El gobierno de Israel publico hace unos años los protocolos que empleaban los secuestradores de aviones. Los pasos necesarios para tener éxito era los siguientes: una vez que se ha controlado la cabina de los pilotos, y el personal de abordo está reducido, es muy importante hacer bajar del avión lo antes posible a las mujeres.

Tenían comprobado que los varones, ante una situación de riesgo, con frecuencia se bloquean buscando una solución y terminan por encerrarse en sí mismos. Además los espacios pequeños y cerrados les agobian y les hacen menos operativos. Por el contrario, a las mujeres les resulta más fácil adaptarse a esas circunstancias, enseguida dominan el espacio, establecen alianzas con otras y son capaces de dar al traste con el secuestro.

No se si será así realmente, pero lo cierto es que las mujeres se enfrentan a las situaciones de agobio y a las preocupaciones de forma diferente que los hombres. Y es que el modo de adaptarse a la realidad es muy distinto en cada uno. Respetar estas diferencias puede ayudar en la vida familiar y entre los amigos. Leer el resto de esta entrada »

Ducha con sacrificio.

Jueves, 27 octubre, 2011

Seis hermanos, el mayor tiene 9 años. Está a punto de nacer el séptimo. Pero surgen problemas que dificultan el embarazo. La familia, además de los cuidados médicos, reza.

Recientemente han estado en Fátima. Prometieron a la Virgen que, si nacía bien y era niña, se llamaría Fátima. Todos los hermanos están muy pendientes de la que viene en camino.

Un día el mayor, Pablo, se acerca a su madre para darle un beso. Ella ve que tiene los brazos congelados. Le había encargado que bañase a dos hermanos pequeños. Los había duchado con agua fría, después de preguntarles, respetuoso con su libertad:

• ¿Qué queréis, ducha con sacrificio o sin sacrificio?

• Con sacrificio ­ contestaron ambos.

Lo habían pasado muy bien, según ellos. Pero al día siguiente se acabó la “ducha con sacrificio”. Hay que buscar sacrificios que no perjudiquen la salud. Pero sin miedo a romperse.

Hoy poca gente entiende el sacrificio cuando se hace por manifestar nuestro amor a Dios o por el bien del alma. Se entiende cuando la finalidad es la esbeltez del cuerpo o el triunfo en una competición.

Los astronautas para ir a la luna han hecho más sacrificios que muchos santos para ir al cielo. Un equipo de gimnasia rítmica se impone mayores sacrificios y privaciones que un convento de monjas. Las mujeres para meterse en una 36 aceptan un costo mayor que el de los ascetas. Se llega a extremos enfermizos.

Y la causa está en valorar más el culto al cuerpo que el cultivo del alma.

Caritas in veritate: El bien común

Lunes, 12 septiembre, 2011

Continuamos con esta tercera entrada las dedicadas a comentar algunas ideas sobre la Encíclica Caritas in veritate de Benedicto XVI. Esta vez se trata de una noción nuclear en la doctrina social de la iglesia: el bien común:

Hay que tener también en gran consideración en bien común. Amar a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él. Junto al bien individual, hay un bien relacionado con el vivir social de las personas: el bien común. Es el bien de ese «todos nosotros», formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social” (n.7).

Precisamente por tener la caridad cristiana una proyección universal, abarca necesariamente el bien común:

Desear el bien común y esforzarse por él es exigencia de justicia y caridad. Trabajar por el bien común es cuidar, por un lado, y utilizar, por otro, ese conjunto de instituciones que estructuran jurídica, civil, política y culturalmente la vida social, que se configura así como pólis, como ciudad. Se ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se trabaja por un bien común que responda también a sus necesidades reales” (n.7). La vocación del cristiano -y particularmente la de los fieles laicos- incluye en sí misma este deseo eficaz de construir el bien común: Todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la pólis. Ésta es la vía institucional -también política, podríamos decir- de la caridad, no menos cualificada e incisiva de lo que puede ser la caridad que encuentra directamente al prójimo fuera de las mediaciones institucionales de la pólis” (n.7).

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Caritas in veritate: Justicia y caridad

Lunes, 5 septiembre, 2011

Seguimos con la exposición temática que empezamos en Algunas ideas sobre la Encíclica Caritas in veritate. Aquí trataremos cómo se entrelazan y complementan estos dos elementos, justicia y caridad, en la encíclica:

La justicia es el primer criterio orientador de la acción moral en las relaciones sociales, sean del tipo que sean (cfr. n. 6). Refiriéndose en concreto a la economía, “la doctrina social de la Iglesia ha sostenido siempre que la justicia afecta a todas las fases de la actividad económica, porque en todo momento tiene que ver con el hombre y con sus derechos. La obtención de recursos, la financiación, la producción, el consumo y todas las fases del proceso económico tienen ineludiblemente implicaciones morales. Así, toda decisión económica tiene consecuencias de carácter moral” (n. 37). La encíclica pone de manifiesto lo alejados que están muchos ambientes a este respecto, pues se tiende a considerar la actividad económica como algo regido por unas leyes propias que la convierten en autónoma, una especie de “lógica del dinero” en la cual la atención a la persona y a las exigencias de la justicia conducen a unas condiciones de desventaja inaceptables. En ese contexto, la atención a la moral queda marginada, de forma que quien tenga inquietudes de este tipo tendría que encauzarlas a través de actividades suplementarias a las que constituyen su actividad profesional o su actividad económica (inversión, por ejemplo). El documento sale al paso de ello en varias ocasiones, como cuando señala que “conviene esforzarse -la observación aquí es esencial- no sólo para que surjan sectores y segmentos «éticos» de la economía o de las finanzas, sino para que toda la economía y las finanzas sean éticas y lo sean no por una etiqueta externa, sino por el respeto a las exigencias intrínsecas de su propia naturaleza. A este respecto, la doctrina social de la Iglesia habla con claridad, recordando que la economía, en todas sus ramas, es un sector de la actividad humana” (n. 45). Es, por lo demás, una actividad profundamente humana -de entrada, el intercambio se basa en la confianza mutua-, por lo que la ética no es un añadido a la economía, sino una exigencia intrínseca a la misma: “la economía tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento, no de una ética cualquiera, sino de una ética amiga de la persona” (n. 45). Leer el resto de esta entrada »

Una jarra de cerveza

Viernes, 24 junio, 2011

Se cuenta de un irlandés que se trasladó a vivir a un pueblo y en su primera visita a la taberna pidió 3 cervezas de cerveza juntas y luego se las bebía una tras otra, hasta terminar las tres. En los días sucesivos repitió la misma operación.
El asunto se convirtió en tema de conversación entre los vecinos, hasta que un día uno se atrevió a preguntarle porque hacía eso de tomarse las cervezas de tres en tres. A lo que él respondió:
– “Sí, es un poco raro. Me explicaré: tengo dos hermanos: uno en Australia y otro en América. Y nos hemos prometido, al separarnos, que cada uno, cuando quisiera una cerveza, tomaría otras dos, una por cada uno de los hermanos ausentes. De este modo mantenemos vivo el recuerdo mutuo y fomentamos nuestra unión.
El pueblo quedó conmovido de la amistad y fraternidad de aquellos hermanos y admiraban a su recién llegado vecino irlandés.
Unas semanas más tarde, el irlandés comenzó a pedir dos cervezas en vez de tres. Al cabo de varios días de hacer lo mismo, en el pueblo se corrió la voz de que había muerto uno de los hermanos y la gente piadosa empezó a rezar por el difunto hermano. Y el tabernero del pueblo en nombre de todos le dijo:
– “Me han encargado los vecinos que le trasmita las condolencias de todos por la muerte de uno de sus hermanos”
El irlandés se le quedó mirando y replico: “¡Oh! No es eso. Mis dos hermanos se encuentran perfectamente, gracias. Lo que ocurre, es que yo he decidido dejar la bebida, durante esta Cuaresma”.

Dejando al margen su cuquería o cara dura, podríamos aprender de este hombre que cuando queramos ofrecer a Dios alguna cosa, no fastidiemos a los demás. Efectivamente, la penitencia más grata a Dios es la que alegra la vida de los que están con nosotros: sonreír, callar algo molesto, servir en algo pequeño, etc. En fin, olvidarse un poco de uno mismo para pensar más en los demás.

El amor nos hace vulnerables

Jueves, 17 febrero, 2011

«Si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra.»

Al leer esta frase, es bueno recordar que en muchas ocasiones quisieron los judíos apresar a Jesús, y sólo cuando humanamente le fue imposible escapar sin herir a hombre alguno se entregó a ellos. El resto de las ocasiones vemos a Jesús evadiéndose, retirándose, escapando de ser detenido y lo hace con mucha habilidad. Pero nadie dirá que Jesús no cumplió lo que enseñó, ni que retiró la mejilla siempre que pudo. Otro ejemplo, cuando el sumo sacerdote Ananías ordena que castiguen a Pablo, él reacciona censurando la acción: “¡Dios te golpeará a ti, pared blanqueada!” (Hech 23, 3). Pero nadie dirá que esto fue un pecado de ira del apóstol o una falta de humildad.

Y es que la Nueva Ley que el Señor nos trae, antes que en la conducta ha de residir en el corazón, porque es de ahí de donde toma su verdadero valor, “aguas arriba”, de donde nace.

Me explicaré un poco más. El amor, lo sabemos por experiencia, nos hace vulnerables. Cuando amamos a alguien, le estamos entregando las llaves de nuestro corazón. Es decir, le damos el poder sobre nosotros de hacernos feliz o de arruinar nuestra vida. Resulta evidente que si alguien que no conozco me agravia, me duele relativamente; pero si el que me ofende es un ser muy querido, entonces se me parte el alma.

Dios al decidir amarnos, nos ha dado el poder de romperle el Corazón, así como el poder de consolarlo… parece increíble pero es así. Al pecar la primera vez, le abofeteamos por primera vez sus mejillas, y Él, a pesar de todo, decidió seguir amándome, es decir, seguir vulnerable… ofrecerme la otra mejilla. Y después, vino otro pecado, y otro “te quiero”, y otra mejilla… Por eso Jesús crucificado tiene las mejillas destrozadas.

Ahora viene la pregunta: Tú y yo, que hemos sido amados, y seguimos siendo amados de este modo, ¿dejaremos de amar a quien nos ofenda?… Es lícito, evitar como hizo Jesús, y denunciar la ofensa, como hizo Pablo… Pero se nos enseña que hemos de seguir amando, seguir siendo vulnerables.

Las palabras del Señor adquieren su sentido pleno al contemplar la llaga del Costado de Cristo, y entramos a través de ella en el Corazón de Jesús. Por eso, vamos con María al Calvario un momento, y pongamos con ella un beso en las mejillas rotas de su Hijo.

Los cuatro amores, de C.S. Lewis

Sábado, 17 julio, 2010

Los cuatro amores“, de Clive Staples Lewis. Hace años leí este libro y ahora al volver a releer algunos párrafos me ha parecido que merece una pequeña reseña bibliográfica. Por otro lado, muchas veces ya comentado. Escrito con un estilo directo y colmado de ejemplos, es un libro formativo, y no requiere especial esfuerzo para su lectura.

En esta obra, Lewis analiza desde muy variadas perspectivas, cuatro manifestaciones del amor humano: el Afecto, la Amistad, el Eros y la Caridad. Antes de tratarlos, distingue —en el capítulo I— dos categorías formales del amor humano: el Amor-que-da o amor de donación y entrega desinteresada de la persona; y el Amor-Necesidad, amor interesado que nace de una carencia o vacío de la propia persona. Con esta distinción nos da la clave de los desórdenes del amor:

los amores humanos son realmente como Dios, pero sólo por semejanza, no por aproximación. Si se confunden estos términos, podemos dar a nuestros amores humanos la adhesión incondicional que le debemos solamente a Dios. Entonces se convierten en dioses: entonces se convierten en demonios. Entonces ellos nos destruirán y también destruirán. Porque los amores naturales que llegan a convertirse en dioses no siguen siendo amores. Continúan llamándose así, pero de hecho pueden llegar a ser complicadas formas de odio.

Esta idea la aplica Lewis en el siguiente capítulo (II) a los Gustos y amores por lo subhumano. Son los amores humanos de menor categoría, pues su objeto es más bien material: la patria, los animales, el medio ambiente, el trabajo... Sin embargo, no los desprecia, pues, lo más alto no puede sostenerse sin lo más bajo. Y, por tanto, son fundamentales para cimentar bien los otros amores más elevados.

En el capítulo III, se adentra en el Afecto. Es el amor de los padres hacia la prole, o del profesor hacia el alumno, y viceversa.

El afecto es lo que enseña al hombre a observar a las personas que de hecho simplemente están ahí, luego a soportarlas, después a sonreírles, a gustar de ellas y, finalmente, a apreciarlas. Se trata del más instintivo, el más animal de los amores y el más sujeto a perversiones (los feroces celos del afecto), que el autor ilustra con varios ejemplos.

En el capítulo IV hace un encendido elogio de la Amistad, a la que adjudica un papel decisivo en la historia de la Humanidad. También tiene sus peligros: la excelencia de la Amistad no debe ocultar que de por sí es ambivalente, es decir, que puede ser una escuela de virtud; pero también una escuela del vicio. Explica también el valor que, en su opinión, debe tener este amor para un cristiano:

Para un cristiano, estrictamente hablando, no hay casualidades. Un secreto Maestro de Ceremonias ha entrado en acción. Cristo puede de veras decirle a cada grupo de amigos cristianos ‘Vosotros no os habéis elegido unos a otros, mas yo os elegido unos para otros’. La Amistad es el instrumento mediante el cual Dios revela a cada uno las bellezas de todos los demás.

Después, en el capítulo V, al tratar del Eros, Lewis analiza las diversas nociones que se han dado sobre el cuerpo humano, quedándose con la que expresaba San Francisco de Asís al llamarle Hermano Asno. Y confirma:

Asno es exquisitamente correcto (…). Es una bestia útil, robusta, floja, obstinada, paciente, adorable y exasperante, que merece ora el garrote, ora la zanahoria; patética y absurdamente hermosa a la vez. Así es el cuerpo. El Eros (amor sexual) puede hacer que en ciertos momentos el hombre tome a su cuerpo, en cuanto al sexo se refiere, demasiado en serio: por ahí se podría llegar a permitir una divinización del Eros, que llevaría a justificar con facilidad cualquier pecado, hasta el punto de enfrentar el amor con la moral y con la virtud.

El último capítulo del libro, dedicado a la Caridad, lo inicia con una especie de resumen. Señala que

los amores naturales no son autosuficientes. Algo más debe venir en ayuda del simple sentimiento. Ese algo más aparece inicialmente como una vaga decencia y sentido común, pero más adelante se muestra en su plenitud: el Amor a Dios. Para Lewis, en esta dependencia radical de los amores respecto al Amor, en este yugo, reside su verdadera libertad; ‘son más altos cuando se inclinan’ (…) Cuando Dios llega (y sólo entonces), los semidioses pueden quedarse. Entregados a ellos mismos desaparecen, o se vuelven demonios. Lo que no significa que hay que despreciar los amores naturales.

De estas premisas deduce una noción mas completa de lo que es un amor natural desordenado. Ese carácter no tiene que ver con la cantidad, pues resulta imposible amar a un ser humano simplemente demasiado. El desorden proviene más bien de la falta de proporción entre ese amor natural y el Amor a Dios. Es la pequeñez de nuestro Amor a Dios, no la magnitud de nuestro amor por el hombre, lo que constituye desordenado.

Solo el Amor nos hace buenos

Miércoles, 5 mayo, 2010

El Evangelio de este próximo VI Domingo de Pascua tiene algunas expresiones que marcan la meditación de este miércoles. La primera es esta: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”.

Cambiando el orden sería: “si guardáis mis mandamientos, me amaréis“. Es decir: “primero pórtate bien conmigo, y después dime que me quieres“… Sí, ya sé que muchos lo entienden así; ya sé que para muchos el amor algo que se ha de conquistar, una especie de objetivo a lograr… Francamente: si a mí alguien me dice “no te quiero, pero quiero quererte”, me daría pena… ¿Tan indeseable soy para que no me quieras? ¿tantos esfuerzos tienes que hacer para quererme? Pero, es que aunque fuera verdad… ¡Al menos, no me lo digas! Pero decir esto a Jesús, resulta irreverente. Y por cierto, alguien podría explicarme por qué Pedro, tras haber negado tres veces al Señor, pudo decirle: “Tú sabes que te amo“. Quizás, tu o yo, le hubiéramos dicho: menos hablar, Simón, y más martirio“. Pero afortunadamente, Jesús no dijo eso, sino que le confirmó en su amor y en su misión.

“Si me amáis, guardaréis mis mandamientos, significa -como dice José Fernando Rey-: “detente. Estás haciendo muchos esfuerzos por agradarme, pero apenas me conoces. Tus esfuerzos resultan frustrados, porque no encuentras un verdadero motivo para ellos. Muévete menos y mira más. Conóceme primero, enamórate de mí, y la misma fuerza del Amor te hará fuerte, porque los enamorados hacen milagros. No quiero tu esfuerzo, quiero tu corazón primero y tu esfuerzo después. Lee más el evangelio, busca mi rostro y te enamorarás de mí. Conforme te enamores, tu vida irá cambiando, y cuando estés completamente rendido al Amor, te sorprenderás mártir”. Por eso es posible ser un pecador que ama a Jesucristo. Después de todo es su Amor quien irá haciendo este milagro en nuestra vida.

En el evangelio de este VI Domingo de Pascua también aparece otra expresión que nos marca: “No se turbe vuestro corazón ni tenga temor”.

¡Qué fácil es decirlo!, ¿verdad?. Pero ¿Cómo calmar la ansiedad, el nerviosismo, el miedo que nos devora a todos y nos hace a veces perder la paz? Hay quienes por temperamento están como más predispuestos a estas cosas, y frente a un peligro, lo agrandan; o si hay una dificultad, la aumentan por diez. Todo parece motivo de ansiedad. El Evangelio indica un remedio. El capítulo 14 que estamos leyendo, empieza así: «No se turbe vuestro corazón. Tened fe en Dios y tened fe también en mí» (Jn 14,1). El remedio es la confianza.

Y quien puede ofrecernos más confianza que alguien que –como acabamos de ver-, empieza sus discurso diciéndonos: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”… Así que ya sabes… Que la Virgen María nos quite el miedo al Amor. Madre: ¡Reina de la Paz! Haz que la fe en este Amor, que nos hace buenos, nos de la Paz.

Se necesitaba la gracia…

Miércoles, 28 abril, 2010

Al leer las lecturas del próximo V Domingo de Pascua una palabra destaca pronto porque se repite varias veces: «un nuevo cielo y una nueva tierra», la «nueva Jerusalén», Dios hace «nuevas todas las cosas», y el «mandamiento nuevo»: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como Yo os he amado». «Nuevo», «novedad» son palabras que nos evocan con frecuencia esperanza, expectativa, sueño, sorpresa, alegría. Así lo sentimos cuando hablamos de algo que es nuevo, de la ropa nueva, de una vida nueva, del nuevo día, del año nuevo. La palabra Evangelio significa «buena nueva», precisamente porque contiene la novedad esencial.

¿Dónde radica la novedad? En la gracia que se nos ha dado tras su muerte y resurrección. El mandamiento de amar al prójimo «como a uno mismo» se había convertido en un mandamiento «viejo», esto es, débil y desgastado. La Ley imponía la obligación de amar, pero no daba la fuerza para hacerlo. Se necesitaba la gracia. Y de hecho, cuando Jesús lo formula es cuando justo antes de morir en la cruz y tras darnos el Espíritu Santo, nos hace de hecho capaces de amarnos los unos a los otros, porque se nos otorga el amor que Él mismo tiene por cada uno.

San Agustín expresó esta “novedad” de ese modo tan característico suyo, genial: “Es este amor que nos renueva, haciéndonos hombres nuevos, herederos del Testamento nuevo, cantores del cántico nuevo”. Y como dice el P. Catalamessa: Si el amor hablara, podría hacer suyas las palabras que Dios pronuncia en la segunda lectura de hoy: «He aquí que hago nuevas todas las cosas».

Nos puede servir para comprender esto lo que cuenta José Fernando Rey. “Supongamos que Jesús Resucitado se presenta hoy ante mí y me dice: “Ya has visto hasta qué punto tu corazón es incapaz de amar; ya has descubierto las limitaciones que el pecado ha dejado grabadas en tu alma, y que te impiden caminar según mis preceptos. Hoy derramo sobre ti mi Espíritu, y te concedo amar con mi propio Corazón, omnipotente y misericordioso. Y si tu corazón mezquino estaba incapacitado para el verdadero amor, hoy te ofrezco el mío, para que desde Él entregues tu vida por cada hermano de forma incondicional… ¿Aceptas mi regalo, recibes mi Espíritu? ¿Quieres vivir en gracia de Dios para que sea Yo quien ame desde ti?“. Supongamos que hoy no se nos impone una carga, sino que se nos ofrece un Don. Escucha, con oídos nuevos, el mandamiento nuevo: “Como yo os he amado, amaos también entre vosotros”… ¿Aceptas el regalo? ¿Quieres recibir el Don que haga posible en ti el milagro? Pues ya sabes: ¡A rezar! ¡A frecuentar los sacramentos, que son las fuentes de la gracia!…

Nos puede servir también esta otra anécdota. Se desarrolla en un campamento militar. Cuenta un joven teniente que, para celebrar la fiesta de la Inmaculada, “después de la Santa Misa, nos invitaron a comer los infantes. Éramos unos veinte oficiales. De sobremesa –vino abundante– se cantaron canciones de todos tonos y colores. Entre ellas una se me quedó grabada: “corazones partidos, yo no los quiero/ yo cuando doy el mío lo doy entero”. El Espíritu Santo se sirvió de aquella canción para que aquel muchacho pensara: “¡Qué resistencia a dar el corazón entero!” —Y la oración brotó, en cauce manso y ancho.

Venga, anímate a amar, de un modo nuevo, que es el de la Santísima Virgen, a todos sin excepción. Ya verás como te llenarás de paz. Y la caridad no será ya una carga pesada, sino una posibilidad gozosa.

Diez-Diez

Viernes, 16 abril, 2010

Las propiedades típicas de la caridad cristiana: universalidad, perpetuidad, igualdad. Un gran autor contemplativo, Máximo el Confesor, escribió las Centurias sobre la caridad: «Haz todo lo que puedas para amar a todos los hombres. Si no eres capaz de ello, al menos no odies a ninguno [...]. A éste lo detestas; a este otro ni le amas ni le odias; a otro, lo amas pero muy moderadamente; a aquel otro lo amas intensamente [...]. Viendo estas diferencias reconoce que estás lejos de la caridad perfecta, que se propone amar con la misma intensidad a todos los hombres».

El autor checo P. Kricka expresa de forma anecdótica, en una poesía, este amor universal. Su título podría traducirse así: «Diez-diez». El argumento es el siguiente. Un viejo profesor de escuela elemental, bonachón, procuraba calificar todos los trabajos de los alumnos con esta nota: diez por el contenido y diez por la ortografía. Pero un día, dice el poeta, presenté al maestro un trabajo horrible. Se puso a corregir con el lápiz rojo. En seguida mi escritura estuvo inundada por el mar rojo de las correcciones. Y mi escritura era toda garrapateada, casi ilegible. ¿Qué nota merecía semejante trabajo? El viejo maestro dudó por un momento, pero no se dejó llevar por el nerviosismo. Al final del trabajo escribió: «Diez-diez». Y, entre paréntesis: «Excepto algunas faltas de ortografía». Añade el poeta: «Qué hermoso sería el mundo si pensásemos el uno del otro: Diez-diez, excepto algunas faltas de ortografía».

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