La comisión teológica internacional ha publicado recientemente un interesantísimo documento titulado: En busca de una ética universal: nueva mirada sobre la ley natural hasta ahora solo se encuentra en Francés y en Italiano. Pero como me parece un documento muy interesante y hasta que salga una versión oficial en castellano he decidido poner esta traducción al castellano realizada por Eduardo Ruiz

En busca de una ética universal:

nueva mirada sobre la ley natural

  • Indice General
  • Introducción
  • CAPÍTULO I: CONVERGENCIAS
    • 1.1 Las sabidurías y las religiones del mundo
    • 1.2 Las fuentes greco-romanas de la ley natural
    • 1.3 La enseñanza de la Sagrada Escritura
    • 1.4 Los desarrollos de la tradición cristiana
    • 1.5 Evoluciones posteriores
    • 1.6 El magisterio de la Iglesia y la ley natural
  • CAPÍTULO II: LA PERCEPCIÓN DE LOS VALORES MORALES
    • 2.1 El papel de la sociedad y de la cultura
    • 2.2 La experiencia moral: «Es necesario hacer el bien»
    • 2.3 El descubrimiento de los preceptos de la ley natural: universalidad de la ley natural
    • 2.4 Los preceptos de la ley natural
    • 2.5 La aplicación de los preceptos comunes: historicidad de la ley natural
    • 2.6 Las disposiciones morales de la persona y su obrar concreto
  • CAPÍTULO III: LOS FUNDAMENTOS DE LA LEY NATURAL
    • 3.1 De la experiencia a la teoría
    • 3.2 Naturaleza, persona y libertad
    • 3.3 La naturaleza, el hombre y Dios: de la armonía al conflicto
    • 3.4 Las vías para una reconciliación
  • CAPÍTULO IV: LA LEY NATURAL Y LA CIUDAD
    • 4.1 La persona y el bien común
    • 4.2 La ley natural, medida del orden político
    • 4.3 De la ley natural al Derecho natural
    • 4.4 Derecho natural y derecho positivo
    • 4.5 El orden político y el orden escatológico
    • 4.6 El orden político es un orden temporal y racional
  • CAPÍTULO V: JESUCRISTO, PLENITUD DE LA LEY NATURAL
    • 5.1 El “Logos” encarnado, Ley viviente
    • 5.2 El Espíritu Santo y la nueva Ley de la libertad
  • CONCLUSIÓN

INTRODUCCIÓN

1.- ¿Existen valores morales objetivos con capacidad para unir a los hombres y  procurarles paz y felicidad? ¿Cuáles son? ¿Cómo reconocerlos? ¿Cómo actúan en la vida de las personas y de la comunidad? Estos interrogantes de siempre en torno al bien y al mal, se presentan hoy con más urgencia que nunca, en la medida en que los hombres tienen una mayor conciencia de formar una sola comunidad mundial. Leer el resto de esta entrada »

El mundo gira enamorado

Viernes, 12 septiembre, 2008

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Rios

Terminamos este precioso libro, ha sido una gozada releerlo y una vez más el final me ha vuelto a emocionar, y no soy sensiblero. espero que os haya ayudado como a mí la lectura por capítulos de esta magnífica obra.

Con torpes pasos, Viktor y los demás prisioneros se arrastraron hasta las puertas del campo, la mañana de su liberación. Por primera vez, el psiquiatra vio los alrededores del campo con ojos de hombre libre. «¡Somos libres! ¡Somos libres!», se repetía una y otra vez sin creérselo del todo. Había soñado tantas veces con la liberación, que ahora, ni aun caminando a su antojo, se atrevía a admitir que era verdad.

Llegó a los prados cubiertos de flores. Las con­templó, y se dio cuenta de que las flores estaban allí, en esos maravillosos bosques de Baviera. Pero no despertaban en Viktor ningún sentimiento. Los re­cién liberados no pertenecían todavía a este mundo.

A1 atardecer, cuando los ex-prisioneros volvieron al barracón, el doctor Racz preguntó:

-Dime, doctor Bela, ¿has estado hoy contento?

-Para ser franco, no.

«Literalmente hablando, pensó Viktor, hemos per­dido la capacidad de alegrarnos y tenemos que vol­ver a adquirirla, poco a poco. Los prisioneros nos encontramos algo así como despersonalizados. Todo nos parece irreal, improbable, como un sueño. No podemos creer que sea verdad. ¡Cuántas veces, en los años pasados, nos han engañado los sueños!»

Pasaron muchos días antes de que se le soltara a Viktor la lengua… y también algo que llevaba dentro de sí mismo, un sentimiento que necesitaba abrirse camino entre las extrañas cadenas que lo habían cons­treñido.

Y ese sentimiento salió a relucir un día, poco des­pués de su liberación, mientras el psiquiatra vienés paseaba por la campiña florida, camino del pueblo más próximo. Veía las alondras elevarse hasta el cie­lo azul; incluso podía oír sus gozosos cantos. Había tierra y había cielo; había júbilo en las alondras y había libertad en el espacio abierto. Viktor se detuvo, miró a su alrededor, después al cielo y, finalmente, cayó de rodillas. En aquel momento sabía muy poco de él mismo y del mundo. Sólo tenía en la cabeza una frase, siempre la misma:

«Desde mi estrecha prisión llamé a mi Señor, y Él me respondió desde el espacio en libertad». Nunca supo cuánto tiempo permaneció allí, de rodillas, repitiendo una y otra vez su jaculatoria. Pero siempre supo que aquel día, en aquel momento, su vida empezó de nuevo”. Leer el resto de esta entrada »

La tensión del último día

Viernes, 5 septiembre, 2008

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos

Siguen los intentos de escapada y la tensión de los últimos momentos de la guerra en el campo de concentración. Un capítulo que se lee casi sin pestañear.

Ante la inminente llegada de los aliados, los ofi­ciales alemanes dieron la orden de evacuar comple­tamente el campo al atardecer del día 27 de abril de 1945. Todos, también enfermos y médicos, deberían ser transportados aquella tarde, porque los soldados de las SS iban a prender fuego al campo por la no­che, para no dejar muchas huellas de su barbarie.

-Son casi las cinco de la tarde -comentó el doctor Bela, con cierto nerviosismo- y ni siquiera han aparecido los camiones para transportar a los enfermos. Esto no me gusta.

-Mira lo que está ocurriendo -apuntó Viktor-. Acaban de cerrar las puertas del campo. Y ahora los soldados vigilan estrechamente toda la alambrada. Está claro que quieren evitar cualquier intento de fuga.

-Parece que van a quemar el campo, con noso­tros dentro. Debemos escaparnos cuanto antes, Viktor.

-De acuerdo.

Ambos médicos volvieron a los barracones donde yacían los enfermos, postrados con fiebre y deliran­do. Tres de ellos habían fallecido. Mientras hablaba con el doctor Racz, el oficial alemán ordenó a Viktor y Bela enterrarlos al otro lado de la alambrada.

-Esta es nuestra ocasión -susurró el médico húngaro-. A medida que vamos llevando los cadá­veres, podemos ir sacando nuestras mochilas.

-Con el primer cadáver cogeremos tu mochila -dijo Viktor-. Con el segundo, la mía.

-Y cuando traslademos el tercero -concluyó Bela-, nos fugamos.

Los dos primeros viajes detrás de la alambrada se realizaron según las previsiones. Cuando regresaron, el doctor Bela dijo:

-Espérame aquí, Viktor. Voy a buscar algunos trozos de pan para los días que pasemos en los bos­ques de Baviera.

-Bien. Te espero.

Pasaron varios interminables minutos. El doctor Bela no regresaba y Viktor comenzó a impacientar­se. Finalmente, el médico húngaro volvió con una bolsa de alimentos.

-¿Ocurre algo? -preguntó Viktor-. Has tarda­do mucho. Leer el resto de esta entrada »

Primer intento de fuga

Viernes, 29 agosto, 2008

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos

En este capítulo es también una continuación directa del anterior. En él se relata muy bien esa lucha interior entre las dos tendencias básicas que determinan nuestro destino: el egoísmo o la entrega. La última escena de la joven moribunda emociona.

-¿Cuándo sería la fuga? -preguntó Viktor.

-Dentro de dos semanas -respondió el doctor Bela-. Tres, a lo sumo. No hay por qué precipitarse. Cuanto más cerca de aquí esté el Ejército de Patton, mejor para nosotros.

-De acuerdo -aceptó Viktor-. Cuenta conmigo.

El plan se llevó a cabo según lo había previsto la minuciosidad húngara del doctor Bela. Los dos mé­dicos abandonaron juntos el campo de concentración sin ninguna dificultad. El problema surgió cuando el miembro de la resistencia, a través de otra persona, les comunicó que no podía proporcionarles unifor­mes hasta dentro de cinco horas; de alimentos, el emisario ni siquiera habló.

-Bien, volvemos a nuestro campo -dijo Bela-, y regresamos aquí transcurridas cinco horas.

-Antes podemos echar un vistazo a ese barracón vacío de la sección de mujeres -comentó Viktor-. No se ve a nadie.

-Las pobres han sido enviadas a otro campo -asintió el médico húngaro-. A lo mejor encontra­mos algo de interés.

El barracón estaba muy desordenado. Por todas partes había desperdicios, pajas, alimentos descom­puestos o loza rota. Algunos tazones se conservaban en buen estado, pero no los cogieron: sabían que no sólo se habían utilizado para comer, sino también como palanganas y orinales. Encontraron dos mo­chilas que les podrían ser útiles.

Volvieron corriendo a su campo. Cuando Viktor entró en el barracón, reunió todas sus posesiones: un cuenco, dos guantes rotos -heredados de un pa­ciente muerto de tifus- y unos cuantos recortes de papel con signos taquigráficos, en los que había em­pezado a reconstruir El médico y el alma. Pasó una visita rápida a todos sus pacientes, que yacían sobre tablones a ambos lados del barracón.

Aunque tenía que guardar en secreto la intención de escapar, Viktor mostraba cierto nerviosismo, y uno de aquellos pacientes -nacido en Viena-, cuya vida se empeñaba inútilmente en salvar, le preguntó:

-¿Te vas tú también?

-¿Adónde voy a ir? -negó Viktor.

Pero, tras la ronda de enfermos, volvió junto a su compatriota. Observó su mirada desesperada y sintió como una especie de acusación. De pronto, decidió mandar en su destino:

-No me voy a ir de ninguna de las maneras -le aseguró.

Salió corriendo del barracón y llegó hasta donde se encontraba el doctor Bela.

-Lo siento de veras -le dijo Viktor-, pero no voy a irme contigo.

-¿Por qué has cambiado de opinión? -inquirió el médico húngaro.

-Porque no puedo, ni debo, abandonar a mis en­fermos. Prefiero quedarme con mis pacientes. Es todo, querido Bela.

-¡Pero ni siquiera sabes lo que te traerán los próximos días!

-Lo que Dios quiera -contestó Viktor sonrien­do abiertamente-. Por eso me ha desaparecido el remordimiento que tenía de dejarlos ahí tirados, de­lirando sobre los tablones podridos. Y por eso tengo ahora una gran paz interior, como nunca antes he sentido.

-Pues ¿sabes lo que te digo? -el doctor Bela también sonrió-. Que nos quedamos los dos. Leer el resto de esta entrada »

En su viña

Miércoles, 20 agosto, 2008

Imagina por un momento que te preguntasen qué preferirías: ¿tener un trabajo desde la primera hora de tu vida o estar desocupado y ser contratado solo al final y recibir el mismo pago que si hubieras trabajado toda tu vida? Esta es la cuestión que nos plantea el Evangelio de hoy.

Ya sabes como es: aquel padre de familia que salió de madrugada a contratar unos braceros, unos fueron llamados al comenzar la aurora y otros ya muy cercana la noche fueron contratados para trabajar en su viña. Esto es lo precioso: Su Viña.

Aquellos hombres hubieran preferido haber trabajado solo al final, así parece indicarlo la envidia con la que murmuran del Amo: ellos han recibido la misma paga a pesar de haber soportado el peso del día y el calor… El Amo se sorprende de la reacción, porque el contrato era bien claro: el que quiera venirse conmigo: niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame… Porque Él quiera ser bueno, es decir, porque Él quiera que todos los hombres se salven, porque Él llame misericordiosamente a cada uno a la hora en que sus circunstancias personales lo aconsejen… A ellos qué les importaba: anda, toma lo tuyo y vete.

Por eso, tu y yo, que hemos nacido cristianos, que desde la cuna aprendimos a rezar, sí, tu y yo, que hemos sido llamados desde la primera hora de nuestra vida, vamos a disfrutar de este honor. Cada día salimos a trabajar a su viña, al mundo, y con nuestro trabajo podemos “instaurar todas las cosas en Cristo (Ef 1,10), dice san Pablo a los de Éfeso, renovad el mundo en el espíritu de Jesucristo, colocad a Cristo en lo alto y en la entraña de todas las cosas” (san Josemaría). Esta es la gozada de poder trabajar en su viña, así la fatiga, el sudor y el cansancio del peso del día, es algo santificable y santificador, es un servicio a la Iglesia, al Romano Pontífice y a las almas. Cuando nos sabemos trabajadores en su viña, con una razón de amor y de servicio, con “alma sacerdotal”, ese trabajo honesto, el que sea, nos mantiene unidos a Dios, nos permite participar en la creación, es dignidad humana, es instrumento para conseguir la perfección humana –terrena- y la perfección sobrenatural, es vínculo de unión entre los hombres para contribuir al progresos de todos los pueblos, es fuente de recursos para sostener a la familia… Es camino de santidad.

Bueno, ya se que muchos estáis de vacaciones, pero también ahí puedes descansar en el lagar de su viña, sin perder esa presencia del Padre, así nos lo recordaba hace unos días Benedicto XVI: “La persona humana se regenera sólo en la relación con Dios, y a Dios lo encuentra aprendiendo a escuchar su voz en la quietud interior y en el silencio”.

Madre mía, que no pierda este gozoso sentido sobrenatural del trabajo en el ajetreo de mi día, que aprenda a abandonarme en tu regazo, que sepa decirte cuando me venga la inquietud: tú harás las cosas antes, más y mejor, y así alcanzaré la paz y la serenidad que necesito. Y esa alegría, esa paz, será nueva fuente de eficacia.

Las noches en el Ka-Be

Viernes, 8 agosto, 2008

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Rios

Esta vez vemos al Dr. Frankl aplicándose a sí mismo uno de sus descubrimientos: la aceptación y distanciamiento en el sufrimiento y la búsqueda de sentido en todo lo que ocurre. El análisis de los tres niveles de valores es excelente y la actitud de abandono que muestra al final resulta emocionante. Una vez más, un capítulo sin desperdicio.

A las 5 de la madrugada todo era oscuridad allá afuera. Viktor estaba echado sobre un tablón en el suelo de tierra del Ka-Be, donde «se cuidaba» a unos setenta prisioneros. Se encontraba enfermo y no te­nía que desfilar para ir después al trabajo. Podía dor­mitar esperando el reparto de pan y el rancho de sopa aguada.

Desde el Ka-Be se escuchaba lejana, en el aire negro, la banda que empezaba a tocar: eran sus com­pañeros que salían al trabajo en formación. No oía bien la melodía, pero adivinaba las frases musicales dibujadas a intervalos por el viento. Miró a los de­más enfermos desde su tablón, porque sentía que esa música era infernal: marchas y canciones populares que les gustaban a los nazis. Y, al sonar esa música, sabía que todos sus camaradas, afuera en la niebla, desfilaban como autómatas: la música les empujaba como el viento a las hojas secas.

De repente, la ventisca abrió la puerta de par en par y la nieve entró en el barracón del Ka-Be. Un prisionero exhausto y cubierto de hielo se introdujo tambaleándose y durante unos minutos permaneció sentado. Regresaba del horroroso turno de noche, formado ahora para pasar revista. Pero el guardia lo echó rápidamente del Ka-Be.

-¡Cómo compadezco a este individuo -pensó Viktor-, mientras yo estoy aquí tumbado!

Pero no tardó en darse cuenta de que la fiebre, provocada por el tifus, le subía espectacularmente. Era una fiebre peculiar, llamada fiebre del tabardillo, que provocaba delirios y excitación a todos los en­fermos, en especial por la noche. El psiquiatra la identificó enseguida.

-¡Dios mío -rezó-, no quiero caer en un esta­do de delirio febril que me llevaría directamente a la cámara de gas!

Y fiel a su lema de aceptar la enfermedad, distan­ciándose al mismo tiempo de ella, decidió aprove­char su excitación febril para reconstruir, ya desde esa noche, el manuscrito de su libro El médico y el alma. Sacó del bolsillo su lápiz, además de los tro­zos diminutos de papel, y comenzó a estampar unas cuantas palabras taquigráficas -en medio de la no­che y a oscuras- para que le sirvieran de guión.

«Existen en el hombre tres tipos de valores que dan sentido a su vida -anota Viktor-. Primero: va­lores creativos. Segundo: valores vivenciales. Terce­ro: valores de actitud. Por ejemplo, un enfermo que yo atendí vivió sucesivamente estos tres valores de forma casi dramática. Era un hombre joven. Profe­sión: diseñador de publicidad; al diseñar anuncios vivía los valores creativos. Sufrió un tumor en la parte alta de la columna vertebral: ya no pudo ejer­cer su profesión ni, por tanto, esos valores creativos.

«En el hospital, se entregó a la lectura de buenos libros, se deleitaba oyendo música escogida y ani­maba a otros pacientes: entonces pasó a experimen­tar los valores vivenciales, es decir, da ahora un sen­tido a su vida acogiendo ese segundo tipo de valores. Primer viraje.

»Finalmente, su parálisis progresa tanto que ya no es capaz de leer, ni aguanta los auriculares -Viktor sigue escribiendo taquigráficamente-. ¿Qué actitud toma ante su destino? Sin quejarse, ofrece a Dios sus dolores por los seres queridos. Pues bien, cuando yo pasé la visita de la tarde, la víspera de su muerte, y sabiendo perfectamente lo que le aguardaba, ese ad­mirable enfermo me rogó que le pusiera la inyección de medianoche: para que yo no me molestara en le­vantarme a la mitad de la noche. Este hombre, en las últimas horas de su vida, no se preocupaba en abso­luto de sí mismo, sino sólo de los demás. Segundo y maravilloso viraje hacia el tercer tipo de valores: los valores de actitud, que son los más importantes para la persona, y los más difíciles de asumir, porque no todos aceptan el sufrimiento con dignidad».

Y así, escribiendo taquigráficamente incluso en la oscuridad de las noches, Viktor Leer el resto de esta entrada »

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos

En este capítulo, a través de gestos sencillos descubrimos la importancia de la amistad, del consejo amigo. Un saludo y un comentario salvaron la vida de Víktor Frankl y con él se salvaron otras muchas personas. ¡Cuanto puede llegar a depender de una indicación amiga en el momento oportuno!. El discurso que gracias a Walter Bonn puede dar Víctor en el barracón es una joya que vale la pena leer despacio.

En aquella situación, un día a la hora de almorzar en el trabajo, Viktor sacó de su bolsillo un cigarro que había obtenido a cambio de prestar un servicio a otro preso. El psiquiatra no fumaba. Pero, al igual que en Auschwitz, un cigarrillo constituía algo muy valioso: una especie de moneda con la que podían adquirirse otras cosas. Por ejemplo, alimentos.

Cuando los prisioneros se reagruparon para reci­bir en sus escudillas la sopa aguada y el trozo de pan negro, Viktor se acercó a un preso, que era un fuma­dor empedernido.

-¿Quieres este cigarro a cambio de tu sopa? -¡Por supuesto! -respondió el otro, a sabiendas de que aquella sopa no era más que agua caliente, con un ligerísimo olor a humo de carne-. Me basta con mi pan negro.

Viktor se retiró a beber la sopa, observando cómo volvía al trabajo otra fila de presos que ya habían re­cibido el rancho. Entre ellos, marchaba Alberto, el italiano que cantaba arias en Auschwitz. Se cruzaron un breve saludo. Fue suficiente. Su amigo se dio cuenta de que había visto a un «musulmán».

Al cabo de un rato, mientras Viktor apuraba los restos de sopa, se le acercó un prisionero.

-Hola, Viktor -le dijo-. ¿No te acuerdas de mí? Soy Benscher, un amigo de Alberto.

-¡Ah, sí: Benscher! -disimuló el psiquiatra, sin reconocerlo.

-¡Escúchame bien! -el recién llegado habló con energía-. ¡Estas muy delgado y sin afeitar!…

-¡Bah! ¿Y qué? -A Viktor parecía no importar­le nada.

-¡Y pesimista! -añadió Benscher-. ¡Reaccio­na, Viktor! ¡Es urgente! ¡No te des por vencido: por­que te estás convirtiendo en un «musulmán»!

Entonces el psiquiatra comprendió que su lamen­table estado le llevaría, antes o después, a la muerte.

-Un millón de gracias, Benscher. Y dáselas tam­bién a Alberto, que te ha enviado. Dile que echo de menos sus canciones.

A partir de ese momento, Viktor reaccionó con un vigor nuevo. No sólo se afeitaba a diario, sino que se decidió a reconstruir su libro El médico y el alma, para lo cual consiguió que el jefe del barracón, Walter Bonn, le proporcionase formularios de las SS. Él es­cribiría detrás del papel, por la parte no rellenada. Y, además, pudo sacar a Otto de su lamentable situación. Leer el resto de esta entrada »

Hasta donde los pies me lleven (Hardy Martins). He visto hace poco esta película en la que se narra el increíble pero histórico viaje que un soldado alemán, Clemens Forell, emprendió en su dramática huida de un campo de concentración de Siberia después de la II Guerra Mundial. A través del crudo invierno siberiano, y con la única obsesión de regresar con su familia, Forell tiene que recorrer, paso a paso, un difícil camino hasta llegar a Persia y así poder salvar su vida y conseguir la libertad.

Esta película me recordó la historia de Antoine de Saint-Exupéry, en Terre des hommes, donde narra la aventura de un piloto cuyo avión se había estrellado en los Andes, y que tras una increíble travesía apareció destrozado pero vivo, cuando todo el mundo había perdido la esperanza.

Dicen que la muerte blanca —la muerte por congelación— es una muerte dulce: entra una especie de sopor, lleno de sensaciones agradables en las que uno se encuentra, incluso, optimista… y entre dos sueños se escapa el alma. Aquel hombre, Guillaumet, lo sabía. No le costaba nada dejarse estar, recostado sobre el suelo helado, no levantarse después de una caída, decir ¡ya basta, se acabó!, y no volver a intentarlo de nuevo.

Aquel hombre tenía un montón de razones para dejar de luchar por salvarse: no conocía el camino, era casi seguro que todo aquel sobrehumano esfuerzo no serviría para nada. Estaba solo, perdido, roto de golpes, de fatiga, de cansancio. Derribado a cada paso por la tormenta, en una zona de la que se decía: «Los Andes en invierno, no devuelve a los hombres». «He hecho lo que he podido y ya no tengo esperanzas, ¿por qué obstinarse en este martirio?» Le bastaba cerrar los ojos para borrar del mundo las rocas, los hielos y las nieves. Y ya no habría golpes, ni caídas, ni músculos desgarrados, ni hielos abrasadores, ni ese peso de la vida que tenía que arrastrar tan pesadamente.

Pero Guillaumet piensa en su mujer, en sus hijos, en sus compañeros. ¿Quién podrá mantener a esa familia que le aguarda en algún lugar de Francia si él se para? No, no les podía fallar. Ellos le querían, le esperaban. ¿Qué pasaría si supieran que estaba vivo? «Si mi mujer cree que vivo, cree que camino. Los compañeros creen que camino. Todos tienen confianza en mí, y soy un canalla si no camino.»

Cuando volvía a caerse, repetía esas palabras. Cuando las piernas se negaban a avanzar más; cuando los huesos todos de su cuerpo gemían entumecidos por el frío y el cansancio; cuando después de bajar tenía que volver a subir, como en un carrusel que no acababa nunca, volvía a repetir el mismo estribillo: «si creen que vivo, creen que camino, y soy un canalla si no sigo». Cuando lo encontraron, su primera frase fue como resumen de su tenacidad extraordinaria: «Lo que hice, te lo juro, ningún animal lo hubiera hecho».

Saint-Exupéry lo comenta así en su obra: Ésta es la frase más noble que conozco, una frase que sitúa al hombre, que le honra, que restablece las jerarquías verdaderas.

Cuando a Guillaumet está exhausto y le abruma saber que es casi imposible que llegue a encontrar a nadie en aquellas montañas, rechaza la voz del agotamiento, que le incita a tirarse al suelo y renunciar. El animal sólo soporta el agotamiento cuando está espoleado por impulsos básicos, como el miedo; sin embargo el hombre ha multiplicado los motivos para sobreponerse y aguantar: los valores que influyen en su conciencia pueden ser sentidos, como sucede a los animales, pero también pueden ser pensados. Cuando los sentimos, sólo experimentamos su atracción o su repulsión; cuando los pensamos, podemos ver lo valioso aunque casi no sintamos nada.

A pesar de la angustiosa protesta de sus músculos, y de que sólo siente cansancio, Guillaumet puede pensar en otros valores, o recuperar de su memoria los valores vividos en otras ocasiones, y ajustar a ellos su comportamiento. Una vez más, lo espiritual se introduce en lo corporal, lo amplía y lo enriquece.

www.interrogantes.net

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos

Seguimos con este impresionante relato. En este capítulo se nos dice el motivo del título del libro: unos pendiente que Frank regalo a Tilly el día de su primer aniversario de boda llevaban gravados ese lema. También descubrimos la fuerza del amor humano en los momentos más duros de un hombre y como la existencia de Dios se presenta como algo esencial para dar sentido a la vida, aunque sea una vida que parece ir apagando su luz poco a poco entre las tienieblas…

Viktor acudió a la habitación del médico jefe, acompañado por Otto, pues éste supo que allí regala­ban té. Estaban reunidos en aquella habitación unos cuantos amigos íntimos del doctor Pannwitz y, tam­bién -por supuesto de forma totalmente ilegal- ­como en la sesión anterior, el oficial alemán a cargo del escuadrón sanitario.

Esta vez la sesión no tuvo éxito, y los contertulios se dedicaron a contar chistes. Las risas atrajeron a Johann Meinong, el llamado «kapo asesino», quien, al ver en la habitación al oficial alemán, entró sin re­milgos. Entonces el médico jefe le pidió algo insó­lito:

-¡Vamos Johann: recítanos ese poema de amor compuesto por ti!

-¡Sí, sí; es el poema más famoso de todo el campo! -intervino el oficial alemán.

El «kapo asesino» no necesitaba que se lo repitie­ran dos veces, de modo que rápidamente sacó una especie de diario del que leyó algunas muestras de su arte. Con un ojo más cerrado que el otro, cabeza cuadrada estilo Frankestein y voz cavernícola, que jugaba ahora a ser dulce, el kapo inició un espec­táculo que movía a la carcajada.

-Procura que no te dé la risa -susurró Otto al oído de Viktor-. Ya sé que es difícil. Pero ahora lo importante es aplaudir a nuestro kapo amoroso.

Rudo como un orangután, Johann Meinong leía con orgullo los siguientes versos:

«Mi quieto corazón se inquieta por ti, y mi alma se calma por tu ternura, pues te amo con tanta hartura que no puedo vivir ya más así. »

Al borde del ataque de risa, Viktor se mordía los labios hasta hacerse sangre. Estaba a punto de soltar una sonora carcajada, cuando Otto le golpeó en la espinilla: Aguanta, Vikor -le dijo-. Sé fuerte y aplau­de con ganas. -No creo que lo resista -replicó el psiquiatra.

El dulce «kapo asesino» prosiguió su grotesca lectura:

«Te quiero porque quiero quererte, te amo porque amo amarte, te adoro porque adoro adorarte y te beso porque… porque beso besarte.»

Viktor y Otto aplaudieron con todas sus fuerzas. Había lágrimas en sus ojos, fruto de la risa contenida. -Más aplausos, más, más -le insistió Otto, en voz baja. -Te comprendo -susurró Viktor, sin dejar de aplaudir-. Siempre resulta útil que el «kapo asesí­no» nos conozca desde un ángulo favorable.

Acabada la fallida sesión de espiritismo, Viktor y Otto regresaron a su barracón. Y, mientras Otto tre­paba hacia la litera de arriba, Viktor se despidió así: -Y me duermo porque me duerme dormir…

Al día siguiente, a las seis de la mañana, Leer el resto de esta entrada »

¡Qué bello podría ser el mundo!

Viernes, 11 julio, 2008

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos.

Un viernes más continuamos con este formidable relato, en el que vamos descubriendo la personalidad de Víctor Frankl y las vicisitudes que tuvieron que pasar en los campos de concentración. Esta vez el relato nos ofrece dos datos interesantes: el fenómeno de la “hibernación de los sentimientos” y el sentido de la belleza que nunca parece perderse.

Como todos los de su barracón, Viktor recogió sus pertenencias: cuchara y escudilla para la sopa, unos trozos de tela sucia y poco más. Cuando salía hacia el patio, oyó al viejo vigilante del barracón:

-¡Ojalá hagáis un viaje rápido hacia un campo que, a diferencia de Auschwitz, no tenga «chime­nea»!

-Espero que se cumpla su deseo -respondió Viktor-, y que no nos vea usted subir al cielo en forma de humo.

A la espera de conocer su destino, los presos for­maron en el patio durante dos horas angustiosas y frías. Entonces el oficial de las SS dio la orden: -¡En marcha!

Salieron del campamento. El alivio fue grande cuando vieron que los llevaban a la estación ferro­viaria. Allí los esperaba un tren de mercancías, tan destartalado como ellos mismos. Y les ordenaron su­bir a los vagones.

Viktor y Kurt comprendieron que iban a ser tras­ladados a otro campo de concentración. Pero el tren tardó más de siete horas en tomar la salida, y des­pués su marcha era lenta. Además, en el vagón no había sitio para que todos se sentasen en el suelo al mismo tiempo, y la mayoría tenía que permanecer de pie todo el viaje, mientras que unos pocos se turnaban para ponerse de cuclillas en la estrecha franja empapada de orines. Entre ellos estaba Kurt Pichler, por quien Viktor había intercedido a causa de su ca­dera dislocada.

Había unos cincuenta prisioneros en aquel vagón; y dos mil, en todo el tren. En ese vagón, que sólo te­nía dos pequeñas mirillas enrejadas, quienes no esta­ban agachados en el suelo se agolpaban en torno a los ventanucos. Con él transcurso del tiempo, Viktor se dio cuenta de que se dirigían a Austria.

-¿Austria? -uno de los prisioneros más vetera­nos se sobresaltó-. ¡En Austria está el campo de Mauthausen! ¡Tiene horno, crematorios y cámaras de gas!

-¡Mierda! -exclamó Kurt- Estamos más muer­tos que vivos.

-Si vamos a ese campo -comentó Viktor-, me temo que sólo nos quedan una o dos semanas de vida. Leer el resto de esta entrada »

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