“¡Estad alegres!”…

Jueves, 10 Diciembre, 2009

Tradicionalmente, al próximo domingo de Adviento (ya es el tercero) se le conoce como Domingo “gaudete”. Se debe a la liturgia, que comienza así:

¡Estad alegres en el Señor! Os lo repito: ¡Estad alegres!

Por eso las lecturas de la misa de ese domingo están repletas de ese gozo que se desbordará en durante las fiestas del Nacimiento de Cristo.

Pero ¿de que alegría se nos está hablando? Hay una alegría “fisiológica, que quizás conozcas bien. Se fabricada con alcohol, superficialidad, gustos sensibles, omisiones y farsas consentidas. Es la de los borrachos, la de los tontos, la de los papanoeles de risa floja. No es ésta la alegría de que se nos habla. Hay, también, una alegría causada por el éxito: es la que nos invade cuando todo nos sale bien… Pero, ¡ay! mañana algo te saldrá mal, y perderás tu alegría. Tampoco es esta la alegría del adviento. Existe, además, una alegría fruto de las buenas obras: es la que sentimos cuando hemos sido generosos o nos hemos portado bien… Y aunque ese dulce gusto de la entrega es superior a las anteriores, no es aún “la alegría” de adviento… Pues, fíjate que aún pudiera ocurrir que mañana obrarás mal (no ocurrirá!), y tu que te creíste bueno, saborees el amargor de tu propia miseria. ¿De qué alegría se trata entonces? Se trata de una alegría disinta y su origen no está ni en las cosas, ni en las circunstancias, nos ha sido dada:

Se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador“,

Se trata de la alegría que nos enseña María. Se trata de la alegría que sentimos al conocer que Dios es bueno y nos quiere. Por eso, la borrachera se pasará… Pero sé que Dios seguirá siendo bueno y amándome. Vendrá el fracaso… Pero sé que Dios seguirá siendo bueno, y no me retirará su Amor en mi fracaso. Puede ser que yo, en cualquier momento, me rebele… Pero sé que, muy a pesar mío, Tú, mi Dios Bueno, seguirás amándome, y si vuelvo a ti me amarás quizás con más ternura que antes… ¡Dios me quiere! ¡Qué bueno eres, Dos mío!

El año pasado por estas fechas -ya se murió- hice una breve visita a una señora muy mayor. En un momento de la conversación, de manera inesperada, me miró con perplejidad e incorporándose un poco me preguntó: “¿Quién soy yo para que esté aquí conmigo, perdiendo el tiempo, con la de cosas que tendrá que hacer?”… La sonreí y seguí hablando de otra cosa. Pero cuando me fui de allí, no podía olvidar aquella mirada, ni aquella pregunta.

Muchas veces pensamos, más o menos conscientemente, que en realidad no merecemos ser amados. El ser amados siempre nos produce perplejidad. El amor tiene para nosotros algo de ciego, de absurdo, de “química” he oído decir últimamente… Pero, entonces descubrimos que todo un Dios nos Ama. Sí, la Encarnación de Dios nos manifiesta el amor que nos tiene. Y este Amor de Dios por nosotros es medicina que nos cura… Sí, todo un Dios nos quiere, y se ha hecho un Niño para manifestarnos que nos quiere. Se ha hecho como nosotros, ha vivido con nosotros por amor nuestro, ha reído, se ha cansado, ha tenido hambre y sed, ha saboreado la amargura y la alegría de la vida por amor nuestro, porque quiere unirse a nuestra vida en toda su realidad… Cuando yo sufro, El sufre conmigo y yo con Él; cuando yo río, El ríe conmigo y yo con Él… Todo esto lo ha hecho por amor a nosotros: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo a mundo… Para darnos ejemplo: que os queráis como yo os he amado… No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos…

Y, Amor con amor se paga… Santo Tomás dice que los hombres necesitamos ser llevados al amor como de la mano, y que por medio de cosas sensibles, fáciles de reconocer para nosotros, podemos llegar a amar las más espirituales como a Dios: “para que conociendo a Dios visiblemente seamos por El arrebatados al amor de las cosas invisibles” (S. Th. 2-2, q.48, a3 ad 2). Efectivamente, a través de los detalles de amor a un Niño estamos queriendo, manifestando así nuestro amor, a todo un Dios de un modo muy adecuado a nuestra forma de proceder.

¡Levántate y anda!

Miércoles, 2 Diciembre, 2009

Al leer las invitaciones que el profeta Baruc y san Juan Bautista nos hacen en las lecturas del próximo domingo de Adviento, me acordé que en una visita de Juan Pablo II a cierto país, muchos jóvenes llevaban un botón con el lema del Papa: “Totus tuus”. Un muchacho que estudiaba último año de bachillerato se animó a hacer mucho apostolado con sus amigos, consciente de que a muchos de ellos no los volvería a ver en mucho tiempo, se propuso charlar con cada uno de sus compañeros, aprovechando la visita papal. Y aunque sentía cierta vergüenza de acercarse a algunos en concreto –“respetos humanos” se llama a este temor- aprovecho el lema del botón: Totus tuus. -“Oye, me he fijado que –igual que yo- llevas un botón con el Totus tuus. Y verás, tenía interés en hablar contigo de estos temas: Dios, la religión, tu vida…”. -“¡Ya era hora!”, espetó su amigo. -“Veía que de vez en cuando hablabas de Dios con éste y con el otro, pero a mí nunca me decías nada. Y yo pensaba: ¿será que yo no le importo?…”. Y rieron ambos… Esta anécdota me hace recordar la Rima VII, de Gustavo Adolfo Bécquer:

“Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueña tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo
veíase el arpa.
¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!
¡Ay! pensé; ¡cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz, como Lázaro, espera
que diga: «¡Levántate y anda!».
El domingo que viene escucharemos al profeta Baruc y a san Juan Bautista animándonos a preparar el camino al Señor. Y pensaba que también nosotros podemos ir como ellos, a esos amigos que están, como el arpa del rincón, esperando nuestra voz que les diga: «¡Levántate y anda!».

Antes de ser elegido Papa, el Cardenal Ratzinger invitaba a considerar la necesidad de una nueva evangelización, pero insistía en que esta nueva evangelización debe guiarse por la humildad y la fe: es Dios quien da el fruto, en el momento oportuno, no hay que dejarse obnubilar por la necesidad de grandes resultados inmediatos. El método para esa nueva evangelización es silencioso, divino. Por eso, el Cardenal Ratzinger recordaba la importancia de la oración para el nuevo mandato apostólico. Hemos de obrar como Cristo, que “predicaba de día y rezaba de noche”. “Jesús debía adquirir de Dios a los discípulos. Esto será válido por siempre: no podemos ganarnos nosotros a los hombres. Debemos obtenerlos de Dios para Dios. Todos los métodos están vacíos si no tienen en su base la oración. La palabra del anuncio siempre debe recubrir una vida de oración. Y debemos agregar otro paso más: Jesús predicaba de día y rezaba de noche, pero esto no es todo. Su vida entera fue ―como lo muestra con gran belleza el Evangelio de San Lucas― un camino hacia la cruz, una ascensión hacia Jerusalén. Jesús no ha redimido el mundo con bellas palabras, sino con su sufrimiento y con su muerte. Es ésta, su pasión, la fuente inagotable de vida por el mundo; la pasión da fuerza a su palabra”.

Y en una reciente Jornada Mundial de la Juventud, el Papa nos invitaba a preguntarnos por el sentido de nuestra vida, por la misión de nuestra existencia:

“Es cierto que hoy ya no buscamos a un rey (como hacían los Reyes Magos); pero estamos preocupados por la situación del mundo y preguntamos: ¿Dónde encuentro los criterios para mi vida, los criterios para colaborar de modo responsable en la edificación del presente y del futuro de nuestro mundo? ¿De quién puedo fiarme? ¿A quién confiarme? ¿Dónde está el que puede darme la respuesta satisfactoria a los anhelos del corazón? Plantearse dichas cuestiones significa reconocer, ante todo, que el camino no termina hasta que se ha encontrado a Aquel que tiene el poder de instaurar el Reino universal de justicia y paz, al que los hombres aspiran, aunque no lo sepan construir por sí solos. Hacerse estas preguntas significa además buscar a Alguien que ni se engaña ni puede engañar, y que por eso es capaz de ofrecer una certidumbre tan firme, que merece la pena vivir por ella y, si fuera preciso, también morir por ella. Hay que saber tomar las decisiones necesarias”.

Hay que saber tomar las decisiones necesarias. Ese puede ser el propósito de esta meditación. Santa María, Reina de los Apóstoles, haz que llenemos de luz los caminos divinos de la tierra..

“¡El Señor viene!”.

Miércoles, 25 Noviembre, 2009

Este domingo que viene es el primero de Adviento y ya ha empezado a escucharse como un grito lejano ¿No lo oyes?… ¡Párate un segundo! ¿De verdad que no lo has oído aún? No oyes su eco que empieza a resonar suave en los cinco continentes, y no me refiero a la gripe A. Es como si los mismos ángeles hicieran resonar sus trompetas. ¡Abre los oídos y escucha!:

¡Viene el Señor!

Y más adelante:

Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad, ante lo que se le viene encima al mundo (…) verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y gloria (…) levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación (…)

Estad siempre despiertos”.

¿Quién ha dicho que el Adviento es una simple preparación para la Navidad? No. El Adviento es la proclamación de una noticia:

¡El Señor viene!“.

Y este primer domingo que viene se nos empezará recordando que su venida será gloriosa y que acompañado de sus ángeles, vendrá para juzgar a vivos y muertos. Se trata pues de prepararnos para salir al encuentro de Cristo… ¿Cómo vas a presentarte ante el Señor? ¡Limpia tu alma, acude al sacramento del perdón, porque, así le recibiremos como se merece: llenándole de alegría! Hay más alegría en el Cielo por 1 pecador que se arrepiente que por 99 justos que no necesitan penitencia.

Me contaron hace poco de una señora muy sorda que estaba en una iglesia y fue a confesarse sin advertir que no estaba el sacerdote en el confesonario, cuando terminó de decir sus pecados y al no escuchar nada se levantó y al ver que no había nadie le dio la risa y se volvió, riéndose, a sentar en el banco. Entre tanto, había entrado una joven en la iglesia dudando de si confersase o no, y fue la alegría de esta señora volviendo del confesonario lo que la decidió definitivamente a hacerlo. Afortunadamente fue al día siguiente, cuando si que estaba el sacerdote.

Esto me recordó, lo cuenta el escritor Bruce Marshall, que “se había educado en un rígido puritanismo protestante y no estaba acostumbrado a ver cómo se exterioriza la alegría, cosa tan sana y tan propia de un cristiano, que tiene motivos para vivir contento. Las ceremonias religiosas a las que solía asistir estaban impregnadas de seriedad y de rigidez. Pero, hete aquí que un día se llevó la gran sorpresa. Asistió por primera vez en su vida a una Misa católica con motivo de la primera comunión de un compañero, y, en medio de la celebración, se le escapó del bolsillo una moneda. Ésta fue rodando por el pasillo central del templo, ante la mirada curiosa de los presentes y del mismo sacerdote, hasta ir a desaparecer engullida -¡también es mala suerte!- por la única rejilla de la calefacción existente a varios kilómetros a la redonda. La cosa es que al sacerdote le dio risa, y a los demás feligreses se les contagió la risa del sacerdote… El pequeño Bruce no salía de su asombro, y pensó al mismo tiempo: “ésta debe ser la Iglesia verdadera; aquí la gente se ríe”.

Pero volvamos a nuestro tema: ¿Estás preparado para entrar en su presencia? ¿Estás preparado para ser liberado, o aún sigues enamorado de tus cadenas? ¡Despierta! ¡Alza la cabeza! ¿Acaso no ves que, ante este anuncio, la mayoría de las cosas que ahora llenan tu vida importan muy poco?

¡Ven, Señor Jesús!“.

Así grita la Iglesia, a partir de hoy, unida a la Santísima Virgen y a los santos del Cielo. Es el deseo ardiente de volar hacia el Ser más Amado; es el clamor jubiloso que se escucha mientras dos amantes, Cristo y su Iglesia, corren alborozados al encuentro, dejándolo todo atrás y buscando un abrazo que ya no tendrá fin.

“Jesús es el Señor”

Miércoles, 18 Noviembre, 2009

Recientemente he descubierto el ambiente en el que nació la solemnidad de Cristo Rey, en cuanto fiesta lituúrgica. La estableció el Papa Pío XI en 1925 en respuesta a los regímenes políticos ateos y totalitarios que negaban los derechos de Dios y de la Iglesia. Al parecer, el clima del que nació la solemnidad es, por ejemplo, el de la revolución mexicana, cuando muchos cristianos afrontaron la muerte gritando hasta el último aliento: «Viva Cristo Rey». Pero si la institución de la fiesta es relativamente reciente, no así su contenido y su idea central, que es en cambio antiquísima. La frase «Cristo reina» tiene su equivalente en la profesión de fe: «Jesús es el Señor», que ocupaba un puesto central en la predicación de los apóstoles.
Llegados a este punto, me gustaría, si me lo permitís, personalizar un poco estas expresiones. La cuestión verdadera que debemos plantearnos no está fuera de nosotros. No es tanto si Cristo reina o no en el mundo, etc… Se trata más bien de si Cristo es mi Rey y reina dentro de mi: “El Reino de Dios está dentro de vosotros”. No se trata, me parece de que su realeza esté reconocida por los Estados y los gobiernos, sino si es reconocida y vivida por mi:  ¿Cristo es el Rey y Señor de mi vida? ¿Quién reina en mi, quién fija los objetivos y establece las prioridades? Para san Pablo, solo hay dos modos de vivir: o para uno mismo o para el Señor (Rm 14, 7-9). Vivir «para uno mismo» significa una existencia cerrada en sí misma, orientada sólo a la propia satisfacción y a la propia gloria, sin perspectiva alguna de trascendencia. Vivir «para el Señor», significa vivir por Él, vivir en Su presencia, vivir por y para su gloria, vivir por y para su reino. Tu eliges.
Se trata de una nueva existencia, de una nueva forma de vivir, porque la contradicción máxima que experimentamos -la que existe entre la vida y la muerte– es así superada. Ya no se trata de «vivir» o «morir», sino de vivir «para uno mismo» o de vivir «para el Señor». Tu eliges.
Pero antes de decidirte, vuelve a contemplar la escena del Evangelio de este día: Mira a este Señor-Jesús maniatado, ojeroso tras una noche sin dormir pasada entre burlas y bofetadas, rindiendo cuentas ante procurador del Imperio Romano que le interroga sin el más mínimo interés… Casi parece una burla. ¿Qué rey es éste? ¿Es éste nuestro Rey?…
Lo es… Y como los antiguos enamorados, se está declarando; te está pidiendo, de rodillas, tú amor… Porque quiere ser el Rey de tu corazón; porque quiere reinar en ti como reina en el alma el ser más querido… Sí, Señor-Jesús, se mi Rey… Te diré como signo de pleitesía, algo parecido a lo que Ella te dijo: he aquí el esclavo del Señor… Sí, se mi Señor-Jesús, se mi Rey.

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La Iglesia estos días nos urge a estar de guardia, vigilantes ante la venida gloriosa del Señor: Como el fulgor del relámpago brilla de un horizonte a otro, así será el Hijo del hombre en su día. Por eso se nos repite con insistencia que El que pretenda guardarse su vida la perderá; y el que la pierda la recobrará. Os digo esto: aquella noche estarán dos en una cama: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán.» Ellos le preguntaron: -«¿Dónde, Señor?» Él contestó: -«Donde se reúnen los buitres, allí está el cuerpo.»

Resulta fácil esa actitud piadosa, filial, cuando todo va bien. Cuando todo es grato, cuando pasa gustosa esa oración al atardecer en la capilla mientras el sol plácidamente acaricia el retablo… Pero, qué nos ocurre cuando estamos cansados, qué hacemos cuando no apetece nada, cuando nos sentimos como un saco de patatas… Entonces parece que aquellas normas de piedad en otrora tan llenas de plenitud, se nos presentan ahora secas y como un fardo pesado terminan abándonadas… Entonces es el momento de pensar en Él, y de volver para hacerle la corte, de volver a Él como un perrillo a los pies de su amo.

La oración —recuérdalo— no consiste en hacer discursos bonitos, frases grandilocuentes o que consuelen… Oración es a veces una mirada a una imagen del Señor o de su Madre; otras, una petición, con palabras; otras, el ofrecimiento de las buenas obras, de los resultados de la fidelidad… Como el soldado que está de guardia, así hemos de estar nosotros a la puerta de Dios Nuestro Señor: y eso es oración. O como se echa el perrillo, a los pies de su amo.
—No te importe decírselo: Señor, aquí me tienes como un perro fiel; o mejor, como un borriquillo, que no dará coces a quien le quiere.
(Forja 73)

Por eso tu y yo cuando estemos cansados y secos, vamos a pensar en Él, en que a Él le gusta nuestra compañía. Él te espera… Y Has caido en la cuenta de que cuando entras, se llena de alegría, y se dice: “Mira ha venido, se esta acercando, se ha sentado, me está mirando… Mira, se ha quedado dormido, es que está tan cansado…”. Si, todo a un Dios que se le cae la baba cuando ve que te le acercas sin ganas, cansado, pero fiel y leal… Su corazón late fuerte cuando te levantar a comulgar y te acercas lentamente a Él, y al fin puede entrar dentro de ti… Por eso, vamos tu y yo, aunque estemos estemos cansados y secos a pensar en Él, en la ilusión que le hace a este Enamorado Loco ver que le miramos, en lo contento que le pone nuestra proximidad, vernos fieles, leales, vigilantes… “Y cuando venga el Hijo del Hombre encontrará esta fe en la tierra”, tu y yo queremos responder : ¡Sí!, esta ansia de nuestro de Dios… Al menos nos encontrará, como un perrito soñando a sus pies.

María yo quiero estar junto a ti, porque se que un gran Amor nos espera en el Cielo: sin traiciones, sin engaños: ¡todo el amor, toda la belleza, toda la grandeza, toda la ciencia…! Y sin empalago: te saciará sin saciar (Forja, 995).

A Dios se le compra con la última moneda

Miércoles, 4 Noviembre, 2009

John H. Newman decía que

“todos se rinden ante el dinero. Miden la felicidad por la riqueza y por la riqueza miden, a su vez, la respetabilidad de la persona. Riqueza es el primer ídolo de este tiempo, notoriedad el segundo. La fama y el llamar la atención del mundo se consideran como un gran bien en sí mismos y un motivo de veneración. La notoriedad, o fama de periódico, se ha convertido en una especie de ídolo” (Discurso sobre la fe 5, Cf. CEC, n. 1723).

Las lecturas del próximo domingo, nos dicen que Dios actúa distinto: pone como ejemplo el pasaje en el que Elías se dirige a una viuda, pobre y extranjera, y le pide pan y agua. La viuda le responde con toda sinceridad: “Vive el Señor tu Dios, que no tengo ni una hogaza de pan; sólo me queda un puñado de harina en el cuenco y un poco de aceite en la alcuza. Ahora estoy recogiendo un par de leños para ir a prepararlo para mi hijo y para mí. Lo comeremos y luego moriremos”. Es una situación límite, al borde de la muerte. Se esta jugando todo a una carta.

A pesar de todo, Elías, que parece no hacerse cargo de la situación, insiste: No tengas miedo. Anda, haz lo que dices y prepáralo como has dicho, pero primero haz un panecillo para mí y tráemelo; después lo harás para ti y para tu hijo. Porque esto ha dicho el Señor: “el cuenco de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra”. La respuesta de la viuda que se debate en la miseria es impresionante: Ella fue e hizo lo que Elías le había dicho, y comieron él, ella y su casa durante días. Ni la tinaja de harina se vació, ni la vasija de aceite se agotó, como lo había dicho el Señor por medio de Elías“.

En Evangelio, San Marcos contrasta la actitud ostentosa de los escribas y fariseos, amantes del dinero, con otra mujer viuda: Jesús estaba sentado frente al gazofilacio y miraba cómo la gente echaba en él monedas de bronce (de 8.60 gr.), y bastantes ricos echaban mucho. Pero llegó una viuda pobre, que echó dos monedas pequeñas, que hacen la cuarta parte del as (1.2 gr.). Jesús llamó entonces a sus discípulos y les dijo: “En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos los que han echado en el gazofilacio, pues todos han echado algo de lo que les sobra; ella, en cambio, ha echado todo lo que tenía, todo su sustento”. Comenta San Josemaría en Camino, n. 829: «¿No has visto las lumbres de la mirada de Jesús cuando la pobre viuda deja en el templo su pequeña limosna? —Dale tú lo que puedas dar: no está el mérito en lo poco ni en lo mucho, sino en la voluntad con que lo des».

Ambas viudas entregan lo que les queda para vivir y demuestran con su actitud que a Dios se le compra con la última moneda. Ya lo decía Machado:

“Moneda que está en la mano

quizá se deba guardar;

la monedita del alma

se pierde si no se da”.

Ambas viudas, son mujeres solas, necesitadas, pobres. Y al mismo tiempo son generosas, confiadas, humildes. Se consideran esclavas del Señor, confían en Dios. Su vida está centrada en Él, no en ellas mismas. En ambos casos, Dios queda prendado de esa virtud, igual que con María: “Porque ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava”, reconocerá Ella misma. Es un error frecuente presentar la humildad como falta de decisión o de iniciativa, como timidez  o falta de carácter… Nada más lejos de la verdad. «Ser humildes –predicaba en una ocasión San Josemaría– no es ir sucios, ni abandonados; ni mostrarnos indiferentes ante todo lo que pasa a nuestro alrededor, en una continua dejación de derechos. Mucho menos es ir pregonando cosas tontas contra uno mismo. No puede haber humildad donde hay comedia e hipocresía, porque la humildad es la verdad». Y afirmaba que «lo mismo que se condimentan con sal los alimentos, para que no sean insípidos, en la vida nuestra hemos de poner siempre la humildad»… «no vayáis a hacer como esas gallinas que, apenas ponen un solo huevo, atronan cacareando por toda la casa. Hay que trabajar, hay que desempeñar la labor intelectual o manual, y siempre apostólica, con grandes intenciones y grandes deseos –que el Señor transforma en realidades– de servir a Dios y pasar inadvertidos».

Vamos a aprender de Ella, la humilde que no quiere ser sino la sierva del Señor (cf. Lc 1, 38. 48). Ella “Sabe que contribuye a la salvación del mundo, no con una obra suya, sino poniéndose plenamente a disposición de la iniciativa de Dios.” (DCE, n. 41).

Cfr. Nos puede ayudar mucho el “test de humildad”.

Jugárselo todo a una carta

Miércoles, 28 Octubre, 2009

Imagina la escena…  Las gentes están fascinadas con el Rabbí de Nazareth. Ha conseguido reunir en torno a sí a miles de seguidores. Si ahora les dice las palabras adecuadas, se los ganará para siempre. Unas frases conmovedoras, un grito que despierte aplausos, y todas esas personas lo encumbrarán al trono de Israel. Además… Un Hombre que realiza esos milagros puede hacer que el pueblo elegido se sacuda el yugo romano. El mundo se llenaría de seguidores de Cristo…

Nos hallamos en uno de esos momentos “cumbre” en los que un hombre se lo juega todo a una carta… Todo está en juego. Y comienza a decir: “Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío”… Para los que imaginamos que el cristiano es una vida cómoda, exitosa, llena de goce… ¿Te acuerdas de aquella tentación del Desierto: “Todo esto te daré si postrándote me adoras”? Vivir en cristiano, no se parece a “Operación Triunfo”. Es vivir la vida del Hijo de Dios que muere por los hombres. El cristiano nace en el Calvario, con María y Juan. Si quieres venir…“Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío”.

Mira hay personas que, al amar, se lo juegan también todo a una carta. Es la apuesta de su vida… Pablo lo hizo: “Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo”. Para Pablo, amar a Cristo se convierte en una “idea fija”, en una meta que monopoliza su existencia y que no admite ser compartida. Se tira todo por la borda, se queman los puentes detrás de uno y se prende fuego a las naves porque ya no se quiere volver atrás… Creo que no hay otra forma digna de amar a Jesús. Amor con amor se paga. “Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada?”. La oveja perdida es la obsesión del pastor. Yo soy, también, la “obsesión” de Jesús. Me ama como si no existiera en el mundo nadie más; como si no tuviera otra cosa que hacer en la eternidad sino amarme. Me ama hasta el punto de jugárselo todo por mí…

También aquella mujer lo entendió muy bien… Ella también se lo jugo todo a una carta… “Ha echado todo lo que tenía para vivir”… La mujer viuda del Evangelio, entrega como ofrenda cuanto tiene para vivir; sabe que con ello, lo arriesga absolutamente todo, y que, si Dios no responde a su gesto generoso, quizá morirá… Pero de igual modo se acerca al tesoro del Templo y deposita allí su vida.

Por eso, al contemplar a estas locuras de Amor, que se lo han jugado todo a una carta, me han recordado a María :¡Mujer tenías que ser!“… Mujer tenías que ser porque así desea Cristo ser amado por su Esposa, la Iglesia. Mujer tenías que ser porque así condujo la “bendita entre las mujeres”, que con un “sí” se lanzó derechita hasta la Cruz sin guardarse nada para Ella… ¡Mujer! ¡Enséñame a conducir, porque aún soy demasiado “prudente”!

Más ve un ciego que un tonto

Miércoles, 21 Octubre, 2009

El próximo domingo es el 30 del tiempo ordinario. Y aparece en el Evangelio un personaje al que tengo especial aprecio: el ciego Bartimeo. Llevo quince días estudiando un poco de inglés y el título del post,  obedece a una traducción del ingles nada fácil (para mi nivel): the blind see farther than the foolish. Pero vamos a la escena:

Bartimeo era ciego… y lo sabía. Hoy día, la mayoría de la gente pasa por la vida como por un túnel, ciegos… y se pierden lo mejor de la Vida sin (querer) saberlo.

Bartimeo era pobre… y pedía limosna. Su única “riqueza” era un sucio manto, pero ¿a dónde iba él con aquello? Hoy día, hay quienes no tienen más que eso, un manto de bienes materiales para cubrirse, quizás su manto sea de oro, pero está apolillado, y se creen ricos; piensan que no necesitan de nadie y juzgan una humillación pedir ayuda…

Bartimeo escuchó ruidos…, y sospechó que quizá Jesús pasaba. Hoy, muchos al escuchar las pisadas del Maestro, sólo parecen prestar atención al ruido de los pasos cansados de los hombres.

Bartimeo preguntó, pidió ayuda para reconocer al Maestro. Hoy, muchos miran a otro lado cuando es Cristo que pasa por su lado… “No saben, no preguntan”

Bartimeo gritó con la fuerza de un mendigo la ayuda de Cristo… Hoy, cuántos que se cansaron muy pronto de rezar, se quejan de que Dios no les oye.

“Muchos le regañaban para que se callara. Pero él gritaba más.” Esto sigue ocurriendo hoy también; cuantos prefieren callar por vergüenza o respeto humano.

Alguien le dijo a Bartimeo: “Animo, levántate, que te llama.” ¡Que suerte…! Bartimeo, lleno de alegría, tiró el manto y corrió hacia Jesús. Por no querer “soltar el manto” cuantos se han quedado ciegos al borde del camino, dejando pasar de largo a Jesús de Nazareth.

“¿Qué quieres que haga por ti?” “Maestro, que pueda ver.” Hoy hay ciegos que, cuando se ponen delante de Dios, se olvidan de lo esencial: “¡Que pueda ver!”

Nosotros, hoy le pediremos a María, que no seamos tan tontos, quiero decir tan ciegos, como para dejar que Jesús pase de largo por nuestras vidas: Señora ¡que vea!

Se egoista: ¡haz el bien!

Miércoles, 14 Octubre, 2009

Incomprensible, más aún, fascinante, resulta el Amor de Dios.

Que, habiendo creado al hombre, lo llene de toda clase de bienes y lo eleve hasta hacerle un “hijo”, se escapa de toda lógica.

Que, tras haberle el hombre negado y olvidado, Dios, que no nos necesita para nada, recuerde su alianza, y mantenga su mano tendida hacia él, se escapa de todo que podríamos esperar.

Que, habiendo rechazado mil veces el hombre esa mano tendida, el propio Creador decida hacerse uno de nosotros, locura de Amor que se escapa de toda imaginación.

Pero, el que todo un Dios se acerque al ser humano de rodillas y se ponga a lavarle los pies… Ya no puedo más, desisto, lo siento, no entiendo nada…  ¡Asombro…! Si quieres, casi mejor: ¡rubor, vergüenza…! Todo un Dios quiere hacerse mi siervo, cargar con mis pecados y pagar -con muerte de Cruz- mi deuda…

Señor voy a aprender de ti… Yo, soy egoísta ¿sabes? Pero voy a aprender de ti: voy a hacer el bien como lo haces tu… Me acercaré a los demás “por debajo” como haces tu conmigo… Me postraré ante ellos y lavaré sus pies, me ofreceré por ellos ¿seré capaz?… Y, si lo hago bien, Tú te manifestarás a ellos como te has manifestado a mi como un abrazo de asombro y alegría.

¡Yo lo he cumplido, yo lo he cumplido!

Miércoles, 7 Octubre, 2009

Hoy es la fiesta de la Virgen del Rosario ¡Ay, el Rosario, el Rosario…! En cierta ocasión un joven universitario pedía a san Josemaría un consejo sobre como convencer a un amigo suyo de que rezara el Rosario. Le explicaba que su amigo decía que era una oración muy pesada y que como no le gustaba, y que para qué lo iba a rezar. La respuesta del san Josemaría parece que fue muy breve y precisa: “Dile que a Ella sí que le gusta”. Y que el Rosario sea “grato al corazón de la Santísima Virgen”, como decía León XIII, no puede sorprender a nadie. ¿Conocéis a alguna mujer que no le guste un piropo o un alago? ¿Sabéis de alguna joven que no le guste recibir de regalo una flor bonita? Haced si quereis la encuesta y comprobareis que no.

Es cierto que se trata de una oración que requiere una atención especialísima, pues se trata de rezar sabiendo qué se dice, quien lo dice, y a quien se lo decimos. Y claro, esto no es fácil. Me contaron hace tiempo la anécdota que puede ayudarnos a perseverar en esta oración a pesar de que nos distraigamos. No lo olvides el pero rosario fue aquel que no rezamos. Vamos a la anécdota.

Se cuenta de un duque medieval regalaba un atún el día de su cumpleaños a cada una de las personas de su ducado que venía a felicitarle. En un día de éstos, se presentó a las puertas del palacio un labriego, que fue interrogado por los guardas.

-¿A qué vienes?, preguntó el vigilante.

-A por el atún, respondió el labriego.

-¡Hombre, no!. Has de decir que vienes a ver al Duque. Tú vienes a felicitarle, y él te dará un atún, le explicó el guarda, ante el temor a que la simplicidad de aldeano provocara una situación embarazosa.

Se quedó pensativo nuestro hombre un buen rato, y al fin sentenció:

-Bueno. A por el atún y a ver al Duque.

Además una avemaría puede salvarnos. A veces basta un recuerdo de la infancia:
“Yo sí he visto milagros -escribía un sacerdote, Jesús Urteaga-. Fíate de mí. Hazme caso. Reza a la Virgen”. Y cuenta uno de los milagros que ha visto.
“Me encontraba en Madrid. Acababa de ordenarme sacerdote. Tenía 26 años. Era un atardecer a la hora de terminar el trabajo.
- Te llaman por teléfono -me dijeron.
Una voz masculina, un tanto nerviosa , explicaba la razón de la llamada:
- Mire, tengo un amigo que se encuentra muy mal, puede morir en cualquier instante. Me pide que le llame a usted porque quiere confesarse. (…) No, no le conoce, pero quiere que sea usted. (Nunca he entendido por qué.) ¿Puede venir a esta casa?
- Salgo para allá en este momento.
– (Me interrumpió) Mire, el asunto no es tan fácil. Me explicaré. El piso está lleno de familiares y amigos que no dejarán que un sacerdote católico entre en esta casa; pero yo me encargo de facilitar su entrada.

- Pues allá voy, amigo. Dentro de un cuarto de hora estoy ahí: lo que tarde el autobús.

El piso era muy grande, lo estoy viendo ahora que describo la situación. La puerta entreabierta, un pasillo largo. Entro decidido después de encomendarme a la Virgen para que facilitase el encuentro. Rumores de voces en las habitaciones contiguas; algunas personas que me miran con gesto de asombro. Con un breve saludo me dirijo a la habitación que estimo puede ser la del enfermo. Efectivamente lo es.
- ¿Le han dejado entrar?
- He visto caras de susto y gestos feos; pero ha podido más la Virgen nuestra Señora.
- Gracias. No tengo mucho tiempo (el enfermo jadeaba). Quiero confesarme.
- (Cogí mi crucifijo, lo besé.). Comienza, Dios te escucha…
Yo muy emocionado. El hombre (era un personaje importante), también. Apliqué mis oídos a sus labios porque apenas se le oía. La confesión… larga, muy larga.
- …Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
Al terminar -pocos minutos le quedaban de vida- quiso explicarme “su” milagro. Lo hizo fatigosamente. Se lo agradecí con toda el alma.
- He estado cuarenta años ausente de la Iglesia. Y usted se preguntará por qué he llamado a un sacerdote.
Él lo decía todo. Yo callaba.
- Mi madre, al morir, nos reunió a los hermanos… Mirad. No os dejo nada. Nada tengo. Pero cumplid este testamento que os doy: Rezad todas las noches tres avemarías. Y yo (¡cómo lloraba el pobre!), yo lo he cumplido, ¿sabe?, lo he cumplido.
Se moría mientras cantaba. A mí me pareció todo aquello un cántico: “Yo lo he cumplido, yo lo he cumplido”.

Por cansado que esté, Santa María, por burradas que haya hecho, por lejos que me encuentre de Dios, jamás dejaré de rezarte las tres Avemarías, por la noche, de rodillas. Porque si un día o una temporada estoy siendo mal hijo tuyo, Tu. Tu no te olvides de mi…  Ángel de mi guarda, encárgate tú de recordármelo, gracias.

Comienza un nuevo curso

Miércoles, 30 Septiembre, 2009

amanecer

amanecer

Cuando una gran empresa convoca una junta general ordinaria de accionistas, tras el anuncio de la convocatoria se suceden largas reuniones, planificaciones cuidadosas y minuciosas previsiones de cuanto en ella ha de comunicarse y solucionarse. Todo se calcula, de modo que nada se escape de las manos de quienes controlan el negocio. Es necesario “ir por delante”.

Hay, afortunadamente, otro tipo de anuncios… Me refiero a los marcados un estallido de gozo, de alarma, o de tristeza… Me refiero a esos acontecimientos en los que siempre vamos por detrás, cautivados por la alegría, el pánico, o el dolor ¿Os imagináis que, después de obtener la victoria en una final de fútbol, ante cien mil espectadores, el equipo vencedor celebrara una junta ordinaria para decidir cómo celebrarlo y, eligieran a cinco portavoces que levantaran los brazos, mientras los demás permaneces quietos? ¡Pues no! Lo que surge es lanzarse al campo y gritar a pleno pulmón, si mientras se da la vuelta al campo con la copa en la mano. Lo mismo ocurre ante un incendio que se declara, ante la muerte de un ser querido y cercano, de nada valen planificaciones o técnicas: el hombre va por detrás, cautivado por la situación, y obediente a la urgencia del momento.

Pues bien,de algún modo podemos pensar que nos encontramos en uno de esos momentos ¡Comienza un nuevo curso! La vuelta de las vacaciones, la casa “patas arriba”, el reencuentro con el trabajo y con los compañeros… Todo ello marca como un nuevo ciclo, una especie de “volver a empezar”, y este es el nervio de esta confidencia: ese “volver a empezar” es, en definitiva, algo profundamente cristiano.

La vida de quienes amamos a Dios debe ser eso, un permanente “volver a empezar”: renovados el empeño y el entusiasmo, con nuevos propósitos de entregarnos a Dios y a los demás, comencemos este nuevo curso con un optimismo perseverante.

Cuando era niño me encantaba estrenar los libros nuevos, y aquellos cuadernos inmaculados. Pues, aprovechemos el momento, situémonos ante él como si se tratara de un folio en blanco: todo está por escribir, y aún podemos hacerlo con muy buena letra. Estamos de estreno.

Estrenemos ojos. Miremos a nuestros compañeros de trabajo, a nuestros vecinos y familiares, de un modo nuevo. También ellos nacen hoy para nosotros; recibámosles a todos con una sonrisa, con la sonrisa de Cristo.

Estrenemos corazón. Estrenaremos el Corazón de Cristo: roto, pero nuevo.

Estrenemos horario. Reserva, este curso, un tiempo para Dios: un ratito diario, con hora fija, para la oración; otro ratito para la Ssma. Virgen, en el que rezaremos el ángelus, o el rosario, o, mejor, ambos; algunos días de la semana quizá puedas acercarte a participar de la Eucaristía; otros puedes hacer una breve visita a Jesús sacramentado… Ojos, corazón, horario… Estamos de estreno. Ilusiónate con este nuevo comienzo, con este folio en blanco: aún puedes hacer muy buena letra. Que Dios te bendiga, y que tengas un feliz nuevo curso.

Mi Buen Pastor y mi escapulario del Carmen

Miércoles, 15 Julio, 2009

Muchos habéis empezado o empezareis pronto el tiempo de vacaciones estival. Por eso al leer las lecturas de la misa del próximo XVI Domingo del T.O., me ha dado alegría ver la reacción que tuvo el Señor, cuando los apóstoles regresan cansados de su misión. Nos dice san Marcos que como había tanta gente, hasta el punto de que no encontraban tiempo ni para comer, el Señor, viendo el cansancio de los suyos, les dice: Venid vosotros a un sitio tranquilo a descansar un poco. Hasta aquí, todo muy bien. Salen en busca de un lugar sosegado donde poder reposar con calma… Pero cuando llegan allí, al desembarcar, les estaban esperando un montón de gente que quieren seguir escuchando la Palabra del Maestro. Y ¿qué hace entonces Jesús? Pues nada, como siempre…, tuvo lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma¡Pero Señor, ¿es que nunca piensas en ti?! ¿Es que, no estabas tú más cansado que los propios apóstoles, antes de que llegaran?

Me quejo Señor, pero ¡qué bonito es esto! No deja de maravillarme considerar como todo un Dios se ha fijado en mi, que andaba como oveja sin Pastor, y me ha mirado con ese mirar cariñoso, tan suyo, y se ha agachado hasta hacerse mi Buen Pastor, y levantarme del lodazal en el que me había metido. ¿Seré yo capaz de imitarle y, olvidándome de mí, mirar así a los demás?

¡Madre de la Misericordia! Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos y ayúdanos a mirar así al mundo, con Amor, con la luminaria de la fe y del Amor.

Y como mañana es la Virgen del Carmen, también deciros que cuando era adolescente  y me impusieron el escapulario de la Virgen del Carmen, me explicaron que llevaba aparejada la promesa de que quien lo llevaba puesto no moriría en pecado mortal. Años después, el alguna charla, me pareció entender que la Virgen María saca del Purgatorio, el sábado después de su muerte, a quien muere llevando el escapulario.

Llevo desde entonces el escapulario, y no quiero quitarmelo por nada del mundo. Se me ha roto, lo he perdido, he tenido alguna temporada sin llevarlo puesto, pero siempre termino con él en mi cuello, y ahora mismo lo toco con alegría.

Que ¿por qué? Pues, porque es como si llevara una dulce cadena con el nombre de mi Dueña. Es mi signo de mi pertenencia a María. Cada vez que lo siento en mi pecho, me siento feliz de haber entregado mi vida en mi sacerdocio. Si, pienso que puedo decir que: “Soy de María”. Eso significa mi escapulario del Carmen.

Que, ¿por qué? Pues, porque mi escapulario del Carmen está gritando silenciosamente a la Madre de Dios, que no quiero pisar el Purgatorio por nada del mundo. Cuantas más vueltas le doy, menos me apetece… ¡Vamos! que, después de pasarme la vida deseando con toda mi alma ver al Señor y darle un abrazo… Luego me muero y me dicen: “¡Anda, majo, siéntate aquí, y a esperar tranquilito, que solo te quedan un par de siglos!”… Pues ¡No! ¡Que a mí no me quita el escapulario del Carmen ni la Guardia Civil!

“Ellos salieron a predicar”

Miércoles, 8 Julio, 2009

Llevo varios días planificando las actividades del próximo curso y al leer las lecturas del próximo Domingo 15º del T.O. me ha dado alegría ver al Señor organizando, planificando y poniendo en marcha la misión evangelizadora de su Iglesia. Me encanta verle enviando a aquellos primeros y cómo: Ellos salieron a predicar“… Salen a predicar porque Jesús les ha enviado… Y les envía con autoridad para transformar la historia y para poner en marcha una nueva forma de existencia liberadora: “les dio autoridad sobre los espíritus impuros”. Y por eso:

Tú y yo, tenemos derecho a hablar, siendo, como somos, portadores de la luz en un mundo que está a oscuras.

La gran noticia de la resurrección de Cristo merece ser predicada hasta llenar la Historia y la Tierra toda. Como la luz cuando amanece, debe entrar en las casas, abrirse paso por los rincones, iluminar las esquinas más oscuras de nuestro mundo… Debe escucharse en las empresas, en los supermercados, en los bares, en las playas y piscinas… Proclamarse a través de la radio, de la televisión, de Internet, de los periódicos… Sobre todo, debe resonar, en voz muy baja, en las confidencias de los amigos que de verdad se quieren.

Tú y yo, no nos conformamos con preservar nuestra fe en medio de un mundo descristianizado.

Eso sería como llevar una vela tapadita entre las manos, por miedo a que el viento la apague; triste panorama para un cristiano, si todo lo que tenemos que decir a la hora de la muerte es “he conservado la llama de la fe“. ¡No! ¡Nosotros tenemos que incendiar la tierra! Hay que descubrir esas llamas, sin miedo a que se apaguen, hasta que el mundo vuelva a brillar de gracia.

Tú y yo, no nos dejamos engañar por ese falso “derecho a la intimidad”, y queremos, así, ¡queremos!, “meternos en la vida de los demás”

Acaso, no le recomiendas a alguien un medicamento o un remedio casero cuando le oyes toser. ¿Acaso, estás invadiendo su intimidad por eso? ¡No!… Pues, ¡cuánto más si hablas de Cristo a tantas personas que conoces, y que viven una vida vacía porque no tienen a Dios! No te engañes, eso no es entrometerte en su vida: es realizar el más valioso acto de caridad que puedes hacer; es dar a Cristo, proclamar a Cristo, confesar a Cristo. ¡No vaya a ser que, detrás de tanto respeto lo que se oculte sea el miedo a que se rían de uno! Sé valiente y coherente con tu fe cristiana.

Tú y yo, no vamos a ser cómplices, porque no queremos que muchas almas pueden estar perdiéndose a nuestro alrededor, por nuestros silencios

O es que no te importan… Mira que una palabra tuya podría traerles la salvación… Ojalá que la alegría de tu alma en gracia, como la alegría de la Santísima Virgen, sea tan inmensa, tan incontrolable, que no te permita callar.

Buscando citas para la meditación, me he encontrado con este elenco, y me han parecido tan interesantes que te las copio: Read the rest of this entry »

Sobre la “incompetencia” de Dios

Miércoles, 1 Julio, 2009

Iba a titular el post “sobre la impotencia de Dios”, pero me ha parecido un poco fuerte y he buscado algún sinónimo. Y de entre los que encontré (ineficacia, nulidad, incapacidad, ineptitud, etc), este de “incompetencia” me ha parecido el más delicado.

Si, con frecuencia hablamos mucho del poder de Dios y de su Omnipotencia, de su sabiduría y Omnisciencia, etc… Pero las lecturas de la misa del próximo 14º domingo del T.O. nos hablan de tres misiones difíciles y que al menos aparentemente terminan en fracaso. La misión de Ezequiel fue difícil por su dureza y rebeldía del pueblo escogido (1 Lect.). Los paisanos de Jesús se niegan a recibirlo como profeta y enviado de Dios (Ev.). Pablo experimenta toda clase de dificultades en su predicación (2 Lect.).

No pudo hacer allí ningún milagro

Pero es que, y aunque nos resulte extraño, la Omnipotencia de Dios, es “Impotente”. Y esto es la que la hace asombrosa y quizás el atributo más maravilloso de Dios. Me explicaré.

Si Jesús no pudo hacer en Nazareth ningún milagro fue por la falta de fe de sus paisanos. Efectivamente, este Dios Omnipotente pide permiso primero para hacer sus maravillas y si no queremos, Él se queda en silencio esperando, arrodillado ante la puerta cerrada de nuestro corazón. No se tú, pero yo si fuera todopoderoso pienso que no me arriesgaría a fracasar… Sin embargo, ¡Dios sí! Y esto, precisamente esto, es lo que más me encanta de la “Impotencia” de Dios, su impresionante “Omnipotencia Arrodillada”.

Pero también es cierto que al actuar Dios así, hace que mi vida tenga una trascendencia tremenda. Es como si me dijera: mira, Yo ya he hecho mi parte; ahora, te toca a ti… Tu propia salvación está en tus manos… ¡Parece increíble, pero es verdad!: todo un Dios me ha perdonado, a mí; me ha salvado, a mí; me ha abierto las puertas del cielo, a mí… Y después… Después se ha arrodillado ante mi, un miserable, y me ha dicho con un respeto exquisito: ¿Me darás permiso para ser “omnipotente” contigo? … Y ahí sigue a la espera de mi respuesta.

Un momento de la historia dependió de la respuesta de una Virgen a una pregunta parecida…. Que yo sepa responder como Ella: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.