¿Qué es la Moral?
Lunes, 9 Noviembre, 2009

Quizás nunca habéis tenido en vuestras manos la segunda parte de la Summa theologica del Doctor Común de la Iglesia (santo Tomás de Aquino), que se refiere a la Teología Moral. Si algún día tenéis la suerte de dar con ella, fijaros en que comienza con esta frase:
«Puesto que el hombre fue creado a semejanza de Dios, después de tratar de El, modelo originario, nos queda por hablar de su imagen, el hombre».
Esta primera proposición de la Teología Moral refleja un hecho del que los cristianos de hoy casi hemos perdido la conciencia: que la moral, sobre todo y ante todo, es doctrina sobre el hombre; lo que la moral pretende es resaltar la idea del hombre, buscar la imagen verdadera del mismo hombre. De esta concepción básica nació, dos siglos después de Santo Tomás de Aquino, la frase de Eckhart:
«Las personas no deben pensar tanto lo que han de hacer como lo que deben ser».
Sin embargo, la moral, y sobre todo su enseñanza, perdieron después, en gran parte, estas perspectivas. De hecho al cristiano medio de hoy apenas se le ocurre pensar que la moral pueda enseñarle algo sobre el verdadero ser del hombre, sobre la idea del hombre. Asociamos el concepto de moral a la idea del hacer y, sobre todo, del no-hacer, del poder y no-poder, de lo mandado y lo prohibido.
Por eso, no hemos de olvidar algo esencia y es que la primera doctrina teológico-moral del Doctor Común es ésta: «La moral trata de la idea verdadera del hombre». Naturalmente que también ha de tratar del hacer, de obligaciones, mandamientos y pecados; pero su objeto primordial, en que se basa todo lo demás, es el verdadero ser del hombre, la idea del hombre bueno.
La moral como exposición de la idea del hombre, es esencialmente una doctrina de las virtudes. El devolver a nuestra época la imagen grandiosa del hombre, que está ya descolorida, y, lo que es peor, desfigurada, no es tarea que carezca de importancia, a mi parecer.
Francis Collins
Viernes, 16 Octubre, 2009

Francis Collins
Seguimos con el libro de José Ramón Aiyón, “10 ateos cambian de autobús”
La ciencia tiene su campo de acción en la exploración de la naturaleza, pero es incapaz de decirnos por qué existe el Universo, qué significado tiene nuestra vida o qué podemos esperar después de la muerte.
El norteamericano Francis Collins es un médico genetista, director -en su país- del Instituto Nacional para la Investigación del Genoma Humano. Entre otros muchos galardones ha sido premio Príncipe de Asturias en 2001, y pertenece a la élite de la ciencia mundial.
En una época que suele esgrimir la ciencia como prueba fehaciente de la no existencia de Dios, Collins se descuelga con el argumento contrario: el tránsito del ateísmo a la fe, guiado por la razón y las conquistas científicas. Lo explica con amenidad en un libro cuyo título original –The language o f God– es una bella metáfora del genoma, perdida en el ¿Cómo habla Dios? de la traducción española. Al empezar a leerlo, el autor nos revela su propósito de «explicar cómo un científico especialista en genética llegó a creer en un Dios que está por encima del espacio y del tiempo e interesado en los asuntos de cada persona».
Una anciana y C. S. Lewis Read the rest of this entry »
10 ateos cambian de autobús
Sábado, 3 Octubre, 2009

Empezamos un nuevo libro, “estamos de estreno” -os decía hace unos días-: 10 ateos cambian de autobús. ¿El autor? Un buen amigo -pienso-, José Ramón Aiyón. Se trata de la historia de 10 conversos, uno de los temas favoritos del blog. El libro comienza con una introducción acerca del lenguaje de Dios, al que dedicaremos algunos post, antes de empezar con las historias concretas de las conversiones.
Los lenguajes de Dios
Vamos a suponer que quiero contar los átomos de un grano de sal y que soy lo suficientemente rápido como para contar mil millones de átomos por segundo. A pesar de esta notable hazaña, necesitaría más de cincuenta siglos para realizar el censo completo de la población de átomos que contiene ese minúsculo grano de sal. (Cfr. Jean Guitton Dios y la ciencia)
Los ateos piensan que Dios no existe. Los agnósticos dicen que Dios no habla. Los creyentes creen que Dios no calla. A veces, sin embargo, quienes le niegan o ignoran empiezan a escucharle en el inmenso lenguaje de las galaxias, en el elegantísimo idioma de la genética, en los números increíbles de la física atómica, en la lengua inefable del amor y también en el significado desconcertante del dolor.
Creo que los lectores de estas páginas disfrutarán con los testimonios vigorosos de diez viajeros famosos, que abandonaron el autobús del ateísmo. Como introducción a sus peripecias vitales, dedico el primer capítulo a resumir las razones de los ateos y de los creyentes. La historia dramática de Albert Camus y de Elie Wiesel nos servirá para apreciar mejor la dificultad y radicalidad de esta problemática.
Una pregunta inevitable
Sabemos que las antiguas mitologías proponían divinidades caprichosas y temibles, aceptadas de forma ingenua y acrítica. Pienso que la mitología moderna declara su agnosticismo y ateísmo con la misma ingenuidad y ausencia de sentido crítico. Pero, en uno y otro caso, hemos de reconocer que Dios es la referencia humana más esencial e inevitable.
¿Por qué nos preguntamos necesariamente sobre Dios? Read the rest of this entry »
¿Qué es el Voluntarismo?
Martes, 10 Febrero, 2009

El voluntarismo es un error en la educación de la voluntad. No es un exceso de fuerza de voluntad, sino una enfermedad –entre las muchas posibles– de la voluntad. Una enfermedad, además, que a todos nos afecta en alguna faceta o en algún momento de nuestra vida.
El voluntarismo lleva a querer resolver las cosas confiando demasiado en el esfuerzo de la voluntad, apretando el paso, crispando los puños, con un fondo de orgullo más o menos velado, ofuscado por una búsqueda de autosatisfacción de haber hecho las cosas por uno mismo, sin contar demasiado con los demás.
El voluntarismo perturba la lucidez, entre otras cosas porque lleva a escuchar poco, a ser poco receptivo. Lleva a aferrarse en exceso a la propia visión de las cosas. A pensar que las cosas son como las ve uno mismo, sin darnos cuenta de hasta qué punto los demás nos aportan siempre otra perspectiva de las cosas y enriquecen con ello nuestra propia vida.
El voluntarismo estropea también la espontaneidad, la llaneza, la sencillez. Lleva a querer resolver los problemas interiores también sólo por uno mismo. Al voluntarista le cuesta abrir su corazón a otros. Espera ser él quien, con su tesón y su empeño, salga de esa zanja en la que quizá se ha metido. Lo triste es que a veces no se da cuenta de que ha cavado ya mucho, y que no puede salir de esa zanja sólo por sus propias fuerzas, o que, al menos, es ridículo empeñarse en no pedir ayuda.
El voluntarista suele ser rígido, por inseguro. Tiende apoyarse demasiado en normas y criterios que respalden su inseguridad, aplicándolos de modo poco equilibrado. La autoridad y la obediencia habituales en las relaciones profesionales, la familia, etc., suele plantearlas de modo intransigente y poco flexible, poco inteligente.
El voluntarista lleva bastante mal sus propios fracasos. Tras ellos, suele retomar su abnegada lucha habitual, pero también a veces se cansa. Es entonces cuando más se manifiesta la peligrosa fragilidad de la motivación voluntarista. Es fácil que esa persona se hunda, y caiga quizá en una apatía grande, o se refugie en un victimismo o una rebeldía inútiles, o incluso salga por otros registros inesperados y llegue a extremos que sorprenden mucho a quienes no le conocían de verdad.
El voluntarista se propone a veces metas poco realistas, en su deseo de sobresalir y llegar a más de lo que puede abarcar. Es propicio a los sentimientos de inferioridad, fruto de compararse constantemente con los demás, en un desorbitado afán de destacar frente a otros mejor dotados, lo que genera una continua referencia de frustración.
El voluntarismo, además de un error en la educación de la voluntad, es también un error en la educación de los sentimientos. Podría decirse que el voluntarista es, curiosamente, bastante sentimental. Es una persona cuya principal motivación afectiva es el sentido del deber. Una persona que tiende demasiado a echar mano de la satisfacción o el alivio que le produce cumplir lo que entiende como su deber, con un rigorismo no bien integrado en una afectividad equilibrada.
La abnegación y el afán por cumplir con el propio deber no son nada malo, evidentemente. Y las personas voluntaristas suelen ser admirables en su abnegación, en su saber sobreponerse a sus gustos, y todo eso son elementos fundamentales para llevar de modo inteligente las riendas de la propia vida. Pero a esas personas les falta, y la cuestión es esencial, aprender a modular sus gustos, educar sus gustos, formar sus gustos. El sentido del deber es algo muy necesario. Pero una buena educación afectiva ha de buscar en lo posible una síntesis entre la abnegación –pues siempre hay cosas que cuestan– y el gusto: lo que tengo que hacer, no simplemente lo hago a disgusto, porque debo hacerlo, sino que procuro hacerlo a gusto, porque entiendo que me mejora y me satisfará más, aunque me cueste.
Por eso el gran logro de la educación afectiva es conseguir —en lo posible, insisto— unir el querer y el deber. Así, además, se alcanza un grado de libertad mucho mayor, pues la felicidad no está en hacer lo que uno quiere, sino en querer lo que uno ha de hacer.
Así, la vida no será un seguir adelante a base de fuerza de voluntad. Nos sentiremos ligados al deber, pero no obligados, ni forzados, ni coaccionados, porque percibiremos el deber como un ideal que nos lleva a la plenitud.
Fuente: www.interrogantes.net
Los Reyes Magos de Oriente
Martes, 6 Enero, 2009
Hoy con la ilusión de los niños nos disponemos a recoger los regalos que nos traen los Reyes. ¡Que nervios!… Aquí te pongo dos vídeos sobre el acontecimiento que se celebra.
En este primero se explica un poco en que consiste atendiendo a las fuentes del Evangelio, especialmente de san Mateo.
Y en este segundo vídeo vemos como un astrofísico explica algunas teorías acerca de lo que pudo ocurrir en el cielo en aquella época del nacimiento del Señor y que pudo hacer pensar a los estudiosos de las estrellas el nacimiento del Salvador.
Mantenerse firme y aprender a decir que no
Lunes, 5 Enero, 2009

tareas familiares
He leído este diálogo que por su interés pongo en el blog. Especialmente hoy en día, cuando la tendencia a contemporizar con todo es tan fuerte, viene bien leer despacio este tipo de afirmaciones.
«Yo quiero mucho a mi hija pequeña —explicaba una mujer bastante sensata en una conversación con otros matrimonios amigos—; y procuro manifestarlo de modo concreto cada día. Pero hay veces en que realmente mi hija se porta mal. Tengo amigas que me dicen que a esa edad nadie se porta mal, sino que hace inocentemente algo que todavía no ha aprendido a saber que está mal. Pero yo no estoy de acuerdo. Aunque sea pequeña, he visto a mi hija comportarse mal y saberlo. Es verdad que son cosas pequeñas, que es malicia sencilla, a su nivel, pero es malicia al fin y al cabo. Son cosas que a nosotros nos parecen de poca entidad, pero que para ella sí tienen importancia. Y por su bien y por el mío tengo que actuar con firmeza, tengo que decirle no, un no bien claro, para que lo comprenda y obedezca enseguida. No tiene por qué suceder con frecuencia, pero cuando sucede hay que hacerle ver que de ninguna manera debe hacer eso. Y que ahí estoy yo dispuesta a mantenerme bien firme. Y si no le gusta lo que hago lo sentiré mucho, y podrá llorar y llorar, y yo pasaré también un mal rato, pero no cederé, porque creo que eso está mal, y hay veces en que hay que trazar una raya en la arena y ella ha de comprender que no debe traspasar esa raya. Y así hasta que por sí misma oiga en su interior la palabra no, y no sólo la que yo le digo.»
—¿Y cuando los hijos son ya más mayores?, —preguntó uno de los presentes.
«Es un poco distinto, pero también hay que aprender a decir que no. ¿Qué hago? Me siento y hablo con él, o con ella. No le doy voces ni le grito. Pero le digo en qué creo y por qué, y no tengo pelos en la lengua. Intento ir al grano. Y yo también escucho con atención, porque a veces con sus razones me han hecho cambiar de opinión. No tengo ningún miedo a cambiar de opinión si me convencen, pero tampoco tengo miedo a emplear la palabra bien y la palabra mal.»
—Pero hay temas difíciles, y edades difíciles. Por ejemplo, ¿qué haces para que te escuche en cuestión de sexo? —todos escuchaban con atención, y ella no necesitó mucho tiempo para recoger sus pensamientos y contestar:
«Hablo a solas con él, o con ella, y siempre me escucha. No siempre está de acuerdo conmigo, sobre todo al principio, pero al final logramos entendernos casi totalmente. Hay algunas veces en que no lo entiende del todo, pero por lo menos sabe bien que yo deseo que esté de acuerdo conmigo, aunque no lo entienda del todo, es decir, que quiero que confíe en lo que le digo, porque soy su madre y quiero lo mejor para ellos. Y se lo digo así. Lo hago pocas veces, pero a veces lo hago. Le pido que me obedezca en ese asunto concreto, incluso aunque al principio no lo entienda del todo, y aunque sepa que probablemente yo no voy a poder controlarle. Sé que esto parecerá extraño a mucha gente, pero yo le digo a mi hijos adolescentes que hasta que se casen no deben tener relaciones sexuales en ninguna circunstancia, con nadie en absoluto. Mi teoría consiste en hablar con cada hijo, escucharle, intentar persuadirle, pero también a veces —sencillamente— decirle que no. Y no tengo miedo de emplear valores morales, que en la familia hemos tenido siempre.»
Escuchando esa conversación, me venían a la memoria, por contraste, unas palabras de la protagonista de aquella novela de Susanna Tamaro:
«El remordimiento más grande es el de no haber tenido nunca la valentía de plantarle cara, el de no haberle dicho nunca: “Hija mía, estás equivocada”. Sentía que en sus palabras había unos eslóganes peligrosísimos, cosas que, por su bien, yo hubiera tenido que cortar de cuajo inmediatamente; y, sin embargo, me abstenía de intervenir. Los asuntos de que hablábamos eran esenciales. Lo que me hacía actuar —mejor dicho, no actuar— era la idea de que para ser amada tenía que eludir el choque, simular que era lo que no era. Mi hija era dominante por naturaleza, tenía más carácter que yo, y yo temía el enfrentamiento abierto, tenía miedo de oponerme. Si la hubiese amado verdaderamente habría tenido que indignarme, incluso tratarla a veces con dureza; habría tenido que obligarla a hacer determinadas cosas o a no hacerlas en absoluto. Tal vez era justamente eso lo que ella quería, lo que necesitaba. ¡A saber por qué las verdades elementales son las más difíciles de entender! Si en aquella circunstancia yo hubiese comprendido que la primera cualidad del amor es la fuerza, probablemente los sucesos se habrían desarrollado de otra manera.»
Fuente: www.interrogantes.net
¿Por qué hay que ponerse de rodillas?
Domingo, 4 Enero, 2009
No hace mucho escuchaba de un teólogo esta pregunta. Ante mi afirmación de la conveniencia de insistir en la adoración poniéndose de rodillas en el momento de la consagración de la Misa. Y, si he de ser sincero, en ese momento no supe que responder, tan solo recordé aquello de san Pablo cuando dice: “Y ante el nombre del Señor se doble toda rodilla en el Cielo, en la tierra y en el abismo” (Fil 2,10)…
Pero hoy, al leer en el Evangelio que aquellos hombre venidos de oriente: “Cayendo de rodillas, lo adoraron”… He comprendido que son los soberbios los que tienen las piernas rígidas como un palo y que por eso no se arrodillan… Para no romperse.
Aquel teólogo pensaba que en estos tiempos modernos, ponerse de rodillas en adoración, podía parecer un gesto poco digno del hombre actual, tan culto y poderoso. El estar postrado resulta humillante, parecía afirmar, por eso es mejor no insistir y dejar que se permanezca de pie.
¡Oh paradoja!: El hombre erguido, desafiante, de pié, y todo un Dios bajando en persona al altar, y reclinándose inerme sobre un pesebre…
Por ciertamente, fíjate que se dice: “cayendo de rodillas”… Algunos hombres “piadosos” se arrodillan… Pero se trata de “caer de rodillas“, como si algo nos tumbase o nos hiciera tropezar y caer.
Hace tres días me ha dicho un amigo: “Rafa: me he fijado que cuando haces la genuflexión, lo haces muy rápido, ¡ni que fueras a la carrera!”. Después, me ha mirado sonriendo y me ha dicho: “es una cosa pequeña de amor de Dios”. Cuando se ha ido, le he dicho al Señor que quisiera no arrodillarme ya nunca más, sino “caer de rodillas” en cada genuflexión.
No se tú, pero yo voy a ofrecerle al Niño-Hostia como regalo de estos días, este detalle pequeño; y como los magos le ofreceré primero mis rodillas. Gracias Madre por darme esta luz.
¿Qué es la Navidad?
Miércoles, 24 Diciembre, 2008
¿Qué es la Navidad? ¿Por qué se celebra? ¿Qué conmemoramos exactamente con las fiestas navideñas?
En la Navidad (nativitas, “nacimiento”) se celebra el misterio de la Encarnación, conmemorando el nacimiento de Jesús de Nazaret, el Verbo Encarnado, verdadero Dios y verdadero hombre, Salvador único y universal. “El misterio de la navidad se realiza en nosotros cuando Cristo “toma forma” en nosotros (Gal 4,19). Navidad es el misterio de este ‘admirable intercambio’” (CEC 526)
Los angloparlantes utilizan el término Christmas, (‘misa (mass) de Cristo’) y en alemán, la fiesta se denomina Weihnachten (‘noche de bendición’).
En la actualidad, especialmente a partir del sigo XIX, las fiestas navideñas están mezclando su originario carácter religioso con tradiciones de convivencia familiar y con intereses comerciales propios de la mercadotecnia que amenazan con desvirtuar su significado profundo.

Alrededores de Belén
¿Qué es Belén?
Belén es la aldea cercana a Jerusalén donde nace Jesús. Es también el símbolo de la variedad de situaciones y actitudes que en todas las épocas acompañaran este acontecimiento: pobreza y donación, marginación y acogida, persecución y adoración…
Durante las cuatro semanas del Adviento hemos caminado con María y José hacia Belén. Allí se manifestará (Epifanía) el Señor a los pastores (los pobres) y a los Magos de Oriente (los pueblos paganos): el mensaje es para todos: “no temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David (Belén) un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontrareis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2,10-12).

sol de invierno
¿Por qué el día 25 de diciembre?
Según la Enciclopedia Católica, la evidencia más temprana de la preocupación por la fecha de la Navidad se encuentra en Alejandría, cerca del año 200 de nuestra era, cuando Clemente de Alejandría indica que ciertos teólogos egipcios “muy curiosos” asignan no sólo el año sino también el día real del nacimiento de Cristo como 25 pashons copto (20 de mayo) en el vigésimo octavo año de Augusto.
Es sin embargo a partir de 221 y debido a la obra Chronographiai, de Sexto Julio Africano cuando se popularizó el 25 de diciembre como la fecha del nacimiento de Jesús. Para la época del Concilio de Nicea I en 325, la Iglesia Alejandrina ya había fijado el Díes nativitatis et epifaníae. Así fue como poco a poco se fue extendiendo este día.
Al parecer en el Imperio Romano, las celebraciones de Saturno durante la semana del solsticio de invierno, eran el acontecimiento social principal, y llegaban a su apogeo precisamente el 25 de diciembre, según algunos es posible que se escogiera esta fecha para hacer más fácil que los romanos pudiesen convertirse al cristianismo sin abandonar sus festividades, pero esto es dudoso, pues no sería del agrado de los cristianos recién perseguidos incluir fiestas paganas en su calendario. Lo cierto es que el papa Julio I pidió en 350 que el nacimiento de Cristo fuera celebrado el 25 de diciembre. El primer documento escrito oficial es un decreto posterior del papa Liberio en 354. Podemos afirmar que a partir del siglo V, la Navidad es una fiesta universal.
Algunos expertos han intentado calcular la fecha del nacimiento de Jesús tomando los Evangelios como fuente, pues en Lucas 1, 5-8 se afirma que en el momento de la concepción de Juan el Bautista, Zacarías su padre, sacerdote del grupo de Abdías, oficiaba en el Templo de Jerusalén y, según Lucas 1, 24-36 Jesús nació aproximadamente seis meses después de Juan. En 1 Cr 24, 7-19 se indica que había 24 grupos de sacerdotes que servían por turnos en el templo y al grupo de Abdías le correspondía el octavo turno.
Contando los turnos desde el comienzo del año, al grupo de Abdías le correspondió servir a comienzos de junio (del 8 al 14 del tercer mes del calendario lunar hebreo). Siguiendo esta hipótesis, si los embarazos de Isabel y María fueron normales, Juan nació en marzo y Jesús en septiembre. Esta fecha sería compatible con la indicación de Lucas 2:8, según la cual la noche del nacimiento de Jesús los pastores cuidaban los rebaños al aire libre, lo cual difícilmente podría haber ocurrido en diciembre.
Como los turnos eran semanales, tal y como lo confirman los rollos del Mar Muerto, descubiertos en Qumrán, cada grupo servía dos veces al año y nuevamente le correspondía al grupo de Abdías el turno a finales de septiembre (del 24 al 30 del octavo mes judío).[2] Si se toma esta segunda fecha como punto de partida, Juan habría nacido a finales de junio y Jesús a finales de diciembre. Así, algunos de los primeros escritores cristianos (Juan Crisóstomo, 347-407) enseñaron que Zacarías recibió el mensaje acerca del nacimiento de Juan en el día del Perdón, el cual llegaba en septiembre u octubre. Por otra parte, según los historiadores, cuando el Templo fue destruido en el año 70, el grupo sacerdotal de Joyarib estaba sirviendo. Si el servicio sacerdotal no fue interrumpido desde el tiempo de Zacarías hasta la destrucción del templo, este cálculo tiene al turno de Abdías en la primera semana de octubre, por lo que algunos creen que el 6 de enero puede ser el día correcto.
En un tratado anónimo sobre solsticios y equinoccios se afirma que “Nuestro Señor fue concebido el 8 de las calendas de abril en el mes de marzo (25 de marzo), que es el día de la Pasión del Señor y de su concepción, pues fue concebido el mismo día en que murió“. Si fue concebido el 25 de marzo, la celebración de su nacimiento se fijaría nueve meses después, es decir, el 25 de diciembre.[3]
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¿El Niño de Belén era Dios?
Lunes, 15 Diciembre, 2008
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Cuando oímos decir a un hombre que es Dios, tenemos enseguida cinco posibilidades de reacción:
- Primera, ese hombre está loco;
- segunda, es un criminal, que pretende abusar de la credulidad de otros;
- tercera, se asegura que lo ha afirmado, pero en realidad no lo ha hecho;
- cuarta, lo ha dicho, pero no quería decir eso exactamente, y
- quinta y última, «lo es verdaderamente».
Aquí, no tratará de la verosimilitud o inverosimilitud, sino de la máxima certidumbre posible. Veamos:
¿Un loco? Sería el tipo de megalómano, del maníaco de grandezas. Es un tipo clínico muy conocido. Pero cualquier psiquiatra, que estudie la personalidad de Cristo, tendrá que reconocer que aquí encontramos algo así como lo opuesto al tipo de megalómano. Un megalómano no es humilde. No guarda silencio acerca de su idea fija, sino que habla de ella constantemente. Sólo después de tres años de convivencia constante pregunta Cristo a sus apóstoles quién creen que es Él, y cuando Pedro el impulsivo exclama: «Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo», se lo confirma. Además, pensar que toda la sabiduría que nos ha revelado es el pensamiento de un demente, es un insulto a la inteligencia humana.
¿Un criminal? Quien pretende hacer creer a los demás que es Dios o un dios, pretende o poder o riqueza. Nadie ha podido afirmar jamás que Cristo hubiese buscado la riqueza. Poder, sí, el título de rey se lo ofrecieron varias veces. Lo rechazó.
¿Pero es que no dijo nunca que era Dios? ¿Quizás los textos que se refieren a ello son apócrifos? No sólo falta toda prueba para esta suposición, sino que sabemos que fue condenado por el sanedrín precisamente por eso, porque se «atribuyó» ser Dios. Tuvo todas las oportunidades para desmentirlo, para rectificar. Habría salvado Su Vida, si hubiese rectificado. En lugar de eso, lo confirmó expresamente: primero ante Caifás y después ante Pilato.
Con lo anterior queda también eliminada la cuarta posibilidad de que «en realidad no quiso decir eso exactamente». Precisamente en este caso habría rectificado sin ninguna duda. A esto hay que añadir que era judío y hablaba a judíos. Y un judío no podía hablar como por ejemplo hoy algunos sectarios de «lo divino en el yo». Dios y el hombre eran conceptos claramente separados y el solo nombre de Dios era tan sagrado, que nadie podía pronunciarlo.
Las cuatro primeras posibilidades son imposibles. Por tanto, sólo nos queda la última: que Cristo era lo que decía: Dios.
Al menos a mi no se me ocurre ninguna otra alternativa posible.
Cfr. Louis de Wohl en La fe y los “signos de los tiempos” cara a cara
El sufrimiento (y 2)
Lunes, 1 Diciembre, 2008
Empecé la semana pasada una cita de André Frossard en torno al tema del sufrimiento. Hoy la termino. Me parece que su percepción de esta realidad, aunque parezca una experiencia espiritual, es de un gran realismo existencial.
El sufrimiento es la cuestión de las cuestiones. Hace su aparición con el primer vagido del niño que viene al mundo y no cesa de perseguirnos hasta el fin, hasta el instante último en que el poderoso hálito de la agonía nos arranca del mundo de los vivos. Negar el valor del sufrimiento no implica en absoluto una ayuda para los enfermos, sino que supone, por el contrario, arrebatarles algo más; es una indignidad. Los sufrimientos son ocasión para que generen caridad, pareciéndose a Dios en eso, aunque ¿quién podría parangonarse con Él? Poseen la virtud de hacernos mejores aunque sólo sea un momento. ¿No hemos de mostrarles nuestra gratitud por tan señalado favor?
«Estaba enfermo y me visitasteis», nos dice Jesús. Y no: «Estuvisteis enfermos y los que fueron a veros tienen toda mi simpatía»: Él es el enfermo, el leproso, el preso, el desvalido, y eso significa que en el pobre ser que somos todos, cada carencia es una forma de presencia de Dios: quien no lo comprenda así nunca entenderá nada del cristianismo.
Sucede en efecto, que ante el zarpazo de una desgracia repentina, o el anuncio de una enfermedad irreversible que afecta a algún ser querido, con gran frecuencia advertimos como su fe fortalece la nuestra a la vista de su valor, su tesón, su paciencia, que provocan nuestra admiración y dan testimonio de que el ser humano es más grande que su condición y que hay una belleza de alma que de alguna manera nos susurra que la fe es incorruptible. En tales condiciones, hablar de lo «absurdo» o de la «inutilidad» del sufrimiento pone de relieve una cierta zafiedad espiritual.
El sufrimiento ni aguarda a que se le llame ni perdona a nadie. Se presenta cuando menos se espera y se introduce hasta en la felicidad al hacernos ponderar la fugacidad de la misma. A veces somos nosotros los que lo generamos por nuestra resistencia a dar -porque si Dios es efusión, nosotros seríamos más bien retención- y esa avaricia, de la que no siempre somos conscientes, da lugar a estos dolorosos exponentes de rechazo que son el equivalente psicológico de lo que en medicina se conoce por «cálculos». (…) O los males que los hombres se infligen unos a otros por su egoísmo, sus ambiciones, su voracidad, su fanatismo, el desbordamiento de ese odio rapaz que aún proyecta su sombra sobre el calvario de Auschwitz, y todas las abominaciones de las que somos culpables por el ejercicio abusivo de nuestra libertad. Sólo nosotros tenemos la responsabilidad de tales horrores y desastres. En verdad que nuestro siglo ha conseguido prodigios, pero no es menos cierto que también se ha distinguido en matanzas y en mentiras, y se hace enteramente insoportable contemplarlo; todavía manchado con las señales de sus crímenes, volviendo hacia el creyente la cara lívida de Caín para preguntarle: «¿Dónde está tu Dios?», cuando acaba de matarlo en el justo y en el inocente. (…)
Como el niño que hace rebotar sobre un espejo un rayo de sol para encender una cerilla, me he esforzado por colocar todas las respuestas en la vía de aquella luz que me enseñó de improviso, un día de julio, que Dios era dulzura misericordiosa e insuperable, pura caridad, y que las demás verdades no eran más que reflejos de aquella Verdad; he intentado fundamentar la lógica de mis experiencias sobre eso irracional que se llama amor. (…)
Y luego, un día -que será otra revelación- al doblar la esquina de una calle, (..) de repente, pensareis que nada sería peor que el olvido, que ese sufrimiento que antaño estuvo a punto de romper vuestra última resistencia es la prueba de que habéis amado, que esa prueba es la justificación de vuestra existencia, vuestro tesoro más preciado, lo único que os llevaréis cuando todo lo demás regrese al polvo. Sentiréis la connivencia profunda del sufrimiento y del amor en vuestra naturaleza caduca.
Cfr. André Frossard, en “Preguntas sobre Dios”
¿Es Dios un anciano con barba?
Viernes, 28 Noviembre, 2008
Ya se termina este mes de noviembre que tradicionalmente ha tenido ese toque de nostalgia y de referencia al más allá. Por eso, y siguiendo con Luois de Wohl quería hablaros del “Anciano de la barba”.
La idea de un Dios personal está unida en nuestra imaginación a la de un anciano con barba blanca. No se por qué pero tenemos una inclinación especial a simbolizar nuestros conceptos. Con esa imagen del anciano queremos simbolizar la sabiduría, la experiencia, la madurez, el Padre. De algún modo buscamos con esta imagen acercarnos a Dios como nuestro Padre que lo es.
Por esos, para muchos esta imagen está unida también a ideas como vejez, falta de fuerza y actividad, o quizás sus experiencias paternas no han sido buenas y ahora proyectan sus sentimientos al Padre divino. Sin saber por qué sienten rechazo precisamente a esta imagen paternal de Dios. Y prefieren la “idea” de Dios como un gran “Poder”.
Sin embargo, quienes ven a Dios tan solo como un “Poder”, sitúan al Creador del universo, como si fuera una especie de fuerza ciega, algo así como el magnetismo o la energía atómica. De este modo, al negarle personalidad, conciencia, inteligencia y voluntad, sitúan al Único Artista, al Único Poeta, Organizador, Inventor, etc, por debajo incluso del hombre más ruin. Dios es Espíritu Puro dicen, pero no siempre resulta facil relacionarse personalmente con un espíritu puro.
Como niños pequeños hemos hecho mil dibujos de Dios que nos ayudasen a acercarnos a Él… Hasta que Él mismo se acercó a nosotros como un niño…
Cfr. Louis de Wohl en La fe y los “signos de los tiempos” cara a cara
El sufrimiento (1)
Lunes, 24 Noviembre, 2008
Se dice con razón y se repite ahora con frecuencia, que “el sufrimiento no tiene valor en sí mismo”. Su acción es puramente negativa. Debilita, degrada y hasta envilece en ocasiones al ser humano. Reduce su autonomía, cuando no la aniquila para hacerlo completamente dependiente de otro. El sufrimiento trastorna, deforma o extingue sus facultades, lo empuja a la desesperación o, en el mejor de los casos, a una resignación al acecho en la que, como agazapado en lo más profundo de sí mismo, no espera más que la faz hueca de la liberación, que será su última visita. Constituye la piedra de toque de todas las sabidurías y de todas las religiones; los más prudentes lo evitan o fingen no haberlo visto. Saben que el sufrimiento y en particular e1 sufrimiento de los inocentes, es injustificable e incompatible con la hipótesis de Dios, a menos que se haga de Él un ser indiferente y lejano en quien Baudelaire, sin gran esperanza de ser comprendido, resumía toda la historia de la humanidad con aquellos terribles versos en los que evoca “ese ardiente sollozo que rueda de edad en edad y va a morir en la orilla de vuestra eternidad”.
No sólo hay que combatir el sufrimiento, que no conviene a nadie, sino que si no se quiere incidir en su “dolorismo”, que no pasaría de ser un vicio como otro cualquiera, es necesario negarle todo sentido y toda utilidad, dejando aparte que hace perder la fe a muchos y que a otros les impide creer.
Sin embargo, Cristo sufrió y nos dijo que tenía que pasar por ello «para entrar en la gloria», dando por supuesto que la gloria, para Dios, consiste en la irradiación visible del Amor.
He conocido, creo haber conocido en el barracón de los judíos de Fort Montluc, en tiempo de los Barbie (Klaus Barbie era el jefe de la Gestapo de Lyon, figura bien conocida en Francia por sus crímenes) y de los proveedores de fosas comunes, todas las formas de dolor que la persecución y la barbarie pueden extraer del cuerpo humano y del alma indefensa, que no es entonces más que una vibración inaudible, un aliento asustado, un hálito de réquiem. Vi a los que eran una pura llaga, destrozados por los golpes recibidos desde la nuca a los talones, que se movían con precauciones infinitas como si estuvieran en una tienda invisible de porcelanas valiosas; vi a los que habían sumergido y casi asfixiado en agua fría, que no dejaban de tiritar bajo su manta, pero que conservaban en sus ojos el ansia de una fuga tan desatinada como imposible; vi a los que dudaban en volver a la vida, como si temieran que el odio, al hallarlos en buen estado, hiciera su aparición de nuevo para cogerlos por el cuello y llevarlos al suplicio; vi a los que se pasaban el día y la noche temblando por los suyos, libres acaso, pero sin saber por cuántas horas, o quizá encarcelados, pero sin saber dónde; vi a los que iban a colocarse delante de los cañones de los fusiles con paso de autómatas y la mirada más allá de lo real; vi a muchos, a los que los torturadores, espoleados por el sentimiento de su omnipotencia, martirizaban moralmente esforzándose por humillarlos, estrujando en ellos hasta la última gota de esperanza, para hacerles sentir lentamente, minuciosamente, el avance de un proceso inexorable de eliminación.
Mucho tiempo después, las garras del sueño me arrebatan casi todas las noches para volver a llevarme a aquel recinto de todas las desolaciones, donde creía haber vivido cuanto los nervios humanos pueden soportar sin romperse.
Yo no sabía aún que existía un dolor que los resume todos y no podéis imaginar con qué temeroso ardor deseo que no tengáis que padecerlo nunca. Incluso todavía hoy me falta fuerza para describir aquellos momentos macabros en los que todo estaba trastocado y el cielo no era más que indiferencia y la tierra promesa de corrupción, y había visto por última vez la cara de mi hijo a través de una rendija existente entre los troncos con que estaba construido el barracón. No hay desdicha mayor. El tiempo la atenúa, pero nunca la aleja lo suficiente, y para que vuelva a asaltarnos la pesadilla basta cualquier cosa, un objeto, el olor de una planta, un nombre que uno nunca se atreve a pronunciar, el trino de un pájaro, un modo de silencio.
Y luego, un día -que será otra revelación- al doblar la esquina de una calle, el lanzazo del recuerdo volverá a invadirnos por enésima vez; pero pensaréis de repente que nada sería peor que el olvido, que ese sufrimiento que antaño estuvo a punto de romper vuestra última resistencia es la prueba de que habéis amado, que esa prueba es la justificación de vuestra existencia, vuestro tesoro más preciado, lo único que os llevaréis cuando todo lo demás regrese al polvo. Sentiréis la connivencia profunda del sufrimiento y del amor en vuestra naturaleza caduca.
Viendo cómo el sufrimiento, con un poder casi infinito, os habrá vinculado indisolublemente a los vuestros, os habrá abierto a la compasión y vuelto comprensivos hasta con la más anecdótica de las lágrimas de un niño; viendo cómo os habrá hecho más sensibles a la pena y a la soledad de otros, de todos los otros; cómo, en fin, se transforma en caridad ya en este mundo, pensaréis en la pasión de Cristo, que está en el corazón de vuestra fe. Y comprenderéis, ¿qué digo?, sabréis, veréis con admiración que si la justicia y la misericordia podían haber evitado perfectamente el camino de la cruz para salvar a los hombres, no había otro camino para el amor encarnado.
Cfr. André Frossard, en “Preguntas sobre Dios”
«¿Qué hay después de la muerte?»
Lunes, 17 Noviembre, 2008

costa asturiana
ALGUNOS AFIRMAN QUE no parece que haya nada. En ningún muerto se ha podido apreciar, efectivamente, que posea algún elemento inmaterial capaz de sobrevivir y de librarse del proceso de descomposición. Además, es tan imprecisa su noción y tan poco localizable en el ser humano, que ya apenas se habla de ello ni en los sermones religiosos. A veces, parece que la Iglesia tuviera dudas sobre este asunto, nunca se habla de los novísimos, del juicio, etc, unas veces se invita a la esperanza y en otras ocasiones se invoca la gracia del “eterno descanso” para los difuntos. Hoy, afortunadamente -concluyen-, tenemos una religión mucho más razonable que orienta sus fuerzas a realizar en esta tierra ese “mundo mejor” que antaño se situaba en los cielos.
SIN EMBARGO, Cristo ha dicho: «Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados». ¿Y quién los consolará sino El? ¿Y cómo podrían ser consolados si no son amados?
Y POR ESO OTROS DICEN QUE estas objeciones no tienen verdadera consistencia. Que un elemento inmaterial, por su propia naturaleza, no puede ser aprehendido, ni tajado por un bisturí. Si alguien hubiera hallado un alma bajo su escalpelo, le habría propinado un rudo golpe a la religión. Que si a algunos la perspectiva de tener que contemplar en el Cielo a Dios «diez mil años», les aburre. Lo curioso es que no se le ocurra la idea de que Dios pudiera cansarse muchísimo antes de contemplarles a ellos. Que ciertamente, tenemos el deber de trabajar por un mundo mejor, y lograr uno que fuera menos malo supondría ya un resultado apreciable. Pero sería absurdo reducir nuestras esperanzas a un arreglo más satisfactorio de esta tierra… Todas esas lágrimas, toda esa sangre que empapa y desborda nuestra historia, ¿no habrían servido entonces más que para construir una ciudad terrena ideal, cuya inauguración se iría aplazando indefinidamente para una fecha posterior? Si se me permite una puntualización, os recuerdo que, en el Apocalipsis, la nueva Jerusalén desciende del cielo, y no se alza desde la tierra. Y por último, cuando la Iglesia habla de «descanso eterno», esta pensando en nuestro pobre cuerpo, que quedará depositado durante un tiempo indeterminado en uno de esos cementerios que no son más que vestuarios de la resurrección.
POR ESO SIGUEN DICIENDO QUE la muerte se parece más a un parpadeo, a un abrir y cerrar de ojos. Los ojos del cuerpo se cierran sobre este mundo y se abren inmediatamente sobre la resurrección; los siglos dejan de tenerse en cuenta, el tiempo desaparece. Que la fe ha conocido por Cristo que «ni el ojo vio, ni el oído oyó [...] lo que Dios ha preparado para los que le aman». Atenta a todas las palabras del Evangelio, guarda la fe en su corazón una de ellas, de la que no suele sacarse todo el sentido que contiene. Al ser interrogado por los saduceos acerca de la resurrección, en la que no creían, Jesús les dice lo que seremos nosotros cuando todo se cumpla, y añade las siguientes palabras cuyo alcance no siempre se calibra, quizá porque las enuncia como una trivialidad de la Escritura: «Y en cuanto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que Dios ha dicho? Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos». Con gran frecuencia se deduce de ahí que Él es el Dios de la vida, no de la muerte y, sin embargo, acaba de descubrirnos como por descuido un secreto que no tiene precio: Abraham, Isaac y Jacob permanecen vivos siempre porque, aunque hayan desaparecido hace muchísimo tiempo, esa muerte -que constituye una dura realidad para nosotros- no existe para Dios; todo ser hecho a su imagen lleva un nombre que expresa su persona, y esa imagen es imborrable, un nombre que Dios no olvida jamás; y esa persona, haya vivido un instante o un siglo, sigue viviendo en Él.
En cuanto a la experiencia mística, proporciona la certidumbre de que «después de la muerte» está Dios, lo que supondrá, os lo aseguro, una gran sorpresa para muchos. Se darán cuenta, con el mismo asombro que yo experimenté el día de mi conversión -y que todavía me dura-, que «hay otro mundo», un universo espiritual hecho de una luz esencial con un brillo prodigioso, de una dulzura conmovedora, y, al mismo tiempo, todo lo que les parecía antes inverosímil les parecerá natural, todo lo que consideraban improbable se habrá convertido en deliciosamente aceptable y todo lo que negaban les será jubilosamente refutado por la evidencia. Descubrirán que eran fundadas todas las esperanzas cristianas, incluso las más locas… Comprobarán -como lo hice yo-, que no son necesarios los ojos de la carne, que más bien nos impedirían verla, para recibir esa luz espiritual e ilustrativa, y que ella ilumina una parte de nosotros mismos totalmente independiente de nuestro cuerpo. ¿Cómo puede ser eso? Ya no lo sé, lo ignoro por completo, pero sé que lo que digo es verdad.
Cfr. André Frossard, en “Preguntas sobre Dios”
¿Qué es el hombre?
Viernes, 14 Noviembre, 2008
ALGUNOS dicen que el hombre “es un animal capaz de comprender”, otros afirman de él que se trata de un ser “capaz de crear”; para Nietzsche “el hombre es una enfermedad del hombre”; y para Sartre, se trata de “una pasión inútil”. Últimamente he leído que se trata de un mono que intenta salir de si mismo. Los griegos vieron en el hombre un “animal racional” o “político” y Pascal describe al hombre como un ser frágil, pero “que sabe que va a morir”, lo que le otorga una superioridad sobre el vendaval de las pasiones inconscientes del universo… En la tradición judeo-cristiana es hombre es un ser creado por Dios a su imagen y semejanza y distinto a todos los demás seres creados… Muchas y variadas opiniones que nos quieren llevar a concluir que no parece haya una respuesta clara a esta gran pregunta.
SIN EMBARGO, esta pregunta ¿quién soy yo? ¿qué sentido tiene mi existencia? no deja de repetirse en nuestro interior exigiendo una respuesta. El hombre es el único animal que se interroga sobre sí mismo.
POR ESO OTROS AFIRMAN QUE, no podemos definir una cosa por sus cualidades; en el caso del hombre ni siquiera por su capacidad de razonar (además de que esta aptitud ¿acaso no aparece de algún modo en la habilidad que pone la liebre para escapar del cazador?) y tampoco puede definirse al hombre por su parecido con el chimpacé o el orangután rojo.
Sartre y Nietzsche nos proponen unas metáforas literarias muy interesantes pero que no pasan de ser un oscuro recurso literario que solo evidencia el fracaso de su intento por dar una definición del hombre. Igual ocurre con Pascal que, aunque con mayor carga de lirismo, tan solo describe la caduca condición humana… Tener que terminar por recurrir a la Biblia resulta hoy en día enojoso para algunos, pero solo en ella encontramos una definición positiva: un ser creado a imagen y semejanza de Dios…
ALGUNOS dirán que: “Dios no es visible, ni comprensible (en el sentido de que no lo podemos abarcar con nuestra inteligencia)… Así que, tampoco vale esta definición, por muy positiva que sea…” SIN EMBARGO, a estos habría que decirles, que es, precisamente ese sentido inabarcable y misterioso de la definición, lo que ofrece la más acertada definición de lo que es el hombre: al igual que su creador, el hombre posee algo de invisible, de inabarcable, de misterio…
Todos los errores y todas las ideologías sobre el hombre han consistido precisamente en negar y querer arrancar al hombre esta parte del misterio que es la que define mejor su naturaleza.
En torno al tema del hombre encontrarás material interesante en:
- conoZe.com | ¿Qué es el hombre?
- El hombre para Socrates
- El hombre para san Agustín
- El hombre en Kant
Aquí te pongo estos otros enlaces de interés relacionados con “preguntas de fondo”: Read the rest of this entry »



