Aquí tenéis algunos anuncios divertidos aparecidos en tablones de anuncios de parroquias. Ya los conocía, pero el rato divertido que he pasado releyéndolos me animó a ponerlos en el blog:

“Para los que tengan hijos y no lo saben, tenemos en la parroquia una zona preparada para niños” 

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“El grupo de “recuperación de la confianza en sí mismos” se reúne el jueves por la tarde, a las ocho. Por favor, entrar por la puerta trasera”

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“Estimadas señoras, ¡no se olviden de la venta de beneficencia! Es una buena ocasión para liberarse de aquellas cosas inútiles que estorban en casa. Traigan a sus maridos” 

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“El coro de los mayores de sesenta años se suspenderá durante todo el verano, con el agradecimiento de toda la parroquia”

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“El precio para participar en el cursillo sobre “oración y ayuno” incluye también las comidas” 

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“Por favor, pongan sus limosnas en el sobre, junto con los difuntos que deseen que recordemos”

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“El próximo martes habrá alubiada en el salón parroquial. A continuación tendrá lugar un concierto. 

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“El mes de noviembre terminará con un responso cantado por todos los difuntos de la parroquia”

Nobleza obliga

Miércoles, 11 enero, 2012

Pero no basta con saber que somos hijos de Dios, es necesario tener lo que podríamos llamar “sentido de filiación“. Tener un sentido vivo de esta altísima dignidad es algo lógico y natural: Los hijos… ¡Cómo procuran comportarse dignamente cuando están delante de sus padres!     Y los hijos de Reyes, delante de su padre el Rey, ¡cómo procuran guardar la dignidad de la realeza!     Y tú… ¿no sabes que estás siempre delante del Gran Rey, tu Padre-Dios? (Camino 265)
Este sentido de filiación divina es un don, un regalo que el Señor hace a quien quiere: nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo lo quisiera revelar (Mt 11, 27). A modo de ejemplo de don, copio este relato de la experiencia de un santo: “Día de Santa Eduvigis 1931: Quise hacer oración, después de la Misa, en la quietud de mi iglesia. No lo conseguí. En Atocha, compré un periódico… y tomé el tranvía. A estas horas, al escribir esto, no he podido leer más que un párrafo del diario. Sentí afluir la oración de afectos, copiosa y ardiente. Así estuve en el tranvía y hasta mi casa (…) Sentí la acción del Señor que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba! Pater! (…) Y anduve por las calles de Madrid, quizá una hora, quizá dos, no lo puedo decir el tiempo se pasó sin sentirlo. Me debieron tomar por loco. Estuve contemplando con luces que no eran mías esa asombrosa verdad, que quedó encendida como una brasa en mi alma, para no apagarse nunca. Años más tarde dirá: Aprendí a llamar a Dios Padre, en el Padrenuestro, desde niño; pero sentir, ver, admirar ese querer de Dios de que seamos hijos suyos…, en la calle y en un tranvía  -una hora, hora y media, no lo sé-; Abba, Pater!, tenía que gritar. (Cfr. Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, p. 389-391)
Fue una gracia que Dios le otorgó para que se desbordase en otras almas, como la de aquel buen estudiante de la Central—, pensaba en lo que usted me dijo… ¡que soy hijo de Dios!, y me sorprendí por la calle, ‘engallado’ el cuerpo y soberbio por dentro… ¡hijo de Dios!» Le aconsejé, con segura conciencia, fomentar la «soberbia». (Camino 274).
Escribe santo Tomás de Aquino que “el premio de la virtud es el honor”. Por eso, el cultivo del sentido de la filiación divina nos dará también un “sentido del honor”. Cuantos olvidan o no conocen su dignidad de hijos de Dios, y viven como el hijo pródigo de la parábola, en la degradación de sí mismo por el pecado. Hasta que un día el recuerdo de la dignidad perdida le hace volver arrepentido hasta los brazos de su padre, que le pone un vestido nuevo, unas sandalias y un anillo, señales de su honor. Leer el resto de esta entrada »

Filiación divina

Miércoles, 11 enero, 2012

Filiación divina… Somos hechos hijos de Dios por el Bautismo. En la pila bautismal, cual seno materno de la Iglesia, se nos da a luz como hijos suyos. Y como nacidos de una misma Madre, la Iglesia, somos también todos hermanos. Y al igual que decimos de los que tienen un mismo lugar de origen, que son del mismo pueblo o ciudad, así todos los que tuvimos el mismo origen, la pila bautismal, somos del único Pueblo de Dios.
El domingo pasado, tras el bautismo de Jesús, escuchamos: Este es mi Hijo, en quien tengo mi complacencia. De algún modo, esto mismo se verifica en cada uno de nosotros. Todo un Dios desde el Cielo nos dice a ti y a mí: tú eres mi hijo amado.
Hace años vi en uno de esos folletos de formación para jóvenes una simpática viñeta. Sobre una nube aparecía Dios, sentado en su trono. Frente a Él, un coro angélico entonaba melodías cuya belleza se expresaba en el papel por medio de notas perfectamente dibujadas y ordenadas. Dios, sin embargo, no parecía prestar atención, distraído como estaba mirando hacia abajo, más allá de la nube, con una gran sonrisa que revelaba una inmensa simpatía. Abajo, en la tierra, un joven con las manos en los bolsillos, caminaba distraídamente tarareando algo. De sus labios salían unas notas arrugadas y “escuchimizadas” pero que deleitaban a Dios más que los cantos celestiales. Cuando el director del coro se acercó a ver qué distraía tanto a Dios, al ver a aquel joven, Dios le dijo: “Es que ¿sabes? ¡Es un hijo mío!”. No era la melodía de aquel susurro lo que gano el corazón de Dios, era el timbre cálido del Espíritu de su Hijo; el timbre cariñoso del amor a Dios. Ya ves, un ignorante, un patoso, tu y yo, podemos infundir a todo un Dios la más dulce de las ternuras, si, viviendo en gracia, procuramos agradarle en todo lo que hacemos.
¿Y por qué es esto así? Hace tiempo descubrí la respuesta. Estaba frente a mí, una madre joven cogía a su pequeñín y lo apretaba contra su pecho mientras no paraba de decir: ¡Ay mi pequeñín! Cuchi, cuchi, cuchi. Y le besaba: ¡Es que te comería a besos! ¡Ay madre, cuanto te quiero! ¡Mi niño!… ¿Por qué quiere tanto esa mujer a esa criatura que tiene en brazos? Sencillamente porque es su hijo. No hay otra razón.
Por eso, pase lo que pase en nuestra vida, recuerda: tú eres hijo de Dios… Y si alguna vez cayeras hasta lo más bajo, desde allí abajo, aunque aún estuvieras lleno de barro,  grita desde el hondón de tu miseria: ¡¡Padre!! Y Tu Padre, que es bueno, te escuchará y atenderá tu súplica.
Además tenemos a la Virgen Madre que nos abraza con su inmenso cariño, un cariño tan difícil de expresar con palabras. ¡Gracias Madre!

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