Stephen R. Covey suele decir que a menudo el problema está en el modo en que vemos el problema. El propone en su libro “los 7 hábitos de la gente altamente efectiva” cambiar el modo de ver el problema “desde fuera” por un enfoque del problema “desde dentro”. Se trata de ir a la raíz. Queremos algo más que aspirinas y parches. Hemos de ir a la sustancia, queremos desarrollo verdadero. Un tratamiento serio ha de ser etiológico (de las causas) y no solo sintomático (de los síntomas). Queremos resolver los problemas crónicos subyacentes y centrarnos en los principios que producen resultados verdaderos y a largo plazo.

Se trata pues, de ponernos en un nuevo nivel vital más profundo. Albert Einstein observó que «los problemas significativos que afrontamos no pueden solucionarse en el mismo nivel de pensamiento en el que estábamos cuando los creamos». Cuando miramos a nuestro alrededor y en nuestro propio interior,  reconocemos que los problemas creados mientras vivimos e interactuamos “desde fuera” son en realidad problemas más profundos, fundamentales, y que no pueden resolverse en el nivel superficial en el que fueron creados. El paso de un enfoque «De adentro hacia afuera» significa empezar por la persona; más fundamentalmente, empezar por la parte más interior de la persona: los paradigmas, el carácter y los motivos.

Significa por ejemplo, que si uno quiere tener un matrimonio feliz, tiene que ser el tipo de persona que genera energía positiva y elude la energía negativa en lugar de fortalecerla. Si uno quiere tener un hijo adolescente más agradable y cooperativo, debe ser un padre más comprensivo, empático, coherente, cariñoso. Si uno quiere tener más libertad, más margen en el trabajo, debe ser un empleado más responsable, más útil, más colaborador. Si uno quiere despertar confianza, debe ser digno de confianza. Si uno aspira a la grandeza secundaria del talento reconocido, debe centrarse primero en la grandeza primaria del carácter. Leer el resto de esta entrada »

Me he encontrado casualmente con estos vídeos de Stephen R. Covey. El mismo con la precisión que le caracteriza hace un resumen del libro que venimos tratando últimamente en el blog. Por su interés y claridad aquí os dejo estos 4 vídeos:

Parte A: INTRODUCCIÓN

Parte B: CARÁCTER Y PERSONALIDAD Leer el resto de esta entrada »

Si dividiéramos nuestras actividades en 4 categorías atendiendo a los criterios del gráfico (ver el gráfico), tendríamos lo que S. Covey en su libro “los 7 hábitos de la gente altamente efectiva” denomina cuadrantes del tiempo. Y lo que nos propone es ir reduciendo poco a poco las actividades del los cuadrantes III y IV (saber decir que “no”) para ir centrándose en el cuadrante II.

cuadrante del tiempo

Una máxima de los arquitectos dice que «la forma sigue a la función». De modo análogo, la administración sigue al liderazgo. El modo en que uno pasa el tiempo es la consecuencia del modo en que uno ve su propio tiempo y sus propias prioridades. Si nuestras prioridades surgen de un centro de principios y de una misión personal, si están profundamente arraigadas en nuestro corazón y nuestra mente, el cuadrante II aparecerá como un lugar natural y estimulante para invertir el tiempo.

Es casi imposible decir «No» a la popularidad del cuadrante III, o al placer de huir al cuadrante IV cuando no se tiene un «Sí» más grande ardiendo adentro. Sólo cuando nuestra autoconciencia nos permite examinar nuestro programa —y tenemos imaginación y conciencia moral para crear un programa nuevo y singular centrado en principios al que se le puede decir «Sí»—, sólo entonces tendremos una fuerza de voluntad independiente que nos permita decirle «No», con una sonrisa auténtica, a lo que carece de importancia.

El cuadrante II es el corazón de la administración personal efectiva. Trata de las cosas que no son urgentes, pero sí importantes: por ejemplo:

  • construir relaciones,
  • redactar un enunciado de la misión personal,
  • la planificación de largo alcance,
  • la ejercitación,
  • el mantenimiento preventivo, (alimentar las oportunidades y dejar morir de inanición a los problemas, pensar anticipadamente)
  • la preparación, la recreación

En fin, todas esas cosas que sabemos que hay que hacer, pero que solemos eludir, porque no son urgentes.
Tienen auténticas crisis y emergencias del cuadrante I que requieren su atención inmediata, pero su número es comparativamente pequeño.

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Para S. Covey en su libro “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”, los siete hábitos son también hábitos de efectividad. Y lo son porque se basan en una ley natural, con un principio que él ha denominado «equilibrio P/CP». Este principio puede comprenderse fácilmente recordando la fábula de Esopo acerca de la gallina de los huevos de oro.

Esopo cuenta que un pobre granjero descubrió un día que su gallina había puesto un reluciente huevo de oro. Primero pensó que debía tratarse de algún tipo de fraude. Pero cuando iba a deshacerse del huevo, lo pensó por segunda vez, y se lo llevó para comprobar su valor.

¡El huevo era de oro puro! El granjero no podía creer en su buena suerte. Más incrédulo aún se sintió al repetirse la experiencia. Día tras día, se despertaba y corría hacia su gallina para encontrar otro huevo de oro. Llegó a ser fabulosamente rico; todo parecía demasiado bonito como para que fuera cierto.

Pero, junto con su creciente riqueza llegaron la impaciencia y la codicia. Incapaz de esperar día tras día los huevos de oro, el granjero decidió matar a la gallina para obtenerlos todos de una vez. Pero al abrir el ave, la encontró vacía. Allí no había huevos de oro, y ya no habría modo de conseguir ninguno más. El granjero había matado a la gallina que los producía.

Sugiero que en esa fábula hay una ley natural, un principio: la definición básica de la efectividad. La mayoría de las personas ven la efectividad desde el paradigma de los huevos de oro: cuanto más se produce, cuanto más se hace, más efectivo se es. Pero, como muestra el relato, la verdadera efectividad está en función de dos cosas: lo que se produce (los huevos de oro) y los medios o bienes de producción y la capacidad para producir (la gallina).

Si uno adopta un modelo de vida centrado en los huevos de oro y se olvida de la gallina, pronto se encontrará sin los medios que producen los huevos. Por otra parte, si uno se limita a cuidar de la gallina sin recoger los huevos de oro, pronto se encontrará sin dinero para alimentarse a sí mismo o alimentar al ave.

La efectividad reside en el equilibrio, en lo que denomino el equilibrio P/CP. «P» es la producción de los resultados deseados, los huevos de oro. «CP» es la capacidad de producción, la aptitud o el medio que produce los huevos de oro.

Para ver algunos ejemplos prácticos: Leer el resto de esta entrada »

Ya se que me repito pero llevo varios días dándoles vueltas a estas ideas:

Cfr: En el continuum de la madurez:

  • la dependencia es el paradigma del tú:cuidas de mí; haces o no haces lo que debes hacer por mí; yo te culpo a ti por los resultados.
  • La independencia es el paradigma del yo: yo puedo hacerlo, yo soy responsable, yo me basto a mí mismo, yo puedo elegir.
  • La interdependencia es el paradigma del nosotros: nosotros podemos hacerlo, nosotros podemos cooperar, nosotros podemos combinar nuestros talentos y aptitudes para crear juntos algo más importante.

Las personas dependientes necesitan de los otros para conseguir lo que quieren. Las personas independientes consiguen lo que quieren gracias a su propio esfuerzo. Las personas interdependientes combinan sus esfuerzos con los esfuerzos de otros para lograr un éxito mayor.

El continuum de la madurez

Sábado, 6 marzo, 2010

No, no nos hemos olvidado de S. Covey y su libro “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”. Esta vez el autor nos propone el continuun de su concepto de madurez personal. Se trataría de pasar de la dependencia a la indepencia para alanzar la interdependencia, ya que para S. Covey la vida es naturalmente interdependiente.

Todos empezamos nuestra vida como niños totalmente dependientes de otros. Somos dirigidos, educados y sustentados completamente por otros. Sin sus cuidados sólo viviríamos unas horas, o a lo sumo unos pocos días.

Después, gradualmente, a lo largo de los meses y años siguientes, nos volvemos cada vez más independientes —física, mental, emocional y económicamente— hasta que por fin podemos, en lo esencial, hacernos cargo de nuestra persona, de una manera autodirectiva y autosuficiente.

Cuando seguimos creciendo y madurando, tomamos cada vez más conciencia de que toda la naturaleza es interdependiente, de que existe un sistema ecológico que la gobierna a ella y también a la sociedad. Además, descubrimos que los más altos logros de nuestra naturaleza tienen que ver con las relaciones con los otros, que la vida humana también es interdependiente.

Nuestro crecimiento desde la infancia hasta la edad adulta se realiza en consonancia con las leyes naturales. Y existen muchas dimensiones del crecimiento. El hecho de que alcancemos nuestra total maduración física, por ejemplo, no necesariamente nos asegura una simultánea madurez mental o emocional. Por otro lado, la dependencia física no significa que una persona sea mental o emocionalmente inmadura.

En el continuum de la madurez:

  • la dependencia es el paradigma del tú:cuidas de mí; haces o no haces lo que debes hacer por mí; yo te culpo a ti por los resultados.
  • La independencia es el paradigma del yo: yo puedo hacerlo, yo soy responsable, yo me basto a mí mismo, yo puedo elegir.
  • La interdependencia es el paradigma del nosotros: nosotros podemos hacerlo, nosotros podemos cooperar, nosotros podemos combinar nuestros talentos y aptitudes para crear juntos algo más importante.

Las personas dependientes necesitan de los otros para conseguir lo que quieren. Las personas independientes consiguen lo que quieren gracias a su propio esfuerzo. Las personas interdependientes combinan sus esfuerzos con los esfuerzos de otros para lograr un éxito mayor.

Si yo soy físicamente dependiente (paralítico, discapacitado o limitado de algún modo físico) necesito que tú me ayudes. Si soy emocionalmente dependiente, mi sentido del mérito y la seguridad provienen de la opinión que tú tienes de mí. Si no te caigo bien puede resultar catastrófico. Si soy intelectualmente dependiente, cuento contigo para que pienses por mí y resuelvas los problemas de mi vida.

Si soy independiente, físicamente puedo desenvolverme por mis propios medios. Mentalmente, puedo pensar mis propios pensamientos, pasar de un nivel de abstracción a otro. Puedo pensar de modo creativo y analítico, y organizar y expresar mis pensamientos de manera comprensible. Emocionalmente, mi propio interior me proporciona las pautas. Soy dirigido desde adentro. Mi sentido del mérito no está en función de que guste a otros o de que me traten bien. Es fácil ver que la independencia es mucho más madura que la dependencia. La independencia es un logro principal, en y por sí misma. Pero la independencia no es infalible.

(…) El poco comprendido concepto de independencia tiene en muchos casos un acusado sabor de dependencia, y así encontramos personas que, a menudo por razones egoístas, abandonan sus matrimonios y sus hijos, olvidando todo tipo de responsabilidad social, haciéndolo en nombre de la independencia. El tipo de reacción que lleva a «romper las cadenas», «liberarse», «autoafirmarse» y «vivir la propia vida» revela a menudo dependencias más fundamentales de las que no se puede escapar porque no son externas sino internas: dependencias como la de permitir que los defectos de otras personas arruinen nuestras vidas emocionales, o como la de sentirse víctima de personas y hechos que están fuera de nuestro control.

(…) El pensamiento independiente por sí solo no se adecua a la realidad interdependiente. Las personas independientes sin madurez para pensar y actuar interdependientemente pueden ser buenos productores individuales, pero no serán buenos líderes ni buenos miembros de un equipo. No operan a partir del paradigma de la interdependencia necesario para tener éxito en el matrimonio, la familia o la realidad empresarial.

La vida, por naturaleza, es interdependiente. Tratar de lograr la máxima efectividad por la vía de la independencia es como tratar de jugar al tenis con un palo de golf: la herramienta no se adecúa a la realidad.

El concepto de interdependencia es mucho más maduro, más avanzado. Si soy físicamente interdependiente, soy capaz y dependo de mí mismo, pero también comprendo que tú y yo trabajando juntos podemos lograr mucho más de lo que puedo lograr yo solo, incluso en el mejor de los casos. Si soy emocionalmente interdependiente, obtengo dentro de mí mismo una gran sensación de valía, pero también reconozco mi necesidad de amor, de darlo y recibirlo. Si soy intelectualmente interdependiente, comprendo que necesito mis propios pensamientos con los mejores pensamientos de otras personas.

Como persona interdependiente, tengo la oportunidad de compartirme profunda y significativamente con otros, y logro acceso a los amplios recursos y potenciales de otros seres humanos.

La interdependencia es una elección que sólo está al alcance de las personas independientes. Las personas dependientes no pueden optar por ser interdependientes. No tienen el carácter necesario para hacerlo, no son lo bastante dueñas de sí mismas.

S. Covey en su libro “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”, al hablar del 7º hábito va tratando cada uno de los 4 aspectos (físico, espiritual, mental y social-emocional) en que lo desglosa. A continuación vemos como explica lo que el considera la dimensión social / emocional de la persona y la íntima relación que tiene con lo que el denomina seguridad intrínseca.

Las dimensiones social y emocional están ligadas entre sí porque nuestra vida emocional se desarrolla (primordial pero no exclusivamente) a partir de nuestras relaciones con los otros, y en ellas se manifiesta. (…) Supongamos que usted es una persona clave en mi vida. Podría ser mi jefe, mi subordinado, mi colaborador, mi amigo, mi vecino, mi cónyuge, mi hijo, un miembro de mi familia: alguien con quien yo quiero o necesito interactuar. Supongamos que tenemos que comunicarnos, trabajar juntos, discutir una cuestión esencial, lograr un propósito o resolver un problema. Pero vemos las cosas de distinto modo, a través de cristales diferentes. Usted ve a la joven, y yo a la anciana.

De modo que pongo en práctica el cuarto hábito. Me acerco a usted y le digo: «Advierto que estamos afrontando esta situación de modo diferente. ¿Por qué no acordamos comunicarnos hasta que podamos hallar una solución con la que los dos podamos sentirnos bien? ¿Estás dispuesto a hacerlo?». La mayor parte de las personas responderán que sí.

Entonces paso al quinto hábito. «Primero permíteme escucharte.» En lugar de escuchar con la intención de responder, escucho empáticamente, con la finalidad de comprender su paradigma profunda y completamente. Cuando yo pueda explicar su punto de vista tan bien como lo hace usted mismo, me concentraré en comunicarle mi propio punto de vista, de manera que usted también pueda comprenderme a mí.

Sobre la base de nuestro compromiso de buscar una solución con la que ambos nos sintamos bien, y de una recíproca comprensión profunda, pasamos juntos al sexto hábito. Trabajamos juntos para generar soluciones de tercera alternativa que remedien nuestras diferencias y que ambos reconozcamos como mejores que las que usted o yo propusimos inicialmente.

El éxito en los hábitos cuarto, quinto y sexto no es en lo esencial una cuestión de intelecto, sino de emoción. Está altamente relacionado con nuestro sentido de la seguridad personal. Si nuestra seguridad personal proviene de fuentes que están dentro de nosotros, tendremos la fuerza necesaria para poner en práctica los hábitos de la victoria pública. Si somos emocionalmente inseguros, aunque estemos muy adelantados desde el punto de vista intelectual, poner en práctica los hábitos cuarto, quinto y sexto con personas que piensan de modo diferente sobre cuestiones fundamentales de la vida puede resultar terriblemente amenazador.

¿De dónde nos puede llegar la seguridad intrínseca? Leer el resto de esta entrada »

Llevo varias semanas tratando del libro de S. Covey, “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”, y me pidieron el otro día dar mi visión personal del libro. Aunque pueda resultar un poco pretencioso aquí va, esquemáticamente, lo que a mi personalmente -y la influencia de un cambio de paradigma- que me ha aportado este buen libro.

Me parece que S. Covey en su libro hace tres grandes aportaciones básicas o fundamentales. Y, de ahí, desde dentro, salen otras cinco grandes consecuencias. Veamos un poco. Las tres aportaciones fundamentales serían:

De estas tres grandes observaciones acerca de nuestro ser natural, saldrían las cinco consecuencias.

  • Por ejemplo, de nuestro ser pro-activos se deduce:
    • como primera consecuencia que puesto que somos capaces lo más adecuado es ir configurando e interiorizando un plan en la mente capaz de dar sentido a nuestra vida, capaz de desarrollar lo que realmente queremos ser o somos, de nuestras convicciones (o constitución personal), etc.
    • La segunda consecuencia es administrar bien nuestra vida para adecuarse a ese proyecto vital, y ya que somos capaces de hacer que lo primero sea lo primero, hemos de intentarlo.
  • Así mismo de nuestro ser interdependientes se deducirían dos grandes consecuencias.
    • La primera que lo más adecuado para no actuar en contra sino favorecer esta evidencia natural de la interdependencia, debemos escuchar primero –para comprender-, después y solo después -y desde la comprensión del otro-, hablar para hacernos comprender.
    • La segunda consecuencia es que lo más adecuado a la hora de tomar decisiones es buscar el ganar/ganar de ambas partes.
  • Por último, de la intuición de que somos naturalmente sinérgicos se deduce la consecuencia:
    • podemos y debemos estar en continua renovación y preparados para reaccionar en todo momento. Esto es lo que él llama tener “afilada el hacha”.

No se si estaréis de acuerdo con esta interpretación personal. Pero aquí os la dejo.

Al final de su libro “los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”, S. Covey cuenta una anécdota personal que su juicio contiene la esencia de su libro. Por eso me ha parecido conveniente ponerla ya para tener una visión más global de lo que nos quiere decir. Aunque es larga la pongo completa.

Hace algunos años, me tomé mi año sabático en la universidad en la que enseñaba, para poder escribir, y con toda la familia me fui a vivir a Laie, en la costa norte de Oahu, Hawai.

Poco después de instalarnos, desarrollamos una vida de rutina y trabajo no sólo muy productiva sino también extremadamente agradable.

Después de correr por la playa por la mañana temprano, enviábamos a dos de nuestros hijos a la escuela, descalzos y en shorts. Yo me iba a un edificio próximo a los cañaverales; allí tenía una oficina para escribir. Todo era muy silencioso, hermoso, sereno: sin llamadas telefónicas, reuniones ni compromisos apremiantes.

Junto al edificio de mi oficina había una universidad, y un día, mientras yo recorría al azar las pilas de libros de la biblioteca de esa universidad, tropecé con un volumen que atrajo mi atención. Al abrirlo, mis ojos cayeron sobre un párrafo que influyó poderosamente en el resto de mi vida. Leí ese párrafo una y otra vez. Básicamente contenía la idea simple de que existe una brecha o un espacio entre el estímulo y la respuesta, y de que en el empleo de ese espacio está la clave de nuestro crecimiento y nuestra felicidad.

Es muy difícil describir el efecto que esa idea tuvo sobre mi espíritu. Aunque yo me había nutrido con la filosofía de la propia determinación, el modo en que la idea estaba formulada —«una brecha entre el estímulo y la respuesta»— me golpeó con una fuerza casi increíble. Fue como «verla por vez primera», como una revolución interior, «una idea cuyo tiempo ha llegado».

Reflexioné sobre ella una y otra vez, y empezó a ejercer un efecto poderoso sobre mi paradigma de vida. Fue como si me hubiera convertido en observador de mi propia participación. Comencé a tomar posición en esa brecha, y a mirar desde afuera los estímulos. Disfrutaba con la sensación interior de ser libre para elegir mi respuesta, incluso para convertirme en el estímulo, o por lo menos para influir en él, aunque fuera para darle la vuelta.

Poco tiempo después, y en parte como consecuencia de esa idea «revolucionaria», Sandra y yo empezamos a practicar la comunicación profunda. Leer el resto de esta entrada »

“En las cosas esenciales, unidad: en las cosas importantes, diversidad; en todas las cosas, generosidad” (cfr. San Agustín)

El sexto hábito o sinergia de S. Covey, es, como el mismo dice en su libro “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”, la síntesis o aplicación práctica de los cinco hábitos anteriores. Entendida adecuadamente, la sinergia es la actividad superior de la vida: la verdadera puesta a prueba y manifestación de todos los otros hábitos reunidos. Vemos en esta introducción como explica lo que entiende por “sinergia”:

Las formas más altas de la sinergia se centran en los cuatro dones singulares humanos [ser proactivo, ser interdependientes, tener en la mente un sentido de la vida, tener el sentido de la prioridad de la cosas], en el motivo ganar/ganar, y en las aptitudes para la comunicación empática en los desafíos más crueles que afrontamos en la vida. El resultado es casi milagroso. Creamos nuevas alternativas, algo que no estaba antes allí. (…)

¿Qué es la sinergia? Simplemente definida, significa que el todo es más que la suma de sus partes. Significa que la relación de las partes entre sí es una parte en y por sí misma. Y no sólo una parte, sino la más catalizadora, la que genera más poder, la más unificadora y la más estimulante. El proceso creador es también la parte más terrible porque uno no sabe exactamente lo que va a suceder ni hacia dónde conduce. No se sabe qué nuevos peligros y desafíos va a haber que enfrentar.

Empezar con un espíritu de aventura, de descubrimiento, de creatividad, requiere una enorme seguridad interior. Sin duda, hay que abandonar la comodidad del campamento y adentrarse en una zona salvaje enteramente nueva y desconocida. Uno se convierte en explorador, en un pionero que marca el camino. Abre nuevas posibilidades, nuevos territorios, nuevos continentes, y otros pueden seguirlo.

La sinergia está en todas partes en la naturaleza. Si uno planta juntos dos vegetales, las raíces se entremezclan y mejoran la calidad del suelo, de modo que las dos plantas crecen mejor que si estuvieran separadas. Si adosamos dos trozos de madera, podrán sostener un peso mucho mayor que la suma de los pesos que sostienen ambos trozos separadamente. El todo es más que la suma de sus partes. Uno más uno es igual a tres o más.El desafío consiste en aplicar en nuestras interacciones sociales los principios de la cooperación creativa que nos enseña la naturaleza. La vida de familia proporciona muchas oportunidades de observar la sinergia y practicarla. El hecho mismo de que un hombre y una mujer engendren un hijo es sinérgico.

La esencia de la sinergia consiste en valorar las diferencias: respetarlas, compensar las debilidades, construir sobre las fuerzas. Es obvio que valoramos las diferencias físicas entre el hombre y la mujer, entre esposo y esposa. Pero, ¿qué decir de las diferencias sociales, mentales y emocionales? ¿Podrían esas diferencias ser también fuentes de formas de vida nuevas y estimulantes, de un ambiente que permita la realización de todas las personas, que nutra la autoestima y la autovaloración, que cree oportunidades para que cada uno madure en la independencia y después, gradualmente, en la interdependencia? ¿Podría la sinergia crear un nuevo guión para la próxima generación, más adecuado para el servicio y la contribución, menos protector, menos competitivo, menos egoísta; un guión más abierto, más generoso y confiado, y menos defensivo y político; un guión más afectuoso, solícito, y menos posesivo y crítico?

Ethos, pathos y logos

Martes, 26 enero, 2010

Siguiendo con S. Covey leemos en su libro “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva” que es igualmente importante después de haber hecho el esfuerzo por comprender procurar ser comprendido. Me parece muy sugerente la explicación que hace de los términos griegos: ethos, pathos y logos. Veamos:

Primero procure comprender… y después ser comprendido (…) Ya hemos definido la madurez como el equilibrio entre el coraje y la consideración. Procurar comprender requiere consideración; procurar ser comprendido exige coraje. Para el ganar/ganar se necesita un alto grado de una y otro. De modo que en situaciones interdependientes es importante ser comprendidos.

Los antiguos griegos tenían una filosofía extraordinaria, manifestada en tres palabras presentadas en secuencia: ethos, pathos y logos. Sostengo que esas tres palabras contienen la esencia de procurar primero comprender y realizar planteamientos efectivos.

Ethos es la credibilidad personal, la fe que la gente tiene en nuestra integridad y competencia. Es la confianza que inspiramos, nuestra cuenta bancaria emocional. Pathos es el lado empático, el sentimiento. Significa que uno está alineado con el impulso emocional de la comunicación de otra persona. Logos es la lógica, la parte razonada de la exposición.

Obsérvese la secuencia: ethos, pathos, logos: el carácter, la relación y después la lógica de la exposición. La mayor parte de las personas, en sus exposiciones, van directamente al logos, a la lógica del cerebro izquierdo, de las ideas. Tratan de convencer a los otros de la validez de esa lógica sin primero tomar en consideración ethos y pathos.

Un conocido mío se sentía muy frustrado porque su jefe  Leer el resto de esta entrada »

«Aire psicológico»

Viernes, 22 enero, 2010

El quinto hábito que S. Covey recomienda en su libro “los 7 hábitos de la gente altamente efectiva” es el hábito de comprender antes de ser comprendido. Por eso cuando Covey se refiere a la escucha empática lo que quiere decir es escuchar con la intención de comprender. Quiere decir procurar primero comprender, comprender realmente. Se trata de un paradigma totalmente distinto. Veamos cómo lo explica él.

La escucha empática (palabra derivada de empatía) entra en el marco de referencia de la otra persona. Ve las cosas a través de ese marco, ve el mundo como lo ve esa persona, comprende su paradigma, comprende lo que siente.

Empatia no es simpatía. La simpatía es una forma de acuerdo, una forma de juicio. Y a veces es la emoción y la respuesta más apropiada. Pero a menudo la gente se nutre, se alimenta con la simpatía, l0 cual la hace dependiente. La esencia de la escucha empática no consiste en estar de acuerdo; consiste en comprender profunda y completamente a la otra persona, tanto emocional como intelectualmente.

La escucha empática incluye mucho más que registrar, reflejar o incluso comprender las palabras pronunciadas. Los expertos en comunicación estiman que, en realidad, sólo el 10 por ciento de lo que comunicamos está representado por palabras. Otro 30 por ciento se vehiculiza a través de diversos sonidos, y el 60 por ciento restante es lenguaje corporal. En la escucha empática, uno escucha con los oídos, pero también (y esto es más importante) con los ojos y con el corazón. Se escuchan los sentimientos, los significados. Se escucha la conducta. Se utiliza tanto el cerebro derecho como el izquierdo. Usted percibe, intuye, siente.

La escucha empática es tan poderosa porque nos proporciona datos precisos. En lugar de proyectar nuestra propia autobiografía y dar por supuestos ciertos pensamientos, sentimientos, motivos e interpretaciones, abordamos la realidad que está dentro de la cabeza y el corazón de la otra persona. Escuchamos para comprender. Nos concentramos en la recepción de las comunicaciones profundas de otra alma humana.

Además, la escucha empática es la clave para efectuar depósitos en las cuentas bancarias emocionales, porque nada de lo que uno haga representará un depósito a menos que la otra persona lo perciba como tal. Uno puede esforzarse desesperadamente para efectuar un depósito, y ver que se convierte en un retiro cuando el otro percibe tales esfuerzos como manipulativos, intimidatorios, interesados o arrogantes, porque no comprendimos lo que realmente le importaba a él.

La escucha empática, en y por sí misma, es un depósito enorme en la cuenta bancaria emocional. Es profundamente terapéutica y curativa porque proporciona «aire psicológico».

Si de pronto succionaran todo el aire de la habitación en la que el lector se encuentra ahora, ¿qué sucedería con su interés por este libro? Dejaría de interesarle el libro; sólo le interesaría respirar. La supervivencia se convertiría en su única motivación.

Pero como en este momento tiene aire, respirar no lo motiva. Esta es una de las mayores comprensiones en el campo de la motivación humana: las necesidades satisfechas no motivan. Sólo motivan las necesidades insatisfechas. Inmediatamente después de la supervivencia física, viene, como mayor necesidad del ser humano, la supervivencia psicológica: ser comprendido, afirmado, valorado, apreciado.

Cuando uno escucha con empatía a otra persona, le proporciona aire psicológico. Y después de dejar satisfecha esa necesidad puede centrarse en influir o en resolver problemas.

Esa necesidad de aire psicológico afecta a la comunicación en todas las áreas de la vida. Leer el resto de esta entrada »

No puede haber amistad sin confianza, ni confianza sin integridad (Samuel Johnson)

No, no nos habíamos olvidado de S. Covey y su libro “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”. Hoy vamos a dar un salto. Hasta ahora nos estábamos moviendo en lo que el denomina la “victoria privada” o personal. Hoy vamos a intentar aclarar lo que el designa como “la victoria pública” y los paradigmas de la interdependencia. La idea de fondo podríamos resumirla así: “toda relación empieza a construirse en nuestro interior, en nuestro círculo de influencia, en nuestro propio carácter.”

Antes de pasar al área de las victorias públicas, debemos recordar que la interdependencia efectiva sólo puede construirse sobre una base de verdadera independencia. La victoria privada precede a la victoria pública. El álgebra es anterior al cálculo.

Si recordamos y estudiamos el terreno para determinar dónde hemos estado y dónde estamos ahora, en relación con el punto al que queremos llegar, vemos con claridad que no hubiéramos podido arribar a nuestro lugar actual sin seguir el camino que seguimos. No hay otras rutas, no hay atajos. No hay modo de lanzarse en paracaídas. El panorama que tenemos por delante está cubierto con los fragmentos de las relaciones rotas de las personas que lo intentaron. Ellas pretendieron saltar hacia relaciones efectivas sin la madurez y la fuerza de carácter necesarias para mantenerlas. Y tampoco nosotros podemos hacerlo; tenemos que recorrer la senda que nos corresponde. No se puede tener éxito con otras personas si no se ha pagado el precio del éxito con uno mismo.

Hace algunos años, cuando yo dirigía un seminario en la costa de Oregon, un hombre se me acercó y me dijo: «Stephen, ¿sabe?, yo realmente no disfruto viniendo a estos seminarios». Le presté atención.

«Fíjese en todos los que están aquí», continuó. «Mire esa hermosa playa y el mar, y lo que está sucediendo. Y todo lo que puedo hacer es sentarme y pensar en las preguntas con las que va a abrumarme mi esposa, por teléfono, esta noche.

»Me tortura cada vez que estoy fuera de casa. ¿Dónde he desayunado? ¿Quién más estaba? ¿He estado toda la mañana? ¿Cuándo hemos hecho la pausa para el almuerzo? ¿Qué he hecho durante el almuerzo? ¿Cómo he pasado la tarde? ¿Cómo me he distraído por la noche? ¿Quién estaba conmigo? ¿Sobre qué hablamos?

»Y lo que realmente quiere saber, pero nunca termina de preguntar, es a quién puede llamar para comprobar lo que le digo. No hace más que regañarme y cuestionar todo lo que hago cuando viajo. Le está quitando su sabor a toda esta experiencia. Realmente no la disfruto en absoluto.»

Se le veía muy desdichado. Caminamos un poco, y después él hizo un comentario muy interesante. «Supongo que ella sabe qué preguntas tiene que hacer», dijo tímidamente. «La conocí en un seminario como éste, cuando yo estaba casado con otra mujer.»

Consideré lo que implicaba ese comentario, y le dije: «Usted querría un “arreglo rápido”, ¿no es así?».

«¿Qué quiere usted decir?»

«Bien que le gustaría tomar un destornillador, abrir el cráneo de su mujer y reajustarle con firmeza esa actitud. ¿Me equivoco?»

«Por supuesto que me gustaría que cambiara», exclamó. «No creo que esté bien que me acose a preguntas tal como lo hace.»

«Amigo mío», le dije, «no puede huir de problemas en los que se ha metido usted mismo.»

En este caso estamos afrontando un cambio de paradigma muy dramático y fundamental. Uno puede tratar de lubricar sus interacciones sociales con técnicas y habilidades de la personalidad, pero en el proceso puede que mutile la base caracterológica vital. No se pueden recoger frutos cuando faltan las raíces. Éste es el principio de la secuenciación: la victoria privada precede a la victoria pública. El autodominio y la autodisciplina son los cimientos de una buena relación con los otros.

Hay quienes dicen que uno tiene que gustarse a sí mismo antes de poder gustar a los otros. Creo que esta idea tiene su razón de ser, pero si uno mismo no se conoce, no se controla, no tiene dominio de sí, es muy difícil que se guste, salvo por sugestión y de un modo breve y superficial.

El verdadero autorrespeto proviene del dominio de sí, de la verdadera independencia. Y ése es el objetivo del primero, segundo y tercer hábitos. La independencia es un logro. La interdependencia sólo está al alcance de gente independiente. A menos que estemos dispuestos a conseguir una independencia real, es inútil que tratemos de desarrollar habilidades para las relaciones humanas. Podemos intentarlo, e incluso alcanzar algunos éxitos cuando las cosas van bien. Pero en los tiempos difíciles (que sin duda llegarán) nos faltarán bases para evitar la disgregación.

El ingrediente más importante de toda relación no es lo que decimos o hacemos, sino lo que somos. Leer el resto de esta entrada »

Escuchando nuestro lenguaje

Martes, 12 enero, 2010

Muy sugerente y revelador resulta este postulado de S. Covey (cfr. su libro “Los 7 hábitos de la gente altamente eficaz”) según el cual nuestras actitudes y conductas fluyen de nuestros paradigmas, de nuestros mapas mentales subyacentes. Una evidencia de esto radica en el lenguaje que empleamos al expresar nuestras preocupaciones. Veamos:

El lenguaje de las personas reactivas las absuelve de responsabilidad. Suelen emplear expresiones como:

-«Ése soy yo. Yo soy así, eso es todo.» Es decir: Estoy determinado. No puedo hacer nada al respecto.

-«¡Me vuelvo loco!» Es decir: No soy responsable. Mi vida emocional es gobernada por algo que está fuera de mi control.

-«No puedo hacerlo. No tengo tiempo.» Es decir: Me controla algo que está fuera de mí: el tiempo limitado.

-«Si mi esposa fuera más paciente…» Es decir: La conducta de algún otro está limitando mi efectividad.

-«Tengo que hacerlo.» Es decir: Las circunstancias u otras personas me fuerzan a hacer lo que hago. No tengo la libertad de elegir mis propias acciones.

Ese lenguaje deriva de un paradigmas básico determinista. Y en su espíritu está transferir la responsabilidad. No soy responsable, no Puedo elegir mi respuesta.

(…)

Un serio problema del lenguaje reactivo es que se convierte en una profecía de autocumplimiento. Refuerza el paradigmas de que estamos determinados y genera pruebas en apoyo de esa creencia. La gente se siente cada vez más impotente y privada de su autocontrol, alejada de su vida y de su destino. Culpa a fuerzas externas —a otras personas, a las circunstancias, incluso a los astros— de su propia situación.

En un seminario en el que yo hablaba sobre el concepto de proactividad, un hombre dijo: «Stephen, me gusta lo que dice. Pero las situaciones difieren entre sí. Por ejemplo, mi matrimonio. Estoy realmente preocupado. A mi esposa y a mí ya no nos unen los antiguos sentimientos. Supongo que ya no la amo, y que ella ya no me ama a mí. ¿Qué puedo hacer?».

— ¿Ya no sienten nada uno por el otro? —pregunté.

— Así es. Y tenemos tres hijos, que realmente nos preocupan. ¿Usted qué sugiere?

— Ámela —le contesté.

— Pero le digo que ese sentimiento ya no existe entre nosotros.

— Ámela.

— No me entiende. El amor ha desaparecido.

— Entonces ámela. Si el sentimiento ha desaparecido, ésa es una buena razón para amarla.

— Pero, ¿cómo amar cuando uno no ama?

— Amar, querido amigo, es un verbo. El amor —el sentimiento— es el fruto de amar, el verbo. De modo que ámela. Sírvala. Sacrifíquese por ella. Escúchela. Comparta sus sentimientos. Apréciela. Apóyela. ¿Está dispuesto a hacerlo?

En la gran literatura de todas las sociedades avanzadas, se habla de amar, del verbo. Las personas reactivas hablan del sentimiento. Ellas se mueven por sentimientos.

Hollywood, por lo general, nos convence de que no somos responsables, de que somos un producto de nuestros sentimientos. Pero los guiones de Hollywood no describen la realidad. Si nuestros sentimientos controlan nuestras acciones, ello se debe a que hemos renunciado a nuestra responsabilidad y que permitimos que los sentimientos nos gobiernen.

Las personas pro-activas hacen hincapié en el verbo amar. Amar es algo que se hace: los sacrificios que se hacen, la entrega de uno mismo, como una madre que pone un recién nacido en el mundo. Para estudiar el amor, hay que estudiar a quienes se sacrifican por los otros, incluso por personas que los hieren. Los padres tienen el ejemplo del amor que en ellos mismos despiertan los hijos por los que se sacrifican. El amor es un valor creado por medio de acciones amatorias. Las personas proactivas subordinan los sentimientos a los valores. El amor, el sentimiento, puede recuperarse.

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