tipo de estufa reducía a la mitad la factura de combustible y llegó a la conclusión de que usando dos de esas estufas podría calentar su casa sin utilizar combustible. Es la ganga que nos ofrece el mago: entrega tu alma, recibe poder a cambio. Pero una vez que hayamos entregado nuestras almas, es decir, que entregamos nuestras personas, el poder que se nos otorga no nos pertenecerá. Seremos, de hecho, esclavos y marionetas de aquello a lo que hayamos entregado nuestras almas: del poder del hombre para considerarse a sí mismo como mero “objeto natural” y para considerar sus juicios de valor como materia prima sujeta a libre manipulación científica. La objeción para proceder de tal modo no reside en el hecho de que este punto de vista sea desagradable o repulsivo (como la primera vez que se está en un quirófano) mientras nos acostumbramos a él: el desagrado y la impresión son como mucho una advertencia y un síntoma.

Pienso que ha sido una elección interesante, aunque la densidad del tema dificultó desde el principio la exposición por medio de pequeñas entradas. Espero que os haya resultado interesante. A continuación te copio el resto del capítulo 3:

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¡Qué bello podría ser el mundo!

Viernes, 11 julio, 2008

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos.

Un viernes más continuamos con este formidable relato, en el que vamos descubriendo la personalidad de Víctor Frankl y las vicisitudes que tuvieron que pasar en los campos de concentración. Esta vez el relato nos ofrece dos datos interesantes: el fenómeno de la “hibernación de los sentimientos” y el sentido de la belleza que nunca parece perderse.

Como todos los de su barracón, Viktor recogió sus pertenencias: cuchara y escudilla para la sopa, unos trozos de tela sucia y poco más. Cuando salía hacia el patio, oyó al viejo vigilante del barracón:

-¡Ojalá hagáis un viaje rápido hacia un campo que, a diferencia de Auschwitz, no tenga «chime­nea»!

-Espero que se cumpla su deseo -respondió Viktor-, y que no nos vea usted subir al cielo en forma de humo.

A la espera de conocer su destino, los presos for­maron en el patio durante dos horas angustiosas y frías. Entonces el oficial de las SS dio la orden: -¡En marcha!

Salieron del campamento. El alivio fue grande cuando vieron que los llevaban a la estación ferro­viaria. Allí los esperaba un tren de mercancías, tan destartalado como ellos mismos. Y les ordenaron su­bir a los vagones.

Viktor y Kurt comprendieron que iban a ser tras­ladados a otro campo de concentración. Pero el tren tardó más de siete horas en tomar la salida, y des­pués su marcha era lenta. Además, en el vagón no había sitio para que todos se sentasen en el suelo al mismo tiempo, y la mayoría tenía que permanecer de pie todo el viaje, mientras que unos pocos se turnaban para ponerse de cuclillas en la estrecha franja empapada de orines. Entre ellos estaba Kurt Pichler, por quien Viktor había intercedido a causa de su ca­dera dislocada.

Había unos cincuenta prisioneros en aquel vagón; y dos mil, en todo el tren. En ese vagón, que sólo te­nía dos pequeñas mirillas enrejadas, quienes no esta­ban agachados en el suelo se agolpaban en torno a los ventanucos. Con él transcurso del tiempo, Viktor se dio cuenta de que se dirigían a Austria.

-¿Austria? -uno de los prisioneros más vetera­nos se sobresaltó-. ¡En Austria está el campo de Mauthausen! ¡Tiene horno, crematorios y cámaras de gas!

-¡Mierda! -exclamó Kurt- Estamos más muer­tos que vivos.

-Si vamos a ese campo -comentó Viktor-, me temo que sólo nos quedan una o dos semanas de vida. Leer el resto de esta entrada »

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