Es increíble lo que puede revelar un juego amañado de Monopolio. En esta entretenida pero aleccionadora charla, el psicólogo social Paul Piff comparte su investigación sobre cómo se comporta la gente cuando se siente rica.  Afirma que: “A medida que aumentan los niveles de riqueza de una persona, sus sentimientos de compasión y empatía bajan, y sus sentimientos de derecho, del merecimiento, y su ideología de auto-interés aumenta”. Pero aunque el problema de la desigualdad es un reto complejo y difícil, también hay buenas noticias. (Filmado en TEDxMarin).

El despojamiento

Martes, 5 febrero, 2013

Nuestra fe se profundiza con la pérdida de los sistemas de seguridad que tenemos, con la pérdida de esos elementos que nos hacen tener una sensación de fortaleza, de poder y de importancia. La privación de esas cosas deja en nosotros el espacio necesario para la fe, la cual requiere de la humildad. Dios, al privarte de tu fortaleza y poder, te acerca a él, hace que lo necesites más y te coloca en la verdad; y esto es una gracia invaluable. San Juan de la Cruz dijo que Dios ama a las almas aún más cuando las despoja, porque es entonces cuando los hombres pueden llegar a la plenitud de la fe. Cuando no tienes apoyo en ningún sistema de seguridad, entonces puedes ser atraído por Dios como tu único apoyo, como la única roca que te salva.
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Un antiguo cuento de los hermanos Grimn

Miércoles, 11 julio, 2012

Un pobre y piadoso campesino murió y fue al cielo. Al llegar coincidió con un hombre que había sido muy rico en su vida. Abrió la puerta San Pedro e hizo pasar al rico, y dejó al pobre esperando fuera. Desde allí oyó éste como se recibía al rico en el cielo: con gran regocijo y multitud de música y de canciones. Al acabar, se volvió a abrir la puerta del cielo y se hizo pasar al pobre, pero en esta ocasión no hubo ni música ni cantos. Se le acogió con afecto y alegría, y fue acompañado por algunos ángeles; pero sin especial regocijo ni festejo.

Extrañado, el pobre preguntó a San Pedro el por qué; pues parecía que en el cielo se trataba a las personas con la misma parcialidad que en la tierra: a los ricos mejor que a los pobres. San Pedro se llevó las manos a la cabeza y dijo:

“¡Que va! Tú serás igual de feliz que él, y gozarás de Dios lo mismo. Pero date cuenta de que pobres como tú vienen aquí todos los días; y, en cambio, ricos como ese sólo llega uno cada cien años”.

***

Este cuento parece recoger las palabras de Jesucristo: ¡qué difícil es que un rico entre en el reino de los cielos!

Muchos santos han vivido el desprendimiento y pobreza. Todos los cristianos hemos de imitar su ejemplo y vivir una auténtica pobreza interior, que nos lleva a estar desprendidos de los bienes y riquezas que poseemos. El dinero y los bienes son necesarios para vivir; pero debemos usar de ellos con sobriedad, sin poner las ilusiones y el corazón en esas cosas materiales; teniendo lo suficiente para vivir y no viviendo para tener más cada día. Así estaremos desprendidos de lo que poseemos, para bien del prójimo y de nuestra propia alma.

Benjamin Franklin

Una madre joven, con un niño pequeño cogido de su mano, le planteaba a Franklin la necesidad de tener en abundancia para poder ser feliz. Franklin, sin decir nada, cogió una manzana de una cesta y se la dio al niño. El pequeño la cogió con gran alegría. Franklin le alargó otra manzana, que el niño cogió con el mismo gozo con la otra mano. Entonces Franklin le dio una tercera. El niño quiso abarcar las tres y no pudo; se le cayeron todas al suelo rodando. Y el pequeño empezó a llorar.

¿Ves? ­ dijo el sabio a la madre ­ Aquí tienes un hombrecillo que posee demasiadas riquezas para poder disfrutarlas. Con dos manzanas era feliz; con tres ya deja de serlo. ¿No ocurre lo mismo a menudo con los hombres?

La felicidad vale más que las cosas. Por eso las cosas no pueden darla: lo que es menos no puede dar lo que es más, el efecto no puede ser superior a la causa. Un periódico londinense ofreció un premio a la frase que definiera mejor lo que era el dinero. Al fin lo concedió a la siguiente:

“[El dinero es] Un artículo que puede usarse como pasaporte universal para todo, menos para el Cielo. Y que vale para obtener cualquier cosa, menos la felicidad.”

Vicki Robin

Vicki Robin

A mediados del año pasado me propuse quedarme con 100 cosas de uso personal hasta el 19 de septiembre, día de mi cumpleaños. Desde entonces, y al dejar de tener este propósito he vuelto con cierta sorpresa a comprobar como mis cosas van poco a poco aumentando con multitud de elementos de utilidad más que dudosa, y que he ido adquiriendo sin apenas necesidad. Quizá en su momento parecía muy necesario.

Otro ejemplo, nos parece, que cualquier máquina que reduzca un poco el esfuerzo físico resulta enseguida indispensable. Tomamos el ascensor para subir o bajar uno o dos pisos, o el coche para recorrer sólo unos cientos de metros, y, al tiempo, con frecuencia nos proponemos hacer un poco más de ejercicio o practicar todas las semanas un rato de deporte.

Otro ejemplo, para estar a gusto en casa, ¿es necesario pasar a 25 grados en invierno, y el verano a 18? ¿En cuantas casas hay casi que estar en camiseta en pleno invierno, o abrir las ventanas, porque hace un calor sofocante? ¿Y no hemos pasado muchas veces frío, o incluso cogido un buen catarro, a causa de los rigores del aire acondicionado de una cafetería, un salón de actos o un avión?

La idea de consumir con un poco más de sensatez y de cabeza, de llevar un estilo de vida un poco más sencillo, o, en definitiva, de vivir mejor con menos, es una idea que por fortuna se está popularizando en la cultura norteamericana con el nombre de downshifting (podría traducirse como desacelerar o simplificar). Partiendo del principio de que el dinero nunca podrá llenar las necesidades afectivas, y de que una vida lograda viene dada más por la calidad de nuestra relación con los demás que por las cosas que poseemos o podamos poseer, esta corriente no trata sólo de reducir el consumo, sino sobre todo de profundizar en nuestra relación con las cosas para descubrir maneras mejores de disfrutar de la vida.

La crisis económica actual puede abrirnos los ojos acerca de la tiranía de las compras a plazos, las hipotecas y la ansiedad por lograr un nivel de vida mayor, muchos hombres y mujeres empiezan a preguntarse si su calidad de vida no mejoraría renunciando a la fiebre del ganar más y más, y procurando en cambio centrarse en gastar un poco menos, o mejor dicho, en gastar mejor.

Esta tendencia del downshifting, que se está extendiendo también poco a poco por Europa, incluye también la idea de alargar la vida útil de las cosas, procurar reciclarlas, buscar fórmulas prácticas para compartir el uso de algunas de ellas con parientes o vecinos, etc. En todo caso, hay siempre un punto común: el dinero no garantiza la calidad de vida tan fácilmente como se pensaba.

En busca de un nuevo concepto de austeridad, los promotores de este estilo de vida buscaron el modo de renunciar a caprichos y gastos superfluos hasta reducir sus gastos en un veinte por ciento.

“Lo primero que hay que hacer —suele afirmar Vicki Robin, uno de sus más cualificados representantes— es averiguar el grado de satisfacción que nos producen las cosas, para distinguir una ilusión pasajera de la verdadera satisfacción. Con esta fórmula cada uno puede detectar los valores que le proporcionan bienestar y descubrir de qué puede prescindir, y así alcanzar paso a paso un nuevo equilibrio vital más satisfactorio.”

Por ejemplo, en la educación o la vida familiar, es frecuente que los padres, debido a la falta de tiempo para la atención afectiva de sus hijos, cada vez les compren más cosas, motivados a veces por un cierto sentimiento de culpabilidad… Toth decía que son muchos los talentos que se pierden por la falta de recursos, pero muchos más los que se pierden en la blanda comodidad de la abundancia.

No son pocos los padres que, de tanto trabajar hasta la extenuación y reducir el número de hijos para poder así gastar más y más en ellos, hacen que ese dinero mal empleado acabe por estropearlos… Conseguir que los hijos sepan lo que cuesta ganar el dinero y sepan administrarlo bien. Que no acabe sucediendo aquello de que saben el precio de todo pero no conocen el valor de nada.

Fuente: www.interrogantes.net

El desafío

Miércoles, 2 julio, 2008

En el evangelio de hoy vemos como el Señor llega a la región de los gerasenos donde su presencia va a generar una auténtica crisis ¿La causa de la crisis? Entrar en un cementerio donde estaban dos endemoniados y enviar a los demonios a una piara que retozaba cerca provocando que los cerdos cayeran por un acantilado y muriesen ahogados en el mar. ¿En qué consistió la crisis? En el desastre económico que provocó en aquellas familias de porqueros y en la nueva situación de incomodo que generaba la presencia de aquellos dos endemoniados curados: todos sabrían lo sucedido: que satanás existe, que existen los cementerios y la muerte, que necesitan un Salvador que los libere… Estaban obligados a afrontar la realidad y ¡claro! Eso era demasiado. La presencia del Señor era incómoda y estaba provocando toda una crisis, y aquellos hombres preferían no afrontarla… Mejor expulsar al Señor: “el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país”.

Vemos como este deseo de quitar a Dios de en medio se viene agudizando en los últimos años. Recientemente, por ejemplo, se están publicando libros que arremeten contra la creencia en Dios. Sin embargo los hechos son tozudos y la religión sigue siendo la realidad más viva sobre la que se han firmado más actas de defunción… falsas (cfr. Las actas de defunción de Dios). Efectivamente, la sed de Dios permanece, y aunque se dice que vivimos en un mundo materialista, vemos también como el supermercado de productos espirituales está más saturado que nunca. Todo hay que decirlo, no se trata tanto de religión, como de “espiritualidad” (cfr. El esoterismo en los quioscos; aquí tampoco incluyo el Proyecto Gran Simio que una comisión del Parlamento español ha aprobado a favor de extender nuestra “comunidad de iguales” a chimpancés, orangutanes y gorilas).

Carlos, un médico amigo de cuidados paliativos, me comentaba como los familiares suelen evitar hablar con estos enfermos terminales sobre la realidad de su muerte inminente. Sin embargo –seguía diciéndome Carlos- todos lo saben; no es un problema de información, sino de comunicación. El médico muchas veces debe hacer de canal para que “eso” que está omnipresente en el ambiente pueda hablarse con tranquilidad, y se afronte la realidad con calma. La virgen, Auxilio de los enfermos, nos de fuerzas para afrontar esta realidad “ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”.

Bueno a lo que vamos, hoy muchos cristianos tienen miedo a hablar de Dios, porque piensan que si lo hacen pueden provocar algún tipo de crisis, que puede ser una actitud provocadora, desafiante: “si le digo a esta persona que eso es pecado, la voy a deprimir…”; “si hablo del infierno, van a tener miedo…” ¿Para qué complicarme la vida y complicarles la vida, si son felices así?… La cortesía y el arte del buen hacer no están reñidas con la verdad, y como he visto ya como terminan muchas de esas no-crisis, le pido a Santa María Virgen que, a imitación del Señor con los gerasenos, nos haga perder el miedo a la verdad que se esconde en las conciencias.

¡Ah! Una última cosa curiosa, ¿te has fijado que la petición de los demonios es dirigirse a los cerdos que están hozando, moviendo y levantar la arena con el hocico? Las vacaciones son un momento para hacer aquello que no hemos podido hacer. Rezar más, leer buenos libros, algo de deporte, visitar a los amigos o a aquel enfermo que siempre nos pilla a deshora, cultivar nuestras aficiones o empezar unas nuevas. Ya sabes no es bueno dejarse llevar por el “no hacer nada.”

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