Amar de lejos es fácil

Viernes, 20 junio, 2014

80En la obra del escritor ruso Dostoyevski: “Los hermanos Karamazof”, el autor presenta una discusión entre el escéptico Iván y el bueno de Aliosha sobre temas religiosos. En un momento de la discusión Iván mantiene que es imposible el amor verdadero: al prójimo -piensa- no se le puede amar. Y cuando dice “prójimo”, se refiere al prójimo cercano, al que vemos y tocamos casi a diario, o sin casi. “Se puede amar de lejos -concluye-, pero de cerca, no”.

Para fundamentar sus convicciones recurre al ejemplo del hombre santo, que se entrega al prójimo, pero cuando surge lo desagradable -prosigue Iván- no tiene más remedio que hacer un esfuerzo ficticio, como imponiéndose a sí mismo un sacrificio: “¡Se puede amar al hombre invisible, repito; mas apenas aparece éste, desaparece el amor!”

La dificultad que se plantea el pobre Iván es común en aquellos que no distinguen el amor del sentimiento. No son lo mismo. Es precisamente en el sacrificio, en el vencimiento, donde se pone a prueba el auténtico amor; precisamente ahí es donde se distingue el amor del sentimentalismo.

El amor, al igual que la santidad, está tejido de luchas secretas, que sólo Dios y nosotros conocemos, y que tienen lugar en el interior del corazón. Amar es una maravillosa mezcla de sacrificios silenciosos, de gozos inefables, de momentos oscuros y de luces íntimas indescriptibles… Así es la vida de los santos y la de esos miles de hombres y mujeres que cada día se esfuerzan por mantener encendido el fuego de su amor. Se trata de un modo de vida que la percibe, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.

La Cuaresma: camino de regreso al Padre

Miércoles, 13 febrero, 2013

He encontrado este texto de Michael D. O’Brien, que lleva por título: La paternidad y el hijo pródigo. Me ha parecido muy indicado para comenzar la Cuarema, hoy miércoles de ceniza. Como es un poco largo, lo dividiré en varias entradas. Aquí va la primera parte:

Todos tenemos en cierta medida una imagen trágicamente deformada de quiénes somos. Esta tendencia de la naturaleza humana nunca ha sido tan pronunciada como en nuestros tiempos, cuando somos bombardeados continuamente con falsos mensajes acerca del sentido de la vida humana, el valor de la persona humana y su destino último. A cada momento nos vemos saturados de anti-palabras, palabras falsas. En Jesús hemos recibido la verdadera Palabra hecha carne, que nos muestra lo que en verdad somos y nos indica el camino para llegar a ser lo que estamos destinados a ser. Él hace esto no sólo a través de sus enseñanzas, sino también con el testimonio de su vida. En Cristo, Dios desnuda su corazón en la vulnerabilidad total de ser plenamente humano, hasta el punto de permitir que lo crucifiquen.

Fue un hombre de dolores, familiarizado con el sufrimiento, como dice el profeta Isaías. Conoció la alegría, pero aceptó el sufrimiento en nuestro estado en la vida. Lo aceptó porque sabía que en el paso por el ojo de la aguja hay un gran secreto que está esperando ser descubierto. El “secreto” invaluable es que al otro lado del ojo de la aguja hay un reino vastísimo y hermoso, un reino infinito en el que la belleza de Dios Padre siempre está creando más y más belleza, más y más amor. Y hasta en este mundo, nosotros, creados a imagen y semejanza de Dios, podemos reflejar esto. Como él, debemos atravesar el ojo de la aguja y, siguiendo su ejemplo, pasar por la cruz. Para la mayoría de nosotros esto es un camino que dura toda la vida, con muchas pruebas y errores, e incluso algunos senderos equivocados. Sin embargo, por ser Cristo quien es, porque es el Amor, siempre nos lleva de vuelta al camino que nos conducirá al Padre. Leer el resto de esta entrada »

Jesucristo es único

Martes, 25 octubre, 2011

Era el año 1793, en pleno auge de la Revolución Francesa. Uno de los jefes de la República, que había asistido al saqueo de las iglesias y a la matanza de los sacerdotes, Reveillere-Lepaux, se dijo: “Ha llegado el momento de reemplazar a Jesucristo. Voy a fundar una religión nueva, acorde con la razón y el progreso”.

Después de algunos meses intentando propagarla, defraudado, fue a ver al primer cónsul, Napoleón Bonaparte. Desconsolado le dijo: – “Increíble, Señor. Mi religión tan razonable y hermosa, no prende”.

- “Ciudadano, – le dijo Napoleón -. ¿Queréis de verdad hacer competencia a Jesucristo? No hay más que un medio. Haced lo que hizo Él: haceos crucificar un viernes y tratad de resucitar el domingo”.

Lépaux no creyó conveniente aventurarse a tal ensayo.

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Una jarra de cerveza

Viernes, 24 junio, 2011

Se cuenta de un irlandés que se trasladó a vivir a un pueblo y en su primera visita a la taberna pidió 3 cervezas de cerveza juntas y luego se las bebía una tras otra, hasta terminar las tres. En los días sucesivos repitió la misma operación.
El asunto se convirtió en tema de conversación entre los vecinos, hasta que un día uno se atrevió a preguntarle porque hacía eso de tomarse las cervezas de tres en tres. A lo que él respondió:
– “Sí, es un poco raro. Me explicaré: tengo dos hermanos: uno en Australia y otro en América. Y nos hemos prometido, al separarnos, que cada uno, cuando quisiera una cerveza, tomaría otras dos, una por cada uno de los hermanos ausentes. De este modo mantenemos vivo el recuerdo mutuo y fomentamos nuestra unión.
El pueblo quedó conmovido de la amistad y fraternidad de aquellos hermanos y admiraban a su recién llegado vecino irlandés.
Unas semanas más tarde, el irlandés comenzó a pedir dos cervezas en vez de tres. Al cabo de varios días de hacer lo mismo, en el pueblo se corrió la voz de que había muerto uno de los hermanos y la gente piadosa empezó a rezar por el difunto hermano. Y el tabernero del pueblo en nombre de todos le dijo:
– “Me han encargado los vecinos que le trasmita las condolencias de todos por la muerte de uno de sus hermanos”
El irlandés se le quedó mirando y replico: “¡Oh! No es eso. Mis dos hermanos se encuentran perfectamente, gracias. Lo que ocurre, es que yo he decidido dejar la bebida, durante esta Cuaresma”.

Dejando al margen su cuquería o cara dura, podríamos aprender de este hombre que cuando queramos ofrecer a Dios alguna cosa, no fastidiemos a los demás. Efectivamente, la penitencia más grata a Dios es la que alegra la vida de los que están con nosotros: sonreír, callar algo molesto, servir en algo pequeño, etc. En fin, olvidarse un poco de uno mismo para pensar más en los demás.

Este es el relato que trascribo a continuación, esta sacado del libro “La Luz Apacible” de Louis de Wohl. Es una de  esas anécdotas que se quedan ahí dentro, en la memoria del corazón, por la impresión que queda:

A Tomás le habían puesto el mote de Buey mudo de Sicilia, hasta que lo había ocurrido en Nápoles se había repetido. Se burlaban de su imperturbable calma y su ingenua credulidad. Sólo una vez había reaccionado con prontitud. Le habían gritado desde el claustro, al pie de su ventana: “¡Hermano Tomas! ¡Hermano Tomás!… ¡Corre mira! ¡Un buey que vuela!”. Mansamente, se acerco a la ventana, siendo recibido con sonaras carcajadas… “¡Se lo ha creído! ¡Se lo ha creído!” Gritaban todos. “¡Es bobo!” Tomás, imperturbable, respondió:

“prefiero creer que un buey puede volar a pensar que un dominico miente…”.

Las risas se desvanecieron como por ensalmo, pero aquello le dolió mucho, por proceder de quien procedía. Su aguda réplica ponía de manifiesto que un hombre tranquilo, cuando se le fuerza a atacar, puede ser peligroso, y que es menos arriesgado pinchar a un elefante que a un ángel.

Dan Milman

Dan Milman

—Entonces, ¿tú crees que soy valiente? —preguntó la muchacha.

—Claro que sí.

—Quizá lo sea, pero es porque he recibido la inspiración de algunos maestros. Te hablaré de uno. Hace muchos años, cuando trabajaba como voluntaria en el hospital de Stanford, conocí a una niña, Liza, que sufría una rara enfermedad muy grave. Al parecer, su única posibilidad de recuperación era una transfusión de sangre de su hermanito de cinco años, que había sobrevivido milagrosamente a la misma enfermedad y había desarrollado los anticuerpos necesarios para combatirla. El médico le explicó la situación al niño y le preguntó si estaría dispuesto a donar sangre a su hermana. Lo vi vacilar apenas un momento antes de hacer una inspiración profunda y responder: «Sí, lo haré si es para salvar a Liza».

Mientras se realizaba la transfusión, el niño permaneció en una cama junto a la de su hermana, sonriendo, como todos los presentes, al ver cómo el color volvía a las mejillas de Liza. Después, su rostro palideció y se esfumó su sonrisa. Levantó los ojos hacia el médico y le preguntó con voz temblorosa: «Doctor, ¿es ahora cuando empiezo a morirme?».

En su inocencia de niño, había entendido mal al médico y pensaba que tenía que dar a su hermana toda su sangre.

—Sí —añadió la narradora, he aprendido a ser valiente porque he tenido maestros inspirados.

Fuente: Dan Millman

Todos ganamos

Martes, 16 junio, 2009

Hace algún tiempo, en la Olimpiada de Seattle, nueve atletas, todos ellos impedidos físicos o mentales, se encuentran en la línea de salida para la carrera de 100 metros. Sonó el pistoletazo de salida y comenzó la carrera. No todo el mundo estaba en plena forma, pero todos querían participar y ganar. Corrían todos cuando, un niño tropezó, se cayó, y comenzó a llorar. Los otros ocho oyeron llorar. La carrera empezó a pararse y miraron a atrás. Entonces ocurrió algo extraño… Todos se detuvieron y regresaron… Todos ellos… Una niña con Síndrome de Down se sentó junto a él, lo abrazó y le preguntó: “¿Te sientes mejor ahora?” Entonces, los nueve caminaron hombro con hombro a la línea de meta.
Toda la multitud se puso de pie y aplaudieron. Y el aplauso duró mucho tiempo…

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