Corpus Christi

Domingo, 10 junio, 2012

Me he encontrado con este magnífico vídeo, sobre las claves de la devoción Eucarística. Vale la pena disfrutarlo a toda pantalla

Este domingo se celebra la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo -también conocida como Corpus Christi.

Nuestra fe, por supuesto, es interna.El reino de Dios en vosotros está“, como Jesús mismo enseñó. La esencia de nuestra fe es una aceptación interior, sincera, de Jesucristo como nuestro Señor y Salvador, y de todas las verdades que Él y Su Iglesia han revelado. El alma es el territorio de la fe.

Sin embargo, nuestra fe es también externa, porque nuestra aceptación interna de Cristo tiene profundos efectos exteriores. Una adhesión interior a Cristo en la conversión del corazón, tiene importantes efectos en la familia, en el trabajo, en los amigos, en la sociedad, etc.

Por lo tanto, a medida que internamente profesamos nuestra fe en la Eucaristía, se nos anima a manifestarla también externamente. Por eso, se me ocurría que  podemos cuidar especialmente algunos aspectos externos relacionados con nuestra fe en la Eucaristía: Leer el resto de esta entrada »

“No te olvides del Señor, tu Dios, (…) que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres” Estas palabras parecen estar escritas para los hombres-niños. No negaremos la importancia de los poderosos y grandes medios humanos, pero en lo referente a la salvación nada pueden hacer. No existe poder en toda la tierra capaz de vencer a la muerte y asaltar el Cielo. Efectivamente, en lo referente a la salvación, somos como niños pequeños que han de ser alimentados y limpiados, solo cuando aprendemos a abandonarnos indefensos puede alimentarnos el mismo Dios y cambiarnos los pañales en el sacramento del Perdón.

“Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”. Solo el hombre-niño entiende estas palabras que la Iglesia hace suyas cuando afirma que faltar a misa un domingo constituye un pecado mortal, es decir se nos priva del alimento necesario para la Vida Eterna. El hombre-autónomo no las puede entender porque en el fondo piensa que puede salvarse a sí mismo… Cualquier bebé sabe instintivamente que si no se abraza a los pechos de su madre morirá. Y cualquier cristiano sabe que Dios alimenta a sus pequeños, porque Salvación y Eucaristía son, exactamente, lo mismo.

¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta Pascua! (Lc 22,15) El hombre-niño también sabe que Jesús desea llegar a su corazón, que ansía la celebración de la eucaristía… Al parecer una de las principales necesidades del hombre es la necesidad de sentirse amado y aceptado. Pues bien, Juan Pablo II nos recuerda que el acto de comulgar, no es tanto que tú lo recibas a él, sino que él te recibe a ti. Te das cuenta: “Él te recibe”… ¿Existe mejor modo de expresar que Él nos acepta y nos ama?… Celso, un filósofo pagano del año 178 para burlarse de los cristianos, a los que consideraba unos locos, decía: “Creen que Dios se transformó en uno de ellos y que pueden fundirse con él en el banquete eucarístico”. Pero no somos los cristianos los que estamos locos, es en realidad Dios mismo quien parece haberse vuelto loco. ¿Acaso no es la eucaristía una manifestación de la locura de Cristo, del loco amor que nos tiene…, del amor que te tiene? Por eso, es muy importante que creas en este Amor, que creas que Él ansía llegar a ti en la eucaristía. Y que al igual que una madre buena sufre “el tormento de la espera” del hijo que no llega, así pero infinitamente más, todo un Dios, sufre por ti cuando no te llegas bien preparado algún domingo. Cuando descubrimos esto, entonces ya no podemos vivir sin la eucaristía.

Madre Mía que nunca deje de prepararme para poder comulgar bien el Pan Nuestro de cada día.

La gratitud está íntimamente relacionada con la humildad. Te has dado cuenta que solo agradece aquél que se considera indigno del servicio prestado. Por el contrario, el soberbio nunca siente que esté suficientemente reconocido, nada está a la altura de lo que él se merecería.

Hemos de aprender a dar gracias habitualmente. En primer lugar, a los que tenemos cerca, que son quienes más nos sirven: los parientes y los amigos, los vecinos, los compañeros de trabajo. También los conciudadanos: en la calle, en el medio de transporte, en el supermercado… Pero sobre todo hemos de dar gracias a Dios.

Y es que a poco que examinamos nuestras vidas, descubriremos muchos motivos personales de agradecimiento a Dios… Por eso, vamos tu y yo a acostumbrarnos a dar gracias a Dios por las alegrías y por las penas, por las facilidades y por las dificultades que hayamos podido encontrar, pues todo concurre al bien de los que aman al Señor (cfr. Rm 8, 28). San Josemaría, siendo sacerdote joven, aprendió a ser muy agradecido en todo: «Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. —Porque te da esto y lo otro. —Porque te han despreciado. —Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes.
»Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. —Porque creó el Sol y la Luna y aquel animal y aquella otra planta. —Porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti te hizo premioso…

»Dale gracias por todo, porque todo es bueno» (Camino, 268).

El próximo Domingo celebraremos la Solemnidad del Corpus Crristi. La mejor manera de dar gracias al Padre es uniendo nuestra alabanza a la oración de Jesucristo en el sacrificio de la Misa. Juan Pablo II lo explicaba en la Exhortación Mane nobiscum Domine, n. 26:

Un elemento fundamental de este «proyecto» aparece ya en el sentido mismo de la palabra «eucaristía»: acción de gracias. En Jesús, en su sacrificio, en su «sí» incondicional a la voluntad del Padre, está el «sí», el «gracias», el «amén» de toda la humanidad. La Iglesia está llamada a recordar a los hombres esta gran verdad. Es urgente hacerlo sobre todo en nuestra cultura secularizada, que respira el olvido de Dios y cultiva la vana autosuficiencia del hombre. Encarnar el proyecto eucarístico en la vida cotidiana, donde se trabaja y se vive —en la familia, la escuela, la fábrica y en las diversas condiciones de vida—, significa, además, testimoniar que la realidad humana no se justifica sin referirla al Creador: «Sin el Creador la criatura se diluye». [GS 36] Esta referencia trascendente, que nos obliga a un continuo «dar gracias» —justamente a una actitud eucarística— por lo todo lo que tenemos y somos, no perjudica la legítima autonomía de las realidades terrenas, [Ib.] sino que la sitúa en su auténtico fundamento, marcando al mismo tiempo sus propios límites”.

Que la Virgen María presente esta acción de gracias por medio de nuestra adoración y reverencia a Jesús en la Eucaristía, para que se cumpla en nuestra vida la invitación de san Pablo: “Dad gracias siempre, unidos a Cristo Jesús, pues esto es lo que Dios quiere que hagáis”.

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