Las cerezas de San Pedro

Martes, 13 marzo, 2012

Cuenta una antigua leyenda un viaje de Jesús y San Pedro por el mundo un día de fuerte y bochornoso calor. En un momento se encuentran en el camino una vieja herradura. Jesús le dice a Pedro que la recoja. Y Pedro replica:

- Si no es más que un trozo de hierro viejo y oxidado. No vale la pena molestarse en recogerla.

Jesús no dice nada; se agacha y la coge.

Más adelante se cruzan con un chatarrero. El Señor entabla conversación con él y le vende la herradura por dos cuartos.

Llegan a un poblado y Jesús, con aquellos dos cuartos, se compra medio kilo de cerezas. Siguen caminando. El sol arrecia y con él la sed. El Señor, de vez en cuando, se lleva una cereza a la boca y, disimuladamente, deja caer otra al suelo. Pedro, ávidamente, se agacha a recogerla, para poder refrescar su garganta.

Cuando las cerezas se acaban, Jesús dice al Apóstol:

- Ves Pedro: no has querido agacharte una vez para recoger la herradura y has tenido que agacharte más de una docena de veces, para recoger las cerezas que yo iba dejando caer. Eso te enseñará a no despreciar nada ni a nadie, por más pobre e insignificante que parezca.

***

No hay nada ni nadie que, a los ojos de Dios, no tenga valor. Si no valiese, sería absurdo darle la existencia o permitir que existiera. Lo que importa es saber valorar las cosas según los planes del Señor.

La teología debe estar iluminada por el amor a Dios

Ayer, miércoles 28 de octubre, en la Audiencia General, Benedicto XVI animó, “a una escucha más atenta del Evangelio en la misa dominical”. “Que la Palabra de Dios sea lámpara que ilumina nuestro camino en la tierra”. Esta invitación a nutrir nuestra existencia con la palabra de Dios la ha hecho el Santo Padre tomando como ejemplo “el florecimiento” de la teología latina en el siglo XII, y en particular de los dos distintos modelos de teología nacidos de aquella vasta renovación espiritual. El Papa ha hablado de la teología monástica nacida en los monasterios, y de la teología escolástica surgida en las “Scholae” que crecieron junto a las catedrales, algunas de las cuales bien pronto dieron vida a las primeras universidades, que son una “típica invención del Edad Media cristiana”. El sínodo de los obispos de 2008, sobre la “Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”, ha recordado el Papa, “ha puesto de manifiesto una vez más la necesidad espiritual de las Sagradas Escrituras”. De ahí la importancia de la teología monástica, “una ininterrumpida exégesis bíblica”, que sobrentiende que la lectura puramente teórica, no basta para entrar en las Sagradas Escrituras. “Se debe leer la Biblia con el espíritu con la que ha sido creada”.

Queridos hermanos y hermanas, haciendo eco de la invitación de la Primera Carta de Pedro, la teología escolástica nos anima a estar siempre dispuestos a responder a quien pida razones de la esperanza que está en nosotros (cfr 3,15). Sentir las preguntas como nuestras y ser así capaces también de dar una respuesta. Nos recuerda que entre fe y razón existe una amistad natural, fundada en el mismo orden de la creación. El Siervo de Dios Juan Pablo II, en el incipit de la Encíclica Fides et ratio escribe: “La fe y la razón son como las dos alas, con las que el espíritu humano se alza hacia la contemplación de la verdad”. La fe está abierta al esfuerzo de la comprensión por parte de la razón; la razón, a su vez, reconoce que la fe no la mortifica, al contrario, la empuja hacia horizontes más amplios y elevados. Se inserta aquí la perenne lección de la teología monástica. Fe y razón, en diálogo recíproco, vibran de alegría cuando ambas están animadas por la búsqueda de la íntima unión con Dios. Cuando el amor vivifica la dimensión orante de la teología, el conocimiento, adquirido por la razón, se engrandece. La verdad se debe buscar con humildad, acogida con estupor y gratitud: en una palabra, el conocimiento crece sólo si se ama la verdad. El amor se convierte en inteligencia y la teología auténtica, sabiduría del corazón, que orienta y sostiene la fe y la vida de los creyentes. Oremos por tanto para que el camino del conocimiento y de la profundización de los Misterios de Dios sea siempre iluminado por el amor divino.

Para leer el texto completo de la audiencia general: Leer el resto de esta entrada »

La ilusión (una manera de vivir)

Martes, 27 octubre, 2009

La cita es larga, pero merece la pena. Es de Miguel Angel Martí, que en su brillante ensayo sobre la ilusión (La ilusión, Editorial EUNSA, 1993), nos alienta a esforzarnos por vivir ilusionados, liberados de planteamientos ramplones, de cansancios vitales y de monótonos desencantos.

«La ilusión constituye una manera de vivir de unas personas determinadas: son esos hombres y mujeres que, de una forma habitual, encuentran diariamente motivos para ilusionarse, para hacer de cada jornada laboral un día festivo. Se les suele llamar personas de temperamento alegre, y parte de esa alegría les viene por su capacidad de ilusionarse, ya sea por un paseo o por el color de unas flores, da igual, porque cada una de estas manifestaciones de júbilo responden a una de actitud básica de vivir su propia vida, de esa personas de chispeante, de refrescante juventud, que les lleva a encontrar, en lo que otro tal vez ve la monótona repetición de un acto, una ocasión para disfrutar de la vida. Todo el mundo quisiéramos hacer de nuestra vida una existencia ilusionada. La meta es difícil, pero al estar rodeada de un cierto hábito de magia y utopía se hace sumamente apetecible.»

La ilusión está presente en los más variados ámbitos de nuestra vida, iluminándola y llenándola de alegría. Todos deseamos aprender de esas personas de vida ilusionada, de esas personas —continúa Martí—

«que han encontrado, a lo mejor sin saberlo ellas, el arte de vivir, y que lo manifiestan en el lenguaje vivo de sus ojos, en la frescura de su sonrisa, en esos olvidos de lo que para muchas personas constituye el tema central de sus conversaciones: enfermedades, accidentes, carestía de la vida, la ingratitud de los jóvenes… y una larga letanía de tonos oscuros y de tristes musicalidades, en esos olvidos —decíamos— que tanto se agradecen y que nos ayudan a abrir los ojos a espacios abiertos, refrescantes como la luz que los ilumina.

»Hace falta energía, grandeza de ánimo y finura de espíritu para hacer de la vida algo más que un producto a granel envuelto en papel de periódico (y a veces por la página de las esquelas). No siempre quizá lo consigamos, pero que debemos apostar por este tipo de vida me parece una exigencia de nuestra condición de hombres; eso sí, se sobreentiende, después de haber superado los falsos idealismos y los planteamientos inmaduros.»

Cfr. http://www.interogantes.net

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