Viktor Frankl: una breve cronología

Viernes, 19 septiembre, 2008

Hoy es viernes, día que las últimas semanas hemos dedicado a Viktor Frankl, a partir del libro “Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos. Y como ya hemos terminado quería dejar un último post dedicado a los datos biográficos de este gran personaje de la psiquiatría del siglo XX. Los datos que ofrezco me han causado una gran impresión al ir anotándolos, pues se advierte que estamos ante un gran hombre, no solo por su categoría intelectual sino también espiritual.

CRONOLOGÍA DE LA VIDA DE VIKTOR FANKL

  • 1905, 26 de marzo: Nacimiento de Viktor Emil Frankl en Viena, precedido por Walter y seguido por Stella.

    Walter, Viktor y Stella, asistieron a la escuela primaria Volksschule, muy cerca de su casa en Czerninplatz.

  • 1914, 28 de julio: Empieza la Primera Guerra Mundial.
  • 1916, Primeros estudios y bachillerato, en el mismo lu­gar donde años atrás había estudiado Sigmund Freud, fundador del psicoanálisis (Primera Es­cuela Vienesa de Psicología).
  • 1918, 11 de noviembre: Termina la Primera Guerra Mun­dial.
  • 1921. A los 16 años de edad, comienza la correspon­dencia con Sigmund Freud.
  • 1924. A los 19 años, ingresa en la Facultad de Medicina de la Universidad de Viena. Preocupado por los estragos de la Primera Guerra Mundial entre los jóvenes, escribe una columna permanente en el diario vienés Der Tag.
  • Primer encuentro personal con Sigmund Freud.
  • 1925. Organiza los Centros de Consulta para los jóve­nes afectados por la Primera Guerra Mundial (sui­cidios, fuga de hogares, depresiones).
  • 1926. Ingresa en el círculo de colaboradores de Alfred Adler (Segunda Escuela Vienesa de Psicología).
  • Se retira del círculo de Alfred Adler.
  • 1930. Se gradúa como médico en la Universidad de Viena. Pasa a trabajar en la sección de Neurolo­gía del Hospital de Viena.
  • 1938. Anexión de Austria por Alemania: comienza el hostigamiento a la comunidad judía de Viena. Publica un artículo en una prestigiosa revista ale­mana -la Zentralblatt Für Psychotherapie-, donde difunde los conceptos de logoterapia y análisis existencial.
  • 1939. El día 1 de septiembre comienza la Segunda Gue­rra Mundial.
  • Es nombrado Director de la clínica neurológica dependiente del Rothschild Hospital de Viena, institución patrocinada por la comunidad judía.
  • 1941. Matrimonio con Tilly Grosser el 17 de diciembre.

    El 17 de diciembre de 1941, Viktor contrae matrimonio con Tilly Grosser.

  • 1942, Septiembre. Deportado a los campos de concen­tración, donde mueren su esposa, sus padres y su hermano Walter.
  • 1945, 27 de abril. Las tropas aliadas liberan el campo de concentración de Dachau. E1 mes de julio es nombrado Jefe del Departamento de Neuropsi­quiatría de la Policlínica de Viena.
  • En noviembre reconstruye el manuscrito perdido en Auschwitz y conservado después en dos docenas de pedaci­tos de papel con notas taquigráficas: Aerztliche Seelsorge (literalmente, El médico y el pastor de almas; traducido al castellano como Psicoanálisis y existencialismo).

    En el mes de noviembre de 1945, el Dr. Frankl reconstruye totalmente su manuscrito de lo que fuera su primer libro y que le fue arrebatado al entrar al campo de concentración.

  • Navidad: Contrata a tres secretarias y dicta, entre lágrimas -durante nueve días-, el libro Ein Psycholog Erlebt Das Konzentrationlager (lite­ralmente, Un psicólogo en un campo de concen­tración; traducido al castellano como El hombre en busca de sentido).
  • 1946. Escribe su única obra de teatro, Sincronización en Birkenwald.

    En julio 18 de 1947, se casó por segunda vez con Elly (Eleonore Schwindt).

  • 1947, 18 de julio: Contrae matrimonio con Eleonor Ka­tharina Schwindt (Elly).
  • 1949. Doctorado en Filosofía (su segundo doctorado), con su tesis La presencia ignorada de Dios.
  • 1950. Concurre como representante de Austria al I Con­greso Mundial de Psiquiatría, donde sus dos con­ferencias provocan una excelente sensación.
  • 1952. Radio Austria le contrata para hablar sobre psico­logía durante dos años.
  • 1955. Es nombrado profesor principal de la Universi­dad de Viena.
  • Desde entonces es llamado por más de 200 uni­versidades de todo el mundo.
  • 1957. Viaja a Estados Unidos por primera vez. A partir de entonces, es relator en 19 universidades ameri­canas y en 75 asociaciones científicas.
  • 1959. El filósofo Martin Heidegger pide entrevistarse con Frankl.
  • 1961. Es nombrado profesor de la Universidad de Har­vard.
  • Viktor con una nieta

    Viktor con una de sus dos nietas

    A partir de 1970, es nombrado Doctor Honoris Causa en 29 universidades de todo el mundo.

  • 1976. Ciudadano de Honor en Austin, Texas.
  • 1981. Se le otorga la más alta condecoración austríaca (Orden del Mérito).
  • 1982. Presidente de la Sociedad Médica de Psicoterapia de Viena.
  • 1986. Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Mendoza (Ar­gentina).
  • 1997, 2 de septiembre: Fallece Viktor Emil Frankl en Viena, a los 92 años de edad.
Disfrutaba el alpinismo. En Austria forma parte de la cadena de los Alpes Orientales.

Disfrutaba el alpinismo. En Austria forma parte de la cadena de los Alpes Orientales.

Textualmente: “Lo que me brinda la mayor felicidad es haber finalizado una publicación; despachar un manuscrito; haber escalado en las montañas una hermosa pared; y pasar la noche en una agradable habitación en el refugio con una persona querida”.
BIBLIOGRAFÍA:

  • “El hombre en busca de sentido”. Viktor E. Frankl. Editorial Herder.
  • “Viktor E. Frankl” Comunicación y Resistencia. Dr. Guillermo Pareja. Editorial Premiá.
  • “Lo que no está escrito en mis libros”. Viktor E. Frankl. Editorial San Pablo.
  • “When life calls out to us”. Haddon Klingberg Jr. Editorial Doubleday.

Los derechos de las imágenes que aquí se presentan, pertenecen al Instituto Viktor Frankl de Viena. www.viktorfrankl.org

El mundo gira enamorado

Viernes, 12 septiembre, 2008

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Rios

Terminamos este precioso libro, ha sido una gozada releerlo y una vez más el final me ha vuelto a emocionar, y no soy sensiblero. espero que os haya ayudado como a mí la lectura por capítulos de esta magnífica obra.

Con torpes pasos, Viktor y los demás prisioneros se arrastraron hasta las puertas del campo, la mañana de su liberación. Por primera vez, el psiquiatra vio los alrededores del campo con ojos de hombre libre. «¡Somos libres! ¡Somos libres!», se repetía una y otra vez sin creérselo del todo. Había soñado tantas veces con la liberación, que ahora, ni aun caminando a su antojo, se atrevía a admitir que era verdad.

Llegó a los prados cubiertos de flores. Las con­templó, y se dio cuenta de que las flores estaban allí, en esos maravillosos bosques de Baviera. Pero no despertaban en Viktor ningún sentimiento. Los re­cién liberados no pertenecían todavía a este mundo.

A1 atardecer, cuando los ex-prisioneros volvieron al barracón, el doctor Racz preguntó:

-Dime, doctor Bela, ¿has estado hoy contento?

-Para ser franco, no.

«Literalmente hablando, pensó Viktor, hemos per­dido la capacidad de alegrarnos y tenemos que vol­ver a adquirirla, poco a poco. Los prisioneros nos encontramos algo así como despersonalizados. Todo nos parece irreal, improbable, como un sueño. No podemos creer que sea verdad. ¡Cuántas veces, en los años pasados, nos han engañado los sueños!»

Pasaron muchos días antes de que se le soltara a Viktor la lengua… y también algo que llevaba dentro de sí mismo, un sentimiento que necesitaba abrirse camino entre las extrañas cadenas que lo habían cons­treñido.

Y ese sentimiento salió a relucir un día, poco des­pués de su liberación, mientras el psiquiatra vienés paseaba por la campiña florida, camino del pueblo más próximo. Veía las alondras elevarse hasta el cie­lo azul; incluso podía oír sus gozosos cantos. Había tierra y había cielo; había júbilo en las alondras y había libertad en el espacio abierto. Viktor se detuvo, miró a su alrededor, después al cielo y, finalmente, cayó de rodillas. En aquel momento sabía muy poco de él mismo y del mundo. Sólo tenía en la cabeza una frase, siempre la misma:

«Desde mi estrecha prisión llamé a mi Señor, y Él me respondió desde el espacio en libertad». Nunca supo cuánto tiempo permaneció allí, de rodillas, repitiendo una y otra vez su jaculatoria. Pero siempre supo que aquel día, en aquel momento, su vida empezó de nuevo”. Leer el resto de esta entrada »

La tensión del último día

Viernes, 5 septiembre, 2008

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos

Siguen los intentos de escapada y la tensión de los últimos momentos de la guerra en el campo de concentración. Un capítulo que se lee casi sin pestañear.

Ante la inminente llegada de los aliados, los ofi­ciales alemanes dieron la orden de evacuar comple­tamente el campo al atardecer del día 27 de abril de 1945. Todos, también enfermos y médicos, deberían ser transportados aquella tarde, porque los soldados de las SS iban a prender fuego al campo por la no­che, para no dejar muchas huellas de su barbarie.

-Son casi las cinco de la tarde -comentó el doctor Bela, con cierto nerviosismo- y ni siquiera han aparecido los camiones para transportar a los enfermos. Esto no me gusta.

-Mira lo que está ocurriendo -apuntó Viktor-. Acaban de cerrar las puertas del campo. Y ahora los soldados vigilan estrechamente toda la alambrada. Está claro que quieren evitar cualquier intento de fuga.

-Parece que van a quemar el campo, con noso­tros dentro. Debemos escaparnos cuanto antes, Viktor.

-De acuerdo.

Ambos médicos volvieron a los barracones donde yacían los enfermos, postrados con fiebre y deliran­do. Tres de ellos habían fallecido. Mientras hablaba con el doctor Racz, el oficial alemán ordenó a Viktor y Bela enterrarlos al otro lado de la alambrada.

-Esta es nuestra ocasión -susurró el médico húngaro-. A medida que vamos llevando los cadá­veres, podemos ir sacando nuestras mochilas.

-Con el primer cadáver cogeremos tu mochila -dijo Viktor-. Con el segundo, la mía.

-Y cuando traslademos el tercero -concluyó Bela-, nos fugamos.

Los dos primeros viajes detrás de la alambrada se realizaron según las previsiones. Cuando regresaron, el doctor Bela dijo:

-Espérame aquí, Viktor. Voy a buscar algunos trozos de pan para los días que pasemos en los bos­ques de Baviera.

-Bien. Te espero.

Pasaron varios interminables minutos. El doctor Bela no regresaba y Viktor comenzó a impacientar­se. Finalmente, el médico húngaro volvió con una bolsa de alimentos.

-¿Ocurre algo? -preguntó Viktor-. Has tarda­do mucho. Leer el resto de esta entrada »

Primer intento de fuga

Viernes, 29 agosto, 2008

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos

En este capítulo es también una continuación directa del anterior. En él se relata muy bien esa lucha interior entre las dos tendencias básicas que determinan nuestro destino: el egoísmo o la entrega. La última escena de la joven moribunda emociona.

-¿Cuándo sería la fuga? -preguntó Viktor.

-Dentro de dos semanas -respondió el doctor Bela-. Tres, a lo sumo. No hay por qué precipitarse. Cuanto más cerca de aquí esté el Ejército de Patton, mejor para nosotros.

-De acuerdo -aceptó Viktor-. Cuenta conmigo.

El plan se llevó a cabo según lo había previsto la minuciosidad húngara del doctor Bela. Los dos mé­dicos abandonaron juntos el campo de concentración sin ninguna dificultad. El problema surgió cuando el miembro de la resistencia, a través de otra persona, les comunicó que no podía proporcionarles unifor­mes hasta dentro de cinco horas; de alimentos, el emisario ni siquiera habló.

-Bien, volvemos a nuestro campo -dijo Bela-, y regresamos aquí transcurridas cinco horas.

-Antes podemos echar un vistazo a ese barracón vacío de la sección de mujeres -comentó Viktor-. No se ve a nadie.

-Las pobres han sido enviadas a otro campo -asintió el médico húngaro-. A lo mejor encontra­mos algo de interés.

El barracón estaba muy desordenado. Por todas partes había desperdicios, pajas, alimentos descom­puestos o loza rota. Algunos tazones se conservaban en buen estado, pero no los cogieron: sabían que no sólo se habían utilizado para comer, sino también como palanganas y orinales. Encontraron dos mo­chilas que les podrían ser útiles.

Volvieron corriendo a su campo. Cuando Viktor entró en el barracón, reunió todas sus posesiones: un cuenco, dos guantes rotos -heredados de un pa­ciente muerto de tifus- y unos cuantos recortes de papel con signos taquigráficos, en los que había em­pezado a reconstruir El médico y el alma. Pasó una visita rápida a todos sus pacientes, que yacían sobre tablones a ambos lados del barracón.

Aunque tenía que guardar en secreto la intención de escapar, Viktor mostraba cierto nerviosismo, y uno de aquellos pacientes -nacido en Viena-, cuya vida se empeñaba inútilmente en salvar, le preguntó:

-¿Te vas tú también?

-¿Adónde voy a ir? -negó Viktor.

Pero, tras la ronda de enfermos, volvió junto a su compatriota. Observó su mirada desesperada y sintió como una especie de acusación. De pronto, decidió mandar en su destino:

-No me voy a ir de ninguna de las maneras -le aseguró.

Salió corriendo del barracón y llegó hasta donde se encontraba el doctor Bela.

-Lo siento de veras -le dijo Viktor-, pero no voy a irme contigo.

-¿Por qué has cambiado de opinión? -inquirió el médico húngaro.

-Porque no puedo, ni debo, abandonar a mis en­fermos. Prefiero quedarme con mis pacientes. Es todo, querido Bela.

-¡Pero ni siquiera sabes lo que te traerán los próximos días!

-Lo que Dios quiera -contestó Viktor sonrien­do abiertamente-. Por eso me ha desaparecido el remordimiento que tenía de dejarlos ahí tirados, de­lirando sobre los tablones podridos. Y por eso tengo ahora una gran paz interior, como nunca antes he sentido.

-Pues ¿sabes lo que te digo? -el doctor Bela también sonrió-. Que nos quedamos los dos. Leer el resto de esta entrada »

Viktor Frankl

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos

La verdad es que aunque sigo impresionado por el doloroso accidente en Barajas (una oración), voy a seguir con el tema habitual de estos viernes últimos. Este capítulo es continuación directa del anterior pero añade una serie de casos de la experiencia clínica del Dr. Frankl que permite comprender mejor el alcance de la logoterapia. Como el mismo dice se trata de llegar al alma de las personas y acertar con la palabra precisa, capaz de iluminar su horizonte vital, y volver a dar sentido a la lucha de la vida. Al final del capítulo surge la posibilidad de la fuga…

Evidentemente, Henri estaba decidido a suicidar­se. No tenía esposa, ni hijos: nadie le esperaba en la vida. Tampoco creía en Dios. A pesar de su aspecto de «musulmán», mantenía la cabeza fría y miraba a Viktor de manera tan desafiante, que el psiquiatra decidió romper la tensión.

-Muy bien, Henri. Aunque no la comparto, res­petaré tu decisión. Más aún, este estúpido curandero os invita a todos a tomar un té con limón.

-¿Cómo? -se sorprendió el doctor Bela-. No me habías dicho que tienes nada menos que té con limón.

Viktor introdujo su mano en el cajón más bajo de la mesa y sacó una botella con cuatro vasos.

En un abrir y cerrar de ojos, los cuatro prisione­ros se bebieron el contenido de la botella. Viktor ob­servó que Henri estaba un poco más calmado.

-El té con limón es una de mis bebidas preferi­das para subir al monte -comentó el psiquiatra-. Soy guía de alta montaña: pertenecí a un club alpino en Austria.

-¿Quién, tú? -se burló el doctor Bela-. ¿Pre­tendes hacernos creer eso, si basta mirar tu aspecto delgaducho para que des pena?

-Si no me hubiesen quitado mi carnet en Ausch­witz, podría demostrároslo…

-¿Ha estado usted en el Himalaya o tal vez en los Andes? -preguntó Henri, esbozando una leve sonrisa.

-La verdad es que todavía no -se excusó el psiquiatra, con la expectativa de que Henri mostrase alguna de sus cartas ocultas.

-Pues yo sí -afirmó tajantemente el francés.

-Henri es geógrafo -explicó Kandel, el ruma­no-, y ha subido todos los picos más altos de la tierra.

-Casi todos -matizó Henri. Luego, añadió-: Pero no tiene ningún mérito. Simplemente, necesita­ba escribir una serie de libros de geografía.

El psiquiatra vienés atisbó un rayo de luz en los ojos del prisionero, y trató de que esa luz iluminase alguna senda entre la selva oscura.

-Si has escrito ya la colección entera -sonrió Viktor-, me temo que estoy en desventaja.

-No se preocupe -dijo Henri-. Me faltan al­gunos volúmenes: todavía puede alcanzarme.

-¿Cómo? ¿Te falta completar la serie? -el psi­quiatra se internaba en la selva con una luz ahora más potente- ¡Entonces tienes que vivir, Henri: has publicado una serie de libros, sin haber llegado a la cima de tu obra!

-¿Qué más da que una colección esté incomple­ta? -preguntó Henri.

-No da igual en absoluto -replicó Viktor-. En la vida te espera una obra que tú y sólo tú puedes concluir. Lo mismo que a mí: la vida me exige que reescriba el original de un libro que perdí en Ausch­witz. Para tu obra científica, tu vida es tan insustitui­ble como la vida de Kandel para su hija. ¿Me entien­des ahora?

El francés se quedó mirando, pensativo, el fondo de su vaso. Después, apuró el té con limón y dijo con tranquilidad:

-Le entiendo, doctor Frankl; créame que le en­tiendo. La verdad, nunca había pensado en ello: en mi vida hay una misión que sólo yo puedo realizar. Gracias. De verdad, gracias.

Cuando Henri y Kandel abandonaron el barracón, el doctor Bela recogió la botella y los vasos. Leer el resto de esta entrada »

Dr. Viktor Frankl

Dr. Viktor Frankl

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos

Ya estamos terminando este gran libro y hoy el doctor Frankl nos da una lección maravillosa de esperanza humana. Una vez más se nos recuerda su clasificación de los tres niveles de valores y lo que él denominaba “psicohigiene” en vistas a evitar los suicidios. Como trata el caso del intento de suicidio al final no tiene pérdida. Otro gran capítulo.

A pesar de los malos augurios, el destino de ese transporte no era Auschwitz, sino otro campo de concentración en Baviera. A llegar allí, el segundo médico que se había ofrecido voluntario, el doctor Bela, comentó con alivio: Doctor Frankl: ¡creo que hemos acertado!

-Nuestro abandono en la providencia de Dios -sonrió Viktor- ha sido más útil que todos nues­tros temerosos cálculos.

-¿Los cálculos matemáticos? Nunca han sido mi fuerte.

Nacido en Hungría, el doctor Belá había estudia­do en la Universidad de Budapest. Experto en medi­cina general, ejerció su profesión en la capital hún­gara. Tenía algo más de treinta años, y esa juventud le empujaba a ser audaz, al tiempo que minucioso, como buen húngaro. Además, era aficionado a la co­cina. Durante el viaje le había descrito a Viktor la campiña de Hungría, y los campos de maíz, y varias recetas de diversos platos.

-Tal vez aquí -comentó Bela- encuentre los ingredientes necesarios para hacer polenta dulce, con maíz tostado, y manteca, y especias.

-No sigas, por favor -le interrumpió Viktor-, o acabaré insultándote.

Una vez asignadas las literas de los recién llega­dos -en barracones medio enterrados en la arena, pero semejantes a los de otros campos-, Viktor y Bela, fueron recibidos por el médico jefe, el doctor Racz, también prisionero. Rayaba los cincuenta años y era un médico experimentado. Les invitó a tomar un café aguado en su despacho, pobre y destartalado.

-¡Bienvenidos! ¡Por fin han llegado! -exclamó mientras se sentaban-. Para un médico húngaro como yo, con lo meticuloso que soy, tanto trabajo resulta agobiante.

-¿Es usted húngaro? -se sorprendió Bela-. Yo también. ¡Qué casualidad!

-Dios los cría, y ellos se juntan -ironizó Viktor. El doctor Racz pasó revista a la situación de los enfermos en el campo, y repartió el trabajo entre los recién llegados: un barracón para cada uno.

-Me ha llamado la atención un hecho que a usted le interesará -el médico jefe se dirigió al psiquia­tra-. El número de fallecidos en este campo aumen­tó por encima de lo previsto desde las Navidades de 1944 al Año Nuevo de 1945. ¿Sabe por qué?

-Supongo que por las peores condiciones del trabajo -apuntó Viktor-, la disminución de las ra­ciones alimenticias, los cambios climatológicos y, tal vez, por las nuevas epidemias…

-Eso pensé yo al principio -dijo el doctor Racz-. Pero no ha sido por eso. Obedece simple­mente a que la mayoría de los enfermos había abri­gado la ilusión ingenua de que para Navidad llegaría su liberación.

-¿Esperaban tan pronto al general Patton? -pre­guntó Bela.

-Exacto -asintió el médico jefe-. El verano pasado, los soldados americanos del III Ejército, di­rigido por el general Patton, han avanzado rápida­mente por Francia. Y muchos enfermos creían que los carros de combate aliados llegarían aquí en Na­vidad. Según se fue acercando la fecha sin que se produjera ninguna noticia alentadora, los prisioneros perdieron su valor y les venció el desaliento.

-Comprendo -dijo Viktor-. Para conseguir que el prisionero tenga fortaleza interior hay que mos­trarle, antes que nada, una meta futura y que no pier­da la esperanza en esa meta. Ya lo decía el filósofo alemán Nietzsche: «Quien tiene algo por qué vivir, es capaz de soportar cualquier cómo». Necesitamos inculcar a los reclusos un por qué, una meta para su vida, a fin de fortalecerles para soportar el terrible cómo de su existencia.

-En efecto. -El doctor Racz se quedó pensati­vo. Luego, comentó: -El problema es que muchos presos me dicen: «Ya no espero nada de la vida». ¿Y qué respuesta les puedo dar?

-Tenemos que enseñar a los desesperados que… -Viktor se frenó primero, para hablar después con más énfasis- que en realidad no importa que no es­peremos nada de la vida, sino si la vida espera algo de nosotros. Es la vida quien nos pregunta a noso­tros, y no nosotros a la vida. Y nuestra respuesta con­siste en asumir la responsabilidad personal y en cumplir las tareas que la vida asigna continuamente a cada individuo. Leer el resto de esta entrada »

Las noches en el Ka-Be

Viernes, 8 agosto, 2008

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Rios

Esta vez vemos al Dr. Frankl aplicándose a sí mismo uno de sus descubrimientos: la aceptación y distanciamiento en el sufrimiento y la búsqueda de sentido en todo lo que ocurre. El análisis de los tres niveles de valores es excelente y la actitud de abandono que muestra al final resulta emocionante. Una vez más, un capítulo sin desperdicio.

A las 5 de la madrugada todo era oscuridad allá afuera. Viktor estaba echado sobre un tablón en el suelo de tierra del Ka-Be, donde «se cuidaba» a unos setenta prisioneros. Se encontraba enfermo y no te­nía que desfilar para ir después al trabajo. Podía dor­mitar esperando el reparto de pan y el rancho de sopa aguada.

Desde el Ka-Be se escuchaba lejana, en el aire negro, la banda que empezaba a tocar: eran sus com­pañeros que salían al trabajo en formación. No oía bien la melodía, pero adivinaba las frases musicales dibujadas a intervalos por el viento. Miró a los de­más enfermos desde su tablón, porque sentía que esa música era infernal: marchas y canciones populares que les gustaban a los nazis. Y, al sonar esa música, sabía que todos sus camaradas, afuera en la niebla, desfilaban como autómatas: la música les empujaba como el viento a las hojas secas.

De repente, la ventisca abrió la puerta de par en par y la nieve entró en el barracón del Ka-Be. Un prisionero exhausto y cubierto de hielo se introdujo tambaleándose y durante unos minutos permaneció sentado. Regresaba del horroroso turno de noche, formado ahora para pasar revista. Pero el guardia lo echó rápidamente del Ka-Be.

-¡Cómo compadezco a este individuo -pensó Viktor-, mientras yo estoy aquí tumbado!

Pero no tardó en darse cuenta de que la fiebre, provocada por el tifus, le subía espectacularmente. Era una fiebre peculiar, llamada fiebre del tabardillo, que provocaba delirios y excitación a todos los en­fermos, en especial por la noche. El psiquiatra la identificó enseguida.

-¡Dios mío -rezó-, no quiero caer en un esta­do de delirio febril que me llevaría directamente a la cámara de gas!

Y fiel a su lema de aceptar la enfermedad, distan­ciándose al mismo tiempo de ella, decidió aprove­char su excitación febril para reconstruir, ya desde esa noche, el manuscrito de su libro El médico y el alma. Sacó del bolsillo su lápiz, además de los tro­zos diminutos de papel, y comenzó a estampar unas cuantas palabras taquigráficas -en medio de la no­che y a oscuras- para que le sirvieran de guión.

«Existen en el hombre tres tipos de valores que dan sentido a su vida -anota Viktor-. Primero: va­lores creativos. Segundo: valores vivenciales. Terce­ro: valores de actitud. Por ejemplo, un enfermo que yo atendí vivió sucesivamente estos tres valores de forma casi dramática. Era un hombre joven. Profe­sión: diseñador de publicidad; al diseñar anuncios vivía los valores creativos. Sufrió un tumor en la parte alta de la columna vertebral: ya no pudo ejer­cer su profesión ni, por tanto, esos valores creativos.

«En el hospital, se entregó a la lectura de buenos libros, se deleitaba oyendo música escogida y ani­maba a otros pacientes: entonces pasó a experimen­tar los valores vivenciales, es decir, da ahora un sen­tido a su vida acogiendo ese segundo tipo de valores. Primer viraje.

»Finalmente, su parálisis progresa tanto que ya no es capaz de leer, ni aguanta los auriculares -Viktor sigue escribiendo taquigráficamente-. ¿Qué actitud toma ante su destino? Sin quejarse, ofrece a Dios sus dolores por los seres queridos. Pues bien, cuando yo pasé la visita de la tarde, la víspera de su muerte, y sabiendo perfectamente lo que le aguardaba, ese ad­mirable enfermo me rogó que le pusiera la inyección de medianoche: para que yo no me molestara en le­vantarme a la mitad de la noche. Este hombre, en las últimas horas de su vida, no se preocupaba en abso­luto de sí mismo, sino sólo de los demás. Segundo y maravilloso viraje hacia el tercer tipo de valores: los valores de actitud, que son los más importantes para la persona, y los más difíciles de asumir, porque no todos aceptan el sufrimiento con dignidad».

Y así, escribiendo taquigráficamente incluso en la oscuridad de las noches, Viktor Leer el resto de esta entrada »

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