Jueves Santo 2014

Jueves, 17 abril, 2014

kZWJePCAtyak¡Cuánto había deseado el Señor que llegara su hora! Hoy entramos en la espesura de la noche más cerrada, y la noche es el tiempo de los amantes. Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Y ese extremo suscita pavor.

Tiritando de Amor y de pesar, Jesús, Dios encarnado, se postrará a nuestros pies y los lavará hoy con agua; mañana seremos por entero lavados en Sangre. Nos pedirá que lo acompañemos velando durante su oración agónica en el Huerto, y después será llevado al Sanedrín para ser vilmente juzgado por los hombres. Será escupido, insultado, abofeteado y escarnecido. Y todo ello no constituirá sino el comienzo de los dolores.

No faltes hoy a los Santos Oficios. No dejes solo a quien padece por ti. Pasa tiempo velando junto al monumento, y déjate abrazar por quien desea redimirte con el Amor más grande. Tu Dios comienza hoy a morir de Amor. Muere tú de amor con Él.

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El gobierno de Israel publico hace unos años los protocolos que empleaban los secuestradores de aviones. Los pasos necesarios para tener éxito era los siguientes: una vez que se ha controlado la cabina de los pilotos, y el personal de abordo está reducido, es muy importante hacer bajar del avión lo antes posible a las mujeres.

Tenían comprobado que los varones, ante una situación de riesgo, con frecuencia se bloquean buscando una solución y terminan por encerrarse en sí mismos. Además los espacios pequeños y cerrados les agobian y les hacen menos operativos. Por el contrario, a las mujeres les resulta más fácil adaptarse a esas circunstancias, enseguida dominan el espacio, establecen alianzas con otras y son capaces de dar al traste con el secuestro.

No se si será así realmente, pero lo cierto es que las mujeres se enfrentan a las situaciones de agobio y a las preocupaciones de forma diferente que los hombres. Y es que el modo de adaptarse a la realidad es muy distinto en cada uno. Respetar estas diferencias puede ayudar en la vida familiar y entre los amigos. Leer el resto de esta entrada »

Ducha con sacrificio.

Jueves, 27 octubre, 2011

Seis hermanos, el mayor tiene 9 años. Está a punto de nacer el séptimo. Pero surgen problemas que dificultan el embarazo. La familia, además de los cuidados médicos, reza.

Recientemente han estado en Fátima. Prometieron a la Virgen que, si nacía bien y era niña, se llamaría Fátima. Todos los hermanos están muy pendientes de la que viene en camino.

Un día el mayor, Pablo, se acerca a su madre para darle un beso. Ella ve que tiene los brazos congelados. Le había encargado que bañase a dos hermanos pequeños. Los había duchado con agua fría, después de preguntarles, respetuoso con su libertad:

• ¿Qué queréis, ducha con sacrificio o sin sacrificio?

• Con sacrificio ­ contestaron ambos.

Lo habían pasado muy bien, según ellos. Pero al día siguiente se acabó la “ducha con sacrificio”. Hay que buscar sacrificios que no perjudiquen la salud. Pero sin miedo a romperse.

Hoy poca gente entiende el sacrificio cuando se hace por manifestar nuestro amor a Dios o por el bien del alma. Se entiende cuando la finalidad es la esbeltez del cuerpo o el triunfo en una competición.

Los astronautas para ir a la luna han hecho más sacrificios que muchos santos para ir al cielo. Un equipo de gimnasia rítmica se impone mayores sacrificios y privaciones que un convento de monjas. Las mujeres para meterse en una 36 aceptan un costo mayor que el de los ascetas. Se llega a extremos enfermizos.

Y la causa está en valorar más el culto al cuerpo que el cultivo del alma.

Caritas in veritate: El bien común

Lunes, 12 septiembre, 2011

Continuamos con esta tercera entrada las dedicadas a comentar algunas ideas sobre la Encíclica Caritas in veritate de Benedicto XVI. Esta vez se trata de una noción nuclear en la doctrina social de la iglesia: el bien común:

Hay que tener también en gran consideración en bien común. Amar a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él. Junto al bien individual, hay un bien relacionado con el vivir social de las personas: el bien común. Es el bien de ese «todos nosotros», formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social” (n.7).

Precisamente por tener la caridad cristiana una proyección universal, abarca necesariamente el bien común:

Desear el bien común y esforzarse por él es exigencia de justicia y caridad. Trabajar por el bien común es cuidar, por un lado, y utilizar, por otro, ese conjunto de instituciones que estructuran jurídica, civil, política y culturalmente la vida social, que se configura así como pólis, como ciudad. Se ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se trabaja por un bien común que responda también a sus necesidades reales” (n.7). La vocación del cristiano -y particularmente la de los fieles laicos- incluye en sí misma este deseo eficaz de construir el bien común: Todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la pólis. Ésta es la vía institucional -también política, podríamos decir- de la caridad, no menos cualificada e incisiva de lo que puede ser la caridad que encuentra directamente al prójimo fuera de las mediaciones institucionales de la pólis” (n.7).

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Caritas in veritate: Justicia y caridad

Lunes, 5 septiembre, 2011

Seguimos con la exposición temática que empezamos en Algunas ideas sobre la Encíclica Caritas in veritate. Aquí trataremos cómo se entrelazan y complementan estos dos elementos, justicia y caridad, en la encíclica:

La justicia es el primer criterio orientador de la acción moral en las relaciones sociales, sean del tipo que sean (cfr. n. 6). Refiriéndose en concreto a la economía, “la doctrina social de la Iglesia ha sostenido siempre que la justicia afecta a todas las fases de la actividad económica, porque en todo momento tiene que ver con el hombre y con sus derechos. La obtención de recursos, la financiación, la producción, el consumo y todas las fases del proceso económico tienen ineludiblemente implicaciones morales. Así, toda decisión económica tiene consecuencias de carácter moral” (n. 37). La encíclica pone de manifiesto lo alejados que están muchos ambientes a este respecto, pues se tiende a considerar la actividad económica como algo regido por unas leyes propias que la convierten en autónoma, una especie de “lógica del dinero” en la cual la atención a la persona y a las exigencias de la justicia conducen a unas condiciones de desventaja inaceptables. En ese contexto, la atención a la moral queda marginada, de forma que quien tenga inquietudes de este tipo tendría que encauzarlas a través de actividades suplementarias a las que constituyen su actividad profesional o su actividad económica (inversión, por ejemplo). El documento sale al paso de ello en varias ocasiones, como cuando señala que “conviene esforzarse -la observación aquí es esencial- no sólo para que surjan sectores y segmentos «éticos» de la economía o de las finanzas, sino para que toda la economía y las finanzas sean éticas y lo sean no por una etiqueta externa, sino por el respeto a las exigencias intrínsecas de su propia naturaleza. A este respecto, la doctrina social de la Iglesia habla con claridad, recordando que la economía, en todas sus ramas, es un sector de la actividad humana” (n. 45). Es, por lo demás, una actividad profundamente humana -de entrada, el intercambio se basa en la confianza mutua-, por lo que la ética no es un añadido a la economía, sino una exigencia intrínseca a la misma: “la economía tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento, no de una ética cualquiera, sino de una ética amiga de la persona” (n. 45). Leer el resto de esta entrada »

Una jarra de cerveza

Viernes, 24 junio, 2011

Se cuenta de un irlandés que se trasladó a vivir a un pueblo y en su primera visita a la taberna pidió 3 cervezas de cerveza juntas y luego se las bebía una tras otra, hasta terminar las tres. En los días sucesivos repitió la misma operación.
El asunto se convirtió en tema de conversación entre los vecinos, hasta que un día uno se atrevió a preguntarle porque hacía eso de tomarse las cervezas de tres en tres. A lo que él respondió:
– “Sí, es un poco raro. Me explicaré: tengo dos hermanos: uno en Australia y otro en América. Y nos hemos prometido, al separarnos, que cada uno, cuando quisiera una cerveza, tomaría otras dos, una por cada uno de los hermanos ausentes. De este modo mantenemos vivo el recuerdo mutuo y fomentamos nuestra unión.
El pueblo quedó conmovido de la amistad y fraternidad de aquellos hermanos y admiraban a su recién llegado vecino irlandés.
Unas semanas más tarde, el irlandés comenzó a pedir dos cervezas en vez de tres. Al cabo de varios días de hacer lo mismo, en el pueblo se corrió la voz de que había muerto uno de los hermanos y la gente piadosa empezó a rezar por el difunto hermano. Y el tabernero del pueblo en nombre de todos le dijo:
– “Me han encargado los vecinos que le trasmita las condolencias de todos por la muerte de uno de sus hermanos”
El irlandés se le quedó mirando y replico: “¡Oh! No es eso. Mis dos hermanos se encuentran perfectamente, gracias. Lo que ocurre, es que yo he decidido dejar la bebida, durante esta Cuaresma”.

Dejando al margen su cuquería o cara dura, podríamos aprender de este hombre que cuando queramos ofrecer a Dios alguna cosa, no fastidiemos a los demás. Efectivamente, la penitencia más grata a Dios es la que alegra la vida de los que están con nosotros: sonreír, callar algo molesto, servir en algo pequeño, etc. En fin, olvidarse un poco de uno mismo para pensar más en los demás.

El amor nos hace vulnerables

Jueves, 17 febrero, 2011

«Si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra.»

Al leer esta frase, es bueno recordar que en muchas ocasiones quisieron los judíos apresar a Jesús, y sólo cuando humanamente le fue imposible escapar sin herir a hombre alguno se entregó a ellos. El resto de las ocasiones vemos a Jesús evadiéndose, retirándose, escapando de ser detenido y lo hace con mucha habilidad. Pero nadie dirá que Jesús no cumplió lo que enseñó, ni que retiró la mejilla siempre que pudo. Otro ejemplo, cuando el sumo sacerdote Ananías ordena que castiguen a Pablo, él reacciona censurando la acción: “¡Dios te golpeará a ti, pared blanqueada!” (Hech 23, 3). Pero nadie dirá que esto fue un pecado de ira del apóstol o una falta de humildad.

Y es que la Nueva Ley que el Señor nos trae, antes que en la conducta ha de residir en el corazón, porque es de ahí de donde toma su verdadero valor, “aguas arriba”, de donde nace.

Me explicaré un poco más. El amor, lo sabemos por experiencia, nos hace vulnerables. Cuando amamos a alguien, le estamos entregando las llaves de nuestro corazón. Es decir, le damos el poder sobre nosotros de hacernos feliz o de arruinar nuestra vida. Resulta evidente que si alguien que no conozco me agravia, me duele relativamente; pero si el que me ofende es un ser muy querido, entonces se me parte el alma.

Dios al decidir amarnos, nos ha dado el poder de romperle el Corazón, así como el poder de consolarlo… parece increíble pero es así. Al pecar la primera vez, le abofeteamos por primera vez sus mejillas, y Él, a pesar de todo, decidió seguir amándome, es decir, seguir vulnerable… ofrecerme la otra mejilla. Y después, vino otro pecado, y otro “te quiero”, y otra mejilla… Por eso Jesús crucificado tiene las mejillas destrozadas.

Ahora viene la pregunta: Tú y yo, que hemos sido amados, y seguimos siendo amados de este modo, ¿dejaremos de amar a quien nos ofenda?… Es lícito, evitar como hizo Jesús, y denunciar la ofensa, como hizo Pablo… Pero se nos enseña que hemos de seguir amando, seguir siendo vulnerables.

Las palabras del Señor adquieren su sentido pleno al contemplar la llaga del Costado de Cristo, y entramos a través de ella en el Corazón de Jesús. Por eso, vamos con María al Calvario un momento, y pongamos con ella un beso en las mejillas rotas de su Hijo.

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