Ellas pueden esperar (7.00 am)

Lunes, 27 agosto, 2012

Bueno, tras Empieza un nuevo día (6.30 am), continuamos con el horario matutino de nuestro amigo Leo J. Tresse, en su libro “Vasija de barro”.

Está abierta la puerta del convento. Al cerrarla tras de mí se oyen las siete. Esperan las Hermanas. Sí -pienso al subir las escaleras de la capilla-, las Hermanas están esperando; se pasan esperando gran parte de su vida, esperándonos a nosotras, los sacerdotes. Nos esperan por la mañana cuando vamos a darles la Sagrada Comunión, o a decirles la Misa. Nos esperan en la clase, abierto el catecismo y la lista de alumnos sobre la mesa. Nos esperan los días de Confesión; para el ensayo de los monaguillos, para leer los boletines, para ordenar las velas y para lavar los purificadores.

Al ponerme la sobrepelliz y la estola siento remordimiento por todos los preciosos minutos que he hecho perder a las Hermanas. Podrían contarse con los dedos de mis manos las veces que les hice esperar por causa justificada; pero se necesitaría una máquina calculadora para contar las que lo hice por negligencia o falta de previsión. Pocas horas se administran con tanta cautela, y ningún minuto se escatima tan afanosamente como estos empleados con las Hermanas. Sin embargo, si alguna vez deben esperar, si hay que alterarles el horario, entonces… “Bueno, a las Hermanas les da lo mismo”, y con esto todo queda arreglado. Leer el resto de esta entrada »

Atender al visitante inoportuno

Martes, 24 enero, 2012

Tras la buena aceptación de la última anécdota de Leo J. Trese, aquí os relato otro suceso narrado por este buen sacerdote:

Era un hombre pequeño, de cara redonda y trabajaba como representante comercial del ramo de los extintores. Yo no necesitaba ninguno y estaba a punto de partir para un partido de golf. Le dije caballerosamente que no necesitaba nada, pero él insistía en entrar: “será cosa de un minuto…”
—¿No le he dicho que no me interesa? No necesito nada, es inútil que perdamos el tiempo, váyase.
Se volvió, dio un portazo y vi que bajaba las escaleras.
Entonces fue cuando reparé en el remiendo en la espalda de su abrigo, en sus tacones comidos y en que necesitaba un buen corte de pelo. Me impresionó el pequeño remiendo: éste, y la gracia de Dios, puesto que soy de natural poco dado a generosos impulsos. Renuncié, por tanto, a la cita de golf (me pareció que iba a llover), lo llamé y traté de mostrarme como un caballero, dándole mis excusas. Vio lo que teníamos en casa y comprendió que estábamos bien abastecidos. Luego, mientras fumábamos, charlamos un rato. Me dijo que vivía en un estado próximo, con su mujer y cuatro hijos. Que su mujer era católica y que él estaba aprendiendo el catecismo para ser pronto bautizado. (¡Qué vergüenza sentí!). Tímidamente le puse un rosario en sus manos.
Desde entonces soporto mucho mejor a los representantes y a las llamadas inoportunas. Cada vez que mi natural impaciencia se agitaba no tengo nada más que invocar aquel remiendo.  (Tomado de Leo J. Trese, “Vasija de barro”, p.60.)

Tenemos motivos para mantener la esperanza. La Gracia de Dios nos salvará, solo ella puede sacarnos de nostros mismos, y llevarnos a resultados insospechados. Ya sabes: de que tu y yo nos portemos como Dios quiere dependen cosas grandes…

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