Las 100 peliculas Top

Domingo, 22 Noviembre, 2009

Aunque los diálogos estén en inglés, podéis pasar un buen rato de agradable  tertulia familiar jugando a recordar los títulos de las películas conforme van a apereciendo en el video. A continuación os pongo la lista conforme se muestran (algunas se repiten). A ver quien gana: ¡Suerte!

1. Casablanca
2. El tesoro de Sierra Madre
3. Sunset Boulevard,
4. Ciudadano Kane
5. All About Eve (sigue) Read the rest of this entry »

“Blood money”

Sábado, 12 Septiembre, 2009

Leo en este artículo: “Blood money”, una película que denuncia el negocio del aborto, que Hollywood produce por primera vez un filme que denuncia explícitamente el negocio del aborto. Dirigida por David K. Kyle, ‘Blood Money’ se ocupa de temas distintos relacionados con el aborto en los EEUU, desde el polémico caso de Roe contra Wade o de Planned Parenthood, donde una de sus miembros describe la avaricia y el ansia de dinero de los centros abortistas:

“Teníamos un plan completo para promover el aborto y lo denominamos ‘educación sexual’. El plan consistía en romper con la inocencia natural de los jóvenes, separarlos de sus padres y sus valores y convertirlos en expertos en sexo en sus propias vidas para que vinieran a nosotros, donde les daríamos pastillas anticonceptivas de baja dosis para que las chicas quedasen embarazadas o condones defectuosos. La meta era de tres a cinco abortos por cada joven entre los 13 y 15 años”.

La película refleja el hecho científico que demuestra que la vida comienza en la concepción, y de cómo afecta el aborto a las mujeres que han hecho al menos uno. El objeto es comprender mejor esta cruda realidad que lleva cada año a más de 3.500 mujeres norteamericanas a abortar. El filme, que se halla en postproducción, incluye entrevistas con los líderes del movimiento provida y con mujeres que han abortado alguna vez en su vida.

Para Kyleel aborto es un negocio para las clínicas abortistas y tiene trágicas consecuencias para la mujer aunque se vende como una solución para que desaparezca el problema, el feto. El director añade que “hay que conseguir que aflore la verdad para salvar a los no nacidos.

Un muy buen anuncio

Lunes, 24 Agosto, 2009

La vida humana se desarrolla en un tiempo limitado. Nace, crece, madura, da sus frutos y muere. En ese trayecto, se despliega lo que el hombre es y puede ser. Y, al final, cada hombre lleva sobre sí su historia. La que ha ido escribiendo día a día, rica o pobre.

En nuestro tiempo, muchos hombres tienen un sentido muy agudo del aprovechamiento del tiempo. Procuran multiplicar su actividad, desarrollando mucho trabajo, y llegando también a actividades complementarias: cultivo de la música, gimnasia, práctica de algún deporte, desarrollo de aficiones manuales o artísticas, conocimientos de arte, etc. Son los que podríamos llamar “activistas“. En el otro extremo, están los hombres que realizan rutinariamente su actividad; que les parece que la vida ya no les va a dar más o que les costaría demasiado esfuerzo conseguirlo. Procuran trabajar lo menos posible y eludir todo lo molesto o lo que produce cansancio. Aman su tiempo libre, aunque no saben cómo emplearlo, y se aburren. Están acostumbrados a huir de la realidad, aunque la critican muchas veces sin compasión y, casi siempre, sin ninguna intención de mejorarla.

A unos, les falta tiempo para su actividad desbordante, y otros no saben cómo llenarlo. Entre ambos extremos, discurre la vida y la actividad de la mayoría de los hombres. Y a todos, hay que recordar una realidad obvia, pero que no se suele tener presente: “No es otra cosa el tiempo de esta vida (comenta San Agustín) sino una carrera hacia la muerte” (De Civ. Dei, 13). A la luz de esta verdad, bien meditada, se puede plantear con todo su rigor existencial, la pregunta por el sentido de la vida: para unos, por el sentido de esa actividad frenética, llamada a acabarse; para otros, por el sentido de ese derroche de matar el tiempo, cuando hay tanto que hacer por los demás.

“Enséñanos Señor a contar nuestros días, para que adquiramos un corazón sabio” (Sal. 90,12). ¡Que sintamos la urgencia de aprovechar la vida! Pero no para dar satisfacción a nuestra ambición o porque nos dejemos llevar por la fiebre de la actividad, sino para amar a Dios y servir a los demás.

Así llegamos a la idea de que la mayor parte del tiempo y de las energías de una persona madura se consumen en su trabajo profesional. El trabajo es el lugar donde obtenemos nuestro sustento; nuestro modo ordinario de contribuir a la sociedad en que vivimos y es el servicio principal que realizamos a los demás hombres. En el trabajo se despliega nuestra personalidad y madura. Nos obliga al desarrollo de las virtudes, pues: vencemos la pereza; nos acostumbramos a concentrar nuestra atención; nos obligamos a obedecer a otros, desarrollamos nuestras habilidades; nos formamos profesional y humanamente, etc. El trabajo es, además, un gran nudo de relaciones sociales. Mediante él, nos integramos en la sociedad y ordinariamente, es la ocasión de formar nuestras amistades.

Y para ti y para mi que procuramos vivir todo esto por amor de Dios, y convertir nuestro trabajo en un encuentro con El, copio estas palabras: “Me has preguntado qué puedes ofrecer al Señor. No necesito pensar mi respuesta: lo mismo de siempre, pero mejor acabado, con un remate de amor, que te lleve a pensar más en El y menos en ti” (san Josemaría en Surco 495).

Fuente: esta tomado de “Para ser cristiano”, J. L. Lorda

Foto robot de la soberbia

Jueves, 28 Mayo, 2009

Es el vicio que más daña a cada persona y a la sociedad. Consiste en el amor desordenado de uno mismo, o, como expresa Santo Tomás de Aquino, en «el apetito desordenado de la propia excelencia» (5. Th, 2-2, q. 162, a. 2, c.): es la desordenada afición a lo propio, y el tenerse por mejor y más digno de consideración de lo que realmente es. Por eso, en el origen de la soberbia -en su núcleo- hay un error, una falsa medida, una mentira sobre sí mismo con la que cada uno se engaña. ¿Cómo se fragua y crece esta mentira sobre uno mismo? Veámoslo con más detalle.

En primer lugar esta la complicidad a esa tendencia que todos tenemos a considerar con detenimiento nuestras cualidades y a pasar por alto nuestros defectos. De modo que si no estamos atentos, la imagen que de nosotros nos hacemos se embellece falsamente y nos vamos encontrando cada vez más dignos de nuestro propio amor. Apreciamos cada vez más nuestras cualidades físicas, nuestra inteligencia, nuestros conocimientos, nuestras acciones, nuestra experiencia, los servicios que hemos prestado…, incluso nuestra piedad. A medida que nos aficionamos a pensar en nosotros y en lo que hacemos, nuestras cualidades se agigantan, mientras se olvidan las miserias y limitaciones que las acompañan. Quien ha prestad o un servicio, acaba olvidando, quizás, las imperfecciones con que lo ofreció. Y quien se siente muy inteligente, tiende a disculpar -e incluso a desconocer- sus errores teóricos y sus lagunas. De este modo, crece la estima que cada uno tiene de sí. El vicio de destacar lo bueno y desconocer lo malo -el engaño sobre sí mismo- llega a ser tan fuerte que se puede acabar perdiendo finalmente toda capacidad crítica y caer en el ridículo. En la sociedad humana, siempre resulta algo grotesca la persona que resulta demasiado pagada de sí misma, y que presume ostensiblemente de su altura, de la belleza de sus ojos, del precio de su abrigo, de su ciencia… Los humanos toleramos mal la vanidad del vecino y tendemos a escarnecerla.

Quien siente gran estima de sí tiende a que los demás la compartan. No se conforma con contemplarse y autocomplacerse, sino que desea que también los demás-rindan tributo a su perfección. De aquí surge la vanidad, ese afán ridículo de mostrar lo que cada uno considera valioso de sí. El vanidoso se deja llevar por el deseo de distinguirse en lo que sea y, a veces, llega incluso hasta la hipocresía; es decir, hasta el fingimiento, dando a entender que es mas rico, más sabio, más hábil o mejor deportista de lo que realmente es. El artificio es tan eficaz que, al final, el mismo hipócrita encuentra dificultad en distinguir lo que es real de lo que ha inventado.

El amor propio al inclinar a centrarse sobre uno mismo es fuente permanente de desatenciones para con los demás. El que es soberbio no se acuerda de que existen los demás, porque está centrado en sus cosas; consume todas sus energías en satisfacer sus ambiciones o sus caprichos, y esto hace del soberbio -del egoísta- un ser antisocial.

Si está con otros, tiende a hablar de sí mismo -incluso de las propias enfermedades o sueños, si no tiene nada más brillante a que acudir- y a exigir la atención de los demás. A veces, incluso, la provoca artificialmente.

Está inclinado a juzgar con severidad a los otros y en todas sus afirmaciones sobre ellos hay una comparación implícita consigo mismo; por eso, suele ser muy critico con respecto a los que, de alguna manera, le aventajan; y despreciativo y cruel con los que considera inferiores. Esas comparaciones son, además, el origen de la envidia, que va siempre acompañada de inquietudes, de pequeños rencores y a veces, de bajezas grotescas en el intento de superar a los que le aventajan o de restarles méritos.

El que siente gran cosa de sí mismo es muy sensible a los juicios de los demás: mendiga los halagos (que tiende a creer siempre merecidos) y no perdona las críticas. Todo es motivo de agravios y ofensas. Y como esto tiene su origen en una hipersensibilidad hacia lo propio, se produce una espiral de complicación que sube sin remedio. Echa en falta atenciones que cree merecidas; y lo que considera falta de consideración para su persona, da lugar a agravios que no se borran. Si entonces pierde la confianza en las personas que le rodean, todo será motivo de ofensa: si no se ocupan de él, se quejará de descuido, y si se ocupan, le parecerá que es hipocresía o burla. De aquí surgen un sinfín de rencores y de odios que ensombrecen la vida del soberbio y hacen insoportable la convivencia. Read the rest of this entry »

Aunque lo celebramos el Domingo, mañana jueves se cumplen los días de la Ascensión del Señor. Las lecturas de la misa presentan ante nuestros ojos a Cristo, quien a la vista de los discípulos asciende al cielo, se sienta a la derecha de Dios dotado de regia potestad, prepara a los hombres al reino celestial, y vendrá al final de los tiempos.

Afortunadamente, la Iglesia nació, ¡como tiene que ser!, de Cabeza.  Cuando se cumplió en tiempo, nuestra Cabeza: Cristo, irrumpió definitivamente a la Luz del Cielo. Allí lo ven llegar los ángeles, y el Padre le recibe como a un recién nacido. Y gozoso le besa sin poder dejar de mirar aquellas cinco llagas que aun sangran, pero que están llenas de gloria y de almas. El Cielo permanece desde aquel día más radiante que antes.

“Miraban fijos al cielo, viéndole irse”

Hemos de evitar hacer de la Ascensión un melancólico “adiós”, porque se trata de en realidad de una gran fiesta. Es necesario advertir la diferencia que existe entre una desaparición y una partida. Con la Ascensión, Jesús no partió, sólo ha desaparecido de la vista. Vale, Jesús ya no está visible, pero ¿cómo sabemos de su presencia? La respuesta es: ¡Él quiere hacerse visible a través de sus discípulos!: “Vosotros sois testigos de estas cosas” (Lc 24, 48).

Si, por medio de los cristianos, prosigue su presencia entre nosotros: Cristo aprieta el trigo en sus manos llagadas, lo empapa con su sangre, lo limpia, lo purifica y lo arroja en el surco, que es el mundo. Echa los granos uno a uno, para que cada cristiano, en su propio ambiente, dé testimonio de la fecundidad de la Muerte y de la Resurrección del Señor (cfr. san Josemaría Escrivá)

Vale, muy bien, fiesta, presencia entre nosotros… Pero, ¿sabes Señor…? ¿Cómo decírtelo? Te lo diré con estos versos que copio de Fray Luis de León (1527-1591): (…)

Los antes bienhadados,

Y los ahora tristes y afligidos,

A tus pechos criados,

De Ti desposeídos,

¿En donde posarán ya sus sentidos?

¿Qué mirarán los ojos

Que vieron de tu rostro la hermosura,

Que no les sea enojos?

Quien oyó tu dulzura,

¿Qué no tendrá por sordo y desventura?

(…)

¡Ay! nube, envidiosa

Aun de este breve gozo, ¿qué te aquejas?

¿Dónde vuelas presurosa?

¡Cuán rica tú te alejas!

¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!

Vamos tu y yo a no dejar cerrar la herida del corazón, hasta que un abrazo intenso, corazón a corazón, cierre y cure para siempre al fin la llaga.

Mes de Mayo

Sábado, 2 Mayo, 2009

Me ha enviado este video Alvaro.

Por cierto, gracias:

Domingos: un poco de humor

Domingo, 15 Marzo, 2009

En momentos de crisis un poco de pillería no viene mal:

Este es de golpes pero parece que no les duele mucho:

Amor con amor se paga

Miércoles, 14 Enero, 2009

Os dije que lo iba a intentar: hacer un comentario de las lecturas del domingo siguiente. Esta vez se trata de un proceso de tres pasos: llamada, encuentro y respuesta. Una llamada: Dios llama a Samuel en el silencio de la noche (1Sam 3, 3b-10. 19). Un encuentro: dos discípulos de Juan se encuentran con Jesús y hacen de intermediarios para que otros lo encuentren también (Jn 1,35-42). Una respuesta: Pablo recuerda que nuestros cuerpos son miembros de Cristo y templos del Espíritu Santo, por eso nos hemos de comportar sin profanar el templo (1Cor 6,13c-15a.17-20). Resulta evidente que cada una de estas escenas (Samuel, Juan, Pablo) conlleva un proceso sucesivo de estos tres pasos: llamada, encuentro y respuesta.

Lo malo es cuando ni siquiera empezamos este proceso. Hoy día, la “llamada a la santidad” resulta para muchos como una especie de “cristianismo llevado al extremo“. Para algunos es algo así como una cima sólo asequible a tres o cuatro especialistas del tema religioso. Para otros, aspirar a la santidad es algo así como un modo de fanatismo del que se defienden diciendo: “¡Hombre, tampoco es para tanto, no hay que llevar las cosas tan lejos!“. Incluso hay algunos -los he visto-, que en su interior piensan se trata de una pretensión arrogante: “¿Quién se habrá creído éste que es? ¿Se imaginará que es mejor que los demás?, ¿o es que quiere dejarnos mal a todos?“.

Cuenta José-Fernando Rey como en cierta ocasión, a una persona que acudió al confesonario para hacerle una consulta, le dijo: “¡Es que tú tienes que ser santo!“. Se levantó, se apartó de la rejilla, se puso en pie frente a él y le contestó: “¡Oiga, míreme! ¿Cree usted que yo tengo cara de santo?“.

Así las cosas, y exceptuando esos tres o cuatro “especialistas“, resulta muy difícil que los cristianos de a pie lleguen si quiera a oír la “llamada a la santidad”, asumiendo como mucho lo que podríamos denominar: “la aventura religiosas de tratar de ser Buenas personas: ¡que no es poco, oiga!” Ir a misa los domingos, confesarse una o dos veces al año, no hacer daño al prójimo, ser sobrio y moderado con los placeres y rezar alguna vez que otra…

Pero si vuelves a leer las lecturas del próximo domingo, eras a un joven Juan conociendo a Jesús a las cuatro de la tarde, y fascinado por un Rabí que parecía estar viendo el Cielo en su mirada; un joven Samuel, que por cuatro veces se levanta de la cama, para terminar arrodillado en una locura de amor y gozo ante Dios… Y un joven Pablo, entregado en cuerpo y alma al amor de sus amores… ¡Eso es la santidad! ¡Eso es lo que hemos olvidado!… El conocimiento y el sobrecogimiento ante la cercanía de un Hombre que es Dios, de un Amor que dice: Amor con amor se paga… Eso es la santidad, y nada más que eso.

Toma el Evangelio a diario, y busca en él con la curiosidad propia de alguien enamorado. Comulga con el corazón hambriento del Señor. Confiésate con el dolor de quien no quiere dejar cerrar la herida de amor que le causa su modo de proceder ante Quien tanto quiere…

Mira: si cualquiera puede enamorarse, cualquiera puede ser santo. Eso es la santidad, y nada más que eso.

Claro, que es más sencillo aspirar sólo a “la aventura religiosas de tratar de ser buenas personas: ¡que no es poco, oiga!… Pero también es verdad que es más pleno y gozoso vivir enamorado. Por eso, sólo el santo puede decir de un modo único con María: “¡Se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador!“.


Feliz Navidad

Martes, 23 Diciembre, 2008

Benedicto XVI

Benedicto XVI

La contemplación del Niño Dios en el pesebre nos hace pensar en los niños pobres, en los que, concebidos, son rechazados o, apenas nacidos, no tienen medios para sobrevivir. Descubramos los auténticos valores de la Navidad, dejando de lado todo lo que ensombrece su genuino significado. En estos días santos, los cristianos no conmemoramos el surgir de un gran personaje, y menos aún el comienzo de una nueva estación. La Navidad recuerda un hecho fundamental: en la oscuridad de la noche de Belén se hizo una gran luz. El Creador del universo se encarnó uniéndose indisolublemente a la naturaleza humana y, sin dejar de ser realmente Dios de Dios y luz de luz, se hizo al mismo tiempo verdadero hombre. El Verbo encarnado es una Persona que se interesa por cada persona, es el Hijo de Dios vivo, que se hizo pequeño para vencer nuestra soberbia y hacernos auténticamente libres, libres para amarlo. (cfr. Benedicto XVI)

Sábados, anuncios

Sábado, 15 Noviembre, 2008

Aquí va este video de publicidad (a mi la Coca-cola me gusta) pero se trata de algo “más que publicidad”. A ver que os parece:

Mañana me han pedido que acuda a la charla que la asociación de trasplantes de Riñón va a dar en el campus de Palencia y quieren que haga en el coloquio algunas consideraciones éticas.

Quizás lo primero que haya que dejar claro es que los homotrasplantes (trasplante de órganos entre humanos vivos) -enseña la moral católica- “son conformes a la ley moral si los daños y los riesgos físicos y psíquicos que padece el donante, son proporcionales al bien que se busca para el destinatario” (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2296). Aunque esto tiene sus límites: “No se puede admitir moralmente la mutilación que deja inválido, o provocar indirectamente la muerte, aunque se haga para retrasar la muerte de otras personas” (ibid.)

Un segundo aspecto a destacar es que “la donación de órganos después de la muerte es un acto noble y meritorio, que debe ser alentado como manifestación de solidaridad generosa” (ibid.). Aunque conviene dejar claro también que “es moralmente inadmisible si el donante o sus legítimos representantes no han dado su explícito consentimiento” (ibid.)

Teniendo en cuenta los diversos trasplantes podemos concretar que: para autotrasplantes y xenotrasplantes (cuando el donante es un animal) no hay ningún problema ético. Igualmente lícito es el trasplante de órganos tomados de un cadáver, siempre y cuando se respeten las leyes civiles vigentes (existe una Ley de trasplantes) y se respeten también “las exigencias de la ley natural que prohíbe considerar y tratar el cadáver de un hombre simplemente como una cosa o como e de un animal” (cfr. Pío XII, Aloc. a la Asociación Italiana de Trasplantes de Córneas, 14 de mayo de 1956: Ecclesia 76 (1956), 591). Ya hemos dicho también que se ha de contar con el consentimiento del donante o con la autorización de los parientes.

Los homotrasplantes se rigen por el principio de finalidad, según el cual: Un hombre sano –libremente- puede ofrecer parte de su organismo no necesario para su vida, en provecho del prójimo enfermo, sin contradecir la moral. Es más si se hace –como suele suceder- movido por un acto de generosidad, tal acción no sólo se justifica, sino que puede ser meritoria. Es una forma de imitar a Jesucristo que “dio su vida por la salvación de los demás” (Jn 3.14).

Juan Pablo II, al elogiar la iniciativa y la finalidad de una Avocación Italiana de Donantes de sangre y de Órganos afirmaba: “Este gesto es tan laudable por el hecho de que no os mueve, al realizarlo, el deseo de intereses o miras terrenas, sino un impulso generoso del corazón, la solidaridad humana y cristiana: el amor del prójimo que constituye el motivo inspirador del mensaje evangélico y que ha sido definido, con toda la razón, el mandamiento nuevo (cfr. Jn 13,34). Al donar la sangre o un órgano de vuestro cuerpo, tened siempre esta perspectiva humana y religiosa: que nuestro gesto hacia los hermanos necesitados sea realizado como un ofrecimiento al Señor, el cual se ha identificado con todos los que sufren (…); que sea un regalo hecho al Señor paciente (…) De este modo vuestro gesto humanitario, ya por sí tan noble, se elevará y trasformará en un espléndido testimonio de fe cristiana y vuestro mérito, ciertamente, no quedará perdido” (Aloc. 2 de julio de 1984: Ecclesia 2186 (1984) 1004).

Y en otro texto de mucha mayor importancia, como es la encíclica Evangelium vitae, se dice: “Entre los gestos de solidaridad que alimentan una cultura de la vida, merece especial reconocimiento la donación de órganos, realizada según criterios éticamente aceptables, para ofrecer una posibilidad de curación e incluso de vida, a enfermos tal vez sin esperanzas” (n. 86).

¿Puede pedirse compensación económica a cambio de un órgano para un trasplante o sangre para una transfusión? La respuesta es no. Recordemos que el término “donación” es incompatible con “precio”. La legislación española es clara cuando dice: “En ningún caso se podrán exigir, ofrecer o entregar prestaciones materiales o económicos de cualquier tipo a cambio de la obtención de órganos o piezas anatómicas” (Real Decreto 2070/1999 sobre Donación y Trasplantes de órganos y tejidos, cap. II, art. 8 )

Fuente: Medicina Pastoral, de Miguel Ángel Monge, Eunsa.

¿Contra egoísmo?: altruismo

Sábado, 8 Noviembre, 2008

¿Qué significa altruismo y su contrario egoísmo? No es fácil dar una respuesta breve.

Por ejemplo, uno tiene que hacer un trabajo. Puede hacerlo con vistas a sí mismo, a la impresión que causa en los demás, a los beneficios que consigue con él, etc… Decimos entonces que en ese trabajo se ha buscado a sí mismo, es decir la mira estaba puesta en el propio yo. Pero entonces ese trabajo no le ha beneficiado porque el mirarse a uno mismo no aportada nada nuevo y el estar pendiente de la impresión que se causa genera falsedad. El yo, no se enriquece y se falsea. Ser altruista en un trabajo es dedicarse a él sin pensar en uno mismo; es trabajar bien, correctamente, limpiamente, como el trabajo quiere ser hecho. Entonces, además de no estar pendientes de nuestro vanidoso yo sale bien el trabajo y curiosamente empezamos a ser más nosotros mismos.

Efectivamente, el Señor nos ha dicho: “el que encuentre su vida la perderá y el que la pierda por mi la encontrará” (Mt 10,39).

Cuanto más se busca uno a sí mismo, mas se escapa de sí; cuanta más importancia se da, más mezquino resulta. La persona vanidosa, la que se goza en sí misma, piensa que crece en un modo de ser “yo” más pleno y fuerte. Pero en realidad, no crece, porque no surge nunca ese espacio libre que necesita para crecer, el cual solo surge en el altruismo. Efectivamente, cuanto más libremente uno se aleja de sí mismo, más es él mismo. El Señor dijo: “no como quiero yo, sino como Tu quieras” (Mt 26,39). Aquí vemos una separación radical entre la voluntad que se busca a sí misma y la que busca al Padre.

En todas las cosas hay una semejanza de Dios. Todo le expresa según su naturaleza creacional. Pero de modo especial se refleja Dios en el hombre. Dios quiere entrar en cada hombre y expresarse en él (la autentica encarnación esencial ocurrió en Cristo), tal como sólo puede expresarse en él: esto es lo que podríamos definir como “personalidad”: el reflejo que en cada uno produce la encarnación de la Persona del Hijo. El santo es el cumplimiento de esto; en él “aparece” Dios, pero entonces es cuando resplandece más que nunca él mismo, lo más auténtico de él mismo como hombre. Cada santo refleja a su manera especial la encarnación de Dios en Cristo.

Dios es el Generoso, el Altruista, y todo gesto humano de verdadero altruismo refleja de algún modo este misterio.

Cfr. Romano Guardini, en “Etica para nuestro tiempo”

El proceso curativo del amor

Lunes, 3 Noviembre, 2008

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Imagina que alguien te da un golpecito en el hombro o te pisa ligeramente en el pie al subir al autobús. El daño real que te causa ese porrazo o ese pisotón es muy pequeño. Pero imagina ahora que tienes justo ahí, donde recibes el golpe, una herida abierta o un cayo sin curar, entonces duele mucho más. Podríamos decir que el 90% del dolor es debido al la herida que estaba ya ahí y el 10% sería debido al golpecito recién recibido. Es posible que nos parezca que todo el dolor es debido al golpecito: si este no hubiera acaecido -pensamos- no me dolería, pero en realidad lo que a ti te está doliendo tanto no es el golpecito sino la herida, esa es la verdadera fuente de ese dolor, aunque el detonante o la causa haya sido el golpecito.

Muchos problemas y discusiones, enfados y deseos de revancha están causados por viejas heridas o sentimientos mal curados, no resueltos, del pasado. Están en nosotros y se manifiestan de un modo que no podemos controlar fácilmente. Por eso, reacciones retardadas contradictorias, enfados repentinos, resentimientos, etc, nos sorprenden en los momentos más inesperados.

¿Qué momentos suelen ser esos? Curiosamente suelen ser momentos buenos. Me explicaré. Por ejemplo, casi siempre que somos especialmente amados por alguien o simplemente nos amamos más, surgen una serie de sentimientos no resueltos y ocultos, los cuales como si se hubieran derretido al calor y la seguridad de ese momento de especial amor, emergen con la pretensión de ser curados y liberados entonces. Si esto ocurre, sería equivocado quedar atrapado en ese sentimiento de enfado, temor o inseguridad, y proyectarlo entonces hacía alguien o hacia alguna situación o circunstancia. Lo que hay que hacer es precisamente curarlo con el amor y la seguridad de ese momento. Si no, volveremos a enfadarnos y alimentaremos esos sentimientos de frustración los cuales nuevamente reprimiremos, permaneciendo agazapados esperando a surgir en la próxima ocasión.

Otro ejemplo. Llevas tiempo intentado algo con alguien, y no hay manera. Un día, después de mucho intentarlo y sufrir, inesperadamente, aquella persona cede, y entonces, cuando ya parece que puedes acceder a aquello que tanto has deseado, te sorprendes inundado por una ola de resentimiento que te hace decir en tu interior: “pues ahora te fastidias: ¡sufre como yo he tenido que sufrir!”. Y quedamos atrapados en una especie de contradicción interna.

Otro ejemplo. Tienes buenas expectativas profesionales, soplan vientos de bonanza y contemplas el futuro con optimismo. Un nuevo cargo, un coche mejor, etc. Entonces como una si fuese una reacción retardada pero implacable percibes que te asaltan recuerdos y deseos de venganza, de restablecer humillaciones antiguas: ahora se va a enterar “aquellos” –pareces pensar…

Cuanto más intenso e intimo es el amor percibido, surgen sentimientos más profundos o más dolorosos que necesitan curación y que solo en esas circunstancias especialmente favorables se atreven a salir. Los dos sentimientos más íntimos y que más nos suelen bloquear son la vergüenza y el miedo. Deberíamos entonces hablarlos, pero entonces, y sin saber porqué sentimos desanimo, pereza, desgana y lo evitamos… ¿Cómo? Huyendo de ese amor y aumentando las adicciones. Precisamente cuando lo que deberíamos hacer es no huir, aunque resulte doloroso, y curar en ese amor esa herida.

Hemos de aprender a abrirnos con alguien que nos ayude a comprender lo que nos pasa. Debemos confiar en el proceso curativo del amor.