Vittorio Messori

Continuamos con los relatos de conversiones al catolicismo que estamos sacando del libro de José Ramón Ayllón 10 ateos cambian de autobus. Esta vez se trata del periodista Vittorio Messori

No he tenido una infancia ni una juventud católica. Lo que sí he conocido de cerca es la cultura laicista. Y, luego, un encuentro misterioso y fulgurante con el Evangelio, con una Persona, con Jesucristo. Y, después, con la Iglesia.

Como muchos conversos, el periodista Vittorio Messori (Italia 1941) no quería ni buscaba ser cristiano, y no tuvo una infancia ni una juventud ni una educación católicas. Él mismo lo cuenta en una entrevista realizada por Pérez Arangüena y publicada en Palabra en abril de 1997.

Nací en plena guerra mundial, en la región quizá más anticlerical de Europa, la de don Camilo y Peppone, de Guareschi. Mis padres no estaban precisamente de parte de don Camilo. Me bautizaron como si fuera una especie de rito supersticioso, sociológico, y después no tuve ningún contacto con la Iglesia. En Turín asistí a un colegio público donde no se hablaba de religión más que para inculcarnos el desprecio teórico hacia ella. Cuando acabé el bachillerato, decidí estudiar Ciencias Políticas.

Se ha dicho que, cuando el cielo se vacía, la tierra se llena de ídolos. El cielo de Messori estaba, por supuesto, vacío y el ídolo que llenaba su mundo era la política. A ella se entregó con pasión, y se comprometió con la izquierda.

Casi acabando mis estudios me di cuenta de que la política solo respondía las penúltimas preguntas. Mientras las cosas van bien, uno está sano, es joven y posee algo de dinero, la religión le parece algo anacrónico, que no necesita para nada. En cambio, para contestar las últimas preguntas, esas que uno se formula cuando está solo, delante del espejo o cuando reflexiona sobre el dolor o el mal, la política es claramente insuficiente.

Sin embargo, Messori estaba convencido de que no podría encontrar respuestas fuera de la política, precisamente por pensar que el cristianismo y cualquier dimensión religiosa pertenecía a un mundo antiguo y superado.

Más que ateo, yo era un agnóstico radical: no me importaba que Dios existiese o no. Pertenecía a una generación posterior a la de mis padres, que insultaban al Papa cuando aparecía en la televisión o se enfadaban si uno hablaba de religión. Yo, en cambio, pasaba del tema.

Messori era un universitario de muchas y variadas lecturas, que incluían a Homero y a los líricos y trágicos griegos en su idioma original. Pero no había leído el Nuevo Testamento. Su propia carencia le hará decir que se pueden obtener doctorados en historia sin haber rozado siquiera el problema de la existencia de aquel oscuro carpintero que partió la historia en dos: antes y después de Cristo. Sin embargo, cuando abrió el Evangelio por primera vez, no encontró un libro, sino una Persona: Jesucristo. «Fue algo que todavía me tiene aturdido. Cambió mi vida, obligándome a darme cuenta de que allí había un misterio al que valía la pena dedicar la vida». Leer el resto de esta entrada »

André Frossard

Fuente: José Ramón Aiyón en su libro10 ateos cambian de autobús

Sé la verdad sobre la más disputada de las cuestiones y el más antiguo de los procesos: Dios existe. Yo me lo encontré. Si el azar cupiese en esta especie de aventura, diría que me lo encontré por casualidad, con el asombro del paseante que al doblar una calle de París viese, en lugar de la plaza o del cruce habituales, un mar inesperado batiendo con su oleaje la planta baja de las casas, y extendido hasta el infinito. Fue un momento de estupor que dura todavía. Nunca me he acostumbrado a la existencia de Dios.

Si André Frossard (1915-1995) no hubiera sido un prestigioso periodista francés, clarividente y equilibrado, le habrían tomado por loco. Hijo del primer secretario del partido comunista francés, se consideraba un ateo perfecto, de esos que ni se preguntan por su ateísmo. Los mismos anticlericales le parecían un poco patéticos y ridículos, como lo serían unos historiadores empeñados en refutar el cuento de Caperucita Roja. Además, no hacían más que prolongar en vano un debate cerrado por la Razón mucho tiempo atrás, pues estaba claro que Dios no existía, que el cielo estaba desierto y que la Tierra era una combinación de elementos reunidos al azar.

Frossard era escéptico. De todas formas, si admitiera la posibilidad de alguna verdad, los curas serían las últimas personas a las que iría a preguntar, y la Iglesia, a la que no conozco sino a través de alguna de sus chapuzas temporales, sería el último lugar donde iría a buscarla.

Sin embargo, una tarde entrará en una capilla parisina del barrio latino, en busca de un amigo. Entrará escéptico y ateo de extrema izquierda, y saldrá, cinco minutos más tarde, católico, apostólico y romano, arrollado por la ola de una alegría inagotable. Entrará con veinte años y saldrá como un niño, con los ojos desorbitados por lo que ve a través del inmenso desgarrón que acaba de abrirse en el toldo del mundo. Y cuando intente ponerlo por escrito, resumirá todo en un famoso título: Dios existe. Yo me lo encontré.

Pero Frossard se reconoce incapaz de describir la senda que le llevó a Dios, sencillamente porque no hubo tal camino.

Pensaba en cualquier otra cosa cuando caí en una especie de emboscada. Así que este libro no cuenta cómo he llegado al catolicismo, sino cómo no iba hacia él cuando me lo encontré. No es el relato de una evolución intelectual, sino la reseña de un acontecimiento fortuito, algo así como el atestado de un accidente.

Y es que, a los dos o tres minutos de entrar en la capilla, se desencadena un prodigio cuya violencia va a desmantelar en un instante todo lo que Frossard pensaba y vivía. Le será mostrado:

un mundo distinto, de un resplandor y de una densidad que arrinconan al nuestro entre las sombras frágiles de los sueños incompletos. Él es la realidad, él es la verdad, la veo desde la ribera oscura donde aún estoy retenido. Hay un orden en el universo, y en su vértice, más allá de este velo de bruma resplandeciente, la evidencia de Dios. La evidencia hecha presencia y hecha persona de Aquel a quien yo habría negado un momento antes, a quien los cristianos llaman Padre nuestro, y del que aprecio que es dulce, con una dulzura no semejante a ninguna otra.

Todo está dominado por la presencia, más allá y a través de una inmensa asamblea, de Aquel cuyo nombre jamás podría escribir sin el temor de herir su ternura, ante Quien tengo la dicha de ser un niño perdonado, que se despierta para saber que todo es regalo.

Terminamos con esta anécdota los post que hemos dedicado a C. S. Lewis del libro de el libro de José Ramón Aiyón, “10 ateos cambian de autobús”, esta entrada es continuación de C.S. Lewis: “toda persona sabe que algo anda mal cuando ella sufre”.

A Lewis le cuenta un amigo el caso de una pobre mujer que cree que su hijo sobrevivió a la batalla de Arnhem porque ella rezó por él. Sería cruel -sigue diciéndole su amigo, explicarle que, en realidad, su hijo sobrevivió porque se hallaba un poco a la izquierda o un poco a la derecha de las balas, que seguían una trayectoria prescrita por las leyes de la naturaleza. Lewis le responde que la bala, el gatillo, el campo de batalla y los soldados no son leyes de la naturaleza, sino elementos que obedecen a las leyes. Y lo ilustra con este ejemplo:

“Podemos añadir cinco dólares a otros cinco, y tendremos diez dólares, pero la aritmética por sí misma no pondrá un solo dólar en nuestros bolsillos. Eso significa que las leyes explican todas las cosas, excepto el mismo origen de las cosas, y esa es una inmensa excepción…” Lewis concluye su argumentación con una deslumbrante comparación literaria: “En Hamlet se rompe una rama y Ofelia cae al río y se ahoga. ¿Ocurre el suceso porque se rompe la rama o porque Shakespeare quiere que Ofelia muera en esa escena? Puedes elegir la respuesta que más te guste, pero la alternativa no es real desde el momento en que Shakespeare es el autor de la obra entera.”

 

C.S. Lewis

 

Continuamos, como los últimos viernes, el libro de José Ramón Aiyón, “10 ateos cambian de autobús”, esta entrada es continuación de La conversión de C. S. Lewis.

El ateísmo de Lewis había sido fruto de su pesimismo sobre el mundo:

Algunos años antes de leer a Lucrecio ya sentía la fuerza de su argumento, que seguramente es el más fuerte de todos en favor del ateísmo: Si Dios hubiera creado el mundo, no sería un mundo tan débil e imperfecto como el que vemos.

Años después de su conversión, en 1940, Lewis escribe por encargo The problem of pain (El problema del dolor). Si Dios fuera bueno y todopoderoso, ¿no podría impedir el mal y hacer triunfar el bien y la felicidad entre los hombres? En esas páginas, que se han hecho famosas, Lewis reconoce que es muy difícil imaginar un mundo en el que Dios corrigiera los continuos abusos cometidos por el libre albedrío de sus criaturas. Un mundo donde el bate de béisbol se convirtiera en papel al emplearlo como arma o donde el aire se negara a obedecer cuando intentáramos emitir ondas sonoras portadoras de mentiras e insultos.

En un mundo así, sería imposible cometer malas acciones, pero eso supondría anular la libertad humana. Más aún, si lleváramos el principio hasta sus últimas consecuencias, resultarían imposibles los malos pensamientos, pues la masa cerebral utilizada para pensar se negaría a cumplir su función cuando intentáramos concebirlos. Y así, la materia cercana a un hombre malvado estaría expuesta a sufrir alteraciones imprevisibles. Por eso, si tratáramos de excluir del mundo el sufrimiento que acarrea el orden natural y la existencia de voluntades libres, descubriríamos que para lograrlo sería preciso suprimir la vida misma.

Pero esto no muestra el sentido del dolor, si es que lo tiene, ni demuestra que Dios pueda seguir siendo bueno cuando lo permite. Para intentar explicar este misterio, Lewis recurre a la que quizá sea la más genial de sus intuiciones. El dolor, la injusticia y el error -nos dice- son tres tipos de males con una curiosa diferencia: la injusticia y el error pueden ser ignorados por el que vive dentro de ellos, mientras que el dolor, en cambio, no puede ser ignorado, es un mal desenmascarado, inequívoco: toda persona sabe que algo anda mal cuando ella sufre. Y es que Dios -afirma Lewis- nos habla por medio de la conciencia y nos grita por medio de nuestros dolores: los usa como megáfono para despertar a un mundo sordo.

Lewis explica que un hombre injusto al que la vida sonríe no siente la necesidad de corregir su conducta equivocada. En cambio, el sufrimiento destroza la ilusión de que todo marcha bien.

El dolor como megáfono de Dios es, sin la menor duda, un instrumento terrible. Puede conducir a una definitiva y contumaz rebelión. Pero también puede ser la única oportunidad del malvado para corregirse. El dolor quita el velo de la apariencia e implanta la bandera de la verdad dentro de la fortaleza del alma rebelde.

Lewis no dice que el dolor no sea doloroso. “Si conociera algún modo de escapar de él, me arrastraría por las cloacas para encontrarlo”. Su propósito es poner de manifiesto lo razonable y verosímil de la vieja doctrina cristiana sobre la posibilidad de perfeccionarse por las tribulaciones.

 

La conversión de C. S. Lewis

Viernes, 8 octubre, 2010

Cuando vuelve a leer a Chesterton, el ateísmo de Lewis tiene los días contados.

“Después leí el Everlasting Man, de Chesterton, y por primera vez vi toda la concepción cristiana de la historia expuesta de una forma que parecía tener sentido (…). No hacía mucho que había terminado el Everlasting Man cuando me ocurrió algo mucho peor. A principios de 1926, el más convencido de todos los ateos que conocía se sentó en mi habitación al otro lado de la chimenea y comentó que las pruebas de la historicidad de los Evangelios eran sorprendentemente buenas. «Es extraño», continuó, «esas majaderías de Frazer sobre el Dios que muere. Extraño. Casi parece como si realmente hubiera sucedido alguna vez». Para comprender el fuerte impacto que me supuso, tendrías que conocer a aquel hombre (que nunca ha demostrado ningún interés por el cristianismo). Si él, el cínico de los cínicos, el más duro de los duros, no estaba a salvo, ¿adónde podría volverme yo? ¿Es que no había escapatoria?”

Lewis se siente acorralado y nos describe su situación con una imagen muy británica:

“La zorra había sido expulsada del bosque hegeliano y corría por campo abierto «con todo el dolor del mundo», sucia y cansada, con los sabuesos pisándole los talones. Y casi todo el mundo pertenecía a la jauría: Platón, Dante, MacDonald, Herbert, Barfield, Tolkien, Dyson, la Alegría. Todo el mundo y todas las cosas se habían unido en mi contra.”

Siente entonces que su Dios filosófico empieza a agitarse y a levantarse, se quita el sudario, se pone en pie y se convierte en una presencia viva. La filosofía deja de ser un juego lógico desde que ese Dios renuncia a la discusión y se limita a decir: «Yo soy el Señor».

“Debes imaginarme solo, en aquella habitación del Magdalen, noche tras noche, sintiendo, cada vez que mi mente se apartaba del trabajo, el acercamiento continuo, inexorable, de Aquel con quien, tan encarecidamente, no deseaba encontrarme. Al final, Aquél a quien temía profundamente cayó sobre mí. Hacia la festividad de la Trinidad de 1929 cedí, admití que Dios era Dios y, de rodillas, recé. Quizá fuera aquella noche el converso más desalentado y remiso de toda Inglaterra.

Hasta entonces, yo había supuesto que el centro de la realidad sería algo así como un lugar. En vez de eso, me encontré con que era una Persona.

Y el día que identifica a Jesucristo con esa Persona sabrá que ha dado su último paso, y lo recordará siempre:

“Me llevaban a Whipsnade una mañana soleada. Cuando salimos no creía que Jesucristo fuera el Hijo de Dios y, cuando llegamos al zoológico, sí. Pero no me había pasado todo el trayecto sumido en mis pensamientos ni en una gran inquietud (…). Mi estado se parecía más al de un hombre que, después de dormir mucho, se queda en la cama inmóvil, dándose cuenta de que ya está despierto.”

Terminamos este viernes la serie de post dedicada a Fiodor Dostoievski en la que hemos seguido el libro de José Ramón Aiyón, “10 ateos cambian de autobús”. Esta entrada es continuación de Fiador Dostoievski: —Acepta el dolor. Eso tienes que hacer y así te salvarás…

Y, cuando haya acabado de juzgar a los demás, nos tocará a nosotros. «Entrad también vosotros, borrachos», dirá. «Entrad los de carácter débil, los disolutos». Y nosotros nos acercaremos a Él sin temblar. «Sois unos brutos; lleváis impresa en la frente la marca de la Bestia, pero venid a Mí». Entonces los sabios y prudentes preguntarán: «Señor, ¿por qué acogéis a estos?». Y Él responderá: «los admito porque ninguno se creía digno de ese honor». Entonces abrirá sus brazos para acogernos y nosotros nos arrojaremos en ellos y lloraremos. Y en aquel momento lo comprenderemos todo.

Un Dios que perdona a sus hijos es un Dios que regala alegría. Dostoievski y sus personajes están convencidos de ello. Y se emocionan al considerarlo. Y lo agradecen profundamente. Entre los múltiples pasajes donde resplandece esta alegría he seleccionado cuatro. En el primero, lo acabamos de escuchar, se trata del padre de Sonia, Marmeladov, un pobre borracho sobre el que se ceban los infortunios.

El segundo testimonio pertenece a Dimitri Karamazov. Es un hombre culto, que aprecia las grandes conquistas del conocimiento positivista, sin confundir el universo científico con el universo real: «¡Qué grande es la ciencia que lo explica todo! Sin embargo, echo de menos a Dios». Dimitri, encarcelado y a la espera de ser juzgado y condenado a trabajar veinte años en las minas, abre su corazón a su hermano Alioscha con unas palabras en las que se esculpe al hombre como un ser esencialmente religioso:

Hace tiempo que quería decirte muchas cosas, pero siempre callaba lo esencial porque me parecía que no había llegado el momento. He esperado hasta última hora para ser sincero. Hermano, desde mi detención he sentido nacer en mí un nuevo ser (…). No he matado a mi padre, pero acepto la expiación. Aquí, entre estos vergonzosos muros, he tenido conciencia de todo eso. Bajo la tierra hay centenares de hombres con el martillo en la mano. Sí, estaremos encadenados, privados de libertad, pero en nuestro dolor resucitaremos a la alegría sin la cual el hombre no puede vivir, ni Dios existir, pues es Él quien la otorga: es su gran privilegio. ¡Señor, que el hombre se consuma en la oración! ¿Cómo viviré bajo la tierra sin Dios? Si se expulsa a Dios de la tierra, ¡nosotros lo encontraremos debajo de ella! Un condenado puede pasar sin Dios menos que un hombre libre. ¡Y entonces nosotros, los hombres subterráneos, cantaremos desde las entrañas de la tierra un himno trágico al Dios de la alegría! ¡Viva Dios y viva su alegría divina! ¡Yo le amo!

En Zósima, el viejo y enfermo monje amado por el pueblo, apreciaremos a continuación una alegría exultante, sin las aristas dramáticas de la mayor parte de los protagonistas de Dostoievski:

Yo bendigo todos los días la salida del sol, mi corazón le canta un himno como antes, pero prefiero su puesta de rayos oblicuos, evocadora de dulces y tiernos recuerdos, de queridas imágenes de vida, larga vida bendita, coronada por la verdad divina que calma, reconcilia y absuelve. Sé que estoy al término de mi existencia y siento que todos los días de mi vida se unen a la vida eterna, desconocida pero cercana, cuyo presentimiento hace vibrar mi alma de entusiasmo, ilumina mi pensamiento, me enternece el corazón.

Si el perdón divino es fuente de alegría, no lo es menos la promesa de una inmortalidad feliz. Así lo siente Zósima, y con esa promesa se cierra la agitada historia de los Karamazov. En la última página de la novela, después del entierro de un adolescente, varios de sus compañeros se despiden de Alioscha, y el lector asiste a este diálogo encantador:

—¡Karamazov! -exclamó Kolia-. ¿Es verdad lo que dice la religión de que resucitaremos de entre los muertos y volveremos a vernos todos, incluso Iliuscha?

—Es verdad: resucitaremos, volveremos a vernos y nos contaremos alegremente todo lo que ha ocurrido -respondió Alioscha sonriendo.

—¡Qué hermoso será eso! -exclamó Kolia.

Ya sabéis que los últimos viernes están siendo dedicados al Fiódor Dostoievski, y que estamos siguiendo el libro  de José Ramón Aiyón, “10 ateos cambian de autobús”. Esta entrada es continuación de Fiodor Dostoievski: El superhombre contra Dios.

El sufrimiento humano -todo el dolor físico, psicológico y moral- se ceba en los personajes de Dostoievski. Y esa suprema objeción contra Dios parece que solo admite una respuesta religiosa: la que ofrece maravillosamente el starets Zósima en Los hermanos Karamazov. Un starets es en Rusia un monje célebre por su santidad y sabiduría, al que acude la gente en busca de confesión, consuelo y consejo. Zósima es un religioso especialmente querido por el pueblo, al que visitan gentes afligidas que vienen de muy lejos. Como esa mujer que llora de rodillas con mirada extraviada…

—¿Por qué lloras?

—Lloro por mi hijito, padre. Solo le faltaban tres meses para cumplir tres años. Por mi hijito lloro.

Nikituchka y yo hemos tenido cuatro, pero los niños no viven mucho tiempo entre nosotros. He enterrado a los tres primeros y no he tenido tanta pena, pero a este último no puedo olvidarlo. Parece como si lo tuviera siempre delante de mí, no se marcha. Tengo el alma deshecha. Miro su ropa, su camisita, sus botines y no hago más que llorar.

Ningún recurso del entendimiento, de la imaginación o de la voluntad parecen capaces de mitigar este dolor. Por eso es admirable la respuesta del monje. Primero intenta consolar a la madre explicándole que el niño está gozando de la bienaventuranza de Dios. Pero la mujer ya estaba convencida de ello, y lo que le dice el anciano no le aporta ningún consuelo. Entonces comprende el starets que se halla ante un dolor sin remedio, y con serenidad le dice:

—También lloró así Raquel a sus hijos y no pudo consolarse de su falta, y ese mismo destino os está reservado a muchas madres. No te consueles y llora, pero cada vez que llores recuerda que tu hijito es un ángel de Dios que te mira desde allá arriba, ve tus lágrimas, se alegra y se las muestra al Señor. Durante mucho tiempo llorarás aún, pero luego tu llanto se volverá dulce y alegre, y tus lágrimas amargas serán lágrimas de purificación que borrarán pecados.

Los hechos no han cambiado, pero sí su significación: ahora el peso agobiante del dolor se aligera porque conduce a Dios y es fuente de una serena resignación. Después descubre el starets los ojos anhelantes de una campesina joven y enferma.

—¿A qué has venido, hija mía?

—Alivia mi alma, padre -dijo ella dulcemente, y se arrodilló con una profunda reverencia hasta tocar el suelo-. Padre, he pecado y me da miedo mi pecado.

El monje se sentó en el último escalón del atrio y la mujer se acercó hasta él.

—Hace tres años que soy viuda -empezó diciendo a media voz-. Era imposible vivir con mi marido. Era viejo y me pegaba mucho. Cayó en cama enfermo y yo pensaba, mirándolo: «¿Qué ocurrirá si se restablece y se levanta de nuevo?». Y aquella idea no se apartaba de mí…

La mujer acercó sus labios al oído del monje y continuó con una voz que apenas se oía. Muy pronto terminó.

—¿Hace tres años? -preguntó el starets.

—Tres años. Antes no pensaba en ello, pero ahora se ha presentado la enfermedad y estoy angustiada.

Aquí nos encontramos con el dolor producido por una culpabilidad objetiva. Es solo un pensamiento, pero en él se encierra el mayor de los suplicios: la terrible convicción de una condena eterna. El starets vuelve a comprender todo con admirable profundidad y ofrece la única solución posible: el arrepentimiento ante Dios.

—¿Vienes de lejos?

—He recorrido quinientas verstas.

—¿Has confesado?

—Sí, he confesado dos veces.

—¿Has sido admitida a la comunión?

—Me han admitido. Pero tengo miedo. Tengo miedo a morir.

—No temas nada y no tengas nunca miedo, no te preocupes. Mientras haya arrepentimiento, Dios lo perdona todo. No hay pecado en la tierra que Dios no perdone al que se arrepiente sinceramente. El hombre no puede cometer un pecado tan grande que agote el amor infinito de Dios. Piensa sin cesar en el arrepentimiento y borra todo temor. Piensa que Dios te ama como no puedes imaginar, que te ama con tu pecado y a pesar de tu pecado. Hay más alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente que por diez justos: hace mucho que se ha escrito esto (…). El amor lo redime todo y todo lo salva. Si yo, que soy un pecador como tú, me he enternecido y he sentido piedad por ti, con más razón la sentirá el Señor. Vete y no temas.

En Dostoievski es firme la convicción de que la aceptación religiosa del dolor abre la puerta al perdón divino. Dios ama y perdona al que acepta el sufrimiento de su vida. De esto dan testimonio las palabras de Sonia a Raskolnikov:

Acepta el dolor. Eso tienes que hacer y así te salvarás… Luego ven a mí, que yo cargaré también con tu cruz y entonces rezaremos y marcharemos juntos.

Ya sabéis que los últimos viernes están siendo dedicados al Fiódor Dostoievski, y que estamos siguiendo el libro  de José Ramón Aiyón, “10 ateos cambian de autobús”. Esta entrada es continuación de Fiódor Dostoievski: «Toda la vida me ha atormentado Dios».

En el desarrollo del ateísmo moderno, el superhombre concebido por Nietzsche, responsable de la muerte de Dios y personificación de la autonomía moral absoluta, constituye una pieza fundamental, una referencia obligada.

Cuando nace Nietzsche, el superhombre estaba en el ambiente. En 1865 había aparecido en la escena literaria rusa Rodian Raskolnikov, protagonista de Crimen y castigo, decidido a demostrar a hachazos su superhombría. Dostoievski nos lo presenta como un joven estudiante de Derecho obsesionado por demostrarse a sí mismo que pertenece a una clase de hombres superiores, dueños absolutos de su conducta, por encima de toda obligación moral. Raskolnikov elige una definitiva prueba de superioridad: cometer fríamente un asesinato y conceder a esa acción la misma relevancia que se otorga a un estornudo o a un paseo. Dicho y hecho: una vieja usurera y su hermana caen bajo el hacha del homicida. Él mismo dirá que «no era un ser humano lo que destruía, sino un principio». Y asegura no tener remordimiento alguno por tal acción:

¿Mi crimen? ¿Qué crimen? ¿Es un crimen matar a un parásito vil y nocivo? No puedo concebir que sea más glorioso bombardear una ciudad sitiada que matar a hachazos. Ahora comprendo menos que nunca que pueda llamarse crimen a mi acción. Tengo la conciencia tranquila.

Lo cierto es que la vida de Raskolnikov se va tornando desequilibrada, sufre episodios de enajenación mental y acaba en la cárcel. Y mientras cumple condena en Siberia, tendrá una pesadilla imborrable: sueña que el mundo es azotado por una peste rarísima. Unos microbios transmiten la extraña locura de hacer creer al contagiado que se halla en posesión absoluta de la verdad. Con ello surgen discusiones interminables, pues nadie considera que debe ceder, y se hacen imposibles las relaciones familiares y sociales: el mundo se convierte en un insoportable manicomio. En dicho sueño, los hombres afectados aparecen como auténticos locos, pues sus juicios son absolutamente subjetivos e inamovibles, y no responden a la realidad de las cosas. Así descubre Raskolnikov que su obsesión por justificar el crimen es parecida a la conducta de los locos soñados. Y así nos dice Dostoievski, con una finura insuperable, que más allá de la moral y de la conciencia solo se encuentra el abismo de la locura. Leer el resto de esta entrada »

Fiódor Dostoievski

Los últimos viernes los hemos dedicado a Fiódor Dostoievsky, siguiendo el libro de José Ramón Aiyón, “10 ateos cambian de autobús”. Esta entrada es continuación de: Fiodor Dostoievski: «no conozco nada más bello, profundo, comprensivo, razonable, viril y perfecto que Cristo».

El silencio de Dios es el problema de todas las obras de Dostoievski, porque es «el más apremiante de la vida». Un problema que se pega al alma de sus personajes como la sombra al cuerpo. No hay discusión entre ellos que no acabe en Dios. Aquel grito de Kirilov -«Toda la vida me ha atormentado Dios»- es al propio Dostoievski a quien se le escapa desde lo más profundo de su ser.

«Necesito a Dios, porque es el único Ser a quien siempre se puede amar». Necesitar a Dios y no verle claramente: he ahí el misterio y el suplicio. En el alma de Dostoievski luchan a muerte la fe y la incredulidad, y las diversas posibilidades de ambos polos están encarnadas por sus criaturas. El corazón del escritor estará con ambos bandos -con Alioscha y con Iván-, dramáticamente dividido. Los dos hermanos Karamazov, respondiendo a las preguntas de su padre, sintetizan perfectamente la zozobra interior del novelista. Así conversa Fiódor Karamazov con sus hijos: Leer el resto de esta entrada »

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