Ayer, miércoles 4 de febrero, en la intervención durante la audiencia general, Benedicto XVI ha concluido la serie de su catequesis sobre la figura de san Pablo.

La serie de nuestras catequesis sobre la figura de san Pablo ha llegado a su conclusión: queremos hablar hoy del final de su vida terrena. La antigua tradición cristiana testifica unánimemente que la muerte de Pablo vino como consecuencia del martirio sufrido aquí en Roma. Los escritos del Nuevo Testamento no recogen el hecho. Los Hechos de los Apóstoles terminan su relato señalando la condición de prisionero del Apóstol, que sin embargo podía recibir a todos aquellos que le visitaban (cfr Hch 28,30-31). Sólo en la segunda Carta a Timoteo encontramos estas palabras premonitorias suyas: “Porque yo estoy a punto de ser derramado en libación, y el momento de mi partida [de desplegar las velas en el original, n.d.t.] es inminente” (2 Tm 4,6; cfr Fil 2,17). Se usan aquí dos imágenes, la cultual del sacrificio, que ya había usado en la Carta a los Filipenses interpretando el martirio como parte del sacrificio de Cristo, y la marinera de soltar las amarras: dos imágenes que juntas aluden discretamente al acontecimiento de la muerte, y de una muerte cruenta.

Acerca del reciente levantamiento de la excomunión a los obispos “lefevbristas”, la Secretaría de Estado ha publicado una Nota advirtiendo de que aún se ha de verificar una serie de pasos para llegar a la plena comunión.Por otro lado, y ante la polémica provocada por las ciertas declaraciones antisemitas de uno de estos obispos, si que parece que se ha de andar con pies de plomo y evitar ingenuidades en temas que como este puede provocar cierta polémica.

Otra notocoa interesante es el aparente buen entendimiento entre los representantes del Gobierno español que aseguraron este miércoles al recibir al cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado, que respetarán los acuerdos que rigen las relaciones Iglesia-Estado.

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Benedicto XVI

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Hoy durante la audiencia general, Benedicto XVI ha vuelto a hablarnos sobre la figura de san Pablo, pero esta vez centrándose en el sentido de la Cruz para un cristiano desde la luz de la Resurrección. El siguiente párrafo expresa esta idea:

“Si Cristo no ha resucitado, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe… estáis todavía en vuestros pecados” (1 Cor 15,14.17). Con estas fuertes palabras de la primera Carta a los Corintios, san Pablo da a entender qué decisiva importancia atribuye a la resurrección de Jesús. En este acontecimiento, de hecho, está la solución del problema que supone el drama de la Cruz. Por sí sola la Cruz no podría explicar la fe cristiana, al contrario, sería una tragedia, señal de la absurdidad del ser. El misterio pascual consiste en el hecho de que ese Crucificado “ha resucitado el tercer día, según las Escrituras” (1 Cor 15,4) -así atestigua la tradición protocristiana. Aquí está la clave central de la cristología paulina: todo gira alrededor de este centro gravitacional. La entera enseñanza del apóstol Pablo parte desde y llega siempre al misterio de Aquel que el Padre ha resucitado de la muerte. La resurrección es un dato fundamental, casi un axioma previo (cfr 1 Cor 15,12), en base al cual Pablo puede formular su anuncio (kerygma) sintético: Aquel que ha sido crucificado, y que ha manifestado así el inmenso amor de Dios por el hombre, ha resucitado y está vivo en medio de nosotros.

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Ya se ha terminado el Sínodo sobre la Palabra que ha mantenido reunidos en Roma a obispos de todo el mundo durante más de 20 días. Se han presentado las 55 proposiciones al Papa, el cual, tras su estudio y elaboración publicara un documento oficial donde se recojan las aportaciones más importantes.

Ayer miércoles 29 de octubre, durante su habitual Audiencia General, Benedicto XVI continuando su catequesis en torno a san Pablo durante el año paulino, ha insistido en el carácter central de la Cruz en el pensamiento y la teología paulina. Aquí te copio este fragmento del discurso:

En el encuentro con Jesús se había aclarado el significado central de la Cruz: había comprendido que Jesús había muerto y resucitado por todos y por él mismo. Ambas cosas eran importantes; la universalidad: Jesús había muerto realmente por todos, y la subjetividad: Él ha muerto también por mí. En la Cruz, por tanto, se había manifestado el amor gratuito y misericordioso de Dios. Este amor Pablo lo experimentó ante todo en sí mismo (cfr Gal 2,20) y de pecador se convirtió en creyente, de perseguidor en apóstol. Día tras día, en su nueva vida, experimentaba que la salvación era “gracia”, que todo descendía del amor de Cristo y no de sus méritos, que por otro lado no existían. El “evangelio de la gracia” se convirtió así en la única forma de entender la Cruz, el criterio no sólo de su nueva existencia, sino también la respuesta a sus interlocutores. Entre estos estaban, ante todo, los judíos que ponían su esperanza en las obras y esperaban de estas la salvación; estaban también los griegos, que oponían su sabiduría humana a la cruz; finalmente, había ciertos grupos heréticos, que se habían formado su propia idea del cristianismo según su propio modelo de vida.

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Benedicto XVI
Benedicto XVI

Como cada jueves, te traigo el texto de la audiencia general de ayer, miércoles 22 de octubre de 2008, en la que Benedicto XVI sigue con su catequesis en torno a la figura de san Pablo, con ocasión del año paulino en el que estamos. Esta vez se ha centrado sobre el aspecto central de la predicación de Pablo: la divinidad de Jesucristo. Entre otras cosas dijo:

Un desarrollo posterior de este ciclo sapiencial, que ve a la Sabiduría abajarse para después ser exaltada a pesar del rechazo, se encuentra en el famoso himno contenido en la Carta a los Filipenses (cfr 2,6-11). Se trata de uno de los textos más elevados de todo el Nuevo Testamento. Los exegetas en gran mayoría concuerdan en considerar que esta perícopa trae una composición precedente al texto de la Carta a los Filipenses. Este es un dato de gran importancia, porque significa que el judeo-cristianismo, antes de san Pablo, creía en la divinidad de Jesús. En otras palabras, la fe en la divinidad de Jesús no es un invento helenístico, surgido después de la vida terrena de Jesús, un invento que, olvidando su humanidad, lo habría divinizado: vemos en realidad que el primer judeo-cristianismo creía en la divinidad de Jesús, es más, podemos decir que los mismos Apóstoles, en los grandes momentos de la vida de su Maestro, han entendido que Él era el Hijo de Dios, como dijo san Pedro en Cesarea de Filipo: “Tu eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16). Pero volvamos al himno de la Carta a los Filipenses. La estructura de este texto puede ser articulada en tres estrofas, que ilustran los momentos principales del recorrido realizado por Cristo. Su preexistencia la expresan las palabras “siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios”(v. 6); sigue después el abajamiento voluntario del Hijo en la segunda estrofa: “se despojó de sí mismo tomando condición de siervo” (v. 7), hasta humillarse a sí mismo “obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (v. 8). La tercera estrofa del himno anuncia la respuesta del Padre a la humillación del Hijo: “Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre” (v. 9). Lo que impresiona es el contraste entre el abajamiento radical y la siguiente glorificación en la gloria de Dios. Es evidente que esta segunda estrofa está en contraste con la pretensión de Adán que quería hacerse Dios, y contrasta también con el gesto de los constructores de la torre de Babel que querían edificar por sí solos el puente hasta el cielo y hacerse ellos mismos divinidad. Pero esta iniciativa de la soberbia acabó con la autodestrucción: así no se llega al cielo, a la verdadera felicidad, a Dios. El gesto del Hijo de Dios es exactamente lo contrario: no la soberbia, sino la humildad, que es la realización del amor, y el amor es divino. La iniciativa de abajamiento, de humildad radical de Cristo, con la que contrasta la soberbia humana, es realmente expresión del amor divino; a ella le sigue esa elevación al cielo a la que Dios nos atrae con su amor.

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Benedicto XVI

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Ayer miércoles 15 de octubre, durante la audiencia general Benedicto XVI continuó con la catequesis en torno a la figura de san Pablo que lleva desarrollando en las últimas semanas. Si el pasado miércoles la cuestión tratada fue: “¿Qué supo Pablo de la vida de Jesús, de sus palabras, de su pasión?”, esta vez su discurso se centró en la enseñanza de san Pablo sobre la Iglesia. Te copio este párrafo y te animo como siempre a leer la audiencia completa:

Pablo sostiene que la Iglesia no es sólo un organismo, sino que se convierte realmente en Cuerpo de Cristo en el sacramento de la Eucaristía, donde todos recibimos su Cuerpo y llegamos a ser realmente su Cuerpo. Se realiza así el misterio esponsal, que todos son un solo cuerpo y un solo espíritu en Cristo. (…) Diciendo esto, Pablo muestra saber bien y nos da a entender que la Iglesia no es suya y no es nuestra: la Iglesia es “el cuerpo de Cristo”, es “Iglesia de Dios”, “campo de Dios, “edificación de Dios “Templo de Dios” (1Cor 3,9.16). Esta última designación es particularmente interesante, porque atribuye a un tejido de relaciones interpersonales un término que comúnmente servía para indicar un lugar físico, considerado sagrado. (…) Si antes los templos se consideraban lugares de la presencia de Dios, ahora se sabe y se ve que Dios no habita en edificios hechos de piedra, sino que el lugar de la presencia de Dios en el mundo es la comunidad viva de los creyentes.

(…) Y un último esbozo. En la Carta a Timoteo Pablo califica a la Iglesia como “casa de Dios” (1 Tm 3,15); y esta es una definición realmente original, porque se refiere a la Iglesia como estructura comunitaria en la que se viven cálidas relaciones interpersonales de carácter familiar (…) Esta es la grandeza de la Iglesia y la grandeza de nuestra llamada: somos templo de Dios en el mundo, lugar donde Dios habita realmente, y somos, al mismo tiempo, comunidad, familia de Dios, que es amor. Como familia y casa de Dios debemos realizar en el mundo la caridad de Dios y ser así, con la fuerza que viene de la fe, lugar y signo de su presencia. Oremos al Señor para que nos conceda ser cada vez más su Iglesia, su Cuerpo, el lugar de la presencia de su caridad en este mundo nuestro y en nuestra historia.

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Ayer miércoles 8 de octubre, durante la audiencia general Benedicto XVI continuó su catequesis en torno a la figura de Pablo. Esta vez dedicada la cuestión de qué sabía san Pablo del Jesús terreno, de su vida, de sus enseñanzas, de su pasión. Aquí te pongo un párrafo para que te animes a leerla entera:

Queda ahora la cuestión de qué sabía san Pablo del Jesús terreno, de su vida, de sus enseñanzas, de su pasión. Antes de entrar en esta cuestión puede ser útil tener presente que el mismo san Pablo distingue dos maneras de conocer a Jesús y, más en general, dos maneras de conocer a una persona. Escribe en la Segunda Carta a los Corintios: “Así que en adelante, ya no conocemos a nadie según la carne. Y si conocimos a Cristo según la carne, ya no le conocemos así” (5, 16). Conocer “según la carne”, de forma carnal, quiere decir conocer sólo exteriormente, con criterios externos: se puede haber visto a una persona muchas veces, conocer sus facciones y los diversos detalles de su comportamiento: cómo habla, cómo se mueve, etc. Y sin embargo, aun conociendo a alguien de esta forma, no se le conoce realmente, no se conoce el núcleo de la persona. Solo con el corazón se conoce verdaderamente a una persona. De hecho los fariseos, los saduceos, conocieron a Jesús externamente, escucharon su enseñanza, muchos detalles de él, pero no le conocieron en su verdad. Hay una distinción análoga en una palabra de Jesús. Después de la Transfiguración, él pregunta a los apóstoles: “¿Quién dice la gente que soy yo?” y “¿quién decís vosotros que soy yo?”. La gente le conoce, pero superficialmente; sabe muchas cosas de él, pero no le ha conocido realmente. En cambio los Doce, gracias a la amistad que llama a su causa al corazón, al menos habían entendido sustancialmente y empezaban a saber quién era Jesús. También hoy existe esta forma distinta de conocer: hay personas doctas que conocen a Jesús en muchos de sus detalles y personas sencillas que no conocen estos detalles, pero que lo conocen en su verdad: “el corazón habla al corazón”. Y Pablo quiere decir esencialmente que conoce a Jesús así, con el corazón, y que conoce así esencialmente a la persona en su verdad; y después, en un segundo momento, que conoce los detalles.

(…) En conclusión, san Pablo no pensaba en Jesús como algo histórico, como una persona del pasado. Conoce ciertamente la gran tradición sobre la vida, las palabras, la muerte y la resurrección de Jesús, pero no las trata como algo del pasado; las propone como realidad del Jesús vivo. Las palabras y las acciones de Jesús para Pablo no pertenecen al tiempo histórico, al pasado. Jesús vive ahora y habla ahora con nosotros y vive para nosotros. Esta es la verdadera forma de conocer a Jesús y de acoger la tradición sobre él. Debemos también nosotros aprender a conocer a Jesús, no según la carne, como una persona del pasado, sino como nuestro Señor y Hermano, que hoy está con nosotros y nos muestra cómo vivir y como morir.

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Ayer, miércoles 1 de octubre, Benedicto XVI, ya de regreso de Castelgandolfo de donde se despidió el lunes 29, continuó durante la audiencia general la catequesis sobre la figura de san Pablo. Una de las ideas que trasmitió fue esta:

Con todo, como aparece con gran claridad en las Cartas de san Pablo, la libertad cristiana no se identifica nunca con el libertinaje o con el arbitrio de hacer lo que se quiere; esta se realiza en conformidad con Cristo y por eso, en el auténtico servicio a los hermanos, sobre todo a los más necesitados. Por esto, el relato de Pablo sobre la asamblea se cierra con el recuerdo de la recomendación que le dirigieron los Apóstoles: “sólo que nosotros debíamos tener presentes a los pobres, cosa que he procurado cumplir con todo esmero” (Ga 2, 10). Cada Concilio nace de la Iglesia y vuelve a la Iglesia: en aquella ocasión vuelve con la atención a los pobres que, de las diversas anotaciones de Pablo en sus Cartas, son sobre todo los de la Iglesia de Jerusalén. En la preocupación por los pobres, atestiguada particularmente por la segunda Carta a los Corintios (cfr 8-9) y en la conclusión de la Carta a los Romanos (cfr. Rm 15), Pablo demuestra su fidelidad a las decisiones maduradas durante la Asamblea.

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