Einstein: “sólo una vida vivida por los demás merece la pena ser vivida”
Jueves, 30 Julio, 2009
Cuanto Alfonso Aguiló, como todos habremos visto a un albañil subido a un andamio cantando alegremente mientras ponía ladrillos y, junto a él, a otro amargado y con mala cara, realizando ambos la misma tarea. O un conductor de autobús que hace su trabajo con satisfacción y procurando agradar a los viajeros, y, en su misma ocupación y condiciones, a otro que trabajando de mala gana y despotricando de todo. Y lo mismo al acercarse a una ventanilla, a la barra de un bar, al mostrador de una tienda, o al ir a la peluquería. Y lo mismo en las aulas. Y lo mismo en la familia. Hay padres y madres que se recrean en las tareas del hogar y en la educación de sus hijos, y padres y madres que parece que sólo saben quejarse del trabajo y los quebraderos de cabeza que les dan sus hijos, que dicen que no pueden más, que les agota, que se les hace pesado, que no hay quien lo aguante.
Muchas veces, la raíz de su tristeza y su desgana está en la pereza. En que son personas que se pasan la vida en una lucha —agotadora lucha, por otra parte— para rehuir el esfuerzo, para encontrar el modo de hacer menos y que sea otro quien haga las cosas.
El trabajo, las tareas del hogar, la educación de los hijos… cualquier persona emplea la mayor parte del día en esas tareas, ¿por qué entonces hacerlas de mala gana?: eso equivaldría a pasarse amargado la mayor parte de la vida.
Es verdad que a veces hay problemas, y problemas serios, y se hace todo muy pesado, y no apetece hacer nada. Pero también es cierto que, con un nivel de motivos de tristeza bastante parecido, hay gente habitualmente contenta y gente habitualmente descontenta. Quizá la diferencia esté en la filosofía con que cada uno se toma la vida. Se trata de:
- - en vez de trabajar con desgana, procurar poner ganas, y ya acabarán apareciendo satisfacciones en ese trabajo;
- - en vez de ver y de hacer ver el trabajo como una carga pesada, descubrir en él —entre otras cosas— una forma de realizarse, un motivo de satisfacción y una oportunidad de servir a los demás (Einstein decía que sólo una vida vivida por los demás merece la pena ser vivida);
- - en vez de estar pensando en la hora de acabar, procurar esmerarse en lo que se está haciendo en cada momento;
- - en vez de quejarse continuamente y crear un clima negativo, procurar poner ilusión y crear alrededor un clima positivo; etcétera.
Muchos padres dicen que sus hijos son muy perezosos. Perezosos, dicen, para levantarse, para estudiar, para llevar a cabo cualquier actividad que no implique diversión, y a veces incluso hasta para eso. Que todo les cansa, todo les aburre, que no saben pasarlo bien más que un rato. Que una simple contrariedad les conduce al abatimiento. Que les resulta difícil hacer frente al ocio, incluso mantener una afición o un hobby. Que no logran hacer lo que se proponen y eso les hace sentirse frustrados y estar tristes.
La pereza y, en general, la falta de una adecuada educación de la voluntad, constituyen una de las más dolorosas formas de pobreza: porque impiden a quienes la padecen disfrutar de la vida y recrear su espíritu al nivel que a nuestra naturaleza humana corresponde.
Cfr. www.interrogantes.net
La paciencia y los golpes de la vida
Martes, 30 Junio, 2009

William Shakespeare dejó escrito que no hay otro camino para la madurez que aprender a soportar los golpes de la vida. Efectivamente, la vida de cualquier hombre, lo quiera o no, trae siempre golpes. Porque vemos que hay egoísmo, maldad, mentiras, desagradecimiento. Observamos con asombro el misterio del dolor y de la muerte. Constatamos defectos y limitaciones en los demás, y lo constatamos igualmente cada día en nosotros mismos. Toda esa dolorosa experiencia es algo que, si lo sabemos asumir, puede ir haciendo crecer nuestra madurez interior. La clave es saber aprovechar esos golpes, saber sacar todo el oculto valor que encierra aquello que nos contraría, lograr que nos mejore aquello que a otros les desalienta y les hunde.
¿Y por qué lo que a unos les hunde a otros les madura y les hace crecerse?
Depende de cómo se reciban esos reveses. Si no se medita sobre ellos, o se medita pero sin acierto, sin saber abordarlo bien, se pierden excelentes ocasiones para madurar, o incluso se produce el efecto contrario. La falta de conocimiento propio, la irreflexión, el victimismo, la rebeldía inútil, hacen que esos golpes duelan más, que nos llenen de malas experiencias y de muy pocas enseñanzas. La experiencia de la vida sirve de bien poco si no se sabe aprovechar. El simple transcurso de los años no siempre aporta, por sí solo, madurez a una persona. Es cierto que la madurez se va formando de modo casi imperceptible en una persona, pero la madurez es algo que se alcanza siempre gracias a un proceso de educación —y de autoeducación—, que debe saber abordarse.
Tres ejemplos para abordar este proceso de educación en la madurez:
1) La educación que se recibe en la familia, por ejemplo, es sin duda decisiva para madurar. Los padres no pueden estar siempre detrás de lo que hacen sus hijos, protegiéndoles o aconsejándoles a cada minuto. Han de estar cercanos, es cierto, pero el hijo ha de aprender a enfrentarse a solas con la realidad, ha de aprender a darse cuenta de que hay cosas como la frustración de un deseo intenso, la deslealtad de un amigo, la tristeza ante las limitaciones o defectos propios o ajenos…, son realidades que cada uno ha de aprender poco a poco a superar por sí mismo. Por mucho que alguien te ayude, al final siempre es uno mismo quien ha de asumir el dolor que siente, y poner el esfuerzo necesario para superar esa frustración.
2) Por ejemplo, una manifestación de inmadurez es el ansia descompensada de ser querido. La persona que ansía intensamente recibir demostraciones de afecto, y que hace de ese afán vehemente de sentirse querido una permanente y angustiosa inquietud en su vida, establece unas dependencias psicológicas que le alejan del verdadero sentido del afecto y de la amistad. Una persona así está tan subordinada a quienes le dan el afecto que necesita, que acaba por vaciar y hasta perder el sentido de su libertad.
3) Por último, saber encajar los golpes de la vida no significa ser insensible. Tiene que ver más con aprender a no pedir a la vida más de lo que puede dar, aunque sin caer en un conformismo mediocre y gris; con aprender a respetar y estimar lo que a otros les diferencia de nosotros, pero manteniendo unas convicciones y unos principios claros; con ser pacientes y saber ceder, pero sin hacer dejación de derechos ni abdicar de la propia personalidad.
Conclusión:
Hemos de aprender a tener paciencia. A vivir sabiendo que todo lo grande es fruto de un esfuerzo continuado, que siempre cuesta y necesita tiempo. A tener paciencia con nosotros mismos, que es decisivo para la propia maduración, y a tener paciencia con todos (sobre todo con los que tenemos más cerca). Y podría hablarse también de otro tipo de paciencia, no poco importante: la paciencia con la terquedad de la realidad que nos rodea. Porque si queremos mejorar nuestro entorno necesitamos armarnos de paciencia, prepararnos para soportar contratiempos sin caer en la amargura. Por la paciencia el hombre se hace dueño de sí mismo, aprende a robustecerse en medio de las adversidades. La paciencia otorga paz y serenidad interior. Hace al hombre capaz de ver la realidad con visión de futuro, sin quedarse enredado en lo inmediato. Le hace mirar por sobre-elevación los acontecimientos, que toman así una nueva perspectiva. Son valores que quizá cobran fuerza en nuestro horizonte personal a medida que la vida avanza: cada vez valoramos más la paciencia, ese saber encajar los golpes de la vida, mantener la esperanza y la alegría en medio de las dificultades.
Todos ganamos
Martes, 16 Junio, 2009
Hace algún tiempo, en la Olimpiada de Seattle, nueve atletas, todos ellos impedidos físicos o mentales, se encuentran en la línea de salida para la carrera de 100 metros. Sonó el pistoletazo de salida y comenzó la carrera. No todo el mundo estaba en plena forma, pero todos querían participar y ganar. Corrían todos cuando, un niño tropezó, se cayó, y comenzó a llorar. Los otros ocho oyeron llorar. La carrera empezó a pararse y miraron a atrás. Entonces ocurrió algo extraño… Todos se detuvieron y regresaron… Todos ellos… Una niña con Síndrome de Down se sentó junto a él, lo abrazó y le preguntó: “¿Te sientes mejor ahora?” Entonces, los nueve caminaron hombro con hombro a la línea de meta.
Toda la multitud se puso de pie y aplaudieron. Y el aplauso duró mucho tiempo…
“Enséñanos Señor a contar nuestros días, para que adquiramos un corazón sabio” (Sal 90,12)
Viernes, 5 Junio, 2009

La vida humana se desarrolla en un tiempo limitado. Nace, crece, madura, da sus frutos y muere. En ese trayecto, se despliega lo que el hombre es y puede ser. Y, al final, cada hombre lleva sobre sí su historia. La que ha ido escribiendo día a día, rica o pobre.
En nuestro tiempo, muchos hombres tienen un sentido muy agudo del aprovechamiento del tiempo. Procuran multiplicar su actividad, desarrollando mucho trabajo, y llegando también a actividades complementarias: cultivo de la música, gimnasia, práctica de algún deporte, desarrollo de aficiones manuales o artísticas, conocimientos de arte, etc. Son los que podríamos llamar “activistas“. En el otro extremo, están los hombres que realizan rutinariamente su actividad; que les parece que la vida ya no les va a dar más o que les costaría demasiado esfuerzo conseguirlo. Procuran trabajar lo menos posible y eludir todo lo molesto o lo que produce cansancio. Aman su tiempo libre, aunque no saben cómo emplearlo, y se aburren. Están acostumbrados a huir de la realidad, aunque la critican muchas veces sin compasión y, casi siempre, sin ninguna intención de mejorarla.
A unos, les falta tiempo para su actividad desbordante, y otros no saben cómo llenarlo. Entre ambos extremos, discurre la vida y la actividad de la mayoría de los hombres. Y a todos, hay que recordar una realidad obvia, pero que no se suele tener presente: “No es otra cosa el tiempo de esta vida (comenta San Agustín) sino una carrera hacia la muerte” (De Civ. Dei, 13). A la luz de esta verdad, bien meditada, se puede plantear con todo su rigor existencial, la pregunta por el sentido de la vida: para unos, por el sentido de esa actividad frenética, llamada a acabarse; para otros, por el sentido de ese derroche de matar el tiempo, cuando hay tanto que hacer por los demás.
“Enséñanos Señor a contar nuestros días, para que adquiramos un corazón sabio” (Sal. 90,12). ¡Que sintamos la urgencia de aprovechar la vida! Pero no para dar satisfacción a nuestra ambición o porque nos dejemos llevar por la fiebre de la actividad, sino para amar a Dios y servir a los demás.
Así llegamos a la idea de que la mayor parte del tiempo y de las energías de una persona madura se consumen en su trabajo profesional. El trabajo es el lugar donde obtenemos nuestro sustento; nuestro modo ordinario de contribuir a la sociedad en que vivimos y es el servicio principal que realizamos a los demás hombres. En el trabajo se despliega nuestra personalidad y madura. Nos obliga al desarrollo de las virtudes, pues: vencemos la pereza; nos acostumbramos a concentrar nuestra atención; nos obligamos a obedecer a otros, desarrollamos nuestras habilidades; nos formamos profesional y humanamente, etc. El trabajo es, además, un gran nudo de relaciones sociales. Mediante él, nos integramos en la sociedad y ordinariamente, es la ocasión de formar nuestras amistades.
Y para ti y para mi que procuramos vivir todo esto por amor de Dios, y convertir nuestro trabajo en un encuentro con El, copio estas palabras: “Me has preguntado qué puedes ofrecer al Señor. No necesito pensar mi respuesta: lo mismo de siempre, pero mejor acabado, con un remate de amor, que te lleve a pensar más en El y menos en ti” (san Josemaría en Surco 495).
Fuente: esta tomado de “Para ser cristiano”, J. L. Lorda
Foto robot de la soberbia
Jueves, 28 Mayo, 2009
Es el vicio que más daña a cada persona y a la sociedad. Consiste en el amor desordenado de uno mismo, o, como expresa Santo Tomás de Aquino, en «el apetito desordenado de la propia excelencia» (5. Th, 2-2, q. 162, a. 2, c.): es la desordenada afición a lo propio, y el tenerse por mejor y más digno de consideración de lo que realmente es. Por eso, en el origen de la soberbia -en su núcleo- hay un error, una falsa medida, una mentira sobre sí mismo con la que cada uno se engaña. ¿Cómo se fragua y crece esta mentira sobre uno mismo? Veámoslo con más detalle.
En primer lugar esta la complicidad a esa tendencia que todos tenemos a considerar con detenimiento nuestras cualidades y a pasar por alto nuestros defectos. De modo que si no estamos atentos, la imagen que de nosotros nos hacemos se embellece falsamente y nos vamos encontrando cada vez más dignos de nuestro propio amor. Apreciamos cada vez más nuestras cualidades físicas, nuestra inteligencia, nuestros conocimientos, nuestras acciones, nuestra experiencia, los servicios que hemos prestado…, incluso nuestra piedad. A medida que nos aficionamos a pensar en nosotros y en lo que hacemos, nuestras cualidades se agigantan, mientras se olvidan las miserias y limitaciones que las acompañan. Quien ha prestad o un servicio, acaba olvidando, quizás, las imperfecciones con que lo ofreció. Y quien se siente muy inteligente, tiende a disculpar -e incluso a desconocer- sus errores teóricos y sus lagunas. De este modo, crece la estima que cada uno tiene de sí. El vicio de destacar lo bueno y desconocer lo malo -el engaño sobre sí mismo- llega a ser tan fuerte que se puede acabar perdiendo finalmente toda capacidad crítica y caer en el ridículo. En la sociedad humana, siempre resulta algo grotesca la persona que resulta demasiado pagada de sí misma, y que presume ostensiblemente de su altura, de la belleza de sus ojos, del precio de su abrigo, de su ciencia… Los humanos toleramos mal la vanidad del vecino y tendemos a escarnecerla.
Quien siente gran estima de sí tiende a que los demás la compartan. No se conforma con contemplarse y autocomplacerse, sino que desea que también los demás-rindan tributo a su perfección. De aquí surge la vanidad, ese afán ridículo de mostrar lo que cada uno considera valioso de sí. El vanidoso se deja llevar por el deseo de distinguirse en lo que sea y, a veces, llega incluso hasta la hipocresía; es decir, hasta el fingimiento, dando a entender que es mas rico, más sabio, más hábil o mejor deportista de lo que realmente es. El artificio es tan eficaz que, al final, el mismo hipócrita encuentra dificultad en distinguir lo que es real de lo que ha inventado.
El amor propio al inclinar a centrarse sobre uno mismo es fuente permanente de desatenciones para con los demás. El que es soberbio no se acuerda de que existen los demás, porque está centrado en sus cosas; consume todas sus energías en satisfacer sus ambiciones o sus caprichos, y esto hace del soberbio -del egoísta- un ser antisocial.
Si está con otros, tiende a hablar de sí mismo -incluso de las propias enfermedades o sueños, si no tiene nada más brillante a que acudir- y a exigir la atención de los demás. A veces, incluso, la provoca artificialmente.
Está inclinado a juzgar con severidad a los otros y en todas sus afirmaciones sobre ellos hay una comparación implícita consigo mismo; por eso, suele ser muy critico con respecto a los que, de alguna manera, le aventajan; y despreciativo y cruel con los que considera inferiores. Esas comparaciones son, además, el origen de la envidia, que va siempre acompañada de inquietudes, de pequeños rencores y a veces, de bajezas grotescas en el intento de superar a los que le aventajan o de restarles méritos.
El que siente gran cosa de sí mismo es muy sensible a los juicios de los demás: mendiga los halagos (que tiende a creer siempre merecidos) y no perdona las críticas. Todo es motivo de agravios y ofensas. Y como esto tiene su origen en una hipersensibilidad hacia lo propio, se produce una espiral de complicación que sube sin remedio. Echa en falta atenciones que cree merecidas; y lo que considera falta de consideración para su persona, da lugar a agravios que no se borran. Si entonces pierde la confianza en las personas que le rodean, todo será motivo de ofensa: si no se ocupan de él, se quejará de descuido, y si se ocupan, le parecerá que es hipocresía o burla. De aquí surgen un sinfín de rencores y de odios que ensombrecen la vida del soberbio y hacen insoportable la convivencia. Read the rest of this entry »
El Downshifting (o “vivir mejor con menos”) y la crisis
Martes, 3 Marzo, 2009

Vicki Robin
A mediados del año pasado me propuse quedarme con 100 cosas de uso personal hasta el 19 de septiembre, día de mi cumpleaños. Desde entonces, y al dejar de tener este propósito he vuelto con cierta sorpresa a comprobar como mis cosas van poco a poco aumentando con multitud de elementos de utilidad más que dudosa, y que he ido adquiriendo sin apenas necesidad. Quizá en su momento parecía muy necesario.
Otro ejemplo, nos parece, que cualquier máquina que reduzca un poco el esfuerzo físico resulta enseguida indispensable. Tomamos el ascensor para subir o bajar uno o dos pisos, o el coche para recorrer sólo unos cientos de metros, y, al tiempo, con frecuencia nos proponemos hacer un poco más de ejercicio o practicar todas las semanas un rato de deporte.
Otro ejemplo, para estar a gusto en casa, ¿es necesario pasar a 25 grados en invierno, y el verano a 18? ¿En cuantas casas hay casi que estar en camiseta en pleno invierno, o abrir las ventanas, porque hace un calor sofocante? ¿Y no hemos pasado muchas veces frío, o incluso cogido un buen catarro, a causa de los rigores del aire acondicionado de una cafetería, un salón de actos o un avión?
La idea de consumir con un poco más de sensatez y de cabeza, de llevar un estilo de vida un poco más sencillo, o, en definitiva, de vivir mejor con menos, es una idea que por fortuna se está popularizando en la cultura norteamericana con el nombre de downshifting (podría traducirse como desacelerar o simplificar). Partiendo del principio de que el dinero nunca podrá llenar las necesidades afectivas, y de que una vida lograda viene dada más por la calidad de nuestra relación con los demás que por las cosas que poseemos o podamos poseer, esta corriente no trata sólo de reducir el consumo, sino sobre todo de profundizar en nuestra relación con las cosas para descubrir maneras mejores de disfrutar de la vida.
La crisis económica actual puede abrirnos los ojos acerca de la tiranía de las compras a plazos, las hipotecas y la ansiedad por lograr un nivel de vida mayor, muchos hombres y mujeres empiezan a preguntarse si su calidad de vida no mejoraría renunciando a la fiebre del ganar más y más, y procurando en cambio centrarse en gastar un poco menos, o mejor dicho, en gastar mejor.
Esta tendencia del downshifting, que se está extendiendo también poco a poco por Europa, incluye también la idea de alargar la vida útil de las cosas, procurar reciclarlas, buscar fórmulas prácticas para compartir el uso de algunas de ellas con parientes o vecinos, etc. En todo caso, hay siempre un punto común: el dinero no garantiza la calidad de vida tan fácilmente como se pensaba.
En busca de un nuevo concepto de austeridad, los promotores de este estilo de vida buscaron el modo de renunciar a caprichos y gastos superfluos hasta reducir sus gastos en un veinte por ciento.
“Lo primero que hay que hacer —suele afirmar Vicki Robin, uno de sus más cualificados representantes— es averiguar el grado de satisfacción que nos producen las cosas, para distinguir una ilusión pasajera de la verdadera satisfacción. Con esta fórmula cada uno puede detectar los valores que le proporcionan bienestar y descubrir de qué puede prescindir, y así alcanzar paso a paso un nuevo equilibrio vital más satisfactorio.”
Por ejemplo, en la educación o la vida familiar, es frecuente que los padres, debido a la falta de tiempo para la atención afectiva de sus hijos, cada vez les compren más cosas, motivados a veces por un cierto sentimiento de culpabilidad… Toth decía que son muchos los talentos que se pierden por la falta de recursos, pero muchos más los que se pierden en la blanda comodidad de la abundancia.
No son pocos los padres que, de tanto trabajar hasta la extenuación y reducir el número de hijos para poder así gastar más y más en ellos, hacen que ese dinero mal empleado acabe por estropearlos… Conseguir que los hijos sepan lo que cuesta ganar el dinero y sepan administrarlo bien. Que no acabe sucediendo aquello de que saben el precio de todo pero no conocen el valor de nada.
Fuente: www.interrogantes.net
Coraje, Alegría y Fortaleza
Viernes, 27 Febrero, 2009
Mantenerse firme y aprender a decir que no
Lunes, 5 Enero, 2009

tareas familiares
He leído este diálogo que por su interés pongo en el blog. Especialmente hoy en día, cuando la tendencia a contemporizar con todo es tan fuerte, viene bien leer despacio este tipo de afirmaciones.
«Yo quiero mucho a mi hija pequeña —explicaba una mujer bastante sensata en una conversación con otros matrimonios amigos—; y procuro manifestarlo de modo concreto cada día. Pero hay veces en que realmente mi hija se porta mal. Tengo amigas que me dicen que a esa edad nadie se porta mal, sino que hace inocentemente algo que todavía no ha aprendido a saber que está mal. Pero yo no estoy de acuerdo. Aunque sea pequeña, he visto a mi hija comportarse mal y saberlo. Es verdad que son cosas pequeñas, que es malicia sencilla, a su nivel, pero es malicia al fin y al cabo. Son cosas que a nosotros nos parecen de poca entidad, pero que para ella sí tienen importancia. Y por su bien y por el mío tengo que actuar con firmeza, tengo que decirle no, un no bien claro, para que lo comprenda y obedezca enseguida. No tiene por qué suceder con frecuencia, pero cuando sucede hay que hacerle ver que de ninguna manera debe hacer eso. Y que ahí estoy yo dispuesta a mantenerme bien firme. Y si no le gusta lo que hago lo sentiré mucho, y podrá llorar y llorar, y yo pasaré también un mal rato, pero no cederé, porque creo que eso está mal, y hay veces en que hay que trazar una raya en la arena y ella ha de comprender que no debe traspasar esa raya. Y así hasta que por sí misma oiga en su interior la palabra no, y no sólo la que yo le digo.»
—¿Y cuando los hijos son ya más mayores?, —preguntó uno de los presentes.
«Es un poco distinto, pero también hay que aprender a decir que no. ¿Qué hago? Me siento y hablo con él, o con ella. No le doy voces ni le grito. Pero le digo en qué creo y por qué, y no tengo pelos en la lengua. Intento ir al grano. Y yo también escucho con atención, porque a veces con sus razones me han hecho cambiar de opinión. No tengo ningún miedo a cambiar de opinión si me convencen, pero tampoco tengo miedo a emplear la palabra bien y la palabra mal.»
—Pero hay temas difíciles, y edades difíciles. Por ejemplo, ¿qué haces para que te escuche en cuestión de sexo? —todos escuchaban con atención, y ella no necesitó mucho tiempo para recoger sus pensamientos y contestar:
«Hablo a solas con él, o con ella, y siempre me escucha. No siempre está de acuerdo conmigo, sobre todo al principio, pero al final logramos entendernos casi totalmente. Hay algunas veces en que no lo entiende del todo, pero por lo menos sabe bien que yo deseo que esté de acuerdo conmigo, aunque no lo entienda del todo, es decir, que quiero que confíe en lo que le digo, porque soy su madre y quiero lo mejor para ellos. Y se lo digo así. Lo hago pocas veces, pero a veces lo hago. Le pido que me obedezca en ese asunto concreto, incluso aunque al principio no lo entienda del todo, y aunque sepa que probablemente yo no voy a poder controlarle. Sé que esto parecerá extraño a mucha gente, pero yo le digo a mi hijos adolescentes que hasta que se casen no deben tener relaciones sexuales en ninguna circunstancia, con nadie en absoluto. Mi teoría consiste en hablar con cada hijo, escucharle, intentar persuadirle, pero también a veces —sencillamente— decirle que no. Y no tengo miedo de emplear valores morales, que en la familia hemos tenido siempre.»
Escuchando esa conversación, me venían a la memoria, por contraste, unas palabras de la protagonista de aquella novela de Susanna Tamaro:
«El remordimiento más grande es el de no haber tenido nunca la valentía de plantarle cara, el de no haberle dicho nunca: “Hija mía, estás equivocada”. Sentía que en sus palabras había unos eslóganes peligrosísimos, cosas que, por su bien, yo hubiera tenido que cortar de cuajo inmediatamente; y, sin embargo, me abstenía de intervenir. Los asuntos de que hablábamos eran esenciales. Lo que me hacía actuar —mejor dicho, no actuar— era la idea de que para ser amada tenía que eludir el choque, simular que era lo que no era. Mi hija era dominante por naturaleza, tenía más carácter que yo, y yo temía el enfrentamiento abierto, tenía miedo de oponerme. Si la hubiese amado verdaderamente habría tenido que indignarme, incluso tratarla a veces con dureza; habría tenido que obligarla a hacer determinadas cosas o a no hacerlas en absoluto. Tal vez era justamente eso lo que ella quería, lo que necesitaba. ¡A saber por qué las verdades elementales son las más difíciles de entender! Si en aquella circunstancia yo hubiese comprendido que la primera cualidad del amor es la fuerza, probablemente los sucesos se habrían desarrollado de otra manera.»
Fuente: www.interrogantes.net
La cortesía
Lunes, 23 Junio, 2008
¿Qué es la cortesía? La gente vive reunida en poco sitio, en la casa, la oficina, los lugares oficiales, la fábrica, en la calle y su tráfico… Las vidas y las intenciones se tocan y entrecruzan constantemente unas con otras, de modo que surgen con frecuencia fricciones, irritaciones y conflictos que la gente razonable intenta solucionar ¿Cómo? Buscando formas que manifiesten el deseo de mantener una convivencia adecuada con todos a ser posible. Esto es la cortesía: una cosa cotidiana pero ¡qué importante en su conjunto!
Esto que ocurre instintivamente, por ejemplo, en la vida social de las hormigas, no ocurre así en la vida social humana ¿Por qué? Porque en el hombre actúa también el “espíritu”; y “espíritu” significa poder conocer la verdad, pero también poder errar, poder actuar equivocadamente. Por eso, tenemos que tener cuidado en la convivencia con los demás y estar vigilantes para que no se convierta en una lucha de todos contra todos. Pues bien, el conjunto de las cosas pequeñas que hacen posible el cuidado de las formas en el trato diario de unos con otros: es la cortesía.
¿En qué consiste el comportamiento cortés? Ante todo está la voluntad de establecer una distancia, de crear un espacio de libertad en torno a los demás: un espacio que nos defiende de la cercanía agobiante y que nos deja respirar nuestro propio aire. Se trata de honrar al otro: el joven al viejo, el adulto al niño, el fuerte al débil, etc… De honrar a todas las cosas profundas y tiernas que representan “vida”. El comportamiento que modera la soberbia y la violencia, que se adelanta y así evita las situaciones de tensión, de choque, de molestia u ofensa mutua… Ese comportamiento es cortés.
La cortesía es “forma”, actitud, ademán, acción que expresa el sentido y el respeto de la dignidad humana. La cortesía es bella y embellece la vida. Pero tiene el riesgo que acosa a todas las formas de sentido: volverse artificiales, falsas.
Además, nuestro tiempo añade otro riesgo a la cortesía, el de quedar aniquilada por lo científico-técnico, en cuanto que éste tiende a prescindir de lo superfluo de la forma y se lanza sin más hacía aquello de que se trata. En un mundo de plazos calculados con exactitud, de mecanismos precisos de regulación de personal, etc., la cortesía tiende a desaparecer. A veces se alcanza así una cierta corrección, y aparece una sinceridad y una amistad que no necesita de muchas palabras para convencer a los demás. Pero normalmente la “vida” sufre así. Muchas veces, tras la ausencia de cortesía por “motivos prácticos”, se oculta: pereza, indiferencia y agresividad.
La “vida” tiende a dar rodeos, necesita del tiempo, le gusta esperar. Por eso, la cortesía también requiere tiempo. Su ejercicio exige esperar, dar rodeos, hacer antesala… La cortesía trata de tener consideración, y por eso sabe dejar atrás lo propio. La cortesía trata de honrar la dignidad de todo hombre, y por eso, al percibir su debilidad y vulnerabilidad, sabe responsabilizarse de los demás.
También hay una cortesía en referencia a Dios. Por ejemplo, hay una actitud decorosa exigida para todo gesto, palabra y pensamiento que de algún modo se refieran a Dios… ¿Has pensado alguna vez en cómo conserva Dios a sus criaturas en el honor?¿Cómo Dios mismo respeta el hecho de haberle creado libre? El que todo lo puede, no obliga, no violenta, no asusta, no seduce… Sí, Dios es sumamente cortes: “Mira, estoy a la puerta y llamo” (Ap 3,20).
Coherencia
Lunes, 19 Mayo, 2008
Un amigo médico, me contó no hace mucho, que los animales al igual que las personas tienen la capacidad de aprender lo que está permitido y lo que está prohibido. Por ejemplo, una rata -me decía- puede aprender a comer solo unos pocos trozos de comida si el investigador, tras una cantidad de bocados, da una palmada por encima del animal. Pero cuando el investigador deja la habitación, la rata come hasta que no puede más. Si la rata hubiera sido una persona, sería probablemente lo que solemos denominar una hipócrita. Otras especies de animales como los perros, además de aprender lo que está permitido y prohibido, pueden interiorizar este conocimiento de manera que llega a ser como una parte de él, independientemente de si alguien los observa o no. El perro es, en este sentido, “coherente”.
A lo largo de nuestra vida vamos adoptando diversas posiciones que hacen que nuestra actitud ante la vida cambie, que en una época algunos valores se subrayen con más claridad y fuerza que otros… Pero ¿está lo moral condicionado por el tiempo o lo trasciende?
Lo moral nos afecta desde dentro, desde el núcleo más central de nuestra personalidad, la moral es una interiorización de los valores que no está sometida al tribunal del tiempo ni al de las cambiantes circunstancias.
Es la moral la que rescata al tiempo y a las cambiantes circunstancias, la que ilumina e interpreta, y no es el tiempo lo que juzga de lo moral disolviéndolo en el devenir.
A no ser, claro, que queramos comportarnos como esa ratita de la que hablábamos al principio.
Ejemplaridad
Viernes, 16 Noviembre, 2007
Es una gran responsabilidad que tenemos a lo largo de la vida: ser un modelo para los demás. Porque la gente no suele hacer las cosas porque le digamos que las hagan sino que lo habitual es que hagan las cosas de esa manera porque han visto a otros actuar de esa forma.
En nuestro entorno, es muy probable, que haya personas que nos admiran y quieren imitarnos. Un buen ejemplo en la familia, en el trabajo o entre los amigos, puede provocar un gran cambio en nuestro entorno.
El escritor Malcolm Gladwell en su libro “El detonante” debate el modo en que tienen lugar los cambios en la sociedad humana. Su conclusión es que los cambios de comportamiento a menudo ocurren porque ciertas personas clave en un momento empiezan a actuar de una manera especial y este cambio se reproduce en toda la sociedad como una forma de epidemia. Lo extraordinario de esta reflexión es que una sola persona podría cambiar el mundo.
Según un conocido mio el mundo se divide en dos grandes grupos: los que dan bolígrafos y los que cogen bolígrafos. Los que dan bolígrafos son los que siempre dicen que les desaparecen y no saben donde lo han puesto y los que cogen bolígrafos son los que tienen el escritorio lleno de bolígrafos y dicen que la gente, por motivos desconocidos, los “olvida allí”. Fuera bromas, podemos decir que el mundo se compone de los que dan alegría, ejemplo, energía, etc. y de los que la reciben. Los que la reciben no parece que se fortalezcan y los que la dan tampoco parece que se debiliten. ¿En qué bando estamos? Nosotros vemos a los demás y los demás nos ven. Imitamos a los demás y los demás nos imitan. Influimos en la vida de mucha gente y mucha gente nos influye a nosotros… ¿Cuál es tu saldo positivo? ¿Qué aspecto predomina en tu vida?
El compromiso
Miércoles, 31 Octubre, 2007
Aquella mañana Juan estaba desayunando en el bar de la facultad con un antiguo compañero inglés que estaba estudiando español. Hoy –comento su amigo extranjero, con alegría- he aprendido la diferencia que hay cuando se emplea la palabra “implicado” o “comprometido”. ¿Sabes cuál es la diferencia? Pues no exactamente, –respondió Juan con cara de perplejidad-.
Mira –continuó su amigo-, te lo voy a explicar con el desayuno que estamos tomando. ¿Ves estos huevos fritos con beicon? Si –contestó-; pues bien, existe una gallina gracias a la cual tu y yo estamos disfrutando ahora de este buen desayuno, en este sentido decimos que ella está “implicada” en este desayuno… Pero quien realmente se ha “comprometido” con este desayuno nuestro, ha sido el pobre cerdo que ha tenido que dejar su vida, es decir ha tenido que morir para que tu y yo podamos disfrutar de este estupendo beicon en el desayuno… ¿Comprendes la diferencia? Si, por supuesto que se entiende –respondió Juan con una sonrisa.
Esta anécdota no exenta de humor, nos sitúa ante una realidad habitual de nuestras vidas: el nivel de compromiso que adquirimos en los diversos campos de nuestra vida. ¿Hasta qué punto estamos dispuestos realmente a dejarnos influir por algo o por alguien? ¿Qué grado o qué tipo de compromiso adquirimos con nuestras palabras o en nuestro actuar? Etc.
Es posible que hayas visto una película “Sólo ante el peligro“, se trata de un clásico de cine del oeste. En esta película Gary Cooper hace el papel de un sheriff al que todo el pueblo “le quería mucho”, pero que cuando se enteran que un foragido ha salido de la cárcel y va al pueblo a matarlo le dejan solo.
“Sus amigos” le van dejando todos uno a uno, con excusas más o menos justificadas, pero el hecho es que le abandonan. También su esposa le pide que huya, que no se enfrente, y que huya.
Al final se queda por responsabilidad y no por afán de gloria. Todo el miedo del mundo circula por su cuerpo pero siente un gran compromiso personal, ha de ser leal con su encargo de defensor de la ley al que se ha comprometido con su palabra.
Lo más duro para él es la incomprensión de su esposa a quien le dice: “Si huimos ahora, tendremos que estar huyendo toda la vida”.
Hace años vi una escultura en un pueblo asturiano. Se trataba de dos hombres dándose la mano y mirándose a los ojos con una sonrisa en sus labios. El que iba conmigo me explicó que así se hacían los contratos entre los hombres de honor en aquella tierra: bastaba darse la mano y comprometerse con su palabra. Eso bastaba, solo eso era suficiente, evidentemente porque había un sustrato antropológico (una visión del hombre) detrás que le daba fundamento… Fidelidad, lealtad, virtudes a redescubrir.
La comprensión
Jueves, 11 Octubre, 2007
La sociedad humana no es un sistema perfecto en el que todos sus elementos estén ajustados mutuamente de modo conjunto y unido, sino que más bien está formada por personas cada una de las cuales tiene su índole especial, cada uno tiene su camino, sus objetivos y su destino. Por muchas que sean las mutuas relaciones que entrelazan a los miembros de la sociedad, cada uno tiene su propio centro que le hace trascender ese entramando. Además hay que añadir las fuerzas hostiles que actúan en cada uno y que no pocas veces hacen dificultosa y hasta llegan a destruir la convivencia. Por eso para que la convivencia social sea no solo posible sino fecunda se hace necesaria entre otras muchas cosas la comprensión.
Por ejemplo, en la calle se me acerca uno, me mira y veo que su atención se dirige hacia mí, que se “refiere” a mí… En el rostro leo que su actitud hacia mi es amigable o de aversión o que está perplejo… Entonces me explica la conducta que en una determinada ocasión tuvo conmigo y que a mí me sorprendió, y entonces lo comprendo y se me hace claro lo que antes no podía saber. Cada uno lleva un mundo interior, lleno de situaciones, disposiciones, emociones, etc., que en un primer momento están escondidos pero que pueden salir por medio de la palabra, la expresión… Comprensión es aquí saber leer y escuchar lo que se pretende en el interior, partiendo de lo observado exteriormente.
Y ¿qué ocurre cuando los demás quieren ocultar lo interior? Cuando están intranquilos y quieren aparecer serenos, dominando la situación. Entonces se podría hablar de la comprensión como de una perspicacia que nos permitiría por la expresión de los ojos o por pequeños movimientos dominados o en detalles de la actitud del cuerpo, etc., ver qué es lo que pasa detrás, qué es lo que esconde… Incluso se podría llegar a advertir que no solo oculta algo, sino que además muestra algo que no es, que quiere engañar, que finge, que muestra interés y es indiferente, etc. Compresión es entonces, ser capaz de mirar a través de ese conjunto de actitudes y descubrir lo que actúa en verdad y notar además la insinceridad.
Pero hay más todavía. Por ejemplo: alguien reacciona de un modo brusco en un momento. La comprensión significará ver como ese sentimiento encaja en el conjunto de su forma de ser. Así, en un tímido una reacción violenta puede ser una forma de protegerse, de ocultar su interioridad; mientras que en un grosero suele ser una manera de imponer su voluntad… Comprender es entonces descubrir esa conexión que acierta con el significado real de esas actitudes, gestos o palabras.
La comprensión además de percibir la forma de ser, también advierte lo ocurrido en el tiempo. ¿Por qué éste es tan asustadizo? Porque antes le hicieron daño… ¿Por qué es desconfiado? Porque le han engañado muchas veces… ¿De dónde le viene esa mirada tan despegada y a la vez tan expectante? Ha encontrado en su vida poca comprensión y tiene anhelo de ella… La comprensión significa saber entender también estas cosas.
¿Qué hacer cuando tratamos con caracteres poco comunes, con situaciones enfermizas, con destinos peculiares, ante los cuales la observación debe hacerse creativa para poder captar y penetrar esas rarezas…? Nada de esto es fácil… ¿Qué se requiere para aprender a comprender?
Existen personas que están especialmente dotadas para ello, que tienen una agudeza en la mirada, una finura de la sensibilidad, una capacidad de sincronizar con los demás que les permite superar esa distancia o extrañeza que hay entre las personas. A esto se añade un segundo elemento: la experiencia en la medida en que ayude a tener una mirada más clara, una sensibilidad más fina, una adaptación más rápida, un recuerdo de lo antes observado que de la clave para lo que ocurre ahora.
Podríamos añadir un tercer factor: evitar clasificar a las personas en clave de egoísmo: las que soportamos y las que no soportamos, los amigos y los no amigos, etc. La mayor parte de los juicios recíprocos en el fondo se reducen a esto: éste me resulta agradable y ése desagradable; a éste le puedo manejar y a ese otro no le puedo usar. Pero solo cuando salimos de la relación egoísta (que divide a las personas en dos bloques) e intentamos dejar valer al otro tal como es, sin introducirlo en el esquema de mis inclinaciones o aversiones, y le digo: “tienes el mismo derecho de ser tu mismo, como yo a ser yo mismo…” Solo entonces la mirada queda libre y puede aparecer la comprensión.
Cfr. Romano Guardini, en “ética para nuestro tiempo”
La flexibilidad
Miércoles, 22 Agosto, 2007

Estoy recuperando algunos post antiguos graciosos para incluirlos en la categoría reciente de “humor”. El siguiente relato, no exento de una buena dosis de humor, puede hacer que tengamos esta virtud de la flexibilidad en más consideración.
“Tres semanas después de que naciera nuestro segundo hijo -cuenta Stefan Einhorn-, mi mujer y yo decidimos ir al cine. Mis padres cuidarían del mayor y nos llevamos al pequeño a la ciudad para ver “Despertares”, con Rober de Niro y Robin Williams.
Entramos en el vestíbulo y fui a la taquilla a sacar dos entradas. La taquillera miró a nuestro hijo, que iba sentado en una especie de mochila sobre el estómago de su madre, y dijo: “No pueden entrar al cine con el niño”. Le contesté que era un crío muy tranquilo y le prometí que saldríamos si, en contra de lo esperado, se ponía a llorar. Me miró sorprendida y contestó: “No es por eso, es que la película no es apta para menores”… Cuando por fin salí de mi asombro, pensé que aquello era una ocasión extraordinaria para usar mi autoridad de médico. De manera que me estiré y dije con voz imperiosa: “El caso es que soy médico y sé que un niño de tres semanas no puede fijar la mirada. No puede ver nada de lo que pase en la pantalla”. Me miró amablemente y dijo: “¡Pero puede oír!”. Después de reflexionar ante aquel hecho unos instantes no pude dejar de contestar: “Estoy orgulloso del concepto tan alto de la inteligencia que tiene mi hijo de tres semanas, pero ¿realmente cree que ya ha aprendido inglés?”. No entramos.”
Que importante es no sacar las cosas de quicio; se trata en el fondo de no perder el sentido común. Esto es lo que puede pasar si no somos flexibles, si hacemos de los criterio o normas, una especie cuadricula rígida, que termina por esterilizarlo todo. A veces las normas, las reglas y las leyes no son suficientes, y debemos poner además algo de esfuerzo y reflexión por nuestra parte para actuar con la prudencia debida. Todas las virtudes están relacionadas entre sí. No existe ninguna virtud aislada de las demás. Seguramente nos ha llamado la atención que la naturaleza no conozca ningún elemento “puro” e independiente de otros, sino que más bien tiene siempre armónicos superiores e inferiores, es decir que siempre hay acordes.
De todas formas, siempre nos quedará un recurso: el buen humor. Solo la mirada buena es capaz de ver lo peculiar, lo cómico que tienen todo lo humano. El humor surge cuando de repente advertimos lo chocante, la rareza, lo peculiar de aquello y entonces se ríe (a veces solo por dentro). Pero en la medida en que tras la risa vuelve la seriedad, la bondad resulta entonces más fácil, más amable.




