¡Qué bello podría ser el mundo!

Viernes, 11 julio, 2008

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos.

Un viernes más continuamos con este formidable relato, en el que vamos descubriendo la personalidad de Víctor Frankl y las vicisitudes que tuvieron que pasar en los campos de concentración. Esta vez el relato nos ofrece dos datos interesantes: el fenómeno de la “hibernación de los sentimientos” y el sentido de la belleza que nunca parece perderse.

Como todos los de su barracón, Viktor recogió sus pertenencias: cuchara y escudilla para la sopa, unos trozos de tela sucia y poco más. Cuando salía hacia el patio, oyó al viejo vigilante del barracón:

-¡Ojalá hagáis un viaje rápido hacia un campo que, a diferencia de Auschwitz, no tenga «chime­nea»!

-Espero que se cumpla su deseo -respondió Viktor-, y que no nos vea usted subir al cielo en forma de humo.

A la espera de conocer su destino, los presos for­maron en el patio durante dos horas angustiosas y frías. Entonces el oficial de las SS dio la orden: -¡En marcha!

Salieron del campamento. El alivio fue grande cuando vieron que los llevaban a la estación ferro­viaria. Allí los esperaba un tren de mercancías, tan destartalado como ellos mismos. Y les ordenaron su­bir a los vagones.

Viktor y Kurt comprendieron que iban a ser tras­ladados a otro campo de concentración. Pero el tren tardó más de siete horas en tomar la salida, y des­pués su marcha era lenta. Además, en el vagón no había sitio para que todos se sentasen en el suelo al mismo tiempo, y la mayoría tenía que permanecer de pie todo el viaje, mientras que unos pocos se turnaban para ponerse de cuclillas en la estrecha franja empapada de orines. Entre ellos estaba Kurt Pichler, por quien Viktor había intercedido a causa de su ca­dera dislocada.

Había unos cincuenta prisioneros en aquel vagón; y dos mil, en todo el tren. En ese vagón, que sólo te­nía dos pequeñas mirillas enrejadas, quienes no esta­ban agachados en el suelo se agolpaban en torno a los ventanucos. Con él transcurso del tiempo, Viktor se dio cuenta de que se dirigían a Austria.

-¿Austria? -uno de los prisioneros más vetera­nos se sobresaltó-. ¡En Austria está el campo de Mauthausen! ¡Tiene horno, crematorios y cámaras de gas!

-¡Mierda! -exclamó Kurt- Estamos más muer­tos que vivos.

-Si vamos a ese campo -comentó Viktor-, me temo que sólo nos quedan una o dos semanas de vida. Leer el resto de esta entrada »

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos

Este capítulo ha sido una gozada releerlo una vez más. Resulta emocionante este profundo dialogo entre Viktor y Kurt Pichler, y me parece que el modo en el que está escrito es brillante. En la foto vemos al Dr. Frankl escalando.

Viktor jamás pudo recordar lo que gritaba aquel capataz. Sólo trató de evitar, en la medida de lo posi­ble, que las patadas le golpeasen en la cabeza. Cuan­do aquella bestia se retiró, satisfecha de su heroici­dad, David se acercó a Viktor:

-¿Cómo estás? -le preguntó-. ¿Te encuentras bien?

-Arrepentido de hablar demasiado -suspiró al fin Viktor mientras se incorporaba-. Y, por lo de­más, lleno de cardenales: ¡Qué tío más bruto!

-Por eso ha ascendido a capataz: aquí los únicos que «hacen carrera» son los canallas como él.

-¿Sabes lo que te digo, David? -ironizó Vik­tor-. Pues que a ese tipo le conocí yo cuando no era más que Presidente del Banco más grande de Viena

-¡Venga ya! -se quejó el cirujano.

-Veo que necesitas desarrollar un poco más tu sentido del humor -comentó Viktor. Después se fijó detenidamente en el rostro de su amigo y añadió-: ¡David, estás pálido y amarillo!

-Cada día me encuentro peor -reconoció el ci­rujano-. Esas picaduras de insectos y el insomnio que padezco están acabando conmigo.

Viktor introdujo su mano en el bolsillo de su cha­queta y sacó el trozo de pan que había guardado.

-¡Vamos, cómetelo! -le ordenó con voz autori­taria-. Si no he podido conseguirte medicinas ni somníferos, al menos acepta un poco de pan negro.

-De ninguna manera -se resistió David-. Yo me he comido ya mi parte.

-¡Me importa un comino! -gritó Viktor.

David se alarmó: Leer el resto de esta entrada »

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos

Con cierto retraso, pero lo prometido es deuda, aquí está el 10 capítulo del libro. Esta vez vemos como el doctor Víctor Frankl descubre el fenómeno de distanciamiento, aunque en mi opinión lo más interesante es cómo aborda el sentido espiritual de la existencia y el sentido de la dignidad humana.

Aquellos tres pitidos de silbato arrancaron sin piedad a Viktor de su intranquilo sueño. Empezó a luchar contra los zapatos mojados, hasta que consi­guió introducir en ellos sus pies hinchados, llenos de heridas y, por supuesto, desnudos.

Dos literas más adelante vio a otro prisionero llo­rar como un niño porque, al haberse encogido sus zapatos excesivamente, tendría que prescindir de ellos e ir descalzo por los caminos nevados. Viktor sacó de su bolsillo un trozo de pan duro, que había guardado la noche anterior, y lo masticó lentamente.

-¡Ojalá puedas andar! -le gritaron David y Kurt, en medio del bullicio.

-Creo que, por lo menos, andaré dos o tres me­tros -bromeó Viktor-. Como veis, mi teoría de re­servar una parte del pan, en vez de comérselo todo de golpe, funciona bastante bien.

El kommando inició su andadura hacia el lugar de trabajo. Viktor iba en las primeras filas, sufriendo a cada paso, bajo la mirada del kapo Herzog, que pre­firió no hablar con él para no distraerlo y evitarle así pisadas en falso.

En esa marcha sobre los campos nevados, el psi­quiatra decidió no pensar en sus pies. Se obligó a di­rigir su atención a otras cosas. De pronto se imaginó de pie, en la plataforma de un salón de conferencias bien iluminado y caliente. Frente a él tenía un audi­torio atento, sentado en cómodas butacas. ¡Estaba dando una conferencia sobre la psicología de un campo de concentración!

Vistos desde la óptica distante de la ciencia, todos sus dolores parecían alejarse. Sí, este método tenía éxito: conseguía distanciarse de los sufrimientos y observarlos como si ya hubieran transcurrido. Tanto él mismo como sus dolores se convirtieron en objeto de un estudio psicocientífico muy interesante.

-¿Qué tal anda, doctor Frankl? -le preguntó el kapo.

-¿Sabe lo que le digo, señor Herzog? -respon­dió Viktor, sonriendo-. Creo que la idea de volver a escribir ese libro mío, El médico y el alma, va to­mando cada vez más cuerpo. ¡Estoy decidido a ha­cerlo aunque sea en papeles de fumar!

-¿Pero de verdad existe el alma, doctor? -bromeó Herzog- ¡Yo sólo veo por aquí cuerpos maltrechos!

-Eso me recuerda una vez que, mientras yo daba una conferencia, me preguntó un joven obrero si le podía mostrar el alma, por ejemplo, analizando el cerebro a través del microscopio, pues él no creía que existiera.

-¿Y qué le respondió usted?

-Pues le pregunté por qué le interesaba la prue­ba del microscopio, y su contestación fue: «Porque yo deseo buscar la verdad». Entonces le pregunté: «¿Y su afán de conocer la verdad qué es: algo físico o algo espiritual?» Tuvo que admitir que era algo es­piritual.

-En una palabra, lo que buscaba y no encontra­ba resulta que lo tenía ya desde el principio de su búsqueda.

-¡Exacto, señor Herzog! -exclamó Viktor.

-¿Pero no habíamos quedado el otro día en que el hombre es sólo un conjunto de músculos en ac­ción? -bromeó otra vez el kapo, viendo que Viktor superaba sus dificultades para andar.

-Algo parecido sostenía un profesor mío de en­señanza secundaria. En su clase de historia natural iba de un lado para otro y decía: «La vida humana es sólo un proceso de combustión, de oxidación». Yo, sin pedir la palabra, le pregunté: «¿Qué sentido tiene entonces la vida?»

-Supongo que el profesor se quedaría estupefacto.

-Salió del paso como pudo -respondió Vik­tor-, incapaz de contestar a mi pregunta. Por cierto, este hecho de mi edad juvenil lo contaré cuando re­escriba el libro El médico y el alma.

-¡Bien dicho, doctor! -le animó el kapo. Leer el resto de esta entrada »

Cuando se ama de verdad

Lunes, 12 mayo, 2008

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael del los Ríos

Este diálogo entre Víctor Frankl y el kapo Herzog es una joya acerca de la psicología del amor humano y de la debilidad que en torno a él puede surgir en el hombre. Pienso que vale la pena leerlo entero.

Por fin el kapo Herzog se decidió a entrar en la cueva. Viktor y David ya no lo volvieron a ver en toda la jornada de trabajo. Sólo cuando, al atardecer, iban de camino hacia el campo de concentración, Viktor pudo preguntarle al kapo:

-¿Qué tal le ha ido en la cueva, señor Herzog?

-Bueno, la verdad es que tenía mucho frío -se excusó el kapo- y se estaba muy bien allí dentro, tomando café caliente con otros kapos. Además, pa­decí claustrofobia sólo en mi niñez: ahora ha dismi­nuido mucho.

Viktor guardó silencio. No sólo estaba agotado, también le dolían terriblemente sus pies congelados y llenos de heridas. Por eso, le importaba un bledo que el kapo le hubiese contado una verdad a medias. Gustav Herzog comprendió su situación y trató de mostrarse amable.

-Debo contarle más cosas sobre mí, doctor Frankl, cosas realmente íntimas -recalcó-. Pero antes me gustaría saber por qué no huyó usted a Estados Uni­dos cuando los alemanes invadieron Austria. Tengo entendido que le dieron un visado en Viena y que, si usted se hubiese marchado a América, allí podría ha­ber difundido sus ideas sobre logoterapia. ¿Me equi­voco?

-No. Efectivamente, conseguí un visado para emigrar a los Estados Unidos: con ese documento era libre para marcharme y defender mi teoría. Mis padres estaban contentísimos y compartían conmigo la alegría de verme a salvo en el extranjero.

-¿Entonces por qué no lo usó?

-Porque sabía que, al poco tiempo de marchar­me, mis padres serían deportados a cualquier campo de concentración. La duda me corroía. Un día soñé que había mucha gente en una formación, cientos de enfermos esperando ser llevados a las cámaras de gas, y yo sentí una compasión tan profunda que de­cidí unirme a ellos. Creí que debía hacer algo, traba­jando como psiquiatra en un campo de concentración, lo cual sería algo con un sentido incomparablemente mayor que difundir mi teoría en Manhattan.

-Pero seguro que mantenía usted sus dudas -in­sistió Herzog-. A1 fin y al cabo, también podía tra­bajar como psiquiatra en América.

-Cierto: yo no acababa de decidirme -recono­ció Viktor-. Hasta que una tarde cogí mi portafo­lios, me cubrí con él la estrella amarilla que, como judío, debía llevar obligatoriamente en mi abrigo, y entré en la catedral de Viena. Había un concierto de órgano y me dije: «Siéntate, escucha la música y piensa. Estás muy cansado, Viktor, contempla y me­dita lejos del ajetreo de Viena». Entonces me pre­gunté a mí mismo qué hacer. ¿Debía sacrificar a mi familia por el bien de la causa a la que había dedica­do mi vida o debía sacrificar esta causa por el bien de mis padres?

-Una pregunta interesante -comentó Herzog-. Y dramática.

-Sí, y cuando uno se enfrenta a esta clase de preguntas -afirmó Viktor-, se desea ansiosamente una respuesta del cielo.

-¿Y cómo le habló el cielo? -dijo el kapo con ironía.

-No se lo va a creer, señor Herzog. Abandoné la catedral y volví a casa. Y allí, sobre el aparato de ra­dio, había un pedazo de mármol. Les pregunté a mis padres qué era eso. Mi padre era un judío piadoso y había recogido ese mármol en la sinagoga más gran­de de Viena. Esa piedra formaba parte de las tablas que contenían los Diez Mandamientos. En el már­mol estaba grabada una letra hebrea de color dorado. Mi padre me comentó que la letra aparecía solamen­te en el cuarto Mandamiento, que dice: «Honra a tu padre y a tu madre». Después de eso decidí quedar­me en Austria y dejar que caducara mi visado.

-Y entonces conoció usted a Tilly, se casaron y luego vino para todos el campo de concentración de Theresienstadt -Herzog se mostró ahora menos iró­nico-. ¿Cómo murió su padre?

-Estaba desnutrido y sucumbió a una neumonía -respondió Viktor-. Cuando fui a visitarle a su ba­rracón el último día, comprobé que había aparecido un edema pulmonar terminal: su respiración era cada vez más entrecortada. Decidí gastar la última ampolla de morfina que había conseguido de contrabando en el campo. Esperé a que la inyección hiciera efecto y, cuando le vi aliviado, le hice unas pocas pregun­tas: «¿Estás mejor, papá?»… «Sí, Viktor»… «¿Puedo hacer algo más por ti?»… «No, Viktor. Gracias»… «¿Hay algo que quieras decirme o preguntarme?»… «Nada, gracias». Esperé a que se durmiera y retorné a mi barracón sin ignorar que a la mañana siguiente ya no iba a encontrarle vivo”.

-¿Y su esposa? -preguntó el kapo-. ¿Sabe us­ted algo de ella?

-Quiso venir conmigo a Auschwitz -respondió escuetamente Viktor-. Si está viva, se encontrará padeciendo en un campo de mujeres.

-Debe de amarle a usted mucho cuando ha que­rido acompañarle aquí.

-Sí, mucho. Y yo también a ella.

Gustav Herzog entendió que era el momento de sincerarse con el psiquiatra vienés. Para que no le oyera nadie, se acercó más a Viktor. Leer el resto de esta entrada »

Su majestad, el kapo

Domingo, 27 abril, 2008

“Cuando el mundo gira enamorado”

de Rafael de los Ríos.
Este capítulo nos permitirá conocer mejor la biografía y evolución intelectual de Viktor Frankl.

A las cinco de la madrugada todo estaba oscuro. Viktor iba en la primera fila del kommando, camino del trabajo. A su lado marchaba el kapo, ostentando orgullo. Era un hombre de aspecto fortachón, alto y moreno. Tenía la nariz aplastada como un boxeador y una cicatriz rencorosa le surcaba parte de la meji­lla derecha.

-Lo sé todo sobre usted -el kapo comenzó a hablar con un aire de superioridad-. Sé, por ejem­plo, que nació un 26 de marzo de 1905 en Viena, y que es hijo del matrimonio Frankl: Gabriel y Elsa. Su padre era funcionario del ministro de Asuntos Sociales. ¿Cierto?

-Cierto -asintió Viktor.

-Los Frankl tuvieron tres hijos -prosiguió el kapo-. Primero nació Walter, luego usted y, final­mente, Stella. ¿Verdad?

-Veo que posee buena información sobre mí -respondió Viktor, sin querer mostrar sorpresa. -Más de lo que cree -sonrió el kapo-. Por ejemplo, sé que su padre murió en el campo de con­centración de Theresienstadt, Checoslovaquia; que su madre y su hermano permanecen en ese mismo campo y que su esposa, Tilly, fue trasladada a nuschwitz con usted. Y sé también, por ejemplo, que a los 19 años ingresó usted en la Facultad de Medicina de la Universidad de Viena. Y que conoció personalmente al fundador del psicoanálisis, Sig­mund Freud, y que publicó artículos en la revista que él dirigía. ¿Me equivoco?

-No, no se equivoca.

-Lo que no sé es cómo conoció a Sigmund Freud… Leer el resto de esta entrada »

Libertad interior

Martes, 1 abril, 2008

Cuando he llegado del curso de retiro y he comprobado que el modo automático de incorporación de post de wordpress ha funcionado me ha dado alegría, ya se que no se trata de una alegría muy pascual, pero es alegría. Habréis visto que llevo varios post dedicados a Viktor Frankl, Es una de esas personas que dejan huella cuando se las conoce un poco mejor. Supo mantener una razón de amor en su vida y no albergo el rencor o el odio que hubiera sido muy fácil dejar entrar en el corazón cuando sus padres, un hermano y su mujer son asesinados en las cámaras de gas, cuando él mismo es torturado y sometido a innumerables humillaciones. Durante meses, nunca pudo estar seguro de si al momento siguiente lo llevarían también a la cámara de gas, o se quedaría de nuevo entre los que se salvaban, o sea, entre aquellos que luego tenían que llevar los cuerpos los hornos crematorios, y retirar después sus cenizas. Fue testigo y víctima de un gigantesco desprecio por el hombre, de todo un cúmulo de vejaciones y hechos repugnantes que, por su dimensión y su crueldad, constituyeron una triste y dura novedad en la historia.

Pues bien, cuenta Alfonso Aguiló este detalle en mi opinión bastante importante para entenderle: “Frankl era un psiquiatra joven, formado en la tradición de la escuela freudiana, y fiel a sus principios, era determinista de convicción. Pensaba que aquello que nos sucede de niños marca nuestro carácter y nuestra personalidad, de tal manera que nuestro modo de entender las cosas y de reaccionar ante ellas queda ya esencialmente fijado para el futuro, sin que podamos hacer mucho por cambiarlo.

Sin embargo, aquel día, estando desnudo y solo en una pequeña habitación, Frankl empezó a tomar conciencia de lo que denominó la libertad última, un reducto de su libertad que jamás podrían quitarle. Sus vigilantes podían controlar todo en torno a él. Podían hacer lo que quisieran con su cuerpo. Podían incluso quitarle la vida. Pero su identidad básica quedaría siempre a salvo, sólo a merced de él mismo.

Comprendió entonces con una nueva luz que él era un ser autoconsciente, capaz de observar su propia vida, capaz de decidir en qué modo podía afectarle todo aquello. Entre lo que estaba sucediendo y lo que él hiciera, entre los estímulos y su respuesta, estaba por medio su libertad, su poder para cambiar esa respuesta.

Fruto de estos pensamientos, Frankl se esforzó por ejercitar esa parcela suya de libertad interior que —aunque estuviera sometida a tantas tensiones— era decisivo mantener intacta. Sus carceleros tenían una mayor libertad exterior, tenían más opciones entre las que elegir. Pero él podía tener más libertad interior, más poder interno para decidir acertadamente entre las pocas opciones que se presentaban a su elección.

Gracias a esa actitud mental, Frankl encontró fuerzas para permanecer fiel a sí mismo. Y se convirtió así en un ejemplo para quienes le rodeaban, incluso para algunos de los guardias. Ayudó a otros a encontrar sentido a su sufrimiento. Les alentó para que mantuvieran su dignidad de hombres dentro de aquella terrible vida de los campos de exterminio. Su vida, precisamente en aquel momento de tanto desprecio por el hombre, de un desprecio como quizá nunca lo había habido, allí, en medio de unas circunstancias en que una vida humana no valía nada, precisamente entonces, la vida de este hombre se hizo especialmente valiosa.

En las más degradantes circunstancias imaginables, Frankl comprendió con mayor hondura un principio fundamental de la naturaleza humana: entre el estímulo y la respuesta, el ser humano tiene la libertad interior de elegir. Una libertad que nos singulariza como seres humanos. Ni siquiera los animales más desarrollados tienen ese recurso: están programados por el instinto o el adiestramiento, y no pueden dirigir en nada ese programa, ni cambiarlo; es más, ni siquiera tienen conciencia de que exista. En cambio, los hombres, sean cuales fueren las circunstancias en que vivamos, podemos formular nuestros propios programas, proponernos proyectos en la vida y alcanzarlos.”

Cfr. www.interrogantes.net

Aquellos ojos claros

Viernes, 28 marzo, 2008

“Cuando el mundo gira enamorado”
de Rafael de los Ríos.
Seguimos con este texto que es continuación del de ayer.
Enseguida se oyeron fuertes voces de mando. Ha­bía aparecido un oficial de las SS para asistir a la re­vista. Y todos tuvieron que agruparse según diversos criterios: prisioneros de más de cuarenta años, de menos de cuarenta, trabajadores del metal, mecáni­cos o enfermos con hernias.

Arrancado de los demás médicos, Viktor fue lle­vado a otro barracón, donde los formaron en línea, con vistas a una nueva selección. El psiquiatra esta­ba triste: se encontraba ahora no sólo muy lejos de sus colegas, sino también entre extranjeros que ha­blaban lenguas ininteligibles.

El oficial de las SS que realizaba la selección se acercó a él.

-¿Edad? -preguntó. -Treinta y nueve años. -¿Profesión? Fiel a su norma de decir sólo y únicamente lo que le preguntaban, sin especificar más datos, Viktor res­pondió: -Médico. -¿Especialidad? -insistió el oficial esta vez. El psiquiatra tardó en responder. Miró fijamente a los ojos azules del hombre de las SS. Y ambas mira­das -azul contra negro- se entrecruzaron fríamente.

Pero no. Esa mirada no se cruzó entre dos perso­nas. El cerebro que controlaba aquellos ojos azules y aquellas manos cuidadas parecía decir: «Esta cosa despreciable que hay ante mí pertenece, como todos los judíos y gitanos, a un género al que es obviamen­te indicado suprimir».

Ojos azules contra ojos negros. Y pelo rubio res­plandeciente contra pelo moreno rapado. Y manos limpias contra manos mugrientas. Y uniforme impe­cable de las SS contra uniforme rayado andrajoso. «Esto que tengo ante mí -parecían repetir las pupi­las azuladas- merece sin duda la cámara de gas. Pero antes conviene considerar si, en este caso con­creto, posee algún elemento utilizable».

-¡Especialidad! -el oficial de las SS se impa­cientó.

-Especialista en Psiquiatría y Neurología -res­pondió al fin Viktor.

Entonces el oficial ordenó que otros prisioneros veteranos, con mando en Auschwitz, lo enviasen a un grupo más reducido, quizás porque no compren­día del todo qué significaba la segunda palabra: «Neurología».

De nuevo le condujeron a otro barracón y le agru­paron de forma diferente, junto a personas que ha­blaban todas las lenguas de Europa. «¿Qué ocurrirá después?», era la pregunta que golpeaba el cerebro de Viktor. Y lo que sucedió después, y durante todo el día, fue el mismo proceso. Selecciones y más se­lecciones.

Por fin, pasó la última selección y se encontró de nuevo en el grupo de médicos con quienes había pernoctado en el primer barracón. Fue plenamente consciente de que en las horas transcurridas se había cruzado con un destino distinto en cada ocasión.

“Cuando el mundo gira enamorado”
de Rafael de los Ríos.
Olvide poner la referencia y acabo de ponerla. Seguimos transcribiendo esta obra. Para quienes no conozcáis quien es Victor Frankl aquí os pongo esta referencia: Dr. Viktor Emil Frankl 1905-1997. “Su vida y obra desarrollada en el contexto de la Segunda Guerra Mundial son una secuencia de hechos encadenados en un testimonio incuestionable del poder desafiante del espíritu humano. Gracias a las múltiples influencias que había recibido de otras corrientes teóricas, creó un nuevo enfoque terapéutico llamado “Logoterapia” (psicoterapia centrada en la búsqueda de sentido) que se constituye por tres principios básicos: “La voluntad de sentido”, “El sentido de la vida” y “La libertad de volición”. Para Frankl el ser humano es libre, posee la capacidad de elegir… “El ser humano se halla sometido a ciertas condiciones biológicas, psicológicas y sociales, pero dependerá de cada persona, el dejarse determinar por las circunstancias o enfrentarse a ellas”. Cfr. Casa de Viktor Frankl

A la espera de ser trasladado a otro campo más pequeño, dentro de Auschwitz, Viktor se encontró esa primera noche en un barracón con otros 1.100 prisioneros más. Observó que había sido construido para albergar a unas doscientas personas como má­ximo. Por eso no había espacio suficiente ni para sentarse en cuclillas en el suelo de tierra.

Estaba lleno de literas, eso sí, pero de tres pisos. Naturalmente, ni siquiera había colchonetas: sólo ta­blones. Y en cada litera, que medía 2 x 2,5 metros, tenían que dormir nueve hombres, directamente so­bre los tablones. Y para cada nueve había dos man­tas. Viktor se subió a una litera, con otros ocho mé­dicos que conocía.

Claro está que sólo podían tenderse de costado, apretujados y amontonados unos contra otros, lo que tenía ciertas ventajas a causa del frío que penetraba hasta los huesos. Aunque les prohibieron subir los zapatos a las literas, algunos los utilizaron como al­mohadas, pese a estar cubiertos de lodo. Si no, la ca­beza tendría que descansar sobre el pliegue de un brazo casi dislocado.

Con las suelas de un colega oprimiendo su meji­lla, Viktor oyó una voz procedente de la litera de abajo: -¡Yo no puedo soportar esto! ¡Mierda! ¡Mañana me lanzaré contra la cerca de alambre electrificada! -¡Silencio! -gritó el guarda del barracón, un pri­sionero veterano «ascendido» a ese cargo-. ¡A quien hable le ahorcaré, yo personalmente, de la viga central del campo! Ya os he dicho que las leyes de aquí me dan derecho a hacerlo. ¿No habéis visto que hay tres cadáveres colgando? ¡Silencio, cerdos de mierda!

«¿Lanzarse contra la alambrada?, se preguntó también Viktor. Llevo todo el día escuchando este interrogante en boca de otros -pensó-. Es la frase que se utiliza aquí para describir el método de suici­dio más popular. Pero yo no lo haré: mis conviccio­nes personales y todo lo que amo no me lo permiten. Es más: prometo solemnemente que no me lanzaré contra la alambrada».

Movió ligeramente la cabeza y sus labios choca­ron contra la suela del zapato que tenía junto a su cara. «Tampoco tiene objeto suicidarse -pensó-, ya que las expectativas de vida en Auschwitz, apli­cando el cálculo de probabilidades, son muy esca­sas: ninguno de nosotros tiene la seguridad de en­contrarse en el pequeño porcentaje de hombres que sobreviven a todas las selecciones. Incluso las cáma­ras de gas acabarán por perder todo su horror; al fin y al cabo, ahorran el acto de suicidarse». Aun con estos pensamientos, a Viktor le llegó el sueño y le hizo olvidarse de todo durante breves horas.

A la mañana siguiente, sin que hubieran tocado diana, un preso que había llegado a Auschwitz unas semanas antes, se coló en el barracón oscuro, aun­que estaba estrictamente prohibido, y se acercó a la litera de Viktor. Quería tranquilizar a los colegas re­cién llegados. Él era también médico.

-¡No tengáis miedo! ¡No temáis las selecciones! -dijo el visitante con una actitud despreocupada-. El jefe sanitario de las SS, el doctor Müller, tiene cierta debilidad por los médicos.

-Eso es falso -replicó Viktor-. Un prisionero de unos sesenta años, médico de un bloque de barra­cones, me ha dicho que su hijo acaba de morir en la cámara de gas, porque el tal doctor Müller ha rehu­sado fríamente ayudarle, pese a que podía liberarle.

El visitante sonrió con un tinte de buen humor. Quería en verdad calmar a sus colegas.

-Ya hablaremos de ese complejo asunto, doctor Frankl. Leer el resto de esta entrada »

El juego de un dedo

Sábado, 15 marzo, 2008

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos.

Viktor Frankl, poco antes de la Navidad de 1945, llamó a tres secretarias y les pidió que tomaran nota de algo importante que quería expresar. Y así, durante nueve días “entre lágrimas”, fue dictando el testimonio de sus experiencias en los campos de concentración. Consideró entonces que sería conveniente transmitir “anónimamente” y en forma de libro todo lo vivido. Los destinatarios de este libro serían todas las personas que habían sufrido y los que estaban sufriendo las consecuencias de la guerra. También tuvo como propósito el dar su propia versión desmitificada de esa realidad. Muchas personas en ese entonces, como ahora, buscan el sentido de su propia vida. Este testimonio fue gestado para todas ellas. Así que en 1946, publica su libro: “Ein Psychologe erlebt das Konzentrationslager” (Un psicólogo en el Campo de Concentración). En ediciones posteriores a este libro se le conoce como: “El hombre en busca de sentido” (cfr. casa Viktor Frankl). Seguimos ahora con nuestro relato:

Después hicieron desfilar a los hombres, uno a uno, ante el oficial de las SS, Joseph Mengele, uno de los más terribles asesinos del holocausto judío. Mengele decidía el destino de cada prisionero con un pequeño movimiento de su dedo: a la derecha o a la izquierda.

Aunque ellos lo ignoraban, se trataba de algo si­niestro: la primera selección. Y esa palabra significa­ba: o bien trabajo en los campos de concentración, o bien muerte directa en cámaras de gas. Bastaba el juego de un dedo.

Viktor tuvo el valor de esconder su macuto deba­jo del abrigo, aun a sabiendas de que, si Mengele lo­calizaba el saco, corría un inmenso peligro. Por otra parte, oculto en el forro de su chaqueta, llevaba algo que él consideraba muy valioso: el original de su primer libro sobre Psicología -casi doscientos fo­lios-; lo acababa de escribir y deseaba publicarlo a toda costa, porque era como su hijo espiritual. De­trás de Viktor, el doctor Plautus le susurró: -Me han dicho que, si el oficial de las SS nos envía a la derecha, eso significa trabajos forzados; y que, si nos manda a la izquierda, entonces es para un campo de enfermos e incapaces de trabajar. ¡Pero, por Dios, doctor Frankl, se está escorando hacia un lado por culpa de ese dichoso macuto! ¡Debe usted caminar más recto!

Llegó el turno a Viktor. Ahora tenía a Mengele frente a frente. Era un hombre alto y delgado y lle­vaba un uniforme impecable. Se sujetaba el codo de­recho con la mano izquierda, en actitud de aparente descuido. Viktor hizo un esfuerzo para permanecer erguido: el macuto pesaba como un saco de plomo.

Mengele le miró de arriba abajo. Pareció dudar. Después puso sus dos manos sobre los hombros del psiquiatra, le hizo girar hacia el lado izquierdo, es decir, hacia las cámaras de gas. Viktor no vio a nin­gún amigo suyo en esa dirección. Entonces se giró él mismo hacia la derecha, donde reconoció a unos cuantos colegas, y comenzó a caminar en esa direc­ción, sin que el asombrado Mengele opusiera resis­tencia. Nunca supo por qué se le ocurrió esa idea ni de dónde sacó el coraje. Cuando se detuvo, pudo mi­rar hacia atrás: y vio que el doctor Plautus había sido enviado hacia el lado izquierdo.

Acabada la primera selección, los guardias de las SS, que iban cargados con pesados fusiles, orde­naron a los presos recorrer a paso ligero el camino desde la estación hasta la alambrada electrificada. Enseguida entraron en uno de los campos de con­centración y los metieron en un pabellón para desin­fectarlos a todos, como si se tratase de animales su­cios y mugrientos. Leer el resto de esta entrada »

¡Permanece viva!

Sábado, 8 marzo, 2008

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Rios.

Supongo que a más de uno le resultará discutible la actitud de Viktor Frank con respecto a su mujer, pero debemos situarnos en la sensación de angustia del momento, en los nervios rotos por la tensión, en la ansiedad de la pérdida por la separación… De todas formas ¿qué te parece a ti la reacción del doctor?

Octubre de 1944. En plena Guerra Mundial, uno de los famosos trenes de guerra alemanes transporta­ba a más de 1.500 personas: hombres, mujeres y ni­ños. Todos judíos. Varios días antes habían salido de un campo de concentración llamado Theresienstadt, situado al oeste de Checoslovaquia. No sabían con certeza si su destino sería otro campo de concentra­ción aún más terrible: Auschwitz.

Los vagones iban tan abarrotados que todos de­bían tenderse encima de sus maletas, y sólo quedaba libre la parte superior de las ventanillas. Amanecía. Con su mirada de águila, Viktor Frankl echó un vis­tazo rápido. Pronto supo el psiquiatra judío que el tren había abandonado ya Checoslovaquia y se aden­traba en Polonia. “Dejamos atrás los pinares negros -dijo, vol­viéndose a su esposa- y hay nieve alta. Al sur que­dan los Cárpatos. Nos encontramos en Silesia, Tilly”. A pesar de la sed, el frío y la falta de sueño, Tilly tuvo fuerzas para sugerir: “Y Auschwitz está en Silesia, ¿no?”

Tilly no esperaba realmente una respuesta. Todo el mundo sabía que el campo de concentración de Auschwitz estaba en Silesia, al sur de Polonia. Con sus ojos grandes y claros miró con intensidad a Vik­tor. Después le sonrió abiertamente, dejando traslu­cir una sonrisa blanca y generosa. Era una mujer que impresionaba por su belleza.

-Me temo que sí -contestó Viktor-. Aunque, considerando que pasado mañana cumples veinti­cuatro años, preferiría pensar que no. En cualquier caso, deberías haber permanecido en el campo de Theresienstadt. No sé cómo has podido presentarte voluntaria para venir conmigo. Theresienstadt era incluso soportable para algunos prisioneros…

-No olvides que el único prisionero a quien yo realmente debo vigilar eres tú -bromeó Tilly-. Ten en cuenta que eres un prestigioso psiquiatra, y que eso siempre atrae miradas furtivas. ¿Verdad, doctor Plautus?

-¡No se preocupen ustedes! -el doctor Plautus, siempre dispuesto al optimismo, se encaramó a la parte alta de la misma ventanilla-. Sé que volvere­mos a casa. Y celebraremos la fiesta del retorno con un vino nuevo. Yo les invitaré a todos. No en vano soy médico de beneficencia en Viena y todos me lla­man el ángel de Ottakring.

-Me encantaría compartir su optimismo -con­fesó el psiquiatra.

-Volveremos a Viena -insistió el doctor Plau­tus-. Y entonces me enseñará usted a hipnotizar a mis pacientes, estimado colega: así les ayudaré a re­lajarse.

-¡Bien dicho, mi querido ángel! -sonrió Tilly. A la luz grisácea del amanecer, el silbato de la lo­comotora emitió un sonido misterioso. Se acercaban a la estación principal. Y, de pronto, un grito se esca­pó de sus angustiadas gargantas: -¡Hay una señal, Auschwitz! Leer el resto de esta entrada »

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