Un padre quiere dar una lección a un hijo suyo: le manda remover del camino un obstáculo muy superior a las fuerzas de niño. El pequeño intenta una y otra vez. Imposible.

Su padre insiste: “haz todo lo que puedas”.

El crío, después de varios intentos, acaba exclamando: • Es que ya hago todo lo que puedo.

• No, ­-replica su padre-. No estás haciendo todo lo que puedes: puedes pedirme que te ayude y no lo haces.

***

En lo que Dios nos pide, nos espera para ayudarnos. No se trata de traerle a donde queremos; sino de descubrirle donde está. La dificultad es providencial: nos obliga a acudir al Señor. Es verdad que “sin Él nada podemos” (Jn. 15, 5). Pero no es menos verdad que “con Él lo podemos todo” (Filps.4, 13). “En Él todo lo puede quien nada puede”.

Nobleza obliga

Miércoles, 11 enero, 2012

Pero no basta con saber que somos hijos de Dios, es necesario tener lo que podríamos llamar “sentido de filiación“. Tener un sentido vivo de esta altísima dignidad es algo lógico y natural: Los hijos… ¡Cómo procuran comportarse dignamente cuando están delante de sus padres!     Y los hijos de Reyes, delante de su padre el Rey, ¡cómo procuran guardar la dignidad de la realeza!     Y tú… ¿no sabes que estás siempre delante del Gran Rey, tu Padre-Dios? (Camino 265)
Este sentido de filiación divina es un don, un regalo que el Señor hace a quien quiere: nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo lo quisiera revelar (Mt 11, 27). A modo de ejemplo de don, copio este relato de la experiencia de un santo: “Día de Santa Eduvigis 1931: Quise hacer oración, después de la Misa, en la quietud de mi iglesia. No lo conseguí. En Atocha, compré un periódico… y tomé el tranvía. A estas horas, al escribir esto, no he podido leer más que un párrafo del diario. Sentí afluir la oración de afectos, copiosa y ardiente. Así estuve en el tranvía y hasta mi casa (…) Sentí la acción del Señor que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba! Pater! (…) Y anduve por las calles de Madrid, quizá una hora, quizá dos, no lo puedo decir el tiempo se pasó sin sentirlo. Me debieron tomar por loco. Estuve contemplando con luces que no eran mías esa asombrosa verdad, que quedó encendida como una brasa en mi alma, para no apagarse nunca. Años más tarde dirá: Aprendí a llamar a Dios Padre, en el Padrenuestro, desde niño; pero sentir, ver, admirar ese querer de Dios de que seamos hijos suyos…, en la calle y en un tranvía  -una hora, hora y media, no lo sé-; Abba, Pater!, tenía que gritar. (Cfr. Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, p. 389-391)
Fue una gracia que Dios le otorgó para que se desbordase en otras almas, como la de aquel buen estudiante de la Central—, pensaba en lo que usted me dijo… ¡que soy hijo de Dios!, y me sorprendí por la calle, ‘engallado’ el cuerpo y soberbio por dentro… ¡hijo de Dios!» Le aconsejé, con segura conciencia, fomentar la «soberbia». (Camino 274).
Escribe santo Tomás de Aquino que “el premio de la virtud es el honor”. Por eso, el cultivo del sentido de la filiación divina nos dará también un “sentido del honor”. Cuantos olvidan o no conocen su dignidad de hijos de Dios, y viven como el hijo pródigo de la parábola, en la degradación de sí mismo por el pecado. Hasta que un día el recuerdo de la dignidad perdida le hace volver arrepentido hasta los brazos de su padre, que le pone un vestido nuevo, unas sandalias y un anillo, señales de su honor. Leer el resto de esta entrada »

Filiación divina

Miércoles, 11 enero, 2012

Filiación divina… Somos hechos hijos de Dios por el Bautismo. En la pila bautismal, cual seno materno de la Iglesia, se nos da a luz como hijos suyos. Y como nacidos de una misma Madre, la Iglesia, somos también todos hermanos. Y al igual que decimos de los que tienen un mismo lugar de origen, que son del mismo pueblo o ciudad, así todos los que tuvimos el mismo origen, la pila bautismal, somos del único Pueblo de Dios.
El domingo pasado, tras el bautismo de Jesús, escuchamos: Este es mi Hijo, en quien tengo mi complacencia. De algún modo, esto mismo se verifica en cada uno de nosotros. Todo un Dios desde el Cielo nos dice a ti y a mí: tú eres mi hijo amado.
Hace años vi en uno de esos folletos de formación para jóvenes una simpática viñeta. Sobre una nube aparecía Dios, sentado en su trono. Frente a Él, un coro angélico entonaba melodías cuya belleza se expresaba en el papel por medio de notas perfectamente dibujadas y ordenadas. Dios, sin embargo, no parecía prestar atención, distraído como estaba mirando hacia abajo, más allá de la nube, con una gran sonrisa que revelaba una inmensa simpatía. Abajo, en la tierra, un joven con las manos en los bolsillos, caminaba distraídamente tarareando algo. De sus labios salían unas notas arrugadas y “escuchimizadas” pero que deleitaban a Dios más que los cantos celestiales. Cuando el director del coro se acercó a ver qué distraía tanto a Dios, al ver a aquel joven, Dios le dijo: “Es que ¿sabes? ¡Es un hijo mío!”. No era la melodía de aquel susurro lo que gano el corazón de Dios, era el timbre cálido del Espíritu de su Hijo; el timbre cariñoso del amor a Dios. Ya ves, un ignorante, un patoso, tu y yo, podemos infundir a todo un Dios la más dulce de las ternuras, si, viviendo en gracia, procuramos agradarle en todo lo que hacemos.
¿Y por qué es esto así? Hace tiempo descubrí la respuesta. Estaba frente a mí, una madre joven cogía a su pequeñín y lo apretaba contra su pecho mientras no paraba de decir: ¡Ay mi pequeñín! Cuchi, cuchi, cuchi. Y le besaba: ¡Es que te comería a besos! ¡Ay madre, cuanto te quiero! ¡Mi niño!… ¿Por qué quiere tanto esa mujer a esa criatura que tiene en brazos? Sencillamente porque es su hijo. No hay otra razón.
Por eso, pase lo que pase en nuestra vida, recuerda: tú eres hijo de Dios… Y si alguna vez cayeras hasta lo más bajo, desde allí abajo, aunque aún estuvieras lleno de barro,  grita desde el hondón de tu miseria: ¡¡Padre!! Y Tu Padre, que es bueno, te escuchará y atenderá tu súplica.
Además tenemos a la Virgen Madre que nos abraza con su inmenso cariño, un cariño tan difícil de expresar con palabras. ¡Gracias Madre!

Padre e hijo

Viernes, 28 enero, 2011

Aquel muchacho vivía solo con su padre. Tenían entre ellos una relación extraordinaria, muy especial. Aquel muchacho además formaba parte del equipo de fútbol de su colegio.

Casi nunca le sacaban a jugar porque era el más bajito del curso y no tenía mucha fuerza. Entre los compañeros del equipo era conocido por “el calienta banquillo”. Su padre siempre le recordaba que no tenía porqué jugar sino quería… Pero su hijo disfrutaba tanto con el fútbol que no faltaba a ningún entrenamiento ni a ningún partido.

Al comenzar en la universidad tuvo que irse a otra ciudad dejando solo a su padre en su casa. Nada más llegar intentó entrar en el equipo de la universidad. Todos sus amigos estaban convencidos de que no lo conseguiría… Pero se equivocaron. El entrenador dio la noticia a todos: había sido admitido en el equipo por su tesón, por cómo había perseverado poniendo todo su corazón y su alma en cada uno de los entrenamientos y por cómo animaba a todo el equipo. La noticia le llenó de alegría y corrió al teléfono más próximo para comunicárselo a su padre… Le enviaría todas las entradas para todos los partidos… Pero su padre le explicó que no podría asistir a todos los partidos por la gran distancia que los separaba pero le prometía ir al partido de la final porque estaba seguro de que la jugaría y la ganaría. Los dos rieron emocionados.
La liga universitaria empezó. El muchacho nunca faltó a ningún entrenamiento ni a un partido en todo el año académico -que cursaba brillantemente-, aunque nunca tuvo oportunidad de jugar.
El fin de semana previo a la final llegó un telegrama urgente para el muchacho: su padre había muerto repentinamente por un infarto de miocardio. Cuando se lo comunicó tembloroso al entrenador este le dijo que fuera al funeral y que no era necesario que viniera a la final que descansara en esos días. Los compañeros lo sintieron mucho por él.
Cuando llegó el día de la final, se presentó el muchacho ya empezado el partido y calladamente entró en el vestuario y se puso el uniforme del equipo y corrió hasta donde estaba el entrenador, que se sorprendió de verle allí. “Entrenador por favor, permítame jugar… ¡yo tengo que jugar hoy!”, imploró el joven. El entrenador pretendió no escucharle: de ninguna manera podía permitir que su peor jugador entrara en un momento tan delicado del partido. Pero insistió tanto, que finalmente sintiendo lástima lo dejo: “Bien hijo, puedes entrar, el campo es todo tuyo”.

Minutos después el entrenador, el equipo y el público, no podían creer lo que estaban viendo. El pequeño desconocido, que nunca había jugado antes, estaba haciendo un juego que podríamos definir como “brillante”. Nadie podía detenerlo, era el de siempre pero corría mejor, más fácilmente. Su equipo logró empatar. Y en los últimos segundos y gracias a un centro suyo se consiguió el gol de la victoria. La gente que estaba en las gradas gritaba emocionada y su equipo lo llevó en hombros por todo el campo.

Cuando todo terminó, el entrenador le dijo: “Has jugado hoy mejor que nunca, y precisamente el día en que tu padre no podía venir a verte jugar la final, ¡lo siento!… El joven miró sonriendo al entrenador y le dijo: “Usted sabe que mi padre murió… y que me prometió que vendría a verme jugar la final y que la ganaríamos ¿verdad?… Pero lo que no sabe es que mi padre era ciego. Hoy era la primera vez que podía verme jugar… él me prometió que asistiría y que ganaríamos y yo quise demostrarle que sí podíamos hacerlo

Si fuéramos solo un poco más conscientes de que Nuestro Padre Dios nos está viendo hoy desde el cielo, nuestro juego sería distinto. Seríamos el de siempre, sí, pero jugaríamos de otro modo…, jugaríamos mejor.

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