Lo esencial es invisible a los ojos

Miércoles, 14 diciembre, 2011

Fragmento de El Principito. Autor: Antoine De Saint-Exupéry
Entonces apareció el zorro.
-Buenos días -dijo el zorro.
-Buenos días -respondió cortésmente el principito, que se dio vuelta, pero no vio nada.
-Estoy acá -dijo la voz- bajo el manzano…
-¿Quién eres? -dijo el principito-. Eres muy lindo…
-Soy un zorro -dijo el zorro.
-Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-. ¡Estoy tan triste!…
-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-. No estoy domesticado.
-¡Ah! Perdón -dijo el principito. Pero, después de reflexionar, agregó:
-¿Qué significa «domesticar»?
-No eres de aquí -dijo el zorro-. ¿Qué buscas?
-Busco a los hombres -dijo el principito-. ¿Qué significa «domesticar»?
-Los hombres -dijo el zorro- tienen fusiles y cazan. Es muy molesto. También crían gallinas. Es su único interés. ¿Buscas gallinas?
No -dijo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa «domesticar»?
-Es una cosa demasiado olvidada -dijo el zorro-. Significa «crear lazos».
-¿Crear lazos?
-Sí -dijo el zorro-. Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo…
-Empiezo a comprender -dijo el principito-. Hay una flor… Creo que me ha domesticado…
-Es posible -dijo el zorro-. ¡En la Tierra se ve toda clase de cosas…!
-¡Oh! No es en la Tierra -dijo el principito. El zorro pareció muy intrigado:
-¿En otro planeta?
-Sí.
-¿Hay cazadores en ese planeta?
-No.
-¡Es interesante eso! ¿Y gallinas?
-No.
-No hay nada perfecto -suspiró el zorro. Pero el zorro volvió a su idea: Leer el resto de esta entrada »

“Las personas grandes son muy extrañas”

Domingo, 20 septiembre, 2009

El rey, vestido de púrpura y armiño, estaba sentado sobre un trono muy sencillo y, sin embargo, majestuoso.

El rey, vestido de púrpura y armiño, estaba sentado sobre un trono muy sencillo y, sin embargo, majestuoso.

Hacía realmente mucho tiempo que no poníamos nada de este delicioso librito: “El Principito” de Antoine de Saint-Exupery.  Aquí os dejo, con la continuación, que si no recuerdo mal es el Capítulo 10. Si se me permite una observación, me parece que lo que deberíamos cuidar más la Delicadeza, una cualidad necesaria también para cultivar la amistad. El diccionario la define así: Delicadeza (Dicc. R.A.:) finura; atención y exquisito miramiento con las personas o las cosas, en las obras o en las palabras; ternura. Su contraria: la sequedad, la aspereza, la inflexibilidad, la rigidez (“¡Con rigideces no vamos a ninguna parte!”), la dureza de corazón, la severidad excesiva, la saña cruel.

Capítulo 10

Se encontraba en la región de los asteroides 325, 326, 327, 328, 329 y 330. Para ocuparse en algo e instruirse al mismo tiempo decidió visitarlos. El primero estaba habitado por un rey. El rey, vestido de púrpura y armiño, estaba sentado sobre un trono muy sencillo y, sin embargo, majestuoso.

-¡Ah, -exclamó el rey al divisar al principito-, aquí tenemos un súbdito! El principito se preguntó: “¿Cómo es posible que me reconozca si nunca me ha visto?”

Ignoraba que para los reyes el mundo está muy simplificado. Todos los hombres son súbditos. -Aproxímate para que te vea mejor -le dijo el rey, que estaba orgulloso de ser por fin el rey de alguien. El principito buscó donde sentarse, pero el planeta estaba ocupado totalmente por el magnífico manto de armiño. Se quedó, pues, de pie, pero como estaba cansado, bostezó. -La etiqueta no permite bostezar en presencia del rey -le dijo el monarca-. Te lo prohíbo.

-No he podido evitarlo -respondió el principito muy confuso-, he hecho un viaje muy largo y apenas he dormido…

-Entonces -le dijo el rey- te ordeno que bosteces. Hace años que no veo bostezar a nadie. Los bostezos son para mí algo curioso. ¡Vamos, bosteza otra vez, te lo ordeno!

-Me da vergüenza… ya no tengo ganas… -dijo el principito enrojeciendo.

-¡Hum, hum! -respondió el rey-. ¡Bueno! Te ordeno tan pronto que bosteces y que no bosteces… Tartamudeaba un poco y parecía muy molesto, pues el rey daba gran importancia a que su autoridad fuese respetada. Era un monarca absoluto, pero como era muy bueno, daba siempre órdenes razonables. “Si yo ordenara -decía frecuentemente-, si yo ordenara a un general que se transformara en ave marina y el general no me obedeciese, la culpa no sería del general, sino mía”.

-¿Puedo sentarme? -preguntó tímidamente el principito.

-Te ordeno sentarte -le respondió el rey-, recogiendo majestuosamente un faldón de su manto de armiño. El principito estaba sorprendido. Aquel planeta era tan pequeño que no se explicaba sobre quién podría reinar aquel rey.

-Señor -le dijo-, perdóneme si le pregunto…

-Te ordeno que me preguntes -se apresuró a decir el rey.

-Señor. . . ¿sobre qué ejerce su poder?

-Sobre todo -contestó el rey con gran ingenuidad.

-¿Sobre todo?

El rey, con un gesto sencillo, señaló su planeta, los otros planetas y las estrellas.

-¿Sobre todo eso? -volvió a preguntar el principito.

-Sobre todo eso. . . -respondió el rey. Leer el resto de esta entrada »

Hace mucho tiempo que no escribo nada sobre El Principito. Aquí os pongo el capítulo 9 y unos comentarios casi telegráficos.

    Atender (Dicc. R.A.): Aplicar con especial cuidado y voluntariamente el entendimiento a lo que se va a decir.

    Esmero (Dicc. R.A.): Sumo cuidado y atención diligente en hacer las cosas con perfección (humana y sobrenatural).

    Esto es distinto del Perfeccionismo.

    Cariño (Dicc. R.A.): Inclinación de amor o buen afecto que se siente hacia una persona o cosa y su manifestación.

    Obras son amores. Todos necesitamos cariño, todos. Unos más, otros menos. Grados de cariño: es importante cómo se manifiesta el cariño.

        Capítulo 9

        Creo que el principito aprovechó la migración de una bandada de pájaros silvestres para su evasión.

        La mañana de la partida, puso en orden el planeta. Deshollinó cuidadosamente sus volcanes en actividad, de los cuales poseía dos, que le eran muy útiles para calentar el desayuno todas las mañanas.

        Tenía, además, un volcán extinguido. Deshollinó también el volcán extinguido, pues, como él decía, nunca se sabe lo que puede ocurrir. Si los volcanes están bien deshollinados, arden sus erupciones, lenta y regularmente. Las erupciones volcánicas son como el fuego de nuestras chimeneas. Es evidente que en nuestra Tierra no hay posibilidad de deshollinar los volcanes; los hombres somos demasiado pequeños. Por eso nos dan tantos disgustos.

        El principito arrancó también con un poco de melancolía los últimos brotes de baobabs. Creía que no iba a volver nunca. Pero todos aquellos trabajos le parecieron aquella mañana extremadamente dulces. Y cuando regó por última vez la flor y se dispuso a ponerla al abrigo del globo, descubrió que tenía deseos de llorar.

        -Adiós -le dijo a la flor. Esta no respondió.

        -Adiós -repitió el principito.

        La flor tosió, pero no porque estuviera resfriada.

        -He sido una tonta -le dijo al fin la flor-. Perdóname. Procura ser feliz.

        Se sorprendió por la ausencia de reproches y quedó desconcertado, con el globo en la mano, no comprendiendo esta tranquila mansedumbre.

        -Sí, yo te quiero -le dijo la flor-, ha sido culpa mía que tú no lo sepas; pero eso no tiene importancia. Y tú has sido tan tonto como yo. Trata de ser feliz. . . Y suelta de una vez ese globo; ya no lo quiero.

        -Pero el viento…

        -No estoy tan resfriada como para… El aire fresco de la noche me hará bien. Soy una flor.

        -Y los animales…

        -Será necesario que soporte dos o tres orugas, si quiero conocer las mariposas; creo que son muy hermosas. Si no ¿quién vendrá a visitarme? Tú estarás muy lejos. En cuanto a las fieras, no las temo: yo tengo mis garras.

        Y le mostraba ingenuamente sus cuatro espinas. Luego añadió:

        -Y no prolongues más tu despedida. Puesto que has decidido partir, vete de una vez.

        La flor no quería que la viese llorar: era tan orgullosa…

        Y, aunque la meta a conseguir en una relación de amistad sea generosa y noble, por aquello de que es difícil dar liebre por gato sin que se desconfíe, o dar pie a que se malinterprete nuestra actitud –ojo con ser excesivamente obsequiosos o solícitos-, hay que tener gran cuidado y no precipitarse en los pasos que se hayan de dar. Soltar hilo e ir recogiendo suavemente…, una y otra vez. Todo llegará a su hora. No se trata, sin embargo de una jugada de ajedrez.

        En todo esto hay dos elementos esenciales: la intuición y la exquisita delicadeza. Al que hurga en el alma de otro sin estos requisitos, se le acaban todos los derechos que pueda argüir. Al alma se entra sin derecho alguno. Entrar en un alma es un gran privilegio y por ella hay que andar con sumo respeto y unción. Casi de rodillas. No todos están capacitados para ello, porque exige una dosis superlativa de sensibilidad, humildad, atención, capacidad admirativa y piedad. Al entrar en el interior de otro hay que dejar fuera la rudeza, los prejuicios, la dureza de corazón y la posibilidad de escándalo.

        Íntimo (Dicc. R. A.): Lo más interior o interno. Aplícase también a la amistad muy estrecha y al amigo muy querido y de gran confianza. Intimidad (Dicc. R. A.): Zona espiritual íntima y reservada de una persona o de un grupo, especialmente de una familia. Confidente (Dicc. R. A).: (Del lat. confidens, de confidere, confiar –actuar cum fide-,:) 1. Fiel, seguro, de confianza; 2. Persona a quien otro fía sus secretos; etc. Confidencia: (Dicc. R. A.): 1. Revelación secreta, noticia reservada; 2. confianza estrecha e íntima.

        La naturaleza de la fidelidad que la confidencia engendra obliga seriamente a guardar secreto sobre lo confiado, a no ser que exista un pacto anterior conocido bilateralmente que permita su revelación y, aún así, la excepción al secreto debe ser de características tan concretas y limitadas que la esencia de la confidencia no quede traicionada.

        8

        Aprendí bien pronto a conocer mejor esta flor. Siempre había habido en el planeta del principito flores muy simples adornadas con una sola fila de pétalos que apenas ocupaban sitio y a nadie molestaban. Aparecían entre la hierba una mañana y por la tarde se extinguían. Pero aquella había germinado un día de una semilla llegada de quién sabe dónde, y el principito había vigilado cuidadosamente desde el primer día aquella ramita tan diferente de las que él conocía. Podía ser una nueva especie de Baobab. Pero el arbusto cesó pronto de crecer y comenzó a echar su flor.

        El principito observó el crecimiento de un enorme capullo y tenía el convencimiento de que habría de salir de allí una aparición milagrosa; pero la flor no acababa de preparar su belleza al abrigo de su envoltura verde. Elegía con cuidado sus colores, se vestía lentamente y se ajustaba uno a uno sus pétalos. No quería salir ya ajada como las amapolas; quería aparecer en todo el esplendor de su belleza.

        ¡Ah, era muy coqueta aquella flor! Su misteriosa preparación duraba días y días. Hasta que una mañana, precisamente al salir el sol se mostró espléndida.

        La flor, que había trabajado con tanta precisión, dijo bostezando:

        -¡Ah, perdóname… apenas acabo de despertarme… estoy toda despeinada…!

        El principito no pudo contener su admiración:

        -¡Qué hermosa eres!

        -¿Verdad? -respondió dulcemente la flor-. He nacido al mismo tiempo que el sol.

        El principito advirtió que no era demasiado modesta, pero ¡era tan conmovedora!

        -Me parece que ya es hora de desayunar – añadió la flor -; si tuvieras la bondad de pensar un poco en mí…

        Y el principito, muy confuso, habiendo ido a buscar una regadera la roció abundantemente con agua fresca.

        Y así, ella lo iba atormentando con su vanidad un poco sombría. Un día, por ejemplo, hablando de sus cuatro espinas, dijo al principito:

        -¡Ya pueden venir los tigres, con sus garras!

        -No hay tigres en mi planeta -observó el principito- y, además, los tigres no comen hierba.

        -Yo no soy una hierba -respondió dulcemente la flor.

        -Perdóname…

        -No temo a los tigres, pero tengo miedo a las corrientes de aire. ¿No tendrás un biombo?

        “Miedo a las corrientes de aire no es una suerte para una planta” -pensó el principito-. “Esta flor es demasiado complicada…”

        -Por la noche me cubrirás con un fanal… hace mucho frío en tu tierra. No se está muy a gusto; allá de donde yo vengo…

        La flor se interrumpió; había llegado allí en forma de semilla y no era posible que conociera otros mundos. Humillada por haberse dejado sorprender inventando una mentira tan ingenua, tosió dos o tres veces para atraerse la simpatía del principito.

        -¿Y el biombo?

        -Iba a buscarlo, pero como no dejabas de hablarme…

        Insistió en su tos para darle al menos remordimientos.

        De esta manera el principito, a pesar de la buena voluntad de su amor, había llegado a dudar de ella. Había tomado en serio palabras sin importancia y se sentía desgraciado.

        “Yo no debía hacerle caso -me confesó un día el principito- nunca hay que hacer caso a las flores, basta con mirarlas y olerlas. Mi flor embalsamaba el planeta, pero yo no sabía gozar con eso… Aquella historia de garras y tigres que tanto me molestó, hubiera debido enternecerme”.

        Y me contó todavía:

        “¡No supe comprender nada entonces! Debí juzgarla por sus actos y no por sus palabras. ¡Me perfumaba y me iluminaba la vida! ¡No debí haber huido jamás! ¡No supe adivinar la ternura que ocultaban sus pobres astucias! ¡Son tan contradictorias las flores! Pero yo era demasiado joven para saber amarla”.

        QUERER A LA GENTE

        Me cae bien (o gordo), me agrada su compañía, me resulta simpático, es majo, animoso, optimista, culto y educado, tiene buen gusto, sabe de todo, sabe estar… Es soso, aburrido, me revienta, gafe, palizas, jaimito, inmaduro, inoportuno, pelele, creído, aguafiestas, metepatas, fanfarrón, cotilla, abúlico, superficial… Terribles primeras impresiones.

        Aprender a dar oportunidades. Poner buena voluntad. Los Prejuicios son las razones del necio. Ver las posibilidades que hay detrás de lo que se percibe en una primera impresión. Las apariencias engañan y más las primeras impresiones.

        AMISTAD

        ¿En qué consiste la amistad?: en dar, en darse. En dar lo mejor: ejemplo, tiempo, experiencias, la vida espiritual… ¿Es difícil la amistad? Obstáculos principales que hay que vencer: Egoísmo, desconocimiento de sí, desconfianza, superficialidad analítica, inmadurez, carácter insociable, pocas luces… El hombre-isla. El satisfecho de sí mismo.

        7

        Al quinto día, siempre gracias al cordero, me fue revelado este otro secreto de la vida del principito. Me preguntó bruscamente, y sin preámbulo, como resultado de un problema largamente meditado en silencio:

        -Si un cordero se come los arbustos, se comerá también las flores ¿no?

        -Un cordero se come todo lo que encuentra.

        -¿Y también las flores que tienen espinas?

        -Sí; también las flores que tienen espinas.

        -Entonces, ¿para qué le sirven las espinas?

        Confieso que no lo sabía. Estaba yo muy ocupado tratando de destornillar un perno demasiado apretado del motor; la avería comenzaba a parecerme cosa grave y la circunstancia de que se estuviera agotando mi provisión de agua, me hacía temer lo peor.

        -¿Para qué sirven las espinas?

        El principito no permitía nunca que se dejara sin respuesta una pregunta formulada por él. Irritado por la resistencia que me oponía el perno, le respondí lo primero que se me ocurrió:

        -Las espinas no sirven para nada; son pura maldad de las flores.

        -¡Oh!

        Y después de un silencio, me dijo con una especie de rencor:

        -¡No te creo! Las flores son débiles. Son ingenuas. Se defienden como pueden. Se creen terribles con sus espinas…

        No le respondí nada; en aquel momento me estaba diciendo a mí mismo: “Si este perno me resiste un poco más, lo haré saltar de un martillazo”. El principito me interrumpió de nuevo mis pensamientos:

        -¿Tú crees que las flores…?

        -¡No!, !No! Yo no creo nada! Te contesté cualquier cosa para que te calles. Tengo que ocuparme de cosas serias.

        Me miró estupefacto.

        -¡De cosas serias!

        Me miraba con mi martillo en la mano, los dedos llenos de grasa e inclinado sobre algo que le parecía muy feo.

        -¡Hablas como las personas grandes!

        Me avergonzó un poco. Pero él, implacable, añadió:

        -¡Lo confundes todo!… !Todo lo mezclas!…

        Estaba verdaderamente irritado; sacudía la cabeza, agitando al viento sus cabellos dorados.

        -Conozco un planeta donde vive un señor muy colorado, que nunca ha olido una flor, ni ha mirado una estrella y que jamás ha querido a nadie. En toda su vida no ha hecho más que sumas y restas. Y todo el día se lo pasa repitiendo como tú: “¡Soy un hombre serio, soy un hombre serio!”… Al parecer esto le llena de orgullo. Pero no es un hombre, ¡es un hongo!

        -¿Un qué?

        -Un hongo.

        El principito estaba pálido de cólera.

        -Hace millones de años que las flores tiene espinas y hace también millones de años que los corderos, a pesar de las espinas, se comen las flores. ¿Es que no es cosa seria averiguar por qué las flores pierden el tiempo fabricando unas espinas que no les sirven para nada? ¿Es que no es importante la guerra de los corderos y las flores? ¿No es esto más serio e importante que las sumas de un señor gordo y colorado? Y si yo sé de una flor única en el mundo y que no existe en ninguna parte más que en mi planeta; si yo sé que un buen día un corderillo puede aniquilarla sin darse cuenta de ello, ¿es que esto no es importante?

        El principito enrojeció y después continuó:

        -Si alguien ama a una flor de la que sólo existe más que un ejemplar entre los millones y millones de estrellas, es bastante para que sea feliz cuando mira a las estrellas. Puede decir satisfecho: “Mi flor está allí, en alguna parte…” ¡Pero si el cordero se la come, para él es como si de pronto todas las estrellas se apagaran! ¿Y esto no es importante?

        No pudo decir más y estalló bruscamente en sollozos. La noche había caído. Yo había soltado las herramientas y ya no importaban nada el martillo, el perno, la sed y la muerte.

        ¡Había en una estrella, en un planeta, el mío, la Tierra, un principito a quien consolar!

        Lo tomé en mis brazos y lo mecí diciéndole: “la flor que tú quieres no corre peligro… te dibujaré un bozal para tu cordero y una armadura para la flor…te…”.

        No sabía qué decirle, cómo consolarle y hacer que tuviera nuevamente confianza en mí; me sentía torpe.

        ¡Es tan misterioso el país de las lágrimas!

        Por primera vez el principito comienza a desvelar algo de su interior y como si se tratara de un secreto nos irá descubriendo el por qué de su melancolía… Pero esto requería aún un tiempo. Así es en la amistad… Tiene algo de misterioso el abrirse del alma, he leído hace poco que se abre el alma a quien se quiere, al amigo íntimo, al hermano. Y se abre el alma, para recibir, cuando menos, interés, comprensión, afecto”. (Cfr. “Getsemaní”, pg. 72). Un importante elemento requerido y algo olvidado en la amistad es la confianza total en el receptor y que presupone en éste total lealtad y discreción absoluta. Por eso generalmente también es necesario un periodo más o menos largo de trato y conocimiento mutuo que puede ir creciendo escalonadamente conforme crece la intimidad en el trato y se percibe la sinceridad e interés en el que escucha; perseverancia en el trato, de una manera u otra (cartas, citas, paseos, llamadas,…).

        VI

        ¡Ah, principito!, cómo he ido comprendiendo lentamente tu vida melancólica! Durante mucho tiempo tu única distracción fue la suavidad de las puestas de sol. Este nuevo detalle lo supe al cuarto día, cuando me dijiste:

        -Me gustan mucho las puestas de sol; vamos a ver una puesta de sol…

        -Tendremos que esperar…

        -¿Esperar qué?

        -Que el sol se ponga.

        Pareciste muy sorprendido primero, y después te reíste de ti mismo. Y me dijiste:

        -Siempre me creo que estoy en mi casa.

        En efecto, como todo el mundo sabe, cuando es mediodía en Estados Unidos, en Francia se está poniendo el sol. Sería suficiente poder trasladarse a Francia en un minuto para asistir a la puesta del sol, pero desgraciadamente Francia está demasiado lejos. En cambio, sobre tu pequeño planeta te bastaba arrastrar la silla algunos pasos para presenciar el crepúsculo cada vez que lo deseabas…

        -¡Un día vi ponerse el sol cuarenta y tres veces!

        Y un poco más tarde añadiste:

        -¿Sabes?… Cuando uno está verdaderamente triste son agradables las puestas de sol.

        -¿Estabas, pues, verdaderamente triste el día de las cuarenta y tres veces?

        El principito no respondió.

        Ya sabemos que el principito vive en un pequeño planeta, el asteroide B612, poco apoco nos irá revelando que en él hay tres volcanes (dos de ellos activos y uno no) y una rosa. Pasa sus días cuidando de su planeta, porque hay hierbas buenas y hierbas malas. Por consiguiente, de buenas semillas salían buenas hierbas y de las semillas malas, hierbas malas. Pero las semillas son invisibles; duermen en el secreto de la tierra, hasta que un buen día una de ellas tiene la fantasía de despertarse. Si se trata de una hierba buena se la puede dejar que crezca como quiera. Pero si se trata de una mala hierba, es preciso arrancarla inmediatamente en cuanto uno ha sabido reconocerla. En el planeta del principito había semillas terribles… como las semillas del baobab. El principito quita los árboles baobab que constantemente intentan echar raíces allí. De permitirles crecer, los árboles partirían su planeta en pedazos.

        V

        Cada día yo aprendía algo nuevo sobre el planeta, sobre la partida y sobre el viaje. Esto venía suavemente al azar de las reflexiones. De esta manera tuve conocimiento al tercer día, del drama de los baobabs.
        Fue también gracias al cordero y como preocupado por una profunda duda, cuando el principito me preguntó:
        -¿Es verdad que los corderos se comen los arbustos?
        -Sí, es cierto.
        -¡Ah, qué contesto estoy!
        No comprendí por qué era tan importante para él que los corderos se comieran los arbustos. Pero el principito añadió:
        -Entonces se comen también los baobabs.
        Le hice comprender al principito que los baobabs no son arbustos, sino árboles tan grandes como iglesias y que incluso si llevase consigo todo un rebaño de elefantes, el rebaño no lograría acabar con un solo baobab.
        Esta idea del rebaño de elefantes hizo reír al principito.
        -Habría que poner los elefantes unos sobre otros…
        Y luego añadió juiciosamente:
        -Los baobabs, antes de crecer, son muy pequeñitos.
        -Es cierto. Pero ¿por qué quieres que tus corderos coman los baobabs?
        Me contestó: “¡Bueno! ¡Vamos!”
        como si hablara de una evidencia. Me fue necesario un gran esfuerzo de inteligencia para comprender por mí mismo este problema.

        En efecto, en el planeta del principito había, como en todos los planetas, hierbas buenas y hierbas malas. Por consiguiente, de buenas semillas salían buenas hierbas y de las semillas malas, hierbas malas. Pero las semillas son invisibles; duermen en el secreto de la tierra, hasta que un buen día una de ellas tiene la fantasía de despertarse. Entonces se alarga extendiendo hacia el sol, primero tímidamente, una encantadora ramita inofensiva. Si se trata de una ramita de rábano o de rosal, se la puede dejar que crezca como quiera. Pero si se trata de una mala hierba, es preciso arrancarla inmediatamente en cuanto uno ha sabido reconocerla. En el planeta del principito había semillas terribles… como las semillas del baobab. El suelo del planeta está infestado de ellas. Si un baobab no se arranca a tiempo, no hay manera de desembarazarse de él más tarde; cubre todo el planeta y lo perfora con sus raíces. Y si el planeta es demasiado pequeño y los baobabs son numerosos, lo hacen estallar.

        “Es una cuestión de disciplina, me decía más tarde el principito. Cuando por la mañana uno termina de arreglarse, hay que hacer cuidadosamente la limpieza del planeta. Hay que dedicarse regularmente a arrancar los baobabs, cuando se les distingue de los rosales, a los cuales se parecen mucho cuando son pequeñitos. Es un trabajo muy fastidioso pero muy fácil”.
        Y un día me aconsejó que me dedicara a realizar un hermoso dibujo, que hiciera comprender a los niños de la tierra estas ideas. “Si alguna vez viajan, me decía, esto podrá servirles mucho. A veces no hay inconveniente en dejar para más tarde el trabajo que se ha de hacer; pero tratándose de baobabs, el retraso es siempre una catástrofe. Yo he conocido un planeta, habitado por un perezoso que descuidó tres arbustos…”
        Siguiendo las indicaciones del principito, dibujé dicho planeta. Aunque no me gusta el papel de moralista, el peligro de los baobabs es tan desconocido y los peligros que puede correr quien llegue a perderse en un asteroide son tan grandes, que no vacilo en hacer una excepción y exclamar: “¡Niños, atención a los baobabs!” Y sólo con el fin de advertir a mis amigos de estos peligros a que se exponen desde hace ya tiempo sin saberlo, es por lo que trabajé y puse tanto empeño en realizar este dibujo. La lección que con él podía dar, valía la pena. Es muy posible que alguien me pregunte por qué no hay en este libro otros dibujos tan grandiosos como el dibujo de los baobabs. La respuesta es muy sencilla: he tratado de hacerlos, pero no lo he logrado. Cuando dibujé los baobabs estaba animado por un sentimiento de urgencia.

        Ya estamos en el capítulo IV del Principito. Con humor plantea un error típico de nuestro tiempo: la excesiva importancia que damos a la cantidad olvidando lo esencial de las cosas. Por ejemplo, vamos de excursión y al llegar nos preguntarán: dónde has estado, cuantos erais, etc… Pero más que cuántos, o dónde, habría que preguntar con quienes has estado. Por eso afirma el autor: Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: “¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?”. Pero en cambio preguntan: “¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?”. Solamente con estos detalles creen conocerle.

        Capítulo IV

        De esta manera supe una segunda cosa muy importante: su planeta de origen era apenas más grande que una casa. Esto no podía asombrarme mucho. Sabía muy bien que aparte de los grandes planetas como la Tierra, Júpiter, Marte, Venus, a los cuales se les ha dado nombre, existen otros centenares de ellos tan pequeños a veces, que es difícil distinguirlos aun con la ayuda del telescopio. Cuando un astrónomo descubre uno de estos planetas, le da por nombre un número. Le llama, por ejemplo, “el asteroide 3251″.

        Tengo poderosas razones para creer que el planeta del cual venía el principito era el asteroide B 612. Este asteroide ha sido visto sólo una vez con el telescopio en 1909, por un astrónomo turco

        Este astrónomo hizo una gran demostración de su descubrimiento en un Congreso Internacional de Astronomía. Pero nadie le creyó a causa de su manera de vestir. Las personas mayores son así. Felizmente para la reputación del asteroide B 612, un dictador turco impuso a su pueblo, bajo pena de muerte, el vestido a la europea. Entonces el astrónomo volvió a dar cuenta de su descubrimiento en 1920 y como lucía un traje muy elegante, todo el mundo aceptó su demostración.

        Si les he contado de todos estos detalles sobre el asteroide B 612 y hasta les he confiado su número, es por consideración a las personas mayores. A los mayores les gustan las cifras.

        Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: “¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?”. Pero en cambio preguntan: “¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?”. Solamente con estos detalles creen conocerle.

        Si les decimos a las personas mayores: “He visto una casa preciosa de ladrillo rosa, con geranios en las ventanas y palomas en el tejado”, jamás llegarán a imaginarse cómo es esa casa. Es preciso decirles: “He visto una casa que vale cien mil pesos”. Entonces exclaman entusiasmados: “¡Oh, qué preciosa es!”.

        De tal manera, si les decimos: “La prueba de que el principito ha existido está en que era un muchachito encantador, que reía y quería un cordero. Querer un cordero es prueba de que se existe”, las personas mayores se encogerán de hombros y nos dirán que somos unos niños. Pero si les decimos: “el planeta de donde venía el principito era el asteroide B 612″, quedarán convencidas y no se preocuparán de hacer más preguntas. Son así. No hay por qué guardarles rencor. Los niños deben ser muy indulgentes con las personas mayores.

        Pero nosotros, que sabemos comprender la vida, nos burlamos tranquilamente de los números.

        A mí me habría gustado más comenzar esta historia a la manera de los cuentos de hadas. Me habría gustado decir:

        “Era una vez un principito que habitaba un planeta apenas más grande que él y que tenía necesidad de un amigo…” Para aquellos que comprenden la vida, esto hubiera parecido más real.

        Porque no me gusta que mi libro sea tomado a la ligera. Siento tanta pena al contar estos recuerdos. Hace ya seis años que mi amigo se fue con su cordero. Y si intento describirlo aquí es sólo con el fin de no olvidarlo. Es muy triste olvidar a un amigo. No todos han tenido un amigo. Y yo puedo llegar a ser como las personas mayores, que sólo se interesan por las cifras. Para evitar esto he comprado una caja de lápices de colores. ¡Es muy duro, a mi edad, ponerse a aprender a dibujar, cuando en toda la vida no se ha hecho otra tentativa que la de una boa abierta y una boa cerrada a la edad de seis años! Ciertamente que yo trataré de hacer retratos lo más parecido posibles, pero no estoy muy seguro de lograrlo. Uno saldrá bien y otro no tiene parecido alguno. En las proporciones me equivoco también un poco. Aquí el principito es demasiado grande y allá es demasiado pequeño. Dudo también sobre el color de su traje. Titubeo sobre esto y lo otro y unas veces sale bien y otras mal. Es posible, en fin, que me equivoque sobre ciertos detalles muy importantes. Pero habrá que perdonármelo ya que mi amigo no me daba nunca muchas explicaciones. Me creía semejante a sí mismo y yo, desgraciadamente, no sé ver un cordero a través de una caja. Es posible que yo sea un poco como las personas mayores. He debido envejecer.

        Seguimos con nuestro Principito. Tras encontrarse casualmente en el desierto, el aviador y nuestro personaje comienzan a conocerse y a hacerse amigos. Sí, este libro es el fondo una deliciosa historia de amistad. Estamos en el comienzo de una amistad: cada uno muestra interés por el otro, se hacen preguntas, se piensan las respuestas, se retrasan… hace falta un poco más de confianza… Cada uno tiene su visión de su mundo… A veces puede hasta resultar cómica. Todo esto necesita tiempo.

        3

        Necesité mucho tiempo para comprender de dónde venía. El Principito, que me hacía muchas preguntas, jamás parecía oír las mías. Fueron palabras pronunciadas al azar, las que poco a poco me revelaron todo. Así, cuando distinguió por vez primera mi avión (no dibujaré mi avión, por tratarse de un dibujo demasiado complicado para mí) me preguntó:

        -¿Qué cosa es esa?

        -Eso no es una cosa. Eso vuela. Es un avión. Es mi avión.

        Me sentía orgulloso al decirle que volaba. El entonces gritó:

        -¡Cómo! ¿Has caído del cielo?

        -Sí -le dije modestamente

        -¡Ah! ¡Que gracioso!

        Y el principito lanzó una graciosa carcajada que me irritó mucho. Me gusta que mis desgracias se tomen en serio. Y añadió:

        -Entonces ¡tú también vienes del cielo! ¿De qué planeta eres tú?

        Entreví rápidamente una luz en el misterio de su presencia y le pregunté bruscamente:

        -¿Tu vienes, pues, de otro planeta?

        Pero no me respondió; movía lentamente la cabeza mirando detenidamente mi avión.

        -Es cierto, que, encima de eso, no puedes venir de muy lejos…

        Y se hundió en un ensueño durante largo tiempo. Luego sacando de su bolsillo el cordero se abismó en la contemplación de su tesoro.

        Imagínense cuánto pudo haberme intrigado esta semiconfidencia sobre los “otros planetas”. Me esforcé, pues, en saber algo más:

        -¿De dónde vienes, hombrecito? ¿Dónde está “tu casa”? ¿Dónde quieres llevarte mi cordero?

        Después de meditar silenciosamente me respondió:

        -Lo bueno de la caja que me has regalado es que por la noche le servirá de casa.

        -Sin duda. Y si eres bueno te daré también una cuerda y una estaca para atarlo durante el día.

        Esta proposición pareció chocar al principito.

        -¿Atarlo? ¡Qué idea más rara!

        -Si no lo atas, se irá quién sabe dónde y se perderá…

        Mi amigo soltó una nueva carcajada.

        -¿Y dónde quieres que vaya?

        -No sé, a cualquier parte. Derecho camino adelante…

        Entonces el principito señaló con gravedad:

        -¡No importa, es tan pequeña mi casa!

        Y agregó, quizás, con un poco de melancolía:

        -Derecho, camino adelante… no se puede ir muy lejos.

        Sencillez y comprensión

        Domingo, 30 septiembre, 2007

        El Principito de Antoine Saint-Exupéry

        Tras el delicioso prólogo del libro, en el que el autor pide disculpas por dedicárselo a una persona mayor (aunque luego rectifica), sigue en este primer capítulo interpretando el papel de niño, que al parecer no ha abandonado en su vida adulta manifestando que está dispuesto a abajarse a la altura de los adultos para tratar con ellos, aunque sigue considerándolos gente poco comprensiva y a la que hay que dar demasiadas explicaciones como ya comprendió cuando tenía 6 años.

        1

        Cuando yo tenía seis años vi en un libro sobre la selva virgen que se titulaba “Historias vividas“, una magnífica lámina. Representaba una serpiente boa que se tragaba a una fiera. Esta es la copia del dibujo.

        En el libro decía: “Las serpientes boas se tragan su presas enteras, sin masticarlas. Luego no pueden moverse y duermen durante los seis meses que dura su digestión“.

        Reflexioné mucho en ese momento sobre las aventuras de la jungla y a mi vez logré trazar con un lápiz de colores mi primer dibujo. Mi dibujo número 1. Era asi:

        Enseñé mi obra de arte a las personas mayores y les pregunté si mi dibujo les asustaba.

        -¿Por qué habría de asustar un sombrero? – me respondieron.

        Mi dibujo no representaba un sombrero. Representaba una serpiente boa que digería un elefante. Dibujé entonces el interior de la serpiente boa a fin de que las personas grandes pudieran comprender. Siempre necesitan explicaciones. Mi dibujo número 2 era así:

        Las personas grandes me aconsejaron que dejara a un lado los dibujos de serpientes boas abiertas o cerradas, y que me interesara un poco más en la geografía, la historia, el cálculo y la gramática. Así fue cómo, a la edad de seis años abandoné una magnífica carrera de pintor. Había quedado desilusionado por el fracaso de mis dibujos número 1 y número 2.

        Las personas grandes nunca comprenden nada por sí solas y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones.

        Tuve, pues, que elegir otro oficio y aprendí a pilotear aviones. He volado un poco por todo el mundo y la geografía, en efecto, me ha servido de mucho; al primer vistazo podía distinguir perfectamente la China de Arizona. Esto es muy útil, sobre todo si se pierde uno durante la noche.

        A lo largo de mi vida he tenido multitud de contactos con multitud de gente seria. Viví mucho con personas grandes. Las he conocido muy de cerca; pero esto no ha mejorado demasiado mi opinión sobre ellas.

        Cuando me he encontrado con alguien que me parecía un poco lúcido, lo he sometido a la experiencia de mi dibujo número 1 que he conservado siempre. Quería saber si verdaderamente era un ser comprensivo. Pero siempre me respondían: “Es un sombrero”. Entonces no le hablaba ni de serpientes boas, ni de la selva virgen y ni de estrellas. Poniéndome a su altura, les hablaba del bridge, del golf, de política y de corbatas. Y la persona grande se quedaba muy contenta de conocer a un hombre tan razonable.

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