Vittorio Messori

Continuamos con los relatos de conversiones al catolicismo que estamos sacando del libro de José Ramón Ayllón 10 ateos cambian de autobus. Esta vez se trata del periodista Vittorio Messori

No he tenido una infancia ni una juventud católica. Lo que sí he conocido de cerca es la cultura laicista. Y, luego, un encuentro misterioso y fulgurante con el Evangelio, con una Persona, con Jesucristo. Y, después, con la Iglesia.

Como muchos conversos, el periodista Vittorio Messori (Italia 1941) no quería ni buscaba ser cristiano, y no tuvo una infancia ni una juventud ni una educación católicas. Él mismo lo cuenta en una entrevista realizada por Pérez Arangüena y publicada en Palabra en abril de 1997.

Nací en plena guerra mundial, en la región quizá más anticlerical de Europa, la de don Camilo y Peppone, de Guareschi. Mis padres no estaban precisamente de parte de don Camilo. Me bautizaron como si fuera una especie de rito supersticioso, sociológico, y después no tuve ningún contacto con la Iglesia. En Turín asistí a un colegio público donde no se hablaba de religión más que para inculcarnos el desprecio teórico hacia ella. Cuando acabé el bachillerato, decidí estudiar Ciencias Políticas.

Se ha dicho que, cuando el cielo se vacía, la tierra se llena de ídolos. El cielo de Messori estaba, por supuesto, vacío y el ídolo que llenaba su mundo era la política. A ella se entregó con pasión, y se comprometió con la izquierda.

Casi acabando mis estudios me di cuenta de que la política solo respondía las penúltimas preguntas. Mientras las cosas van bien, uno está sano, es joven y posee algo de dinero, la religión le parece algo anacrónico, que no necesita para nada. En cambio, para contestar las últimas preguntas, esas que uno se formula cuando está solo, delante del espejo o cuando reflexiona sobre el dolor o el mal, la política es claramente insuficiente.

Sin embargo, Messori estaba convencido de que no podría encontrar respuestas fuera de la política, precisamente por pensar que el cristianismo y cualquier dimensión religiosa pertenecía a un mundo antiguo y superado.

Más que ateo, yo era un agnóstico radical: no me importaba que Dios existiese o no. Pertenecía a una generación posterior a la de mis padres, que insultaban al Papa cuando aparecía en la televisión o se enfadaban si uno hablaba de religión. Yo, en cambio, pasaba del tema.

Messori era un universitario de muchas y variadas lecturas, que incluían a Homero y a los líricos y trágicos griegos en su idioma original. Pero no había leído el Nuevo Testamento. Su propia carencia le hará decir que se pueden obtener doctorados en historia sin haber rozado siquiera el problema de la existencia de aquel oscuro carpintero que partió la historia en dos: antes y después de Cristo. Sin embargo, cuando abrió el Evangelio por primera vez, no encontró un libro, sino una Persona: Jesucristo. «Fue algo que todavía me tiene aturdido. Cambió mi vida, obligándome a darme cuenta de que allí había un misterio al que valía la pena dedicar la vida». Leer el resto de esta entrada »

Edith Stein

Como cada viernes, la conversión de algún personaje de relieve entra a  formar parte del blog. Seguimos,como otras veces, el libro de José Ramón Ayllón, 10 ateos cambian de autobus. Esta vez se trata de Edith Stein (1891-1942), la menor de una familia de alemanes judíos, fue educada según un elevado código ético integrado por virtudes como la sinceridad, el trabajo, el sacrificio y la lealtad. En su magnífica autobiografía, que lleva por título Estrellas amarillas, nos cuenta que conocía la religión judía pero no creía en ella ni la practicaba, y que su búsqueda apasionada de la verdad le llevó a estudiar Filosofía en la Universidad de Gottingen, porque allí enseñaba Edmund Husserl, famoso por su obra Investigaciones lógicas. Husserl, que había abandonado las Matemáticas por la Filosofía, gozaba de un inmenso prestigio y desenmascaraba el cientificismo con palabras severas:

«La ciencia no tiene nada que decir sobre la angustia de nuestra vida, pues excluye por principio las cuestiones más candentes para los hombres de nuestra desdichada época: las cuestiones del sentido o sinsentido de la existencia humana».

Edith participa activa y gozosamente en la vida universitaria. Esos años serán para ella una etapa de especial maduración:

Todas las pequeñas bonificaciones que nos proporcionaba nuestro carné de estudiantes —rebajas para el teatro, para conciertos y otros espectáculos- las veía yo como un cuidado amoroso del Estado para con sus hijos predilectos, y despertaban en mí el deseo de corresponder más tarde con agradecimiento a la sociedad y al Estado, mediante el ejercicio de mi profesión. Yo me indignaba por la indiferencia con que la mayoría de mis compañeros reaccionaban ante las cuestiones sociales. Algunos no hacían otra cosa en los primeros semestres que ir tras los placeres. A otros solo les preocupaba lo que necesitaban para pasar el examen y más tarde asegurarse el pesebre.

Entre los compañeros de Edith se decía en broma que, mientras otras chicas soñaban con besos, ella soñaba con Husserl. Lo cierto es que, a través de las Investigaciones lógicas, se embarcó en la búsqueda incondicional de la verdad hasta llegar a ser ayudante de cátedra del maestro. Alrededor de Husserl se había formado un grupo de jóvenes bien dotados y tenaces en el estudio: Adolf Reinach, Max Scheler, Roman Ingarden, Hans Lipps, Dietrich von Hildebrand y algunos otros. Todos brindaron a Edith su amistad y dieron a esos años un sabor inolvidable:

¡Querida ciudad de Gottingen! Creo que solo quien haya estudiado allí entre 1905 y 1914, en el corto tiempo de esplendor de la escuela fenomenológica, puede comprender lo que nos hace vibrar este nombre.

Edith se integró en el grupo gracias a la generosidad de Adolf Reinach, joven profesor de mente aguda y gran corazón. Reinach, ateo, se enfrentó al horror de la guerra en 1914, y la búsqueda de sentido le llevó a la fe cristiana. Edith también se sintió fascinada por Max Scheler, converso igual que Reinach:

Tanto para mí como para otros muchos, la influencia de Scheler rebasó los límites del campo estricto de la Filosofía. No sé en qué año llegó a la Iglesia católica, pero ya por entonces se encontraba imbuido de ideas católicas y las propagaba con toda la brillantez y la fuerza de su palabra. Este fue mi primer contacto con un mundo completamente desconocido para mí. No me condujo todavía a la fe, pero me abrió a una esfera de fenómenos ante los que yo no podía estar ciega. No en vano nos habían inculcado que debíamos ver todas las cosas sin prejuicios ni anteojeras. Así cayeron los prejuicios racionalistas en los que me había educado sin darme cuenta, y el mundo de la fe apareció súbitamente ante mí. Personas con las que trataba diariamente y a las que admiraba vivían en él. Tenían que ser, por lo menos, dignas de ser consideradas en serio.

Los prejuicios de Edith eran los prejuicios de todo racionalismo: Leer el resto de esta entrada »

André Frossard

Fuente: José Ramón Aiyón en su libro10 ateos cambian de autobús

Sé la verdad sobre la más disputada de las cuestiones y el más antiguo de los procesos: Dios existe. Yo me lo encontré. Si el azar cupiese en esta especie de aventura, diría que me lo encontré por casualidad, con el asombro del paseante que al doblar una calle de París viese, en lugar de la plaza o del cruce habituales, un mar inesperado batiendo con su oleaje la planta baja de las casas, y extendido hasta el infinito. Fue un momento de estupor que dura todavía. Nunca me he acostumbrado a la existencia de Dios.

Si André Frossard (1915-1995) no hubiera sido un prestigioso periodista francés, clarividente y equilibrado, le habrían tomado por loco. Hijo del primer secretario del partido comunista francés, se consideraba un ateo perfecto, de esos que ni se preguntan por su ateísmo. Los mismos anticlericales le parecían un poco patéticos y ridículos, como lo serían unos historiadores empeñados en refutar el cuento de Caperucita Roja. Además, no hacían más que prolongar en vano un debate cerrado por la Razón mucho tiempo atrás, pues estaba claro que Dios no existía, que el cielo estaba desierto y que la Tierra era una combinación de elementos reunidos al azar.

Frossard era escéptico. De todas formas, si admitiera la posibilidad de alguna verdad, los curas serían las últimas personas a las que iría a preguntar, y la Iglesia, a la que no conozco sino a través de alguna de sus chapuzas temporales, sería el último lugar donde iría a buscarla.

Sin embargo, una tarde entrará en una capilla parisina del barrio latino, en busca de un amigo. Entrará escéptico y ateo de extrema izquierda, y saldrá, cinco minutos más tarde, católico, apostólico y romano, arrollado por la ola de una alegría inagotable. Entrará con veinte años y saldrá como un niño, con los ojos desorbitados por lo que ve a través del inmenso desgarrón que acaba de abrirse en el toldo del mundo. Y cuando intente ponerlo por escrito, resumirá todo en un famoso título: Dios existe. Yo me lo encontré.

Pero Frossard se reconoce incapaz de describir la senda que le llevó a Dios, sencillamente porque no hubo tal camino.

Pensaba en cualquier otra cosa cuando caí en una especie de emboscada. Así que este libro no cuenta cómo he llegado al catolicismo, sino cómo no iba hacia él cuando me lo encontré. No es el relato de una evolución intelectual, sino la reseña de un acontecimiento fortuito, algo así como el atestado de un accidente.

Y es que, a los dos o tres minutos de entrar en la capilla, se desencadena un prodigio cuya violencia va a desmantelar en un instante todo lo que Frossard pensaba y vivía. Le será mostrado:

un mundo distinto, de un resplandor y de una densidad que arrinconan al nuestro entre las sombras frágiles de los sueños incompletos. Él es la realidad, él es la verdad, la veo desde la ribera oscura donde aún estoy retenido. Hay un orden en el universo, y en su vértice, más allá de este velo de bruma resplandeciente, la evidencia de Dios. La evidencia hecha presencia y hecha persona de Aquel a quien yo habría negado un momento antes, a quien los cristianos llaman Padre nuestro, y del que aprecio que es dulce, con una dulzura no semejante a ninguna otra.

Todo está dominado por la presencia, más allá y a través de una inmensa asamblea, de Aquel cuyo nombre jamás podría escribir sin el temor de herir su ternura, ante Quien tengo la dicha de ser un niño perdonado, que se despierta para saber que todo es regalo.

Terminamos con esta anécdota los post que hemos dedicado a C. S. Lewis del libro de el libro de José Ramón Aiyón, “10 ateos cambian de autobús”, esta entrada es continuación de C.S. Lewis: “toda persona sabe que algo anda mal cuando ella sufre”.

A Lewis le cuenta un amigo el caso de una pobre mujer que cree que su hijo sobrevivió a la batalla de Arnhem porque ella rezó por él. Sería cruel -sigue diciéndole su amigo, explicarle que, en realidad, su hijo sobrevivió porque se hallaba un poco a la izquierda o un poco a la derecha de las balas, que seguían una trayectoria prescrita por las leyes de la naturaleza. Lewis le responde que la bala, el gatillo, el campo de batalla y los soldados no son leyes de la naturaleza, sino elementos que obedecen a las leyes. Y lo ilustra con este ejemplo:

“Podemos añadir cinco dólares a otros cinco, y tendremos diez dólares, pero la aritmética por sí misma no pondrá un solo dólar en nuestros bolsillos. Eso significa que las leyes explican todas las cosas, excepto el mismo origen de las cosas, y esa es una inmensa excepción…” Lewis concluye su argumentación con una deslumbrante comparación literaria: “En Hamlet se rompe una rama y Ofelia cae al río y se ahoga. ¿Ocurre el suceso porque se rompe la rama o porque Shakespeare quiere que Ofelia muera en esa escena? Puedes elegir la respuesta que más te guste, pero la alternativa no es real desde el momento en que Shakespeare es el autor de la obra entera.”

 

C.S. Lewis

 

Continuamos, como los últimos viernes, el libro de José Ramón Aiyón, “10 ateos cambian de autobús”, esta entrada es continuación de La conversión de C. S. Lewis.

El ateísmo de Lewis había sido fruto de su pesimismo sobre el mundo:

Algunos años antes de leer a Lucrecio ya sentía la fuerza de su argumento, que seguramente es el más fuerte de todos en favor del ateísmo: Si Dios hubiera creado el mundo, no sería un mundo tan débil e imperfecto como el que vemos.

Años después de su conversión, en 1940, Lewis escribe por encargo The problem of pain (El problema del dolor). Si Dios fuera bueno y todopoderoso, ¿no podría impedir el mal y hacer triunfar el bien y la felicidad entre los hombres? En esas páginas, que se han hecho famosas, Lewis reconoce que es muy difícil imaginar un mundo en el que Dios corrigiera los continuos abusos cometidos por el libre albedrío de sus criaturas. Un mundo donde el bate de béisbol se convirtiera en papel al emplearlo como arma o donde el aire se negara a obedecer cuando intentáramos emitir ondas sonoras portadoras de mentiras e insultos.

En un mundo así, sería imposible cometer malas acciones, pero eso supondría anular la libertad humana. Más aún, si lleváramos el principio hasta sus últimas consecuencias, resultarían imposibles los malos pensamientos, pues la masa cerebral utilizada para pensar se negaría a cumplir su función cuando intentáramos concebirlos. Y así, la materia cercana a un hombre malvado estaría expuesta a sufrir alteraciones imprevisibles. Por eso, si tratáramos de excluir del mundo el sufrimiento que acarrea el orden natural y la existencia de voluntades libres, descubriríamos que para lograrlo sería preciso suprimir la vida misma.

Pero esto no muestra el sentido del dolor, si es que lo tiene, ni demuestra que Dios pueda seguir siendo bueno cuando lo permite. Para intentar explicar este misterio, Lewis recurre a la que quizá sea la más genial de sus intuiciones. El dolor, la injusticia y el error -nos dice- son tres tipos de males con una curiosa diferencia: la injusticia y el error pueden ser ignorados por el que vive dentro de ellos, mientras que el dolor, en cambio, no puede ser ignorado, es un mal desenmascarado, inequívoco: toda persona sabe que algo anda mal cuando ella sufre. Y es que Dios -afirma Lewis- nos habla por medio de la conciencia y nos grita por medio de nuestros dolores: los usa como megáfono para despertar a un mundo sordo.

Lewis explica que un hombre injusto al que la vida sonríe no siente la necesidad de corregir su conducta equivocada. En cambio, el sufrimiento destroza la ilusión de que todo marcha bien.

El dolor como megáfono de Dios es, sin la menor duda, un instrumento terrible. Puede conducir a una definitiva y contumaz rebelión. Pero también puede ser la única oportunidad del malvado para corregirse. El dolor quita el velo de la apariencia e implanta la bandera de la verdad dentro de la fortaleza del alma rebelde.

Lewis no dice que el dolor no sea doloroso. “Si conociera algún modo de escapar de él, me arrastraría por las cloacas para encontrarlo”. Su propósito es poner de manifiesto lo razonable y verosímil de la vieja doctrina cristiana sobre la posibilidad de perfeccionarse por las tribulaciones.

 

La conversión de C. S. Lewis

Viernes, 8 octubre, 2010

Cuando vuelve a leer a Chesterton, el ateísmo de Lewis tiene los días contados.

“Después leí el Everlasting Man, de Chesterton, y por primera vez vi toda la concepción cristiana de la historia expuesta de una forma que parecía tener sentido (…). No hacía mucho que había terminado el Everlasting Man cuando me ocurrió algo mucho peor. A principios de 1926, el más convencido de todos los ateos que conocía se sentó en mi habitación al otro lado de la chimenea y comentó que las pruebas de la historicidad de los Evangelios eran sorprendentemente buenas. «Es extraño», continuó, «esas majaderías de Frazer sobre el Dios que muere. Extraño. Casi parece como si realmente hubiera sucedido alguna vez». Para comprender el fuerte impacto que me supuso, tendrías que conocer a aquel hombre (que nunca ha demostrado ningún interés por el cristianismo). Si él, el cínico de los cínicos, el más duro de los duros, no estaba a salvo, ¿adónde podría volverme yo? ¿Es que no había escapatoria?”

Lewis se siente acorralado y nos describe su situación con una imagen muy británica:

“La zorra había sido expulsada del bosque hegeliano y corría por campo abierto «con todo el dolor del mundo», sucia y cansada, con los sabuesos pisándole los talones. Y casi todo el mundo pertenecía a la jauría: Platón, Dante, MacDonald, Herbert, Barfield, Tolkien, Dyson, la Alegría. Todo el mundo y todas las cosas se habían unido en mi contra.”

Siente entonces que su Dios filosófico empieza a agitarse y a levantarse, se quita el sudario, se pone en pie y se convierte en una presencia viva. La filosofía deja de ser un juego lógico desde que ese Dios renuncia a la discusión y se limita a decir: «Yo soy el Señor».

“Debes imaginarme solo, en aquella habitación del Magdalen, noche tras noche, sintiendo, cada vez que mi mente se apartaba del trabajo, el acercamiento continuo, inexorable, de Aquel con quien, tan encarecidamente, no deseaba encontrarme. Al final, Aquél a quien temía profundamente cayó sobre mí. Hacia la festividad de la Trinidad de 1929 cedí, admití que Dios era Dios y, de rodillas, recé. Quizá fuera aquella noche el converso más desalentado y remiso de toda Inglaterra.

Hasta entonces, yo había supuesto que el centro de la realidad sería algo así como un lugar. En vez de eso, me encontré con que era una Persona.

Y el día que identifica a Jesucristo con esa Persona sabrá que ha dado su último paso, y lo recordará siempre:

“Me llevaban a Whipsnade una mañana soleada. Cuando salimos no creía que Jesucristo fuera el Hijo de Dios y, cuando llegamos al zoológico, sí. Pero no me había pasado todo el trayecto sumido en mis pensamientos ni en una gran inquietud (…). Mi estado se parecía más al de un hombre que, después de dormir mucho, se queda en la cama inmóvil, dándose cuenta de que ya está despierto.”

Continuamos, como los últimos viernes, el libro de José Ramón Aiyón, “10 ateos cambian de autobús”, esta vez dedicaremos varias entradas a C.S. Lewis:

Exijo de un amigo que se fíe de mí, aunque para ello no tenga una prueba irrefutable. Si él pidiera esa prueba, indudable es que no confía en mí. De forma similar, Dios nos pide que tengamos la generosidad, la magnanimidad de fiarnos de una probabilidad razonable. Pero ¿y si creemos y al final no es verdad? El error sería entonces más interesante incluso que la realidad. ¿Cómo podría un universo idiota haber producido criaturas cuyos sueños son mucho mejores, más vigorosos y sutiles que él mismo?

C. S. Lewis fue un hombre lleno de amigos, libros y alumnos. Nació en 1898, y en 1925 ya enseñaba filosofía y literatura en Oxford. Hasta su muerte en 1963 fue un profesor eminente, autor de célebres ensayos, cuentos y libros de texto. Su vida está marcada por su conversión al cristianismo a la misma edad que san Agustín. Ese giro radical lo explica y justifica en un puñado de libros escritos con un estilo vivo y una lógica apabullante. Lewis domina el arte de argumentar. Su dialéctica apura la ironía y la sutileza, tal y como confiesa haber aprendido de uno de sus profesores:

Si alguna vez ha existido un hombre que fuera casi un ente puramente lógico, ese hombre fue Kirk (…). Le asombraba que hubiera quien no deseara que le aclarasen algo o le corrigiesen (…). Al final, a menos que me sobreestime, me convertí en un «sparring» nada despreciable. Fue un gran día aquel en que el hombre que durante tanto tiempo había peleado para demostrar mi imprecisión, me acabó advirtiendo de los peligros de tener una sutileza excesiva.

Lewis era ateo porque, desde la temprana muerte de su madre, sentía el Universo como un espacio terriblemente frío y vacío, donde la historia humana era en gran parte una secuencia de crímenes, guerras, enfermedades y dolor.

Si me piden que crea que todo esto es obra de un espíritu omnipotente y misericordioso, me veré obligado a responder que todos los testimonios apuntan en dirección contraria.

Pero esta argumentación no era, ni mucho menos, definitiva:

La solidez y facilidad de mis argumentos planteaban un problema: ¿Cómo es posible que un Universo tan malo haya sido atribuido constantemente por los seres humanos a la actividad de un sabio y poderoso creador? Tal vez, los hombres sean necios, pero es difícil que su estupidez llegue hasta el extremo de inferir directamente lo blanco de lo negro.

En cualquier caso, Lewis se sentía más cómodo en su ateísmo:

Para un cobarde como yo, el Universo del materialista tenía el enorme atractivo de que te ofrecía una responsabilidad limitada. Ningún desastre estrictamente infinito podía atraparte, pues la muerte terminaba con todo (…). El horror del universo cristiano era que no tenía una puerta con el cartel de Salida.

Leer el resto de esta entrada »

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 563 seguidores

A %d blogueros les gusta esto: