Ya estamos, para mi sorpresa, en el sexto post sobre el “Camino”.

El Caminante con el tiempo acaba por mimetizarse con el Camino. El polvo del Camino, el sudor de los días, el bronceado del sol, etc., le va haciendo tener un aspecto característico, especial, distinto. Es como si el Camino mismo le fuera transformando, forjando. El Caminante aprende a escuchar la voz del Camino, llegando a mantener como una especie de diálogo personal con Él (:Yo soy el Camino).

Para llegar a esa conversación sin palabras, el Caminante ha tenido que pasar durante mucho tiempo atrás, buenos ratos cuidando y avivando el fuego del Amor, azuzando su llama una y otra vez para que no se apagase y alcanzara la fuerza convenida.

El desánimo, ya lo vimos, es la dificultad más seria para progresar en este Camino de Amor. Por eso, el Caminante sabe que en la noche del alma no puede dormirse, que tiene que despertar del sopor que a veces le invade, que ha de mantenerse alerta, en vela… Y no deja de escuchar la voz del Camino que le grita en su corazón: Custos, quid de nocte? Custos, quid de nocte? «Centinela, ¿qué hay de la noche? Centinela, ¿qué hay de la noche» (Is 21, 11).

La aridez, la sequedad, es cosa normal, lo que importa es la determinación de la voluntad ¡el querer! Ese querer del que dicen que una hermana suya preguntó a Santo Tomás de Aquino: «Tomás, ¿qué se necesita para ser santo?». Y que él contestó, sencillamente: «Querer. Para ser santo se necesita eso, querer».

A veces la andadura puede resultar amable, gustosa, pero lo normal es que con el paso del tiempo esos consuelos vayan desapareciendo (cfr. ascetismo). Se va entonces a contrapelo. Es el momento de ir madurando las intenciones y de aprender a quedarse poco a poco a solas con Él. Y entonces si nos mantenemos fieles, al poco tiempo, y para nuestro asombro, veremos como del pozo seco sigue manando el agua del Amor, el agua de la promesa. Puede ocurrir que ese esfuerzo por beber, por llegar hasta el pozo cueste; pero ese esfuerzo, si es verdadero, ya es Amor, porque está echo de perseverancia y fidelidad.

Si Caminamos pendientes del Amor, perseverantemente: paso a paso y pase lo que pase. Si no abandonamos esos tiempos de cuidadoso esmero por mantener encendido ese fuego en nuestro corazón… Si cuando no sepas ir adelante, cuando sientas que te apagas, sino puedes echar en el fuego troncos olorosos, echas las ramas y la hojarasca de pequeñas oraciones vocales, de jaculatorias, que sigan alimentando la hoguera (Camino 92) del Amor de correspondencia… Entonces estarás contento.

El Caminante sabe que no está solo en el Camino, si mira con atención descubrirá huellas de tantos y tantos Caminantes que, como él, van en el Camino del Amor y se sentirá acompañado por todos los enamorados que en el mundo han sido y serán… Y escuchará un susurro en el corazón y que solo él sabe oír: Caminante, ¡muy bien! (cfr. Isaías 3,10).

Con la mirada puesta en el horizonte

Martes, 31 Julio, 2007

El Caminante vive en el mundo, en la agitación de la calle, en el fragor del trabajo profesional, pero su horizonte no se termina en esas realidades… Su mirada se pierde en el horizonte íntimo de su corazón donde busca el encuentro con su Amor, en un deseo de correspondencia: Amor con amor se paga. Así, todo lo transforma en respuesta de Amor: el trabajo y el descanso, la calle y el hogar, cualquier actividad por corriente que sea, hasta el punto de poder afirmar de él: “con todo su corazón alabó al Señor y amó a Dios su Hacedor” (cfr. Eclo 47,10).

Efectivamente cuando de dos cosas una es la razón de la otra no solo no se estorban sino que se potencian mutuamente. El trabajo, la actividad diaria, puede ser el “gimnasio” donde hacer los “ejercicios” de Amor, donde surge la posibilidad de dar una respuesta de Amor. Y entonces se trabaja porque se ama y porque se ama se trabaja. Y entonces, en este flujo de amor, surge una fuerza nueva capaz de hacer la tarea más perfecta, más noble, más digna, más amable. Si, este poner la mirada en el horizonte no solo no me aleja de mis ocupaciones sino que me lleva a vivirlas mejor.

Este modo de proceder nos lo enseña de un modo gráfico San Josemaría cuando escribe: “Me gustaba subir a una torre (de la catedral de Burgos), para que contemplaran de cerca la crestería, un auténtico encaje de piedra, fruto de una labor paciente, costosa. En esas charlas les hacía notar que aquella maravilla no se veía desde abajo. Y, para materializar lo que con repetida frecuencia les había explicado, les comentaba: ¡esto es el trabajo de Dios, la obra de Dios!: acabar la tarea personal con perfección, con belleza, con el primor de estas delicadas blondas de piedra. Comprendían, ante esa realidad que entraba por los ojos, que todo eso era oración, un diálogo hermoso con el Señor” (Amigos de Dios, 65).

Aquellos hombres manifestaron así que la mirada de su corazón estaba en Dios, porque aquel trabajo estaba muy bien hecho, era un trabajo profesional de calidad. Efectivamente, el hombre es un ser intencional y en todo lo que hace para que sea una respuesta de Amor, no basta con que esté bien hecho, acabado hasta en el detalle, sino que además ha de estar hecho con rectitud, con hombría de bien, con nobleza, con lealtad. Esto se advertirá en pequeños detalles como la atención con que escucha a quien le hace partícipe de sus problemas; en la ayuda callada e inadvertida a ese otro compañero que está agobiado en su trabajo; en el consejo desinteresado que ayuda a mejorar su actividad, etc. Todo esto es además un buen medio para olvidarse de uno mismo.

Buscar el Amor continuamente, en toda circunstancia, es esencial para no perder el Camino y permanecer enamorados. Para esto conviene ponerse “recordatorios”, señales o “despertadores” a lo largo del Camino que nos permitan volver una y otra vez a esa búsqueda del Amor. Y entonces, casi sin darnos cuenta el Amor mismo nos llevará a cuidar delicadamente esos detalles pequeños que son como la expresión espontánea, natural y tan necesaria como lo es cada latido, cada respiración para la vida. Y brotará una forma de vivir nueva, que supone una lucha constante para ajustar el paso cada día, cada hora, cada momento a esa respuesta de Amor que orienta nuestro Caminar.

Nos dice San Gregorio Magno que El hombre fue creado para que levantase su mente a la altura de la contemplación y ninguna distracción le apartase de su camino de amor” (Moralia 8, 10,18).

En el trayecto del olvido

Viernes, 20 Julio, 2007

Si el Caminante quiere llegar con seguridad al fin del Camino ha de saber que tiene que darle toda prioridad. Incluso sobre sí mismo. Ningún pensamiento, ningún deseo, nada fuera del Camino del Amor. Se trata de dar muerte definitivamente al desamor.

Hay un trecho del Camino donde el Caminante aprende a olvidarse de su primer yo falso para entrar en su segundo yo verdadero. El verdadero Caminante lo va forjando el mismo Camino que con sus peculiares trayectos va dándole forma a su modo de ver las cosas –las empieza a ver con una luz nueva-, a sus afectos y sentir –que se purifican y se aprestan mejor al servicio de los demás- y, a su voluntad –que se fortalece y se afirma más en el bien…

Y tu ¿cómo vas de cariño? Ir poco a poco olvidándose de uno mismo para ocuparse cada vez más de los demás. Se trata de aprender a deshacerse, a olvidarse, de saber gastarse alumbrando hasta vaciarse del todo. Este estilo humilde de Caminar nos afianza de un modo definitivo en el Camino.

Nos salimos del Camino cuando nos dedicamos a pensar solo en nosotros mismos; si nos dejamos llevar por ese desordenado amor a nosotros mismos que se revela en el monólogo interior donde tantas veces los propios intereses y aspiraciones terminan por desorbitarse; donde se fraguan los conflictos o se agrandan; donde la objetividad se difumina y el yo sale siempre engrandecido… Es el momento de salir de ese subjetivismo enrarecido y abrirnos a los demás.

No andamos en Camino si nos dejamos llevar por una excesiva preocupación por las cosas personales: mi salud, mi trabajo, mi descanso, mi futuro… Nos equivocamos, urge entonces más que nunca pensar en los demás, olvidarnos de nosotros mismos para ocuparnos de los demás.

Este es el único verdadero enemigo del Caminante: la egolatría, el amor desordenado a uno mismo. Y esta es la única arma que tiene para vencerle: No querer ningún pensamiento, imaginación o recuerdo que centre la atención (propia o ajena) en nosotros mismos. Un salir salir de sí mismo en un arranque de Amor esforzado (ascetismo).

Cuando el Caminante descubre que detenerse interiormente en problemas personales es lo mismo que detenerse en su Camino de Amor; cuando el Caminante descubre que el remedio a todos sus problemas personales es olvidarse de sí mismo para dedicarse a los demás por una razón de Amor, entonces ha descubierto el secreto de la verdadera serenidad y alegría… ha encontrado el secreto para convertir todos los caminos de la tierra en Camino de Amor.


El desaliento del Caminante

Lunes, 9 Julio, 2007

En este peregrinar hacia el Amor del que venimos tratando (“Camino”), quien ama más, más avanza y cuanto más intensamente ama, más velozmente corre… Pues bien, cuenta el Libro de los Reyes que Elías huyendo de Jezabel, hubo de caminar un día y otro, y llegó a sentir que las fuerzas se le acababan. Y al caer agotado, sin poder dar un paso más, dijo: “¡Basta ya, Señor! Lleva ya mi alma, que no soy mejor que mis padres. Y echándose allí, se quedó dormido. Y un ángel le tocó, diciéndole: “levántate y come”. Miró él y vio a su cabecera una torta cocida y una vasija de agua. Comió y bebió y luego volvió a acostarse; pero el ángel del Señor vino por segunda vez y le tocó diciendo: “levántate y come, porque te queda todavía mucho camino”. Se levantó, comió y bebió, y anduvo con la fuerza de aquella comida cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios” (1 Re 19,4-8).

A nosotros al igual que a Elías puede sucedernos que sintamos además del natural cansancio en el cuerpo después de la carrera del Amor, un segundo sueño o cansancio que nace del fondo del alma: un desaliento.

Quizá sentimos el tarascazo en el alma de la tristeza, y, en el ánimo que empieza a flaquear, se insinúe la desesperanza al comprobar la aparente inutilidad de los esfuerzos y la imposibilidad de superar de una vez los obstáculos. Y surge entonces como un horror a lo desagradable, a todo lo que supone esfuerzo –siempre necesario para obrar el bien-, esquivando todo lo que cuesta y se presenta como difícil de alcanzar. Resultando así un poso de indiferencia y apatía que impide amar.

A lo mejor permitimos inadvertidamente que se fuese apagando el fuego del Amor y esa frialdad del alma favoreció el desarrollo de gérmenes dañinos que infectaron el pensamiento y la voluntad haciendo nuestro obrar enfermizo, desganado, desamorado… O tal vez un día el camino se hizo más áspero y estrecho y desapareció el entusiasmo del principio, la ilusión… Y comenzamos a experimentar sequedad y aridez y la lejanía de la meta se nos hizo utópica.

Acaso el amargor que al orgullo le produce descubrir las miserias y errores y lo difícil que resulta arrancarlas, llevó a cierta desesperanza que invitaba a abandonar el Camino. Y entonces nos engañamos con un activismo, una fiebre loca de hacer y hacer, pero sin Amor, y con excusas de eficacia consentimos en pequeñas claudicaciones de amor, olvidos y despistes que no son propios del enamorado.

Es el momento de reponer fuerzas, de tomar del alimento de la esperanza. De saber que en nuestro camino ocurre como con las semillas de cebada o de trigo, que, arrojadas en tierra no echan raíces inmediatamente, sino cuando pasan el invierno y los vientos; solo entonces en el tiempo conveniente nacen las espigas…

Son momentos de decir todo lo fuerte que podamos: “¡No quiero des-amor”. Nuestro Camino es de Amor; nuestro compromiso: ¡luchar por Amar hasta el último aliento, hasta el último latido de vida! ¡Este es el destino del buen Caminante! Son momentos de acudir al “amor a nuestra Madre será soplo que encienda en lumbre viva las brasas de virtudes que están ocultas en el rescoldo de tu tibieza” (San Josemaría, Camino 492).

Es el tiempo de recordar lo que somos: Caminantes. Y que si despertamos en el corazón un latido de Amor, nos señalará la dirección a seguir adelante. El que ama camina, y cuanto más intensamente ama más velozmente corre. Lo importante es avanzar. ¡Ay del que se para! ¡Ay del que da marcha atrás! ¡Ay del que se sale del Camino!

Son tiempos de mantener encendida esta voluntad de Amar con obras: obras pequeñas; porque en la humildad de sabernos pequeños hay una sabiduría poderosa, capaz de hacer revivir los corazones contritos.

El Camino busca y cuida de sus Caminantes. Hay una fuerza misteriosa escondida en el Camino que sale a nuestro encuentro siempre que lo necesitamos, capaz de hacernos superar todos los obstáculos para llegar a la meta donde nos espera con los brazos abiertos: “Heme aquí que estoy a tu puerta y llamo: si alguno escuchare mi voz y me abriere la puerta, entraré y cenaré con él y él conmigo. Al que venciere le haré sentar conmigo en mi trono” (Ap 3,20-21)

Por encima de las oscuridades -de dentro y de fuera-, sobre las nubes del cansancio, de los éxitos o fracasos, el Caminante sabe que brilla inalterable en lo alto el sol del Amor. Si mantiene encendida esa “llama de Amor Viva” en cualquier circunstancia, el sabe bien que nada ni nadie podrá entorpecer su marcha. Pasará por encima de las dificultades, como las aguas limpias de las cimas atraviesan los montes. Sí, no habrá nada que pueda resistir al Caminante que solo busca caminar por Amor, con una razón de Amor… El sabe bien que así todo sale y sale como obra de Amor.

La ciencia y la técnica actualmente nos han cambiado la vida social y personalmente, haciéndola más humana y llevadera. Y sin embargo, en lo referente al Amor todo parece seguir igual que desde el origen. Parece como si en este empeño no hubiera ya nada nuevo que inventar: encenderse y beber de la única fuente de la que mana el Amor: Dios mismo. No hay otro modo, solo hay una hoguera donde una y otra vez podamos ir a encendernos en el fuego de su Amor: Hijos de Dios. —Portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras. —El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine… De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna. (Forja 1)

¿Y cómo mantener encendido este afán de Amor? Con la obras de Amor, actos de amor, uno detrás del otro. ¡Obras! ¡Obras! ¡Obras! Sin actos concretos de amor, de servicio, sin oración, sin sacrificio, sin trabajo constante y ordenado, habría motivos para dudar de la sinceridad del Amor que decimos nos mueve, de la verdad de nuestro Camino de Amor.

Caminante: ¡No te canses nunca de Amar, pase lo que pase!. En lo malo: todo lo desagradable pasa y lo que permanece es el Amor. En lo bueno: ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde el alma? Considera lo más hermoso y grande de la tierra…, lo que place al entendimiento y a las otras potencias…, y lo que es recreo de la carne y de los sentidos… Y el mundo, y los otros mundos, que brillan en la noche: el Universo entero. —Y eso, junto con todas las locuras del corazón satisfechas… (…) ¿Qué vale esto, si todo se acaba, si todo se hunde, si son bambalinas de teatro todas las cosas de este mundo terreno; si después es la eternidad para siempre, para siempre, para siempre? (San Josemaría)

No lo olvides, sólo hay un enemigo verdadero: el des-amor. El peligro de sentirse egoísta, aburguesado, persona sin amor. Rechaza, aparta de ti, di: no quiero des-amor. No te canses nunca de Amar pase lo que pase y cuando aparezca la tentación del des-amor, esas bolsas de des-amor que nos alejan de personas, de lugares, etc.; di: no consentiré, quiero ser fiel a ese Amor, que ya es Vida de mi vida.

Ahora que solo parece hablarse de acción, de números, de técnicas, de dinero, de eficacia, de poder… Tu y yo vamos a recordarles que vivir de Amor es lo único importante, lo único necesario. Y caminaremos con pasos de Amor. Obras son amores. Sí, haremos de nuestra vida corriente, leña para este fuego, y así convertiremos todos los caminos en Camino de Amor.

Ley de vida del Caminante

Martes, 19 Junio, 2007

La vida del hombre es un largo viaje que dura lo que nuestros días sobre la tierra. Un camino comenzado en el Amor que nos dio origen, que se alimenta del Amor que le sostiene y da sentido, y que alcanzará su término –si lo recorremos con brío- en el Amor que no tiene fin.

Sí, somos caminantes hacia el Amor, esta es quizás la verdad más profunda de nuestro ser y existir.

Sí, ¡Dios es ese Amor! Si todas las Biblias del mundo —se ha dicho— fueran destruidas por alguna catástrofe o furor iconoclasta y quedara sólo un ejemplar, y también este ejemplar estuviera tan dañado que sólo quedara una página entera, e igualmente esta página estuviera tan estropeada que sólo se pudiera leer una línea: si tal línea es la de la primera carta de san Juan, donde está escrito: “Dios es amor“, toda la Biblia se habría salvado, porque todo su contenido está ahí.

Pascal dejo escrito en sus Pensamientos (793) que existen tres órdenes de grandeza. El primero es el orden material o de los cuerpos: en él sobresale quien tiene muchos bienes, quien está dotado de fuerza atlética o de belleza física. Es un valor que no hay que despreciar, pero es el más bajo. Por encima de él está el orden del genio y de la inteligencia, en el que se distinguen los pensadores, los inventores, los científicos, los artistas, los poetas. Este es un orden de calidad diferente. Al genio no le añade ni le quita nada ser rico o pobre, guapo o feo. La deformidad física de su persona no quita nada a la belleza del pensamiento de Sócrates y de la poesía de Leopardi. El valor del genio es ciertamente más elevado que el precedente, pero no es aún el supremo. Por encima de él existe otro orden de grandeza, y es el orden del amor, de la bondad (Pascal lo llama el orden de la santidad y de la gracia). Una gota de santidad —decía Gounod— vale más que un océano de genio. Al santo no le añade ni le quita nada ser guapo o feo, docto o iletrado. Su grandeza es de un orden distinto. El cristianismo pertenece a este tercer nivel. (cfr. Cantalamessa)

En la novela Quo vadis, un pagano pregunta al apóstol san Pedro, recién llegado a Roma: “Atenas nos ha dado la sabiduría, Roma el poder; vuestra religión, ¿qué nos ofrece?”. Y Pedro le responde: ¡el amor!…

Pero el amor es lo más frágil que existe en el mundo. Por eso en este Camino de Amor, al igual que en los caminos de largo recorrido junto a paisajes risueños y llenos de colorido, hay otros áridos y pedregosos y no es infrecuente que la ilusión de los comienzos se atenúe con el transcurrir del tiempo. Es ley de vida del Caminante que en el afán de hacer las cosas bien, de mantener vivos y operativos nuestros ideales sintamos el peso del cansancio y que el horizonte tan claro del principio se difumine ante aquella luz que parece perder su brillo.

Para no aflojar y ayudarnos a caminar en el Amor, sin disminuir el paso empiezo estos post. Hablaremos de estas cosas, salteadamente como venimos haciendo, pero con continuidad, en esta nueva y breve categoría que denominaremos “Camino”. Espero que así encuentres compañía en tu caminar.