No hace mucho alguien me dijo que no es bueno poner todo un libro, aunque sea por partes, en el blog. Así que, tras reflexionar sobre este consejo he decidido saltarme los tres capítulos que quedan antes del final, que lleva por título: “La cima de la Verdad

El capitulo 4 lleva el título: “El Castillo del Silencio”. En el se nos dice que el silencio al liberarnos del ruido nos permite escuchar la voz interior, la voz íntima de nuestras inquietudes profundas, de esos problemas de fondo que hemos de solucionar, etc…

El capítulo 5 lleva por título: “El Castillo del Conocimiento”. Es el conocimiento propio el que nos descubre nuestro valor personal, quienes somos personalmente, nos descubre nuestra verdadera imagen. Esto nos libera de tener que estar probando continuamente a los demás o a nosotros mismos, cuanto valemos o quienes somos… Efectivamente el conocimiento personal adquirido basta para estar seguro…

Por último, en el capítulo 6 titulado: “El Castillo de La Voluntad y La Osadía”. Se denomina así porque allí es donde el caballero debe vencer al dragón del Miedo y la Duda. Por un lado es como si se nos dijera que debemos evitar esa tendencia a acomodarse, a crearnos una torre de marfil egoísta en la que estamos a gusto… O esa retirada precipitada frente a proyectos e ilusiones que podríamos haber realizado y hemos abandonado por miedo… O eso que tantas veces nos ocurre: el desánimo ante las derrotas… Aquí os pongo el final de este interesante libro.

Centímetro a centímetro, palmo a palmo, el caba­llero escaló, con los dedos ensangrentados por te­ner que aferrarse a las afiladas rocas. Cuando ya casi había llegado a la cima, se encontró con un canto rodado que bloqueaba su camino. Como siempre, había una inscripción sobre él:

“Aunque este Universo poseo, nada poseo, pues no puedo conocer lo desconocido si me aferro a lo conocido.”

El caballero se sentía demasiado exhausto para superar el último obstáculo. Parecía imposible des­cifrar la inscripción y estar colgado de la pared de la montaña al mismo tiempo, pero sabía que debía intentarlo.

Ardilla y Rebeca se sintieron tentadas de ayu­darle, pero se contuvieron, pues sabían que a ve­ces la ayuda puede debilitar a un ser humano.

El caballero inspiró profundamente, lo que le aclaró un poco la mente. Leyó la última parte de la inscripción en voz alta: «Pues no puedo conocer lo desconocido si me aferro a lo conocido».

El caballero reflexionó sobre algunas de las cosas «conocidas» a las que se había aferrado du­rante toda su vida. Estaba su identidad -quién creía que era y que no era-. Estaban sus creen­cias -aquello que él pensaba que era verdad y lo que consideraba falso-. Y estaban sus juicios -las cosas que tenía por buenas y aquellas que con­sideraba malas.

El caballero observó la roca y un pensamiento terrible cruzó por su mente: también conocía la roca a la cual se aferraba para seguir con vida. ¿Quería decir la inscripción que debía soltarse y dejarse caer al abismo de lo desconocido?

-Lo has cogido, caballero -dijo Sam-. Tie­nes que soltarte.

-¿Qué intentas hacer, matarnos a los dos? -gritó el caballero. Leer el resto de esta entrada »

El caballero de la armadura oxidada de Robert Fisher

Capítulo III: EL SENDERO DE LA VERDAD (segunda parte)

Terminamos hoy este tercer capítulo dedicado al Sendero de la Verdad. Este Sendero como os habréis dado cuenta es el sendero del conocimiento propio -el famoso dicho: “conócete a ti mismo”-, que nos liberará de la vanidad que nace de darle prioridad a lo qué piensan los demás de nosotros y de la arrogancia que nace de un desconocimiento ciego de nuestros defectos. Se trata pues de buscar la verdad sobre nosotros mismos.

El caballero suspiró profundamente mientras contemplaba la empinada y estrecha senda. Des­aparecía entre los altos árboles que sobresalían hacia unas nubes bajas. Presintió que este viaje sería mucho más difícil que una cruzada.

Merlín sabía lo que el caballero estaba pen­sando.

-Sí -afirmó-, es una batalla diferente la que tendréis que librar en el Sendero de la Verdad. La lucha será aprender a amaros.

-¿Cómo haré eso? -preguntó el caballero. -Empezaréis por aprender a conoceros -res­pondió Merlín-. Esta batalla no se puede ganar con la espada, así que la tendréis que dejar aquí -la tierna mirada de Merlín descansó en el caba­llero por un momento. Luego añadió-: Si os en­contráis con algo con lo que no podáis lidiar, llamadme, y yo acudiré.

-¿Queréis decir que podéis aparecer donde­quiera que yo me encuentre?

-Cualquier mago que se precie lo puede hacer -replicó Merlín. Dicho esto, desapareció.

El caballero quedó asombrado. -¡Pero bueno… si ha desaparecido!

Ardilla asintió.

-A veces realmente la hace buena.

-Gastaréis toda vuestra energía hablando -les riñó Rebeca-. Pongámonos en marcha.

El yelmo del caballero emitió un chirrido cuan­do éste asintió. Partieron con Ardilla al frente y, detrás, el caballero con Rebeca sobre su hombro. De tanto en tanto, Rebeca volaba en misión exploratoria y volvía para informarles de lo que les esperaba más adelante.

Después de unas horas, el caballero se derrum­bó, exhausto y dolorido. No estaba acostumbrado a viajar sin caballo y con la armadura puesta. Como de todas maneras era casi de noche, Rebeca y Ardilla decidieron parar para dormir.

Rebeca voló entre los arbustos y regresó con algunas bayas, que empujó a través de los orifi­cios de la visera del caballero. Ardilla fue a un arroyo cercano y llenó algunas cáscaras de nuez con agua, que el caballero bebió con la pajita que Merlín le había proporcionado. Demasiado agota­do como para esperar a que Ardilla le preparara más nueces, se quedó dormido.

A la mañana siguiente le despertó el sol cayen­do sobre sus ojos. La luminosidad le molestaba. Su visera nunca había dejado pasar tanta luz. Mien­tras intentaba entender este fenómeno, se dio cuenta de que Ardilla y Rebeca le estaban observando, al tiempo que parloteaban y arrullaban con excita­ción. Hizo un esfuerzo por sentarse y, de repente, se dio cuenta de que podía ver mucho más que el día anterior, y que podía sentir la fresca brisa en sus mejillas.

¡Una parte de su visera se había roto y se había caído!

«¿Cómo habrá sucedido?», se preguntó. Ardilla contestó a la pregunta que él no había formulado en voz alta.

-Se ha oxidado y se ha caído.

-Pero ¿cómo? preguntó el caballero. -Por las lágrimas que derramasteis después de ver la carta en blanco de vuestro hijo -dijo Rebeca.

El caballero meditó sobre esto. La pena que había sentido era tan profunda que su armadura no había podido protegerle. Al contrario, sus lágri­mas habían comenzado a deshacer el acero que le rodeaba.

-¡Eso es! -gritó-. ¡Las lágrimas de auténti­cos sentimientos me liberarán de la armadura! Leer el resto de esta entrada »

EL SENDERO DE LA VERDAD (primera parte)

La senda de la verdad llevará al caballero a ponerse delante de su vida sin tapujos: ¿quién soy? ¿qué quiero?, ¿qué busco?, etc… Para conseguirlo habrá de pasar por el castillo del silencio, el castillo del conocimiento, y finalmente el castillo de la Voluntad y la osadía en donde ha de enfrentarse a los miedos que se oponen al cambio radical que se le propone… hasta llegar a la cima de la verdad.

Cuando el caballero despertó, Merlín estaba sen­tado silenciosamente a su lado.

-Siento no haber actuado como un caballero -dijo-. Mi barba está hecha una sopa -añadió disgustado.

-No os excuséis -dijo Merlín-. Acabáis de dar el primer paso para liberaros de vuestra arma­dura.

-¿Qué queréis decir?

-Ya lo veréis -replicó el mago. Se puso de pie-. Es hora de que os vayáis.

Esto molestó al caballero. Estaba empezando a disfrutar de estar en el bosque con Merlín y los animales. De cualquier manera, le parecía que no tenía adónde ir. Aparentemente, Julieta y Cristó­bal no lo querían en casa. Es verdad que podía volver al asunto de la caballería e ir a alguna cruzada. Tenía una buena reputación en batalla, y había muchos reyes que se sentirían felices tenién­dolo a su lado, pero ya no le parecía que luchar pudiese tener sentido.

Merlín le recordó al caballero su nuevo propósi­to: liberarse de su armadura.

-¿Por qué molestarse? -preguntó el caballero ásperamente-. A Julieta y a Cristóbal les da igual si me la quito o no.

-Hacedlo por vos mismo -sugirió Merlín-. Estar atrapado entre todo ese acero os ha causado muchos problemas, y las cosas empeorarán con el paso del tiempo. Incluso podríais morir a causa de una neumonía por culpa de una barba empapada.

-Supongo que sí, mi barba se ha convertido en un fastidio -replicó el caballero-. Estoy can­sado de cargar con ella y estoy harto de comer papillas. Ahora que lo pienso, ni siquiera me pue­do rascar la espalda cuando me pica.

-¿Y cuándo fue la última vez que sentisteis el calor de un beso, olisteis la fragancia de una flor, o escuchasteis una hermosa melodía sin que vues­tra armadura se interpusiera entre vosotros?

-Ya ni me acuerdo -murmuró el caballero con tristeza-. Tenéis razón, Merlín. Tengo que liberarme de esta armadura por mí mismo.

-No podéis continuar viviendo y pensando como lo habéis hecho hasta ahora -dijo Mer­lín-. Fue así cómo os quedasteis atrapado en ese montón de acero al principio.

-Pero, ¿cómo puedo cambiar todo eso? -pre­guntó el caballero intranquilo.

-No es tan difícil como parece -explicó Mer­lín, conduciendo al caballero hacia un sendero-. Éste es el sendero que seguisteis para llegar a estos bosques.

-Yo no seguí ningún sendero -dijo el caba­llero-. ¡Estuve perdido durante meses!

-La gente no suele percibir el sendero por el que transita -replicó Merlín.

-¿Queréis decir que el sendero estaba ahí pero yo no lo podía ver?

-Sí, y podéis regresar por el mismo, si así lo deseáis; pero conduce a la deshonestidad, la avari­cia, el odio, los celos, el miedo y la ignorancia.

-¿Estáis diciendo que yo soy todo eso? pre­guntó el caballero indignado.

-En algunos momentos, sois alguna de esas cosas -admitió Merlín en voz baja. Leer el resto de esta entrada »

En los bosques de Merlín (y 2)

El Caballero de la armadura oxidada” de Robert Fisher.

Terminamos el capítulo iniciado la semana pasada. El caballero tras descubrir que no se puede quitar la armadura, decide buscar a Merlín para que le ayude. Este le indica el camino que ha de seguir: se trata del sendero de la verdad (lo veremos en el tercer capítulo). Afortunadamente, vemos como nuestro caballero decide tomarlo de inmediato, pues se da cuenta de que si no se lanza puede cambiar pronto de opinión.

(sigue del anterior)

¿Era posible que no fuese bueno, generoso y amoroso? Decidió pre­guntárselo a Merlín.

- ¿Qué pensáis vos? -replicó Merlín.

- ¿Por qué siempre respondéis a una pregunta con otra pregunta?

-¿Y por qué siempre buscáis que otros os respondan vuestras preguntas?

El caballero se marchó enfadado, maldiciendo a Merlín entre dientes.

- ¡Ese Merlín! -masculló-. ¡Hay veces que realmente me saca de mi armadura!

Con un ruido seco, el caballero dejó caer su pesado cuerpo bajo un árbol para reflexionar so­bre las preguntas del mago.

¿Qué pensaba en realidad?

- ¿Podría ser -dijo en voz alta a nadie en particular- que yo no fuera bueno, generoso y amoroso?

- Podría ser -dijo una vocecita-. Si no, ¿por qué estáis sentado sobre mi cola? Leer el resto de esta entrada »

“El Caballero de la armadura oxidada” de Robert Fisher

En los bosques de Merlín

Vimos en el capitulo anterior El dilema del caballero como la situación del caballero dentro de su armadura llega a ser tan insostenible para la familia que nuestro caballero decide finalmente quitarse la armadura. Pero entonces descubre que, después de tanto tiempo encerrado en ella, está totalmente atascada y no puede quitársela. En este segundo capítulo, veremos como el caballero marcha entonces en busca del mago Merlín, el único que puede orientarle y mostrarle un sendero estrecho y empinado como la única solución liberarse de aquel curioso encierro. Se trata del sendero de la verdad (lo veremos en el tercer capítulo), y decide tomarlo de inmediato, pues se da cuenta de que si no se lanza puede cambiar pronto de opinión.

No fue tarea fácil encontrar al astuto mago. Había muchos bosques en los que buscar, pero sólo un Merlín. Así que el pobre caballero cabalgó día tras día, noche tras noche, debilitándose cada vez más.

Mientras cabalgaba en solitario a través de los bosques, el caballero se dio cuenta de que había muchas cosas que no sabía. Siempre había pensa­do que era muy listo, pero no se sentía tan listo ahora, intentando sobrevivir en los bosques.

De mala gana, se reconoció a sí mismo que no podía distinguir una baya venenosa de una comes­tible. Esto hacía del acto de comer una ruleta rusa. Beber no era menos complicado. El caballero in­tentó meter la cabeza en un arroyo, pero su yelmo se llenó de agua. Casi se ahoga dos veces. Por si eso fuera poco, estaba perdido desde que había entrado en el bosque. No sabía distinguir el norte del sur, ni el este del oeste. Por fortuna, su caballo sí lo sabía.

Después de meses de buscar en vano, el caba­llero estaba bastante desanimado. Aún no había encontrado a Merlín, a pesar de haber viajado mu­chas leguas. Lo que le hacía sentirse peor aún era que ni siquiera sabía cuánto era una legua. Una mañana, se despertó sintiéndose más débil de lo normal y un tanto peculiar. Aquella misma maña­na encontró a Merlín. El caballero reconoció al mago enseguida. Estaba sentado bajo un árbol, vestido con una larga túnica blanca. Los animales del bosque estaban reunidos a su alrededor, y los pájaros descansaban en sus hombros y brazos.

El caballero movió la cabeza sombríamente de un lado a otro, haciendo que rechinase su armadu­ra. ¿Cómo podían todos estos animales encontrar a Merlín con tanta facilidad cuando había sido tan difícil para él?

Cansinamente, el caballero descendió de su ca­ballo.

- Os he estado buscando -le dijo al mago-. He estado perdido durante meses.

Toda vuestra vida -lo corrigió Merlín, mor­diendo una zanahoria y compartiéndola con el co­nejo más cercano.

El caballero se enfureció.

- No he venido hasta aquí para ser insultado.

- Quizá siempre os habéis tomado la verdad como un insulto -dijo Merlín, compartiendo la zanahoria con alguno de los otros animales.

Al caballero tampoco le gustó mucho este co­mentario, pero estaba demasiado débil de hambre y sed como para subir a su caballo y marcharse. En lugar de eso, Leer el resto de esta entrada »

“El Caballero de la armadura oxidada” de Robert Fisher

El dilema del caballero

Este domingo primaveral, apetece salir a pasear y pasar un rato con los amigos o comer fuera con la familia. Y, no se muy bien por qué, pero me ha venido a la cabeza este estupendo relato del dilema del caballero. Espero que su lectura además de entretenida nos ayude a poner las cosas en su sitio y hacernos algunas preguntas ¿no te parece que a veces vamos metidos en nuestra armadura de la acción?

Capítulo 1 El dilema del caballero

Hace ya mucho tiempo, en una tierra muy lejana, vivía un caballero que pensaba que era bueno, generoso y amoroso. Hacía todo lo que suelen hacer los caballeros buenos, generosos y amorosos: Luchaba contra sus enemigos, que eran malos mezquinos y odiosos. Mataba dragones y rescataba damiselas en apuros.

Cuando en el asunto de la caballería había crisis, tenía la mala costumbre de rescatar damiselas incluso cuando ellas no deseaban ser rescatadas y, debido a esto, aunque muchas damas le estaban agradecidas, otras tantas se mostraban furiosas con el caballero. Él lo aceptaba con filosofía. Después de todo, no se puede contentar a todo el mundo.

Nuestro caballero era famoso por su armadura. Reflejaba unos rayos de luz tan brillantes que la gente del pueblo juraba haber visto el sol salir en el norte o ponerse en el este cuando el caballero partía a la batalla. Y partía a la batalla con bastante frecuencia. Ante la mera mención de una cruzada, el caballero se ponía la armadura entusiasmado, montaba su caballo y cabalgaba en cualquier dirección. Su entusiasmo era tal que a veces partía en varias direcciones a la vez, lo cual no es nada fácil.

Durante años, el caballero se esforzó en ser el número uno del reino. Siempre había otra batalla que ganar, otro dragón que matar u otra damisela que rescatar.

El caballero tenía una mujer fiel y bastante tolerante, Julieta, que escribía hermosos poemas, decía cosas inteligentes y tenía debilidad por el vino. También tenía un joven hijo de cabellos dorados, Cristóbal, al que esperaba ver, algún día, convertido en un valiente caballero. Julieta y Cristóbal veían poco al caballero porque, cuando no estaba luchando en una batalla, matando dragones o rescatando damiselas, estaba ocupado probándose su armadura y admirando su brillo.

Con el tiempo, el caballero se enamoró hasta tal punto de su armadura que se la empezó a poner para cenar, y a menudo para dormir. Después de un tiempo, ya no se tomaba la molestia de quitársela para nada.

Poco a poco, su familia fue olvidando qué aspecto tenía sin ella. Ocasionalmente, Cristóbal le preguntaba a su madre qué aspecto tenía su padre. Cuando esto sucedía, Julieta llevaba al chico hasta la chimenea y señalaba el retrato del caballero. He ahí a tu padre, decía con un suspiro. Una tarde, mientras contemplaba el retrato, Cristóbal le dijo a su madre: ¡Ojalá pudiera ver a padre en persona! ¡No puedes tenerlo todo! respondió bruscamente Julieta.

Estaba cada vez más harta de tener tan sólo una pintura como recuerdo del rostro de su marido y estaba cansada de dormir mal por culpa del ruido metálico de la armadura. Leer el resto de esta entrada »

El Caballero de la Armadura Oxidada

Martes, 4 septiembre, 2007

“El Caballero de la Armadura Oxidada es un sorprendente best-seller (ya está en más de 80 ediciones) de Robert Fisher. Se trata de un relato fantástico, cuyo protagonista es un caballero medieval que “cuando no estaba luchando en una batalla, matando dragones o rescatando damiselas, estaba ocupado probándose su armadura y admirando su brillo“. El éxito del libro quizás resida en que simboliza nuestro caminar por la vida haciendo certeras observaciones.

Nuestro caballero se había enamorado hasta tal punto de su armadura que se la empezó a poner para cenar, y a menudo para dormir. Después de un tiempo, ya no se tomaba la molestia de quitársela para nada. Su mujer estaba cada vez más harta de no poder ver el rostro de su marido, y de dormir mal por culpa del ruido metálico de la armadura.

La situación llega a ser tan insostenible para la desdichada familia que nuestro caballero decide finalmente quitarse la armadura. Es entonces cuando descubre que, después de tanto tiempo encerrado en ella, está totalmente atascada y no puede quitársela. Marcha entonces en busca del mago Merlín, que le muestra un sendero estrecho y empinado como la única solución liberarse de aquel curioso encierro. Se trata del sendero de la verdad, y decide tomarlo de inmediato, pues se da cuenta de que si no se lanza puede cambiar pronto de opinión.

Tiene que superar diversas pruebas. En una de ellas comprueba que apenas se había ganado el afecto de su hijo, y eso le hace llorar amargamente. La sorpresa llega a la mañana siguiente, cuando ve que la armadura se ha oxidado como consecuencia de las lágrimas, y parte de ella se ha desencajado y caído. Su llanto había comenzado a liberarle.

Más adelante, con ocasión de otras pruebas, advierte que durante años no había querido admitir las cosas que hacía mal. Había preferido culpar siempre a los demás. Se había comportado de manera ingrata con su mujer y su hijo. Había sido muy injusto. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas cada vez con más profusión. Había necesitado a su mujer y a su hijo, pero apenas los había amado. En el fondo, se consideraba en poco a sí mismo, y eso le hacía comportarse de una forma poco natural, con idea de ganarse así la consideración de los demás, y por eso resultaba orgulloso y altivo. Había puesto una armadura invisible entre él y su verdadero modo de ser, y le estaba aprisionando. La armadura “ha estado ahí durante tanto tiempo -le decía Merlín-, que al final se ha hecho visible y permanente”.

Recordó todas las cosas de su vida de las que había culpado a su madre, a su padre, a sus profesores, a su mujer, a su hijo, a sus amigos y a todos los demás. Por primera vez en muchos años, contempló su vida con claridad, sin juzgar y sin excusarse. En ese instante, aceptó toda su responsabilidad. A partir de ese momento, nunca más culparía a nada ni a nadie de sus propios errores. El reconocimiento de que él era la causa de sus problemas, y no la víctima, le dio una nueva sensación de poder. Ya no tenía miedo. Le sobrevino una desconocida sensación de calma. “Casi muero por las lágrimas que no derramé”, pensó. Leer el resto de esta entrada »

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