En Nazaret (y 2)

Viernes, 7 marzo, 2008

Tras celebrar la Misa en la Basílica de la Anunciación nos dirigimos a la Iglesia de san José. Allí se encuentra la gruta que sirvió de hogar a la Sagrada Familia durante casi 30 años. Se trata de una gruta con dos estancias y un largo pasillo que las comunica. Jesús, ¡el hijo del carpintero! Resulta fácil imaginar a Jesús niño corriendo y jugando dentro de la gruta; y ver a José como le enseña a trabajar: Jesús, ven, coge así esta madera, y luego José pondría delicadamente su poderosa mano sobre la manita de Jesús, y con fuerza aserraba aquella madera, arrastrando y protegiendo la manita de su hijo, enseñándole así las artes del oficio…

La Nazaret arqueológica del siglo I era una colina horadada que formaba una aldea pequeñísima de apenas unas 40 o 50 grutas, con una población cercana a 400 personas. No se menciona en ningún momento en el AT y resulta comprensible la afirmación de Natanael: ¿acaso puede salir algo bueno de Nazaret? Todo el antiguo poblado no abarcaba más de 200 x 150 m. Las grutas normalmente consistían en dos estancias contiguas de unos 3 x 3 m. cada una. En la primera, la catalima, vivía la familia y en el fondo, más bajo, estaba la estancia de los animales, donde podía encontrarse un pesebre, una repisa para el trigo, un lugar para amasar y hacer el pan, etc.

La foto de la izquierda está tomada de una gruta de allí mismo (las dos columnas son modernas). Es de suponer que debían emplear lámparas para poder ver en aquella oscuridad, así se explican lo ejemplos de que hubiera que barrer para encontrar la dracma perdida y de que bastase poner una luz en el candelero a fin de que alumbre a todos en la casa… Se dormía en el suelo, quizás con un poco de paja debajo. Nos resulta difícil imaginar como sería la vida en aquel lugar, sin calefacción, ni agua corriente, ni luz… La dureza de aquella vida, la sobriedad de su alimentación: no conocían el azúcar, la carne era un lujo poco común… Nos dejó impresionados a todos. Muchas de las parábolas y ejemplos de Jesús están –muy probablemente- sacados a los recuerdos de su vida en Nazaret.

Después de visitar la gruta de la casa de José, subiendo por el zoco, llegamos a la parroquia de los griegos católicos, llamados melquitas; junto a ella un sencillo edificio 9 x 8 m. quiere recordar la sinagoga que existía en Nazaret en tiempos de Jesús; aquella sinagoga en la que el Señor dio comienzo oficial a su misión. Nos sentamos en silencio y casi podíamos imaginar la escena: el Señor fue invitado. Se puso de pie para leer las Escrituras. Le dieron el rollo del profeta Isaías, lo abrió y leyó: «El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha consagrado para llevar a los pobres la buena noticia de Salvación; me ha enviado a anunciar la libertad a los presos y a dar vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar un año en que el Señor perdonará a su pueblo». (Is. 61, 1-2).
Jesús se sentó ante la mirada expectante de los presentes, sus convecinos que El conocía desde niño, y dijo: «Hoy, ante de vosotros, se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír” Todos hablaban bien de Jesús y estaban admirados de la belleza de sus palabras. Se preguntaban: –¿No es este el hijo de José?

Fue una jornada inolvidable la de Nazaret. Tras dar un largo paseo por la ciudad, regresamos, ya oscurecido, al autobús que nos dejó en Tiberiades donde pasaríamos la última noche en la región de Galilea.

Nazaret

Viernes, 29 febrero, 2008

Era una mañana luminosa y fresca cuando llegamos a Nazaret. Se trata de una ciudad pequeña, de unos 60.000 habitantes, situada sobre una colina que a su vez está rodeada por otros promontorios a modo de un anfiteatro natural. Desde el punto más alto de Nazaret puede divisarse una hermosa panorámica de Galilea. Hacia el sur la llanura de Esdrelón (Yezrael); hacia la izquierda de la llanura se ve el Pequeño Hermón, y frente a el, más al norte, el Monte Tabor; al oeste el Monte Carmelo que oculta el mar Mediterraneo; y en el norte el hermoso paisaje de la Baja Galilea.

En primer lugar, nos dirigimos a la iglesia ortodoxa que conserva la fuente-pozo donde la Virgen iba a por agua. He pensado en la Virgen María con frecuencia, y la he imaginado como una doncella maravillosa elegida por Dios, y ahora la veía allí cumpliendo con esos detalles propios de la madre de familia, yendo al pozo para que José y Jesús después del trabajo pudieran beber agua fresca ese día. Con cuanto cariño y delicadeza haría aquellas obligaciones vulgares y corrientes para así honrar a Dios y agradar a las personas que dependía de ella. Me la figuro como una joven preciosa, delicada, de amable hablar, de mucha simpatía, de saber querer con tanto amor hasta albergar en su vida –alma y cuerpo- toda la gracia de la Trinidad. Ahora resultaba fácil imaginarla yendo a aquel pozo a tomar el agua necesaria para la comida, para lavar la ropa, para limpiar la casa, con la naturalidad de quien ama.

Después nos trasladamos a la Basílica de la Anunciación. Antes pasamos por una mezquita a medio construir que está situada en una plaza cercana, de la que poco después oímos los rezos cantados del al-mu’addin, que en castellano se llama almuecín. Desde el minarete (en este caso aún sin construir), el almuecín se encarga de convocar a los musulmanes a la oración. Antiguamente lo hacían a pleno pulmón, pero con los progresos de la megafonía se les escucha mucho mejor. Durante la noche, como pudimos comprobar más tarde, repetía su canto a las cuatro de la mañana…

Ya en la Basílica de la Anunciación nos dirigimos a la gruta que fue parte de la casa de la Virgen. Allí bajo el altar hay una inscripción: Verbum caro hic factum est (Aquí el Verbo se hizo carne)… Impresiona leer estas palabras, y parece aún resonar allí el eco de aquella voz virginal: hágase en mí según tu palabra… Es difícil expresar lo que se siente al penetrar allí. Permanecimos emocionados de rodillas en oración profunda y en preparación para la Misa que íbamos a celebrar poco después. Es un lugar que mueve especialmente a la oración. Volusiano, uno de los que nos acompañaban, se emocionó y le vimos llorar.

Sobrecoge celebrar la Misa allí, resulta especialmente emocionante pronunciar la fórmula de la consagración, cuando se realiza la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor y vuelve a estar presente Jesús en éste lugar.

[googlevIdeo=http://video.google.es/videoplay?docid=5639471268913152625&hl=es]

Los vestigios arqueológicos testimonian que ha existido allí un culto ininterrumpido y que muy pronto se celebró allí la Misa. Delante de la Gruta se encontraron restos de antiguos sillares de época judeo-cristiana. En el revoco, pueden leerse abundantes gráficos, trazos toscos. Se conserva bien un gravado obra de una mano enamorada: X (AIRE) MARIA, Ave María. Bajo el pavimento se ha encontrado un baptisterio que parece incluso anterior a esa primera construcción judeo-cristiana. Alguien comentó que parte de la casa, la parte adosada a la entrada de la cavidad rocosa, se venera en Loreto.

Desde allí marchamos a la Iglesia de San José, pero esto lo dejamos para otra ocasión.

Del Monte Carmelo a Caná

Viernes, 15 febrero, 2008

Comenzaba en segundo día de nuestra peregrinación, que se presentaba con un sol espléndido, aunque seguía haciendo un poco de frío. Aquel viernes, 11 de enero, se celebraba en el hotel con una fiesta, el 60º aniversario del Estado de Israel. Tras desayunar salimos en dirección a Haifa. Volvimos a ver a nuestra izquierda el monte Tabor, y pronto divisamos frente a nosotros el relieve montañoso del Monte Carmelo. Se trata de una bella cadena de montañas que arrancando de Samaría se prolonga unos 24 Km hasta llegar al mar. Se adivinaba hacia la izquierda un paso central que facilita la comunicación entre los valles de Esdrelón y el de Sarón. Las laderas que teníamos frente a nosotros, las que miran al mar Mediterráneo y al valle de Zabulón, son las más hermosas. Se entiende bien que la Escritura celebre su fecundidad y belleza, traduciendo la palabra “Carmel” por huerto o jardín del Señor.

Llegamos a Haifa. Ciudad eminentemente industrial, con el mayor puerto del Mediterráneo industrial, que desarrolla una gran actividad comercial y turística. Un gran silo, “Dagón”, para almacenamiento de trigo da la entrada a la ciudad y a lo lejos un gran edificio con forma de pez nos llama la atención. Enfilamos una recta calle que nos sitúa frente a frente con el monumental complejo de jardines persas y santuario funerario de la Fe Bahaí.

Pronto llegamos a la Basílica de Ntra. Sra. del Carmen que forma parte del convento carmelita “Stella Maris”. Entramos, bajo el altar mayor está una de las grutas del profeta Elías. Nos arrodillamos ante el Santísimo y ante la imagen de Nuestra Señora, y permanecimos en profunda oración un buen rato en aquel tranquilo lugar que está muy unido a la historia de dos grandes profetas del Antiguo Testamento: Elías y Eliso. Estas montañas fuero escenario del sacrificio de Elías (1Re 18, 22-40; lugar hoy conocido como Muhraqa) donde se enfrentó a los sacerdotes de baal. También aquí, fue el lugar desde donde divisó la nube que terminaría con la gran sequía (1Re 18, 41-46). Y también a estos montes se retiró el profeta Eliseo (2Re 2, 25). El carmelita que nos atendió, nos explicó que allí comenzó la Orden Carmelitana, cuando un grupo de ermitaños en el s. XII imitando al profeta Elías, se establecen en aquel monte y consiguen en 1214 que san Alberto, Patriarca de Jerusalén, les apruebe la regla de vida que les caracterizará.

Y después salimos en dirección a Nazaret pero antes pararíamos en Caná. Nos acercábamos pues a la ciudad que protagoniza, por así decirlo, la presentación en sociedad de Jesús, de la mano de María. Si José, introdujo al Señor en el mundo del trabajo de aquellos años de vida oculta, será ahora María quien con aquel milagro, sugerido y compartido, de comienzo a su vida publica. Ella, quizás sin advertirlo, adelanta los tiempos de la Redención. Allí, en aquella iglesia blanca de Caná, permanece aún el recuerdo de la presencia de Jesús en las bodas, santificando así la relación entre los esposos, “sacramento grande” lo llama san Pablo al referirse a esta relación… La familia cristiana, el hogar cristiano… Realidades por las que rezamos y pedimos en aquel gozoso lugar, que recuerda la alegría de vivir y de la fiesta del amor esponsal… ¡Gracias Señor por haber querido santificar con tu presencia estas realidades humanas tan entrañables!

En el camino de regreso al minibús encontramos la iglesia de San Bartolomé o Natanaél por ser su ciudad natal (Jn 21,2) y el lugar donde probablemente recibió la llamada de Jesús a seguirle (Jn 1,45-51). También, en esta ciudad, Juan relata la curación milagrosa del hijo de un cortesano (Jn 4, 46-54).

Ahora sí, ya nos dirigimos a Nazaret, pero esto lo dejo para el próximo viernes.

De Ein Gev al monte Tabor

Viernes, 8 febrero, 2008

Cuando terminamos de comer en Ein Gev, subimos al minibús que nos llevaría hasta la falda del monte Tabor. Pero antes hicimos una parada en Yardenit. Se trata de un kibutz (Kibbut Kinneret) que, por ser un sitio donde las aguas de Jordán nada más salir del lago se remansan, se ha convertido en el lugar bautismal por antonomasia. Allí es frecuente, como nos ocurrió a nosotros, encontrar grupos de peregrinos que poniéndose una túnica blanca se sumergen en aquellas aguas tranquilas del río y recuerdan así el Bautismo del Señor y el propio bautismo. Por nuestra parte leímos la escena del Evangelio correspondiente y renovamos las promesas bautismales, pero no nos metimos en el agua… El mensaje del Papa para el miércoles de ceniza precisamente plantea este tiempo de cuaresma como un itinerario bautismal.

En realidad, no fue allí donde se bautizó el Señor; según los datos del Evangelio fue en Bethábara, la Betania del otro lado del Jordán, en el valle de Beth Hogla o wadi Al Kharrar, que era donde bautizaba Juan. No pudimos ir allí, porque además de estar lejos y prácticamente abandonado, resulta difícil acceder pues se trata de un lugar fronterizo entre Israel y Jordania. El gobierno Israelí ha autorizado recientemente a la Custodia volver a realizar la peregrinación que de siempre se hizo en la víspera de la Epifanía en conmemoración del bautismo de Jesús (que era precisamente el siguiente domingo 13 de enero); esperemos que con el tiempo se pueda recuperar aquel lugar.

Se estaba bien a esa hora de la tarde en Yardenit pero debíamos continuar. Mientras nos alejábamos del lago rumbo oeste y ascendíamos poco a poco hacia el valle fértil de Esdrelón, se divisaba con claridad, ya en la otra orilla del Jordán, los altos de Golán y un poco más hacia el sur, la zona de los montes de Galaad. Iba poco a poco cayendo la tarde…

De repente le vimos. Allí estaba, imponente, esbelto se erguía el monte Tabor dominando toda aquella fértil llanura de Galilea. La cumbre se encuentra a 588 m sobre el nivel del mar, en tiempo de los cruzados se hizo una escalera para ascender a la cima, con más de cuatro mil escalones. Actualmente solo puede subirse en taxi o coche, por un camino angosto que asciende serpenteando y dejando ver el precipicio a pocos metros. Mientras subíamos pensaba: ¿por qué querría el Señor transfigurarse en un lugar como este, lejos de donde vivía, y que para llegar hasta allí exige el gran esfuerzo físico de una larga ascensión? ¿Quizás pensó que así nos entraría por los ojos que, para llegar a Dios, hay que poner también algo de esfuerzo humano, el esfuerzo de los sentidos y de las potencias?…

Allí, en la cumbre, desde donde se disfruta de un panorama maravilloso, hay una bella iglesia, que conmemora aquella secuencia del Evangelio en la que se dice que Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y los llevó a ellos solos aparte a un monte alto, y se transfiguró ante ellos (Mc 9,2). Aquella visión dio tal gozo a Pedro que le hizo exclamar: ¡hagamos tres tiendas! ¡Como me gustaría, Señor, poder participar de esa visión tuya! Sé muy bien, que sólo si te busco y te trato de verdad y si te amo, me lo concederás algún día, Señor.

Hicimos la oración tranquilamente aquella tarde. Se empezó a poner el sol y progresivamente se iba oscureciendo. Bajamos y tomamos el autobús que nos estaba esperando para regresar a Tiberiades. Terminábamos así este primer día de peregrinación por tierra santa. Fue un día intenso en el que nos parecía ir como en una nube. Nuestro guía, Santiago, nos insistía en que dejáramos al corazón libre y que no nos diese apuro llorar –como así ocurrió varias veces- y comentar cosas espirituales entre nosotros, que nos ayudarían a grabar en la memoria todos aquellos acontecimientos. Y efectivamente, ahora que ya ha pasado un tiempo, siguen gravados como algo imborrable en la memoria aquellos gozosos momentos.

De Cafarnaún a Ein Gev

Viernes, 1 febrero, 2008

Tras abandonar Tabga nos dirigimos a Cafarnaún. Esta ciudad populosa y rica en tiempos de Jesús y que fue el centro de su actividad apostólica mientras residió en la casa de Pedro, estaba situada en la orilla norte del lago, y era cruzada por la Via Maris en dirección a Siria, de ahí que tuviera guarnición militar (Mt 8,5) y aduana (Mt 9,9). Sus habitantes se dedicaban principalmente a la agricultura y a la pesca. Ahora se presentaba ante nosotros como un panorama de extensas ruinas.

Allí, y como ocupando el centro de aquellas piedras, bajo una construcción moderna, se encuentran los restos de la Casa de Pedro. La Casa donde se hospedó el Señor durante largas temporadas, donde cura a la suegra y muchos enfermos, al paralítico que unos amigos le presentan por la abertura realizada en el techo; donde la muchedumbre que le escucha impide el acceso a su madre; donde curó a dos ciegos… Donde le llevaron muchos endemoniados; arrojó a los espíritus con su palabra y curo a todos los enfermos (Mt 8,16)… Resulta fácil imaginar a Jesús paseando por aquellas calles; yendo a la sinagoga los sábados; partiendo a la casa de Jairo para resucitar a su hija y curando de paso a la hemorroisa; acercándose al telonio donde está trabajando Leví para hacerle apóstol; dirigiéndose sin escrúpulo a la casa del centurión romano que había ayudado a construir la sinagoga…

A no mucha distancia de la casa de Pedro, se encuentran los restos de la sinagoga de Cafarnaún. Se trata de un edificio de estilo helenístico (s. IV-V), muy bonito, construida sobre la sinagoga en la que Jesús hizo la gran promesa de la Eucaristía: Este es el pan que ha bajado del Cielo, no como el que comieron los padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente (Jn 6, 58-59). Y no muy lejos de donde estábamos tendría lugar aquella pregunta dolorida del Señor, cuando se quebró la perseverancia de muchos discípulos: ¿También vosotros querías marcharos? Y aún hoy contemplando aquellas restos, casi se puede escuchar la respuesta de aquel hombre fiel: Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quien iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios (Jn 6,67-69). Era un buen momento para rezar un credo pausadamente mientras nos uníamos a las intenciones del Papa.

Así iba transcurriendo nuestra oración, cuando nos avisaron que debíamos partir hacia un embarcadero cercano, donde cogeríamos el bote que nos llevaría a Ein Gev, un kibutz que se encuentra en la orilla este, justo frente a Tiberiades, donde comimos.

Aunque hacía un viento frío y seguía un poco nuboso, la travesía por el lago nos causó también una gran impresión. La primera observación fue que era en verdad un gran lago, que podía muy bien llamarse el mar de Galilea. La superficie del agua está a 210 metros bajo el nivel del mar Mediterráneo y sus dimensiones son aproximadamente 21 Km de largo por 11 km de ancho. Su belleza natural trae rápidamente a la memoria el recuerdo de Jesús, caminando por sus riberas (y sobre sus aguas); llamando, para seguirle, a varios de sus Apóstoles que eran pescadores; haciendo aquellas pescas milagrosas que tanto impresionó a aquellos hombre rudos… Aún se escucha allí ese: duc in altum! de Jesús -¡mar adentro!- para que tu y yo sigamos dando esa respuesta obediente y generosa –dejadas todas las cosas- y continuemos en la historia aquel mismo milagro hasta el final de los tiempos…

Al poco tiempo llegamos a Ein Gev. La pesca del lago es abundante y el pescado más conocido es el llamado tilapie o también pez de san Pedro, así que no nos extraño que nos ofrecieran para comer este pez, que resultó ser un plato exquisito a pesar de las espinas. Aquel pez, que ayudó con un stater a pagar el impuesto de Jesús y Pedro (Mt 17,22-27), se resistía y por más que miraba en su boca, no encontraba ninguna moneda para pagar la cuenta… Y como no quiero alargarme más de un folio, seguiremos el próximo viernes.

Tras ver amanecer frente al lago, regresamos al hotel para desayunar y disponernos a visitar la zona norte del lago, donde se desarrolló gran parte de la vida pública del Señor en Galilea.

Poco después el minibús nos dejaba en un monte alto, el monte de las Bienaventuranzas,frente a una iglesia relativamente nueva (1938 ) y muy bonita, desde donde se contempla una vista magnífica del lago y sus alrededores. Entramos en el santuario y tras una rápida visita, pues estaban en misa, dimos un paseo por los jardines.

Aunque no se trate del exacto emplazamiento marcado por la tradición -que esta situado un poco más abajo, en la falda del monte-, mantiene el recuerdo de esa predicación maravillosa de Nuestro Redentor: Al ver Jesús, a las multitudes. Subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos, y abriendo su boca les enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu… (Mt 5,1-2s). Mientras leíamos aquel texto pensaba en vosotros y en mi…“Señor, que todos sepamos hacer de nuestra vida, una adaptación total al programa que tu nos has propuesto en las Bienaventuranzas”.

Volviendo a la carretera, dos kilómetros más abajo, llegamos a Tabga. Es uno de los rincones más agradables del lago, muy cerca de Cafarnaún. La vegetación es abundante y hasta los peces del lago –como bien sabían san Pedro y los pescadores de su tiempo- parecen reunirse aquí y en la altura de Cafarnaún en mayor cantidad. “Allí mismo –cuenta la peregrina Egeria que lo visitó a finales del s.IV- sobre el mar, hay un campo con hierba abundante y muchas palmeras, y junto a ellas, siete fuentes, de cada una de las cuales brota agua abundantísima. En este campo sacio el Señor al pueblo con cinco panes y dos peces. Hay que saber que la piedra sobre la cual puso el pan el Señor, es ahora un altar.” Entramos en la Iglesia y besamos con cariño aquella piedra bajo el altar. Algunos pasaron los objetos piadosos que llevaban encima, el crucifijo, el rosario… querían pasarlo todo por los lugares que el Señor había santificado con su presencia y en los que enseñó e hizo milagros.

A poca distancia de este lugar, siguiendo la misma orilla, se levanta la iglesia llamada del Primado. Nos dirigimos allí pues era el lugar previsto, y ya era la hora, donde celebraríamos la misa ese día. Dentro de la iglesia se venera la roca que, según una antigua tradición, sirvió como mesa mientras Jesús comía con los apóstoles tras la resurrección. Por eso se llama Mensa o Tabula Christi a aquel lugar. Durante la misa ocurrió algo curioso: dos mujeres entraron y se acercaron lentamente a esa roca que está frente al altar e inclinándose se arrojaron sobre ella y permanecieron así un buen rato en oración… A mi me emocionó aquel gesto de profunda fe y piedad.

Al terminar dimos un paseo por la playa que está cerca de la iglesia y tocamos el agua; algunos recogimos piedras del lago como recuerdo de aquella escena que cuenta san Juan en el capítulo 21: la aparición de Jesús resucitado, la pesca milagrosa de ciento cincuenta y tres peces grandes que llevó Pedro hasta la arena, la comida con el Señor y el inolvidable diálogo de Jesús con Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?… Si Señor, tu lo sabes todo, tu sabes que te amo… Y me acordé que muchas veces le he pedido al Señor que sea así, diciéndole estas palabras, como a mi me gustaría morir.

Cuesta irse de Tabga. Pienso que a Jesús le gustaba de modo particular este sitio y me lo imagino viniendo con frecuencia aquí para rezar tranquilo durante la temporada que residió en Cafarnaún –lugar de residencia de muchas de sus andanzas apostólicas por esta parte de Galilea-. Si, cuesta irse de Tabga, pero nos esperaban en Cafarnaún, y allí nos dirigimos, como ya os contaré el próximo viernes.

Frente al lago de Tiberiades

Viernes, 18 enero, 2008

Hoy comienzo una nueva categoría: “Tierra Santa”, como os prometí, en torno al viaje que recientemente he tenido la dicha de hacer con otros quince compañeros a esta tierra de Jesús. Ha sido una caricia de Dios poder ir a la tierra que Jesús santificó con sus pisadas, donde todavía se puede tocar la realidad de las huellas de Cristo. La respuesta natural ha sido y es un profundo sentimiento de agradecimiento.

Tras celebrar temprano la misa en la capilla del aeropuerto de Barajas y pasar los controles de seguridad israelíes, tomamos el avión de la empresa judía El-Al (Dios del aire) que nos dejó, tras casi 5 horas de vuelo, en el aeropuerto Ben Guriom de Tel Aviv (Monte de primavera). Ya había anochecido. Allí, nos esperaba Jorge, que nos acompañaría con su minibús en todo el viaje; un viaje con dos etapas básicas: Galilea (Tiberiades, Nazaret, lago de Genesaret, Cafarnaum, Monte Tabor…) y Jerusalén (lugares santos y Belén, Ain Karim, Betania…).

Dos horas más tarde el autobús nos dejaba en un hotel de Tiberiades a orillas del Lago que lleva su nombre. Cenamos y nos retiramos pronto para descansar y poder levantarnos muy temprano y así ver amanecer mientras hacíamos la oración frente al Lago.

Aquella mañana se presentó algo fría y nublada pero poco a poco la vista del lago y la alborada del sol lo empezó a llenar todo. El ruido del mar rompiendo cerca de la orilla, los cormoranes volando al amanecer, las gaviotas que iban y venían y la brisa fresca de la mañana nos permitía imaginar lo que el Señor vería tantos días tras permanecer la noche en oración antes de comenzar su tarea. Y ahora, allí, estábamos nosotros escuchando en nuestro interior: “Si me buscáis de todo corazón, me dejaré hallar de vosotros” (Jer 29,13s).

El Lago o Mar de Galilea presenta un aspecto muy tranquilo excepto cuando sopla viento norte, entonces puede producirse un oleaje fuerte y peligroso. Aquella mañana hacía un poco de oleaje y me recordó aquella vez en que la tormenta hizo gritar a los apóstoles: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?”… Pero Jesús dormía. No es que no le importe la situación de los apóstoles es que dolores más fuertes y urgencias más amargas pesaban sobre su Corazón fatigado: los pecados de los hombres, el hambre de las almas, el desconcierto de un rebaño sin pastor… Eso preocupaba al Señor. Al fin y al cabo, nada puede una tormenta contra la claridad de un alma en gracia; los vientos y las olas, cuando se apoderan de la barca en que navega un hijo de Dios, pueden llevarla a la otra orilla del Lago o a la playa de la eternidad… Nada más. Y, en todo caso, basta con decir: “¡Silencio cállate!”, y la tempestad se amansa obediente ante la voz del Verbo. Es como si el Señor nos dijera eso que te tanto te apremia es como para preocuparse, sí… Pero hay cosas peores. No tengas miedo, que estoy contigo. Y sentí paz.

Son tantos los episodios de la vida del Señor que tuvieron como punto de referencia el Lago que resultaba muy fácil con su sola contemplación evocar la imagen de Jesús caminado por su ribera y sobre las aguas; llamando a los primeros discípulos, luego Apóstoles; haciendo muchos de sus milagros; apareciéndose a sus discípulos después de resucitar; aquí también el Verbo Divino pronunció muchas enseñanzas que nos han recogido los evangelistas. Duc in altum! –¡mar adentro!- dijo a Pedro, y éste, al ver la pesca milagrosa, dejadas todas las cosas, le siguió para siempre…

Ya era la hora de desayunar, así que fuimos de nuevo al hotel. Pronto saldríamos hacia el Monte de las Bienaventuranzas, escenario del sermón de la montaña. Pero esto lo dejaremos para el próximo viernes.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 583 seguidores

A %d blogueros les gusta esto: