Benedicto XVI: “Maximiliano Kolbe y Edith Stein, mártires en Auschwitz, ejemplos a seguir en un tiempo en el que parece prevalecer el egoísmo y el individualismo”
Jueves, 12 agosto, 2010

Benedicto XVI, sigue en la villa pontificia de Castel Gandolfo, su lugar de descanso veraniego, pero no ha dejado de impartir sus audiencias generales de los miércoles. Esta vez han sido cuatro mil peregrinos los que acompañaron al pontífice. El tema de la catequesis del Papa ha sido dedicado a la santidad imitando el ejemplo de quienes han perseverado en el camino siguiendo las huellas de Cristo, los santos y mártires.
El Papa en su catequesis ha citado las figuras de Maximiliano Kolbe y Edith Stein, mártires en Auschwitz, como ejemplos a seguir en un tiempo en el que parece prevalecer el egoísmo y el individualismo.
“Tal vez nosotros no estemos llamados al martirio pero nadie queda excluido de la llamada a la santidad, a la medida alta de la existencia, y a colocar a Cristo en un lugar preeminente para transformar nuestra vida y nuestro mundo”:
Aludiendo a la figura de los mártires, que con valor han afrontado los sufrimientos y la muerte en nombre de Cristo, recordó que debemos saber que la gracia de Dios no suprime o sofoca la libertad de quienes afrontan el martirio, antes bien, dijo, se trata de una libertad ejercida en un supremo acto de fe, ante el poder y el mundo.
El Papa recordó también la figura de san Hipólito, Sacerdote y de san Lorenzo, Diácono, entre otros para destacar que Cristo es el siervo sufriente que se ha donado a sí mismo en rescate de muchos, por lo que nosotros, siguiendo su ejemplo todos los días debemos tomar nuestra cruz y seguirlo sobre el camino de rescate de la humanidad.
El sufrimiento (y 2)
Lunes, 1 diciembre, 2008
Empecé la semana pasada una cita de André Frossard en torno al tema del sufrimiento. Hoy la termino. Me parece que su percepción de esta realidad, aunque parezca una experiencia espiritual, es de un gran realismo existencial.
El sufrimiento es la cuestión de las cuestiones. Hace su aparición con el primer vagido del niño que viene al mundo y no cesa de perseguirnos hasta el fin, hasta el instante último en que el poderoso hálito de la agonía nos arranca del mundo de los vivos. Negar el valor del sufrimiento no implica en absoluto una ayuda para los enfermos, sino que supone, por el contrario, arrebatarles algo más; es una indignidad. Los sufrimientos son ocasión para que generen caridad, pareciéndose a Dios en eso, aunque ¿quién podría parangonarse con Él? Poseen la virtud de hacernos mejores aunque sólo sea un momento. ¿No hemos de mostrarles nuestra gratitud por tan señalado favor?
«Estaba enfermo y me visitasteis», nos dice Jesús. Y no: «Estuvisteis enfermos y los que fueron a veros tienen toda mi simpatía»: Él es el enfermo, el leproso, el preso, el desvalido, y eso significa que en el pobre ser que somos todos, cada carencia es una forma de presencia de Dios: quien no lo comprenda así nunca entenderá nada del cristianismo.
Sucede en efecto, que ante el zarpazo de una desgracia repentina, o el anuncio de una enfermedad irreversible que afecta a algún ser querido, con gran frecuencia advertimos como su fe fortalece la nuestra a la vista de su valor, su tesón, su paciencia, que provocan nuestra admiración y dan testimonio de que el ser humano es más grande que su condición y que hay una belleza de alma que de alguna manera nos susurra que la fe es incorruptible. En tales condiciones, hablar de lo «absurdo» o de la «inutilidad» del sufrimiento pone de relieve una cierta zafiedad espiritual.
El sufrimiento ni aguarda a que se le llame ni perdona a nadie. Se presenta cuando menos se espera y se introduce hasta en la felicidad al hacernos ponderar la fugacidad de la misma. A veces somos nosotros los que lo generamos por nuestra resistencia a dar -porque si Dios es efusión, nosotros seríamos más bien retención- y esa avaricia, de la que no siempre somos conscientes, da lugar a estos dolorosos exponentes de rechazo que son el equivalente psicológico de lo que en medicina se conoce por «cálculos». (…) O los males que los hombres se infligen unos a otros por su egoísmo, sus ambiciones, su voracidad, su fanatismo, el desbordamiento de ese odio rapaz que aún proyecta su sombra sobre el calvario de Auschwitz, y todas las abominaciones de las que somos culpables por el ejercicio abusivo de nuestra libertad. Sólo nosotros tenemos la responsabilidad de tales horrores y desastres. En verdad que nuestro siglo ha conseguido prodigios, pero no es menos cierto que también se ha distinguido en matanzas y en mentiras, y se hace enteramente insoportable contemplarlo; todavía manchado con las señales de sus crímenes, volviendo hacia el creyente la cara lívida de Caín para preguntarle: «¿Dónde está tu Dios?», cuando acaba de matarlo en el justo y en el inocente. (…)
Como el niño que hace rebotar sobre un espejo un rayo de sol para encender una cerilla, me he esforzado por colocar todas las respuestas en la vía de aquella luz que me enseñó de improviso, un día de julio, que Dios era dulzura misericordiosa e insuperable, pura caridad, y que las demás verdades no eran más que reflejos de aquella Verdad; he intentado fundamentar la lógica de mis experiencias sobre eso irracional que se llama amor. (…)
Y luego, un día -que será otra revelación- al doblar la esquina de una calle, (..) de repente, pensareis que nada sería peor que el olvido, que ese sufrimiento que antaño estuvo a punto de romper vuestra última resistencia es la prueba de que habéis amado, que esa prueba es la justificación de vuestra existencia, vuestro tesoro más preciado, lo único que os llevaréis cuando todo lo demás regrese al polvo. Sentiréis la connivencia profunda del sufrimiento y del amor en vuestra naturaleza caduca.
Cfr. André Frossard, en “Preguntas sobre Dios”
El mundo gira enamorado
Viernes, 12 septiembre, 2008
“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Rios
Terminamos este precioso libro, ha sido una gozada releerlo y una vez más el final me ha vuelto a emocionar, y no soy sensiblero. espero que os haya ayudado como a mí la lectura por capítulos de esta magnífica obra.
Con torpes pasos, Viktor y los demás prisioneros se arrastraron hasta las puertas del campo, la mañana de su liberación. Por primera vez, el psiquiatra vio los alrededores del campo con ojos de hombre libre. «¡Somos libres! ¡Somos libres!», se repetía una y otra vez sin creérselo del todo. Había soñado tantas veces con la liberación, que ahora, ni aun caminando a su antojo, se atrevía a admitir que era verdad.
Llegó a los prados cubiertos de flores. Las contempló, y se dio cuenta de que las flores estaban allí, en esos maravillosos bosques de Baviera. Pero no despertaban en Viktor ningún sentimiento. Los recién liberados no pertenecían todavía a este mundo.
A1 atardecer, cuando los ex-prisioneros volvieron al barracón, el doctor Racz preguntó:
-Dime, doctor Bela, ¿has estado hoy contento?
-Para ser franco, no.
«Literalmente hablando, pensó Viktor, hemos perdido la capacidad de alegrarnos y tenemos que volver a adquirirla, poco a poco. Los prisioneros nos encontramos algo así como despersonalizados. Todo nos parece irreal, improbable, como un sueño. No podemos creer que sea verdad. ¡Cuántas veces, en los años pasados, nos han engañado los sueños!»
Pasaron muchos días antes de que se le soltara a Viktor la lengua… y también algo que llevaba dentro de sí mismo, un sentimiento que necesitaba abrirse camino entre las extrañas cadenas que lo habían constreñido.
Y ese sentimiento salió a relucir un día, poco después de su liberación, mientras el psiquiatra vienés paseaba por la campiña florida, camino del pueblo más próximo. Veía las alondras elevarse hasta el cielo azul; incluso podía oír sus gozosos cantos. Había tierra y había cielo; había júbilo en las alondras y había libertad en el espacio abierto. Viktor se detuvo, miró a su alrededor, después al cielo y, finalmente, cayó de rodillas. En aquel momento sabía muy poco de él mismo y del mundo. Sólo tenía en la cabeza una frase, siempre la misma:
«Desde mi estrecha prisión llamé a mi Señor, y Él me respondió desde el espacio en libertad». Nunca supo cuánto tiempo permaneció allí, de rodillas, repitiendo una y otra vez su jaculatoria. Pero siempre supo que aquel día, en aquel momento, su vida empezó de nuevo”. Leer el resto de esta entrada »
Las noches en el Ka-Be
Viernes, 8 agosto, 2008
“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Rios
Esta vez vemos al Dr. Frankl aplicándose a sí mismo uno de sus descubrimientos: la aceptación y distanciamiento en el sufrimiento y la búsqueda de sentido en todo lo que ocurre. El análisis de los tres niveles de valores es excelente y la actitud de abandono que muestra al final resulta emocionante. Una vez más, un capítulo sin desperdicio.
A las 5 de la madrugada todo era oscuridad allá afuera. Viktor estaba echado sobre un tablón en el suelo de tierra del Ka-Be, donde «se cuidaba» a unos setenta prisioneros. Se encontraba enfermo y no tenía que desfilar para ir después al trabajo. Podía dormitar esperando el reparto de pan y el rancho de sopa aguada.
Desde el Ka-Be se escuchaba lejana, en el aire negro, la banda que empezaba a tocar: eran sus compañeros que salían al trabajo en formación. No oía bien la melodía, pero adivinaba las frases musicales dibujadas a intervalos por el viento. Miró a los demás enfermos desde su tablón, porque sentía que esa música era infernal: marchas y canciones populares que les gustaban a los nazis. Y, al sonar esa música, sabía que todos sus camaradas, afuera en la niebla, desfilaban como autómatas: la música les empujaba como el viento a las hojas secas.
De repente, la ventisca abrió la puerta de par en par y la nieve entró en el barracón del Ka-Be. Un prisionero exhausto y cubierto de hielo se introdujo tambaleándose y durante unos minutos permaneció sentado. Regresaba del horroroso turno de noche, formado ahora para pasar revista. Pero el guardia lo echó rápidamente del Ka-Be.
-¡Cómo compadezco a este individuo -pensó Viktor-, mientras yo estoy aquí tumbado!
Pero no tardó en darse cuenta de que la fiebre, provocada por el tifus, le subía espectacularmente. Era una fiebre peculiar, llamada fiebre del tabardillo, que provocaba delirios y excitación a todos los enfermos, en especial por la noche. El psiquiatra la identificó enseguida.
-¡Dios mío -rezó-, no quiero caer en un estado de delirio febril que me llevaría directamente a la cámara de gas!
Y fiel a su lema de aceptar la enfermedad, distanciándose al mismo tiempo de ella, decidió aprovechar su excitación febril para reconstruir, ya desde esa noche, el manuscrito de su libro El médico y el alma. Sacó del bolsillo su lápiz, además de los trozos diminutos de papel, y comenzó a estampar unas cuantas palabras taquigráficas -en medio de la noche y a oscuras- para que le sirvieran de guión.
«Existen en el hombre tres tipos de valores que dan sentido a su vida -anota Viktor-. Primero: valores creativos. Segundo: valores vivenciales. Tercero: valores de actitud. Por ejemplo, un enfermo que yo atendí vivió sucesivamente estos tres valores de forma casi dramática. Era un hombre joven. Profesión: diseñador de publicidad; al diseñar anuncios vivía los valores creativos. Sufrió un tumor en la parte alta de la columna vertebral: ya no pudo ejercer su profesión ni, por tanto, esos valores creativos.
«En el hospital, se entregó a la lectura de buenos libros, se deleitaba oyendo música escogida y animaba a otros pacientes: entonces pasó a experimentar los valores vivenciales, es decir, da ahora un sentido a su vida acogiendo ese segundo tipo de valores. Primer viraje.
»Finalmente, su parálisis progresa tanto que ya no es capaz de leer, ni aguanta los auriculares -Viktor sigue escribiendo taquigráficamente-. ¿Qué actitud toma ante su destino? Sin quejarse, ofrece a Dios sus dolores por los seres queridos. Pues bien, cuando yo pasé la visita de la tarde, la víspera de su muerte, y sabiendo perfectamente lo que le aguardaba, ese admirable enfermo me rogó que le pusiera la inyección de medianoche: para que yo no me molestara en levantarme a la mitad de la noche. Este hombre, en las últimas horas de su vida, no se preocupaba en absoluto de sí mismo, sino sólo de los demás. Segundo y maravilloso viraje hacia el tercer tipo de valores: los valores de actitud, que son los más importantes para la persona, y los más difíciles de asumir, porque no todos aceptan el sufrimiento con dignidad».
Y así, escribiendo taquigráficamente incluso en la oscuridad de las noches, Viktor Leer el resto de esta entrada »
«Ningún poder de la tierra podrá arrancarte lo que has vivido».
Viernes, 1 agosto, 2008
“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos
En este capítulo, a través de gestos sencillos descubrimos la importancia de la amistad, del consejo amigo. Un saludo y un comentario salvaron la vida de Víktor Frankl y con él se salvaron otras muchas personas. ¡Cuanto puede llegar a depender de una indicación amiga en el momento oportuno!. El discurso que gracias a Walter Bonn puede dar Víctor en el barracón es una joya que vale la pena leer despacio.
En aquella situación, un día a la hora de almorzar en el trabajo, Viktor sacó de su bolsillo un cigarro que había obtenido a cambio de prestar un servicio a otro preso. El psiquiatra no fumaba. Pero, al igual que en Auschwitz, un cigarrillo constituía algo muy valioso: una especie de moneda con la que podían adquirirse otras cosas. Por ejemplo, alimentos.
Cuando los prisioneros se reagruparon para recibir en sus escudillas la sopa aguada y el trozo de pan negro, Viktor se acercó a un preso, que era un fumador empedernido.
-¿Quieres este cigarro a cambio de tu sopa? -¡Por supuesto! -respondió el otro, a sabiendas de que aquella sopa no era más que agua caliente, con un ligerísimo olor a humo de carne-. Me basta con mi pan negro.
Viktor se retiró a beber la sopa, observando cómo volvía al trabajo otra fila de presos que ya habían recibido el rancho. Entre ellos, marchaba Alberto, el italiano que cantaba arias en Auschwitz. Se cruzaron un breve saludo. Fue suficiente. Su amigo se dio cuenta de que había visto a un «musulmán».
Al cabo de un rato, mientras Viktor apuraba los restos de sopa, se le acercó un prisionero.
-Hola, Viktor -le dijo-. ¿No te acuerdas de mí? Soy Benscher, un amigo de Alberto.
-¡Ah, sí: Benscher! -disimuló el psiquiatra, sin reconocerlo.
-¡Escúchame bien! -el recién llegado habló con energía-. ¡Estas muy delgado y sin afeitar!…
-¡Bah! ¿Y qué? -A Viktor parecía no importarle nada.
-¡Y pesimista! -añadió Benscher-. ¡Reacciona, Viktor! ¡Es urgente! ¡No te des por vencido: porque te estás convirtiendo en un «musulmán»!
Entonces el psiquiatra comprendió que su lamentable estado le llevaría, antes o después, a la muerte.
-Un millón de gracias, Benscher. Y dáselas también a Alberto, que te ha enviado. Dile que echo de menos sus canciones.
A partir de ese momento, Viktor reaccionó con un vigor nuevo. No sólo se afeitaba a diario, sino que se decidió a reconstruir su libro El médico y el alma, para lo cual consiguió que el jefe del barracón, Walter Bonn, le proporcionase formularios de las SS. Él escribiría detrás del papel, por la parte no rellenada. Y, además, pudo sacar a Otto de su lamentable situación. Leer el resto de esta entrada »
«Et lux in tenebris lucet, y la luz brilló en la oscuridad»
Viernes, 25 julio, 2008
“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos
Seguimos con este impresionante relato. En este capítulo se nos dice el motivo del título del libro: unos pendiente que Frank regalo a Tilly el día de su primer aniversario de boda llevaban gravados ese lema. También descubrimos la fuerza del amor humano en los momentos más duros de un hombre y como la existencia de Dios se presenta como algo esencial para dar sentido a la vida, aunque sea una vida que parece ir apagando su luz poco a poco entre las tienieblas…
Viktor acudió a la habitación del médico jefe, acompañado por Otto, pues éste supo que allí regalaban té. Estaban reunidos en aquella habitación unos cuantos amigos íntimos del doctor Pannwitz y, también -por supuesto de forma totalmente ilegal- como en la sesión anterior, el oficial alemán a cargo del escuadrón sanitario.
Esta vez la sesión no tuvo éxito, y los contertulios se dedicaron a contar chistes. Las risas atrajeron a Johann Meinong, el llamado «kapo asesino», quien, al ver en la habitación al oficial alemán, entró sin remilgos. Entonces el médico jefe le pidió algo insólito:
-¡Vamos Johann: recítanos ese poema de amor compuesto por ti!
-¡Sí, sí; es el poema más famoso de todo el campo! -intervino el oficial alemán.
El «kapo asesino» no necesitaba que se lo repitieran dos veces, de modo que rápidamente sacó una especie de diario del que leyó algunas muestras de su arte. Con un ojo más cerrado que el otro, cabeza cuadrada estilo Frankestein y voz cavernícola, que jugaba ahora a ser dulce, el kapo inició un espectáculo que movía a la carcajada.
-Procura que no te dé la risa -susurró Otto al oído de Viktor-. Ya sé que es difícil. Pero ahora lo importante es aplaudir a nuestro kapo amoroso.
Rudo como un orangután, Johann Meinong leía con orgullo los siguientes versos:
«Mi quieto corazón se inquieta por ti, y mi alma se calma por tu ternura, pues te amo con tanta hartura que no puedo vivir ya más así. »
Al borde del ataque de risa, Viktor se mordía los labios hasta hacerse sangre. Estaba a punto de soltar una sonora carcajada, cuando Otto le golpeó en la espinilla: Aguanta, Vikor -le dijo-. Sé fuerte y aplaude con ganas. -No creo que lo resista -replicó el psiquiatra.
El dulce «kapo asesino» prosiguió su grotesca lectura:
«Te quiero porque quiero quererte, te amo porque amo amarte, te adoro porque adoro adorarte y te beso porque… porque beso besarte.»
Viktor y Otto aplaudieron con todas sus fuerzas. Había lágrimas en sus ojos, fruto de la risa contenida. -Más aplausos, más, más -le insistió Otto, en voz baja. -Te comprendo -susurró Viktor, sin dejar de aplaudir-. Siempre resulta útil que el «kapo asesíno» nos conozca desde un ángulo favorable.
Acabada la fallida sesión de espiritismo, Viktor y Otto regresaron a su barracón. Y, mientras Otto trepaba hacia la litera de arriba, Viktor se despidió así: -Y me duermo porque me duerme dormir…
Al día siguiente, a las seis de la mañana, Leer el resto de esta entrada »
«Vae victis»: «¡Ay de los vencidos!»
Viernes, 18 julio, 2008
“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos
Esta vez, con cierto humor, se nos narran algunos diálogos de las nuevas relaciones que surgen a la llegada, así como una curiosa sesión de “espiritismo” que tuvo lugar en el campo de concentración.
La búsqueda del preso que faltaba se prolongó hasta muy entrada la mañana siguiente. Incluso calados hasta los huesos, Viktor y los demás se sentían contentos. En aquel campo no había «chimenea», y Auschwitz quedaba lejos. Finalmente encontraron al prisionero donde menos esperaban: en un barracón, dormido y exhausto de cansancio.
Johann Meinong, el llamado «kapo asesino», había recibido el mandato de distribuir a los recién llegados por orden alfabético, y no por números. Así que Viktor Frankl y Kurt Pichler fueron destinados a barracones distintos. Sentado ya en una litera para nueve personas, Viktor oyó una voz que venía de la litera de arriba:
-Hola -dijo simplemente-. Me llamo Otto.
-Y yo, Viktor Frankl, psiquiatra de Viena -rió Viktor, sorprendido de ver al prisionero veterano que les recibió la noche anterior-. Para servirle a Dios y a usted.
-Sea bienvenido un psicólogo a este hotel de cinco estrellas -Otto bajó al suelo-. Yo sólo soy un simple profesor de Química. Nací en Munich, trabajé en Munich, me casé en Munich y moriré seguramente en Munich. Como ves, me encanta viajar.
Al psiquiatra vienés le gustó la franqueza de aquel prisionero. Delgado, como todos; calvo, como todos. Y con sentido del humor, como algunos. -¿Y su mujer? Leer el resto de esta entrada »
¡Qué bello podría ser el mundo!
Viernes, 11 julio, 2008
“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos.
Un viernes más continuamos con este formidable relato, en el que vamos descubriendo la personalidad de Víctor Frankl y las vicisitudes que tuvieron que pasar en los campos de concentración. Esta vez el relato nos ofrece dos datos interesantes: el fenómeno de la “hibernación de los sentimientos” y el sentido de la belleza que nunca parece perderse.
Como todos los de su barracón, Viktor recogió sus pertenencias: cuchara y escudilla para la sopa, unos trozos de tela sucia y poco más. Cuando salía hacia el patio, oyó al viejo vigilante del barracón:
-¡Ojalá hagáis un viaje rápido hacia un campo que, a diferencia de Auschwitz, no tenga «chimenea»!
-Espero que se cumpla su deseo -respondió Viktor-, y que no nos vea usted subir al cielo en forma de humo.
A la espera de conocer su destino, los presos formaron en el patio durante dos horas angustiosas y frías. Entonces el oficial de las SS dio la orden: -¡En marcha!
Salieron del campamento. El alivio fue grande cuando vieron que los llevaban a la estación ferroviaria. Allí los esperaba un tren de mercancías, tan destartalado como ellos mismos. Y les ordenaron subir a los vagones.
Viktor y Kurt comprendieron que iban a ser trasladados a otro campo de concentración. Pero el tren tardó más de siete horas en tomar la salida, y después su marcha era lenta. Además, en el vagón no había sitio para que todos se sentasen en el suelo al mismo tiempo, y la mayoría tenía que permanecer de pie todo el viaje, mientras que unos pocos se turnaban para ponerse de cuclillas en la estrecha franja empapada de orines. Entre ellos estaba Kurt Pichler, por quien Viktor había intercedido a causa de su cadera dislocada.
Había unos cincuenta prisioneros en aquel vagón; y dos mil, en todo el tren. En ese vagón, que sólo tenía dos pequeñas mirillas enrejadas, quienes no estaban agachados en el suelo se agolpaban en torno a los ventanucos. Con él transcurso del tiempo, Viktor se dio cuenta de que se dirigían a Austria.
-¿Austria? -uno de los prisioneros más veteranos se sobresaltó-. ¡En Austria está el campo de Mauthausen! ¡Tiene horno, crematorios y cámaras de gas!
-¡Mierda! -exclamó Kurt- Estamos más muertos que vivos.
-Si vamos a ese campo -comentó Viktor-, me temo que sólo nos quedan una o dos semanas de vida. Leer el resto de esta entrada »
“Una persona puede entrar en el horno crematorio con la cabeza erguida, dignamente, ofreciendo su sacrificio a Dios, que es el valor supremo.”
Sábado, 5 julio, 2008
“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos
Este capítulo ha sido una gozada releerlo una vez más. Resulta emocionante este profundo dialogo entre Viktor y Kurt Pichler, y me parece que el modo en el que está escrito es brillante. En la foto vemos al Dr. Frankl escalando.
Viktor jamás pudo recordar lo que gritaba aquel capataz. Sólo trató de evitar, en la medida de lo posible, que las patadas le golpeasen en la cabeza. Cuando aquella bestia se retiró, satisfecha de su heroicidad, David se acercó a Viktor:
-¿Cómo estás? -le preguntó-. ¿Te encuentras bien?
-Arrepentido de hablar demasiado -suspiró al fin Viktor mientras se incorporaba-. Y, por lo demás, lleno de cardenales: ¡Qué tío más bruto!
-Por eso ha ascendido a capataz: aquí los únicos que «hacen carrera» son los canallas como él.
-¿Sabes lo que te digo, David? -ironizó Viktor-. Pues que a ese tipo le conocí yo cuando no era más que Presidente del Banco más grande de Viena
-¡Venga ya! -se quejó el cirujano.
-Veo que necesitas desarrollar un poco más tu sentido del humor -comentó Viktor. Después se fijó detenidamente en el rostro de su amigo y añadió-: ¡David, estás pálido y amarillo!
-Cada día me encuentro peor -reconoció el cirujano-. Esas picaduras de insectos y el insomnio que padezco están acabando conmigo.
Viktor introdujo su mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó el trozo de pan que había guardado.
-¡Vamos, cómetelo! -le ordenó con voz autoritaria-. Si no he podido conseguirte medicinas ni somníferos, al menos acepta un poco de pan negro.
-De ninguna manera -se resistió David-. Yo me he comido ya mi parte.
-¡Me importa un comino! -gritó Viktor.
David se alarmó: Leer el resto de esta entrada »
Conferencias de Psicología sobre Auschwitz
Sábado, 28 junio, 2008

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos
Con cierto retraso, pero lo prometido es deuda, aquí está el 10 capítulo del libro. Esta vez vemos como el doctor Víctor Frankl descubre el fenómeno de distanciamiento, aunque en mi opinión lo más interesante es cómo aborda el sentido espiritual de la existencia y el sentido de la dignidad humana.
Aquellos tres pitidos de silbato arrancaron sin piedad a Viktor de su intranquilo sueño. Empezó a luchar contra los zapatos mojados, hasta que consiguió introducir en ellos sus pies hinchados, llenos de heridas y, por supuesto, desnudos.
Dos literas más adelante vio a otro prisionero llorar como un niño porque, al haberse encogido sus zapatos excesivamente, tendría que prescindir de ellos e ir descalzo por los caminos nevados. Viktor sacó de su bolsillo un trozo de pan duro, que había guardado la noche anterior, y lo masticó lentamente.
-¡Ojalá puedas andar! -le gritaron David y Kurt, en medio del bullicio.
-Creo que, por lo menos, andaré dos o tres metros -bromeó Viktor-. Como veis, mi teoría de reservar una parte del pan, en vez de comérselo todo de golpe, funciona bastante bien.
El kommando inició su andadura hacia el lugar de trabajo. Viktor iba en las primeras filas, sufriendo a cada paso, bajo la mirada del kapo Herzog, que prefirió no hablar con él para no distraerlo y evitarle así pisadas en falso.
En esa marcha sobre los campos nevados, el psiquiatra decidió no pensar en sus pies. Se obligó a dirigir su atención a otras cosas. De pronto se imaginó de pie, en la plataforma de un salón de conferencias bien iluminado y caliente. Frente a él tenía un auditorio atento, sentado en cómodas butacas. ¡Estaba dando una conferencia sobre la psicología de un campo de concentración!
Vistos desde la óptica distante de la ciencia, todos sus dolores parecían alejarse. Sí, este método tenía éxito: conseguía distanciarse de los sufrimientos y observarlos como si ya hubieran transcurrido. Tanto él mismo como sus dolores se convirtieron en objeto de un estudio psicocientífico muy interesante.
-¿Qué tal anda, doctor Frankl? -le preguntó el kapo.
-¿Sabe lo que le digo, señor Herzog? -respondió Viktor, sonriendo-. Creo que la idea de volver a escribir ese libro mío, El médico y el alma, va tomando cada vez más cuerpo. ¡Estoy decidido a hacerlo aunque sea en papeles de fumar!
-¿Pero de verdad existe el alma, doctor? -bromeó Herzog- ¡Yo sólo veo por aquí cuerpos maltrechos!
-Eso me recuerda una vez que, mientras yo daba una conferencia, me preguntó un joven obrero si le podía mostrar el alma, por ejemplo, analizando el cerebro a través del microscopio, pues él no creía que existiera.
-¿Y qué le respondió usted?
-Pues le pregunté por qué le interesaba la prueba del microscopio, y su contestación fue: «Porque yo deseo buscar la verdad». Entonces le pregunté: «¿Y su afán de conocer la verdad qué es: algo físico o algo espiritual?» Tuvo que admitir que era algo espiritual.
-En una palabra, lo que buscaba y no encontraba resulta que lo tenía ya desde el principio de su búsqueda.
-¡Exacto, señor Herzog! -exclamó Viktor.
-¿Pero no habíamos quedado el otro día en que el hombre es sólo un conjunto de músculos en acción? -bromeó otra vez el kapo, viendo que Viktor superaba sus dificultades para andar.
-Algo parecido sostenía un profesor mío de enseñanza secundaria. En su clase de historia natural iba de un lado para otro y decía: «La vida humana es sólo un proceso de combustión, de oxidación». Yo, sin pedir la palabra, le pregunté: «¿Qué sentido tiene entonces la vida?»
-Supongo que el profesor se quedaría estupefacto.
-Salió del paso como pudo -respondió Viktor-, incapaz de contestar a mi pregunta. Por cierto, este hecho de mi edad juvenil lo contaré cuando reescriba el libro El médico y el alma.
-¡Bien dicho, doctor! -le animó el kapo. Leer el resto de esta entrada »



