Para S. Covey en su libro “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”, los siete hábitos son también hábitos de efectividad. Y lo son porque se basan en una ley natural, con un principio que él ha denominado «equilibrio P/CP». Este principio puede comprenderse fácilmente recordando la fábula de Esopo acerca de la gallina de los huevos de oro.

Esopo cuenta que un pobre granjero descubrió un día que su gallina había puesto un reluciente huevo de oro. Primero pensó que debía tratarse de algún tipo de fraude. Pero cuando iba a deshacerse del huevo, lo pensó por segunda vez, y se lo llevó para comprobar su valor.

¡El huevo era de oro puro! El granjero no podía creer en su buena suerte. Más incrédulo aún se sintió al repetirse la experiencia. Día tras día, se despertaba y corría hacia su gallina para encontrar otro huevo de oro. Llegó a ser fabulosamente rico; todo parecía demasiado bonito como para que fuera cierto.

Pero, junto con su creciente riqueza llegaron la impaciencia y la codicia. Incapaz de esperar día tras día los huevos de oro, el granjero decidió matar a la gallina para obtenerlos todos de una vez. Pero al abrir el ave, la encontró vacía. Allí no había huevos de oro, y ya no habría modo de conseguir ninguno más. El granjero había matado a la gallina que los producía.

Sugiero que en esa fábula hay una ley natural, un principio: la definición básica de la efectividad. La mayoría de las personas ven la efectividad desde el paradigma de los huevos de oro: cuanto más se produce, cuanto más se hace, más efectivo se es. Pero, como muestra el relato, la verdadera efectividad está en función de dos cosas: lo que se produce (los huevos de oro) y los medios o bienes de producción y la capacidad para producir (la gallina).

Si uno adopta un modelo de vida centrado en los huevos de oro y se olvida de la gallina, pronto se encontrará sin los medios que producen los huevos. Por otra parte, si uno se limita a cuidar de la gallina sin recoger los huevos de oro, pronto se encontrará sin dinero para alimentarse a sí mismo o alimentar al ave.

La efectividad reside en el equilibrio, en lo que denomino el equilibrio P/CP. «P» es la producción de los resultados deseados, los huevos de oro. «CP» es la capacidad de producción, la aptitud o el medio que produce los huevos de oro.

Para ver algunos ejemplos prácticos: Leer el resto de esta entrada »

Ya se que me repito pero llevo varios días dándoles vueltas a estas ideas:

Cfr: En el continuum de la madurez:

  • la dependencia es el paradigma del tú:cuidas de mí; haces o no haces lo que debes hacer por mí; yo te culpo a ti por los resultados.
  • La independencia es el paradigma del yo: yo puedo hacerlo, yo soy responsable, yo me basto a mí mismo, yo puedo elegir.
  • La interdependencia es el paradigma del nosotros: nosotros podemos hacerlo, nosotros podemos cooperar, nosotros podemos combinar nuestros talentos y aptitudes para crear juntos algo más importante.

Las personas dependientes necesitan de los otros para conseguir lo que quieren. Las personas independientes consiguen lo que quieren gracias a su propio esfuerzo. Las personas interdependientes combinan sus esfuerzos con los esfuerzos de otros para lograr un éxito mayor.

El continuum de la madurez

Sábado, 6 marzo, 2010

No, no nos hemos olvidado de S. Covey y su libro “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”. Esta vez el autor nos propone el continuun de su concepto de madurez personal. Se trataría de pasar de la dependencia a la indepencia para alanzar la interdependencia, ya que para S. Covey la vida es naturalmente interdependiente.

Todos empezamos nuestra vida como niños totalmente dependientes de otros. Somos dirigidos, educados y sustentados completamente por otros. Sin sus cuidados sólo viviríamos unas horas, o a lo sumo unos pocos días.

Después, gradualmente, a lo largo de los meses y años siguientes, nos volvemos cada vez más independientes —física, mental, emocional y económicamente— hasta que por fin podemos, en lo esencial, hacernos cargo de nuestra persona, de una manera autodirectiva y autosuficiente.

Cuando seguimos creciendo y madurando, tomamos cada vez más conciencia de que toda la naturaleza es interdependiente, de que existe un sistema ecológico que la gobierna a ella y también a la sociedad. Además, descubrimos que los más altos logros de nuestra naturaleza tienen que ver con las relaciones con los otros, que la vida humana también es interdependiente.

Nuestro crecimiento desde la infancia hasta la edad adulta se realiza en consonancia con las leyes naturales. Y existen muchas dimensiones del crecimiento. El hecho de que alcancemos nuestra total maduración física, por ejemplo, no necesariamente nos asegura una simultánea madurez mental o emocional. Por otro lado, la dependencia física no significa que una persona sea mental o emocionalmente inmadura.

En el continuum de la madurez:

  • la dependencia es el paradigma del tú:cuidas de mí; haces o no haces lo que debes hacer por mí; yo te culpo a ti por los resultados.
  • La independencia es el paradigma del yo: yo puedo hacerlo, yo soy responsable, yo me basto a mí mismo, yo puedo elegir.
  • La interdependencia es el paradigma del nosotros: nosotros podemos hacerlo, nosotros podemos cooperar, nosotros podemos combinar nuestros talentos y aptitudes para crear juntos algo más importante.

Las personas dependientes necesitan de los otros para conseguir lo que quieren. Las personas independientes consiguen lo que quieren gracias a su propio esfuerzo. Las personas interdependientes combinan sus esfuerzos con los esfuerzos de otros para lograr un éxito mayor.

Si yo soy físicamente dependiente (paralítico, discapacitado o limitado de algún modo físico) necesito que tú me ayudes. Si soy emocionalmente dependiente, mi sentido del mérito y la seguridad provienen de la opinión que tú tienes de mí. Si no te caigo bien puede resultar catastrófico. Si soy intelectualmente dependiente, cuento contigo para que pienses por mí y resuelvas los problemas de mi vida.

Si soy independiente, físicamente puedo desenvolverme por mis propios medios. Mentalmente, puedo pensar mis propios pensamientos, pasar de un nivel de abstracción a otro. Puedo pensar de modo creativo y analítico, y organizar y expresar mis pensamientos de manera comprensible. Emocionalmente, mi propio interior me proporciona las pautas. Soy dirigido desde adentro. Mi sentido del mérito no está en función de que guste a otros o de que me traten bien. Es fácil ver que la independencia es mucho más madura que la dependencia. La independencia es un logro principal, en y por sí misma. Pero la independencia no es infalible.

(…) El poco comprendido concepto de independencia tiene en muchos casos un acusado sabor de dependencia, y así encontramos personas que, a menudo por razones egoístas, abandonan sus matrimonios y sus hijos, olvidando todo tipo de responsabilidad social, haciéndolo en nombre de la independencia. El tipo de reacción que lleva a «romper las cadenas», «liberarse», «autoafirmarse» y «vivir la propia vida» revela a menudo dependencias más fundamentales de las que no se puede escapar porque no son externas sino internas: dependencias como la de permitir que los defectos de otras personas arruinen nuestras vidas emocionales, o como la de sentirse víctima de personas y hechos que están fuera de nuestro control.

(…) El pensamiento independiente por sí solo no se adecua a la realidad interdependiente. Las personas independientes sin madurez para pensar y actuar interdependientemente pueden ser buenos productores individuales, pero no serán buenos líderes ni buenos miembros de un equipo. No operan a partir del paradigma de la interdependencia necesario para tener éxito en el matrimonio, la familia o la realidad empresarial.

La vida, por naturaleza, es interdependiente. Tratar de lograr la máxima efectividad por la vía de la independencia es como tratar de jugar al tenis con un palo de golf: la herramienta no se adecúa a la realidad.

El concepto de interdependencia es mucho más maduro, más avanzado. Si soy físicamente interdependiente, soy capaz y dependo de mí mismo, pero también comprendo que tú y yo trabajando juntos podemos lograr mucho más de lo que puedo lograr yo solo, incluso en el mejor de los casos. Si soy emocionalmente interdependiente, obtengo dentro de mí mismo una gran sensación de valía, pero también reconozco mi necesidad de amor, de darlo y recibirlo. Si soy intelectualmente interdependiente, comprendo que necesito mis propios pensamientos con los mejores pensamientos de otras personas.

Como persona interdependiente, tengo la oportunidad de compartirme profunda y significativamente con otros, y logro acceso a los amplios recursos y potenciales de otros seres humanos.

La interdependencia es una elección que sólo está al alcance de las personas independientes. Las personas dependientes no pueden optar por ser interdependientes. No tienen el carácter necesario para hacerlo, no son lo bastante dueñas de sí mismas.

S. Covey en su libro “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”, al hablar del 7º hábito va tratando cada uno de los 4 aspectos (físico, espiritual, mental y social-emocional) en que lo desglosa. A continuación vemos como explica lo que el considera la dimensión social / emocional de la persona y la íntima relación que tiene con lo que el denomina seguridad intrínseca.

Las dimensiones social y emocional están ligadas entre sí porque nuestra vida emocional se desarrolla (primordial pero no exclusivamente) a partir de nuestras relaciones con los otros, y en ellas se manifiesta. (…) Supongamos que usted es una persona clave en mi vida. Podría ser mi jefe, mi subordinado, mi colaborador, mi amigo, mi vecino, mi cónyuge, mi hijo, un miembro de mi familia: alguien con quien yo quiero o necesito interactuar. Supongamos que tenemos que comunicarnos, trabajar juntos, discutir una cuestión esencial, lograr un propósito o resolver un problema. Pero vemos las cosas de distinto modo, a través de cristales diferentes. Usted ve a la joven, y yo a la anciana.

De modo que pongo en práctica el cuarto hábito. Me acerco a usted y le digo: «Advierto que estamos afrontando esta situación de modo diferente. ¿Por qué no acordamos comunicarnos hasta que podamos hallar una solución con la que los dos podamos sentirnos bien? ¿Estás dispuesto a hacerlo?». La mayor parte de las personas responderán que sí.

Entonces paso al quinto hábito. «Primero permíteme escucharte.» En lugar de escuchar con la intención de responder, escucho empáticamente, con la finalidad de comprender su paradigma profunda y completamente. Cuando yo pueda explicar su punto de vista tan bien como lo hace usted mismo, me concentraré en comunicarle mi propio punto de vista, de manera que usted también pueda comprenderme a mí.

Sobre la base de nuestro compromiso de buscar una solución con la que ambos nos sintamos bien, y de una recíproca comprensión profunda, pasamos juntos al sexto hábito. Trabajamos juntos para generar soluciones de tercera alternativa que remedien nuestras diferencias y que ambos reconozcamos como mejores que las que usted o yo propusimos inicialmente.

El éxito en los hábitos cuarto, quinto y sexto no es en lo esencial una cuestión de intelecto, sino de emoción. Está altamente relacionado con nuestro sentido de la seguridad personal. Si nuestra seguridad personal proviene de fuentes que están dentro de nosotros, tendremos la fuerza necesaria para poner en práctica los hábitos de la victoria pública. Si somos emocionalmente inseguros, aunque estemos muy adelantados desde el punto de vista intelectual, poner en práctica los hábitos cuarto, quinto y sexto con personas que piensan de modo diferente sobre cuestiones fundamentales de la vida puede resultar terriblemente amenazador.

¿De dónde nos puede llegar la seguridad intrínseca? Leer el resto de esta entrada »

Llevo varias semanas tratando del libro de S. Covey, “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”, y me pidieron el otro día dar mi visión personal del libro. Aunque pueda resultar un poco pretencioso aquí va, esquemáticamente, lo que a mi personalmente -y la influencia de un cambio de paradigma- que me ha aportado este buen libro.

Me parece que S. Covey en su libro hace tres grandes aportaciones básicas o fundamentales. Y, de ahí, desde dentro, salen otras cinco grandes consecuencias. Veamos un poco. Las tres aportaciones fundamentales serían:

De estas tres grandes observaciones acerca de nuestro ser natural, saldrían las cinco consecuencias.

  • Por ejemplo, de nuestro ser pro-activos se deduce:
    • como primera consecuencia que puesto que somos capaces lo más adecuado es ir configurando e interiorizando un plan en la mente capaz de dar sentido a nuestra vida, capaz de desarrollar lo que realmente queremos ser o somos, de nuestras convicciones (o constitución personal), etc.
    • La segunda consecuencia es administrar bien nuestra vida para adecuarse a ese proyecto vital, y ya que somos capaces de hacer que lo primero sea lo primero, hemos de intentarlo.
  • Así mismo de nuestro ser interdependientes se deducirían dos grandes consecuencias.
    • La primera que lo más adecuado para no actuar en contra sino favorecer esta evidencia natural de la interdependencia, debemos escuchar primero –para comprender-, después y solo después -y desde la comprensión del otro-, hablar para hacernos comprender.
    • La segunda consecuencia es que lo más adecuado a la hora de tomar decisiones es buscar el ganar/ganar de ambas partes.
  • Por último, de la intuición de que somos naturalmente sinérgicos se deduce la consecuencia:
    • podemos y debemos estar en continua renovación y preparados para reaccionar en todo momento. Esto es lo que él llama tener “afilada el hacha”.

No se si estaréis de acuerdo con esta interpretación personal. Pero aquí os la dejo.

Al final de su libro “los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”, S. Covey cuenta una anécdota personal que su juicio contiene la esencia de su libro. Por eso me ha parecido conveniente ponerla ya para tener una visión más global de lo que nos quiere decir. Aunque es larga la pongo completa.

Hace algunos años, me tomé mi año sabático en la universidad en la que enseñaba, para poder escribir, y con toda la familia me fui a vivir a Laie, en la costa norte de Oahu, Hawai.

Poco después de instalarnos, desarrollamos una vida de rutina y trabajo no sólo muy productiva sino también extremadamente agradable.

Después de correr por la playa por la mañana temprano, enviábamos a dos de nuestros hijos a la escuela, descalzos y en shorts. Yo me iba a un edificio próximo a los cañaverales; allí tenía una oficina para escribir. Todo era muy silencioso, hermoso, sereno: sin llamadas telefónicas, reuniones ni compromisos apremiantes.

Junto al edificio de mi oficina había una universidad, y un día, mientras yo recorría al azar las pilas de libros de la biblioteca de esa universidad, tropecé con un volumen que atrajo mi atención. Al abrirlo, mis ojos cayeron sobre un párrafo que influyó poderosamente en el resto de mi vida. Leí ese párrafo una y otra vez. Básicamente contenía la idea simple de que existe una brecha o un espacio entre el estímulo y la respuesta, y de que en el empleo de ese espacio está la clave de nuestro crecimiento y nuestra felicidad.

Es muy difícil describir el efecto que esa idea tuvo sobre mi espíritu. Aunque yo me había nutrido con la filosofía de la propia determinación, el modo en que la idea estaba formulada —«una brecha entre el estímulo y la respuesta»— me golpeó con una fuerza casi increíble. Fue como «verla por vez primera», como una revolución interior, «una idea cuyo tiempo ha llegado».

Reflexioné sobre ella una y otra vez, y empezó a ejercer un efecto poderoso sobre mi paradigma de vida. Fue como si me hubiera convertido en observador de mi propia participación. Comencé a tomar posición en esa brecha, y a mirar desde afuera los estímulos. Disfrutaba con la sensación interior de ser libre para elegir mi respuesta, incluso para convertirme en el estímulo, o por lo menos para influir en él, aunque fuera para darle la vuelta.

Poco tiempo después, y en parte como consecuencia de esa idea «revolucionaria», Sandra y yo empezamos a practicar la comunicación profunda. Leer el resto de esta entrada »

“En las cosas esenciales, unidad: en las cosas importantes, diversidad; en todas las cosas, generosidad” (cfr. San Agustín)

El sexto hábito o sinergia de S. Covey, es, como el mismo dice en su libro “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”, la síntesis o aplicación práctica de los cinco hábitos anteriores. Entendida adecuadamente, la sinergia es la actividad superior de la vida: la verdadera puesta a prueba y manifestación de todos los otros hábitos reunidos. Vemos en esta introducción como explica lo que entiende por “sinergia”:

Las formas más altas de la sinergia se centran en los cuatro dones singulares humanos [ser proactivo, ser interdependientes, tener en la mente un sentido de la vida, tener el sentido de la prioridad de la cosas], en el motivo ganar/ganar, y en las aptitudes para la comunicación empática en los desafíos más crueles que afrontamos en la vida. El resultado es casi milagroso. Creamos nuevas alternativas, algo que no estaba antes allí. (…)

¿Qué es la sinergia? Simplemente definida, significa que el todo es más que la suma de sus partes. Significa que la relación de las partes entre sí es una parte en y por sí misma. Y no sólo una parte, sino la más catalizadora, la que genera más poder, la más unificadora y la más estimulante. El proceso creador es también la parte más terrible porque uno no sabe exactamente lo que va a suceder ni hacia dónde conduce. No se sabe qué nuevos peligros y desafíos va a haber que enfrentar.

Empezar con un espíritu de aventura, de descubrimiento, de creatividad, requiere una enorme seguridad interior. Sin duda, hay que abandonar la comodidad del campamento y adentrarse en una zona salvaje enteramente nueva y desconocida. Uno se convierte en explorador, en un pionero que marca el camino. Abre nuevas posibilidades, nuevos territorios, nuevos continentes, y otros pueden seguirlo.

La sinergia está en todas partes en la naturaleza. Si uno planta juntos dos vegetales, las raíces se entremezclan y mejoran la calidad del suelo, de modo que las dos plantas crecen mejor que si estuvieran separadas. Si adosamos dos trozos de madera, podrán sostener un peso mucho mayor que la suma de los pesos que sostienen ambos trozos separadamente. El todo es más que la suma de sus partes. Uno más uno es igual a tres o más.El desafío consiste en aplicar en nuestras interacciones sociales los principios de la cooperación creativa que nos enseña la naturaleza. La vida de familia proporciona muchas oportunidades de observar la sinergia y practicarla. El hecho mismo de que un hombre y una mujer engendren un hijo es sinérgico.

La esencia de la sinergia consiste en valorar las diferencias: respetarlas, compensar las debilidades, construir sobre las fuerzas. Es obvio que valoramos las diferencias físicas entre el hombre y la mujer, entre esposo y esposa. Pero, ¿qué decir de las diferencias sociales, mentales y emocionales? ¿Podrían esas diferencias ser también fuentes de formas de vida nuevas y estimulantes, de un ambiente que permita la realización de todas las personas, que nutra la autoestima y la autovaloración, que cree oportunidades para que cada uno madure en la independencia y después, gradualmente, en la interdependencia? ¿Podría la sinergia crear un nuevo guión para la próxima generación, más adecuado para el servicio y la contribución, menos protector, menos competitivo, menos egoísta; un guión más abierto, más generoso y confiado, y menos defensivo y político; un guión más afectuoso, solícito, y menos posesivo y crítico?

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