Testimonio de Carlota Ruiz de Dulanto

Viernes, 30 Octubre, 2009

Sigue habiendo gente buena. Gente muy buena!!

No olvides que el Dolor es la piedra de toque del Amor. (Camino 439)

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san Rafael Arnaiz

Hoy en Palencia, donde resido, es un día grande por un trapense de Dueñas, un pueblito cercano, que va a ser, esta soleada mañana de Domingo, canonizado en Roma por Benedicto XVI. Me parece que el artículo que te copio de D. José Ignacio Munilla, publicado en su blog (en ti confio), resumen muy bien la figura del desde hoy ya: san Rafael Arnáiz.

La próxima canonización del Hermano Rafael ha puesto a nuestra Diócesis de fiesta… El domingo 11 de octubre, una numerosa peregrinación palentina se dará cita en el incomparable marco de la Plaza de San Pedro en el Vaticano, dando gloria a Dios por la obra buena que ha realizado en cinco nuevos santos, entre los que se encuentra quien desde ese día será invocado como San Rafael Arnáiz.

Soy consciente de que existe el riesgo de participar en este acontecimiento, sin conocer en profundidad la figura y el mensaje de este joven trapense, que la Iglesia nos propone como modelo de santidad. Por ello, más que adentrarme en una explicación sistemática de su espiritualidad, mi intención en estas breves líneas es suscitar el deseo de acceder a la lectura de la vida y los escritos del Hermano Rafael, ¡una auténtica joya de la espiritualidad católica! Los escritos del Hermano Rafael ya están publicados en la mayoría de las lenguas modernas, y están siendo traducidos a numerosas lenguas orientales. El Hermano Rafael tiene la virtud de expresar la más honda vivencia mística, con una frescura y cercanía de lenguaje, que la hace fácilmente trasladable y aplicable a nuestra propia vida.

Pues bien, la “historia” del Hermano Rafael, así como el “modelo” de vida cristiana que nos ofrece, están condicionados en gran medida por una grave enfermedad (la diabetes sacarina), que “frustró” en gran manera sus planes y sus proyectos. Su salud no le permitió asumir la vida ordinaria del monje trapense, teniendo que resignarse a llevar un régimen de vida distinto, a tener que abandonar con frecuencia el monasterio, a ser una carga para sus compañeros e, incluso, al sufrimiento ante la posibilidad de que la enfermedad fuera un impedimento para su propia vocación.

Entresaco de sus escritos, un pasaje muy significativo, en el que el Hermano Rafael nos abre su alma:

“Había una vez un «tonto de circo» que cada vez que entraba en la «pista» se caía…, iba de aquí para allá, arrastrando sus enormes zapatos y con grandes esfuerzos lograba arreglar la esquina de la alfombra. Cuando ya creía que estaba bien, tropezaba en ella…, la volvía a arrugar y se caía…; sudaba…; su trabajo consistía en sacar una silla… Para ello se remangaba, se secaba el sudor de la frente con un enorme pañuelo, y como si arrastrara un enorme peso, sacaba a la pista la silla y, por último, se sentaba en ella. Todos se reían de él al ver lo orgulloso que se retiraba, creyendo que había ayudado a los demás a preparar los aparatos, alfombras y demás enseres que los artistas necesitaban para su trabajo.Yo conozco a un trapense que en la Trapa hace igual que el «tonto del circo», toda su actuación se reduce a un «hacer que hacemos», arrastrando los pies y secándose el sudor. Este pobre hombre hace reír a los ángeles que contemplan desde el cielo el espectáculo del mundo y, aunque no hace los arriesgados trabajos de los demás artistas, ni da «saltos mortales», ni ejercicios de fuerza, o «volteretas en el trapecio»…, ¿qué más da? ¡Si no sabe más que desarrugar las alfombras y con ello se gana los aplausos de los ángeles!…”.

Santidad no es perfeccionismo

Una de las grandes enseñanzas de la vida del Hermano Rafael es ésta: la santidad no debe de confundirse con el perfeccionismo. Este último, el perfeccionismo, se caracteriza por centrar todos los esfuerzos en la materialidad de nuestras obras, de forma que las podamos culminar correctamente, sin error ni fallo alguno… Sin embargo, la santidad no consiste tanto en la perfección material, cuanto en la aceptación y en el ofrecimiento, por amor de Dios, de nuestros esfuerzos y de nuestros pequeños “logros”, así como de nuestras limitaciones y errores.

A lo largo de los escasos años en los que el joven Rafael permaneció en la Trapa de Dueñas, tuvo que ir desprendiéndose -en un claro ejercicio de purificación pasiva- de sus planes, proyectos, propósitos… Rafael soñó al ingresar en la Trapa con llegar a ser un monje perfecto; pero, finalmente, Dios le concedió ser… ¡un monje santo!

El santo humor del hermano Rafael

Otro aspecto muy característico de la espiritualidad del Hermano Rafael, es su sentido del humor, vivido incluso en momentos trágicos de su vida, como expresión de una admirable confianza y abandono en las manos del “sólo Dios”. La experiencia de Rafael nos enseña que cuando nos empapamos del amor infinito de Dios, entonces somos capaces de reírnos de nuestros agobios, de nuestras preocupaciones y, en definitiva, de nuestro propio “yo”, que tanto nos ocupa y nos preocupa.

Pero no olvidemos que la alegría del Hermano Rafael, aún naciendo de su confianza en Dios, requiere de un ejercicio ascético constante y firme. Mantener el sentido del humor en medio de las cruces de la vida, tiene el precio de mortificar nuestras melancolías, relativizar nuestras decepciones, pasar por alto los desprecios que podamos sufrir, y elevar nuestros corazones. La alegría y el sentido del humor del Hermano Rafael, son la penitencia más agradable a los ojos de Dios.

Para todos aquellos que no puedan acudir a Roma, el sábado 24 de octubre, celebraremos en nuestra Diócesis de Palencia un día de acción de gracias con motivo de la Canonización. Por la mañana, a las 12.00, tendrá lugar en la Trapa de Dueñas una solemne Eucaristía; mientras que, por la tarde, a las 18.00, la Santa Misa será en la Catedral. Daremos gracias a Dios por la elevación a los altares de quien escribió:

“Dios no nos exige más que sencillez por fuera y amor por dentro”.

A continuación os pongo algunos datos sobre el hermano Rafael Arnáiz Barón, comúnmente conocido como el Hermano Rafael (Burgos, 9 de abril de 1911 – Monasterio de San Isidro, Dueñas, Palencia, 26 de abril de 1938), fue un monje trapense, considerado uno de los grandes místicos del siglo XX, que fue canonizado por la Iglesia católica en 2009 (Canonización de cinco beatos – Radio Vaticana)

Síntesis cronológica de la vida del Hermano Rafael – Abadía San Isidro

Fragmento de la Homilía de Benedicto XVI el día de su canonización.

«…El Hermano Rafael, aún cercano a nosotros, nos sigue ofreciendo con su ejemplo y sus obras un recorrido atractivo, especialmente para los jóvenes que no se conforman con poco, sino que aspiran a la plena verdad, a la más indecible alegría, que se alcanzan por el amor de Dios. ‘Vida de amor... He aquí la única razón de vivir’”, dice el nuevo santo. E insiste: ‘Del amor de Dios sale todo’. Que el Señor escuche benigno una de las últimas plegarias de San Rafael Arnáiz, cuando le entregaba toda su vida, suplicando: ‘Tómame a mí y date Tú al mundo’. Que se dé para reanimar la vida interior de los cristianos de hoy. Que se dé para que sus hermanos de la Trapa y los centros monásticos sigan siendo ese faro que hace descubrir el íntimo anhelo de Dios que Él ha puesto en cada corazón humano…»

Oraciones a San Rafael Arnáiz Barón

“Quiero ser como tu”

Sábado, 10 Octubre, 2009

Aquí os presento otra historia de esas que nos dejan pensando. Esta vez nos lo cuenta Carol Price:

Cuando faltaba un año para terminar la escuela, en mi vida habían pasado dos cosas importantes.

En primer lugar, me había enamorado de un joven llamado Charlíe. Estaba en el último año, jugaba fútbol, ¡era maravilloso! Yo sabía que era el hombre con quien deseaba casarme y formar un hogar. Había, por desgracia, un grave problema: Charlie no se había enterado de que yo existía. ¡Tampoco de que teníamos planes para el futuro!

En segundo lugar, decidí que no deseaba que me practicaran más operaciones en las manos. Había nacido con seis dedos en cada una, y sin nudillos. Mi primera operación fue a los seis meses, y a los dieciséis años ya había tenido veintisiete. Los cirujanos habían removido los dedos sobrantes, acortado otros y creado nudillos. Aun cuando mis manos todavía no eran normales, ya había tenido lo suficiente.

Tenía un amigo llamado Don. Una tarde, Don me visitó y comenzamos a hablar acerca de la fiesta de la escuela y de nuestros planes… De repente, Don me miró y me dijo:

-Charlie te gusta mucho, ¿verdad?

-Sí, me gusta mucho -respondí.

-Sabes, Carol, hay un problema. Charlie nunca se enamorará de ti -prosiguió Don. -¿Por qué no? -le pregunté, mientras pensaba para mis adentros: “Ya sé: me teñiré el cabello de rubio. Eso hace maravillas. No, ya sé: seré una de las líderes del grupo. A todos les gustan las líderes”. Pero Don continuó:

-Carol, en realidad no lo entiendes. Nunca le agradarás a Charlie porque eres deforme.

Sus palabras me golpearon. Lo escuché. Lo creí. Y lo viví. Llegué a ser una maestra de primer grado porque pensé que sería un buen trabajo para alguien con una deformidad.

Durante mi primer año como maestra, tuve de alumna a una niña llamada Felicia. Era la más bella que había visto en mi vida. Una tarde estábamos aprendiendo a escribir la A. El aula estaba en silencio y todos trabajaban con dedicación. Miré a Felicia, como lo hacía a menudo, y vi que escribía con los dedos cruzados. Me aproximé, me incliné y le susurré:

-Felicia, ¿por qué escribes con los dedos cruzados? La niña levantó la vista hacia mí, sus bellos y enormes ojos, y me dijo:

-Porque quiero ser como tu, Carol.

Felicia nunca vio en mis dedos una deformidad, sino algo especial. Todos tenemos algo que consideramos que no está bien… una deformidad. Podemos vernos como personas deformes o como personas especiales. Y esta opción determinará cómo viviremos nuestra vida.

Carol Price (Cfr. Fuente: Sopa de pollo para el alma de mujer)

La abuela Ruby

Viernes, 9 Octubre, 2009

Hace tiempo que no pongo anécdotas históricas (al menos así parece sugerirlo el relato) de esas que nos emocionan y nos hacen pensar. Esta vez se trata de la abuela Ruby. Ahí va:

Ruby tiene seis hijos y trece nietos. Una Navidad, todos sus hijos y nietos estaban reunidos como de costumbre en su casa. El mes anterior, Ruby había comprado una preciosa alfombra blanca, después de convivir con la misma vieja alfombra durante veinticinco años. Por supuesto, estaba encantada con el aspecto que le daba a la casa.

Mi cuñado Arnie acababa de repartir a sus sobrinos y sobrinas la deliciosa miel casera de sus colmenas. Todos estaban entusiasmados. Pero el destino quiso que Sheena, de ocho años, rompiera su recipiente de miel y ésta se esparciera sobre la nueva alfombra de la abuela y cubriera el piso.

Llorando, Sheena corrió a la cocina y se lanzó en los brazos de la abuela: -¡Abuelita, se me volcó la miel en tu alfombra nueva! -exclamó consternada.

La abuela Ruby se arrodilló, miré con ternura los ojos llenos de lágrimas de Sheena, y le dijo:

-No te preocupes, cariño, podemos conseguirte otro pote de miel.

Aquello me impresionó profundamente. Por ser la madre de dos niños muy activos, de uno y siete años de edad, frecuentemente me preocupo de que puedan romper algo de mi hogar, cuidadosamente decorado. En su inocencia, de vez en cuando, al jugar, hacen caer mi lámpara predilecta o desordenan mis adornos tan bien dispuestos. En esos momentos recuerdo la lección que aprendí de mi sabia suegra, Ruby.

Lynn Roóerfson

(cfr. Fuente: Sopa de pollo para el alma de mujer)

Dignísima María

Lunes, 28 Septiembre, 2009

Me acaba de enviar un amigo esté texto que me parece extraordinario. Espero que lo disfrutéis:

Desde hace unos años –unos cuantos, la verdad- es difícil encontrarse con un niño que tenga síndrome de Down. Antes no, antes podías cruzártelo por la calle, o verle hacer la compra o trabajar como aprendiz en un taller mecánico.

En mis recuerdos hay dos personas con ese trastorno: Pedrito y Quilo. Los dos llegaron a viejos y los dos fueron queridos y hasta famosos en su ciudad natal. Pedrito estaba todo el día en un club deportivo –el Grupo Covadonga- haciendo mil recados y encargos. Quilo, que falleció este verano, era el utillero de los equipos del colegio de los jesuitas de Gijón. Si les saludabas por la calle te devolvían el gesto, Pedro con su mirada pícara y Quilo, siempre atareado, con su inovidable: “Tengo muches coses que hacer”.

Los dos tuvieron, a su manera, una vida plena y ambos contaron con el apoyo de una familia que les aceptó al nacer y les quiso al crecer. Por eso, cuando esta primavera nació María y supimos que tenía Down, recordé a Quilo y a Pedrito y me alegré de que llegara a un hogar que iba a luchar por sacarla adelante. Los padres de María son, en el buen sentido de la palabra, buenos y también ellos desdeñaron el coro de los grillos que cantan a la luna y dicen que un niño con síndrome de Down debe morir antes de nacer. María nació. Con mil dificultades, pero nació. Yo la conocí un 6 de julio en Pamplona, mientras el cohete de San Fermín estallaba en rojo y blanco. Iba perfecta con su pañuelico, dormida en medio de la algarabía desplegada por sus hermanos y los amigos de sus hermanos.

Tras la comida y el mus reglamentario nos fuimos para casa a continuar la sobremesa. María no dijo ni mu y solo se despertó para exigir su biberón. Las navarras son así, recias. Con ojos de guardia fronterizo la cuidaban Almudena y Graciela, nueve años como nueve miuras, y en la conversación hablé de Quilo y Pedrito y todos nos reímos con sus ocurrencias. En especial, una de Pedro con el nobel Severo Ochoa, que era su tío, y del que rechazaba la paga en pesetas. “Dólares, Severo, quiero dólares”, le decía con astucia de perro viejo.

María murió hace unos pocos días. Tenía el corazón roto y no soportó una operación de 11 horas que hubiera derrotado al mismo Rafa Nadal. Lo hizo entre oraciones y tubos, lo hizo en paz, la paz que Dios da a los inocentes y a los arrepentidos. Su última batalla la libró en Madrid, acompañada de sus padres y sostenida por unos médicos que lo intentaron todo.

María se fue sin desgarro, en medio de la tristeza de una madre que la llevó con ella nueve meses y que no se rindió nunca. María se fue entre lágrimas, pero sin tragedia. Se fue al cielo, que es donde están todos los niños, los no nacidos y los recién nacidos. Se fue con toda su dignidad a cuestas. Porque nadie es más digno que otro, ni tiene más derecho a vivir porque esté sano, o sea joven, o tenga dinero. María, con su efímero discurrir en el mundo, hizo mucho bien a los que la rodearon.

Sus padres quisieron que naciera y aceptaron con entereza que se fuera. “Los hijos no son propiedad de los padres, por eso vienen y se van”.

Dignísima María.

Nacho Uría en la revista Osaca, 27 sept. 2009,

y en www.nachouria.com

Así empieza esta anécdota al parecer histórica que encontré en sopa de pollo para el alma.

El otro día, en Nueva York, tomé un taxi con un amigo. Cuando nos bajamos, mi amigo le dijo al taxista:

—Le agradezco el viaje. Es usted un conductor estupendo.

Durante un segundo, el hombre se quedó atónito. Después reaccionó:

—Oiga, ¿me está tomando el pelo o qué?

—Nada de eso, amigo mío, no tengo intención de molestarlo. Admiro la tranquilidad con que se mueve en medio de semejante tránsito.

—Ah —farfulló el conductor, y siguió su recorrido.

—¿A qué venía eso? —pregunté.

—Estoy tratando de restaurar el amor en Nueva York —me respondió mi amigo—. Creo que es lo único capaz de recuperar la ciudad.

—¿Cómo es posible que un solo hombre salve Nueva York?

—No es cuestión de un solo hombre. Creo que a ese taxista le he cambiado el día. Suponte que haga veinte viajes. Pues será amable con esos veinte pasajeros porque alguien fue amable con él. Ellos, a su vez, serán más cordiales con sus empleados, servidores o colaboradores, e incluso con sus respectivas familias. En última instancia, la buena disposición podría extenderse a un millar de personas por lo menos. No está mal, ¿no te parece?

—Pero tú confías en que ese taxista transmita tu buena disposición a los demás.

—No estoy confiando en nada —respondió mi amigo—. Me doy cuenta de que el sistema no es totalmente seguro. Hoy puedo encontrarme con diez personas muy diferentes, si de entre esos diez puedo hacer felices a tres, finalmente podré influir en forma indirecta sobre las actitudes de tres mil más.

—Teóricamente suena bien —admití—, pero no estoy seguro de que en la práctica funcione.

—Si no funciona no se pierde nada. No perdí ni un minuto en decirle a ese hombre que estaba haciendo muy bien su trabajo. Ni le di una propina mayor ni una más pequeña. Y si mis palabras cayeron en oídos sordos, ¿qué importa? Mañana habrá algún otro taxista a quien pueda tratar de hacer feliz.

—Oye, tú estás un poco chiflado —señalé.

—Tus palabras demuestran lo cínico que te has vuelto. Este asunto lo tengo estudiado. Lo que al parecer les falta a nuestros empleados de correos, aparte de dinero, por cierto, es que nadie les dice lo bien que están haciendo su trabajo.

—Pero si no están haciendo bien su trabajo.

—Si no están haciendo bien su trabajo es porque sienten que a nadie le importa cómo lo hacen. ¿Por qué no decirles una palabra que les anime?

En ese momento pasábamos junto a un edificio en construcción, donde cinco obreros estaban almorzando. Mi amigo se detuvo.

—Qué trabajo estupendo habéis hecho —señaló—. Debe de ser algo muy difícil y peligroso.

Los hombres lo miraron con desconfianza.

—¿Cuándo estará terminado?

—En junio —gruñó uno de ellos.

—Ah. Pues realmente, es impresionante. Debéis de estar muy orgullosos.

Seguimos caminando y yo le señalé:

—No he visto a nadie como tú desde que leí el Quijote.

—Cuando esos hombres asimilen mis palabras se sentirán más felices y, de alguna manera, su felicidad será un beneficio para la ciudad.

—Pero, ¡esa no es una tarea para que la hagas tú solo! —protesté yo—. Al fin y al cabo, no eres más que un hombre.

—Lo más importante es no descorazonarse. Intentar que la gente de la ciudad vuelva a ser feliz no es tarea fácil, pero si puedo enrolar a más gente en mi campaña…

—Acabas de guiñarle el ojo a una mujer feísima —le señalé.

—Ya lo sé —me respondió—. Piensa que si es maestra de escuela hoy sus alumnos tendrán un día fantástico.

Art Buchwald

Amor verdadero

Viernes, 17 Julio, 2009

Moisés Mendelssohn

Moisés Mendelssohn, el abuelo del conocido compositor alemán, estaba lejos de ser un hombre guapo. Además de ser bajo, tenía una grotesca joroba.

Un día visitó a un comerciante de Hamburgo que tenía una hija encantadora llamada Frumtje. Moisés se enamoró desesperadamente de ella, pero a Frumtje le repugnaba su aspecto deforme.

Cuando llegó el momento de irse, Moisés reunió todo su valor para subir las escaleras hasta la habitación de ella y tener una última oportunidad de hablarle. Aunque ella era una visión de celestial belleza, a él le causó profunda tristeza que se negara a mirarlo. Después de varios intentos de entablar conversación, le preguntó tímidamente si ella creía que los matrimonios se hacen en el cielo.

—Sí —respondió ella, sin dejar de mirar al suelo—. ¿Y vos?

—Sí, también lo creo —fue la respuesta. Y continuó—: Fijaos que en el cielo, en el momento del nacimiento de un niño, el Señor anuncia con qué niña se ha de casar. Cuando yo nací, me mostraron a mi futura esposa, pero el Señor añadió—: Pero tu mujer será jorobada. En ese mismo momento, clamé: «Oh, señor, una mujer jorobada sería una tragedia. Os ruego que me deis a mí la joroba y preservéis su belleza».

Entonces Frumtje se atrevió a levantar la mirada para contemplar los ojos de Moisés y pudo apreciar su belleza interior y un hondo recuerdo la conmovió. Comprendió que ese hombre tenía su belleza por dentro, alargó su mano y se la dio a Moisés. Tiempo después, ella se convirtió en su esposa.

Barry y Joyce Vissell

Dan Milman

Dan Milman

—Entonces, ¿tú crees que soy valiente? —preguntó la muchacha.

—Claro que sí.

—Quizá lo sea, pero es porque he recibido la inspiración de algunos maestros. Te hablaré de uno. Hace muchos años, cuando trabajaba como voluntaria en el hospital de Stanford, conocí a una niña, Liza, que sufría una rara enfermedad muy grave. Al parecer, su única posibilidad de recuperación era una transfusión de sangre de su hermanito de cinco años, que había sobrevivido milagrosamente a la misma enfermedad y había desarrollado los anticuerpos necesarios para combatirla. El médico le explicó la situación al niño y le preguntó si estaría dispuesto a donar sangre a su hermana. Lo vi vacilar apenas un momento antes de hacer una inspiración profunda y responder: «Sí, lo haré si es para salvar a Liza».

Mientras se realizaba la transfusión, el niño permaneció en una cama junto a la de su hermana, sonriendo, como todos los presentes, al ver cómo el color volvía a las mejillas de Liza. Después, su rostro palideció y se esfumó su sonrisa. Levantó los ojos hacia el médico y le preguntó con voz temblorosa: «Doctor, ¿es ahora cuando empiezo a morirme?».

En su inocencia de niño, había entendido mal al médico y pensaba que tenía que dar a su hermana toda su sangre.

—Sí —añadió la narradora, he aprendido a ser valiente porque he tenido maestros inspirados.

Fuente: Dan Millman

El ramo de flores

Martes, 14 Julio, 2009

Bennet Cerf relata este conmovedor episodio sobre un autobús que iba dando tumbos por un camino rural en el sur de los Estados Unidos.

En un asiento iba un delgadísimo anciano con un ramo de flores frescas en la mano. Al otro lado del pasillo viajaba una muchacha cuyos ojos se volvían una y otra vez hacia las flores. Cuando le llegó el momento de descender, impulsivamente, el anciano dejó caer las flores sobre la falda de la chica.

—Ya veo que te gustan las flores —explicó—, y creo que a mi mujer le gustaría que las tuvieras. Le diré que te las he dado.

La joven le agradeció las flores y se quedó mirando al anciano que, tras bajarse del autobús, cruzó el umbral de un pequeño cementerio.

Bennet Cerf

Todos ganamos

Martes, 16 Junio, 2009

Hace algún tiempo, en la Olimpiada de Seattle, nueve atletas, todos ellos impedidos físicos o mentales, se encuentran en la línea de salida para la carrera de 100 metros. Sonó el pistoletazo de salida y comenzó la carrera. No todo el mundo estaba en plena forma, pero todos querían participar y ganar. Corrían todos cuando, un niño tropezó, se cayó, y comenzó a llorar. Los otros ocho oyeron llorar. La carrera empezó a pararse y miraron a atrás. Entonces ocurrió algo extraño… Todos se detuvieron y regresaron… Todos ellos… Una niña con Síndrome de Down se sentó junto a él, lo abrazó y le preguntó: “¿Te sientes mejor ahora?” Entonces, los nueve caminaron hombro con hombro a la línea de meta.
Toda la multitud se puso de pie y aplaudieron. Y el aplauso duró mucho tiempo…

Winston Churchill y Alexander Fleming

Domingo, 14 Junio, 2009

Aquí os dejo con esta historia bonita (una vez más la encontré en pensar por libre) sobre Winston Churchill. Ya contamos algo sobre Alexander Fleming, al hablar de Observar y pensar.

La ficción de las dos morales

Domingo, 14 Junio, 2009

Hoy Domingo, puede ser una buena ocasión para descansar en familia y para pasear, ahora que está llegando el buen tiempo a muchos sitios, en contacto con la naturaleza. Recientemente escucho decir a la gente que existe una cierta nostalgia de Dios, de espiritualidad, de religión, y que comienza a verse a la Iglesia también como una gran portadora de experiencia religiosa: como ese árbol de la parábola evangélica en el que pueden anidar las aves, aunque luego quieran de nuevo volar lejos, pero también como un lugar donde poder descansar durante cierto tiempo. Te copio este texto de Bendicto XVI que personalmente me parece muy enriquecedor:

veo cada vez con mayor claridad que, en nuestra época, en cierto sentido, la moral se ha dividido en dos partes. No es que la sociedad moderna sencillamente no tenga moral, sino que, por decirlo así, ha “descubierto” y reivindica otra parte de la moral que tal vez no se ha propuesto suficientemente en el anuncio de la Iglesia en los últimos decenios, y también más. Son los grandes temas de la paz, la no violencia, la justicia para todos, la solicitud por los pobres y el respeto de la creación (…) esta moralidad existe y fascina también a los jóvenes, que se comprometen en favor de la paz, de la no violencia, de la justicia, de los pobres y de la creación. Y realmente son grandes temas morales, que por lo demás pertenecen también a la tradición de la Iglesia. Los medios que se proponen para su solución, a menudo son muy unilaterales y no siempre son aceptables (…).

La otra parte de la moral, que con frecuencia en la política se percibe de modo muy controvertido, atañe a la vida. De esta moral forma parte el compromiso en favor de la vida, desde la concepción hasta la muerte, es decir, su defensa contra el aborto, contra la eutanasia, contra la manipulación y contra la auto-legitimación del hombre a disponer de la vida.

(…) Y yo creo que debemos esforzarnos por volver a unir estas dos partes de la moralidad y poner de relieve que están inseparablemente unidas entre sí. Sólo si se respeta la vida humana desde la concepción hasta la muerte es posible y creíble también la ética de la paz; sólo entonces la no violencia puede expresarse en todas las direccione; sólo entonces respetamos verdaderamente la creación; y sólo entonces se puede llegar a la verdadera justicia.

Resumiendo: que para favorecer la convergencia de estos dos aspectos de la misma moral (y así evitar la ficción de las dos morales) conviene adoptar una actitud positiva y abierta que no de la falsa impresión de que por subrayar los aspectos morales menos aceptados (vida, fidelidad, etc), estamos rechazando los que la mayor parte de nuestros conteporaneos valoran más (ecologismo, paz, etc).

En este sentido me ha gustado en mucho el cartel que se ha expuesto en la campaña por la vida, al tratar de aunar, de algún modo, estas dos sensibilidades.

Un buen “ronroneo” cada día

Lunes, 16 Marzo, 2009

A mi personalmente no es que me entusiasmen los gatos, pero al leer este relato me ha parecido que no solo los niños sino que todos estamos necesitados de cariño. Así que para que no se nos olvide aquí va este post.

Por lo menos una vez al día nuestro viejo gato negro se acerca a alguno de nosotros de una manera que todos hemos llegado a reconocer como especial. No significa que quiera que le den de comer ni que lo dejen salir, ni nada por el estilo. Lo que necesita es algo muy diferente.

Si tiene un regazo a mano, se sube a él de un salto; si no, lo más probable es que se quede ahí, con aire nostálgico, hasta que vea que hay uno preparado. Una vez acomodado en él, empieza a ronronear antes incluso de que uno le acaricie el lomo, le rasque bajo el mentón y le diga una y otra vez que es un gato estupendo. Después, con su «motor» acelerado al máximo, se acomoda hasta encontrar la posición que le gusta y se instala. De vez en cuando, su ronroneo se descontrola y se convierte en ronquido; entonces te mira con los ojos abiertos de adoración y te dedica ese prolongado ir cerrando los ojos que es la muestra final de la confianza de un gato.

Al cabo de un rato, poquito a poco, se va quedando quieto. Si siente que todo va bien, puede ser que se quede en el regazo para echarse una cómoda siestecita. Pero es igualmente probable que vuelva a bajar de un salto y se vaya a atender sus cosas. Sea como fuere, la razón la tiene él.

Hay un montón de cosas que me gustaría hacer por todos los niños y, si sólo pudiera hacer una, sería ésta: asegurar a cada niño que, esté donde esté, tendrá por lo menos un buen ronroneo cada día. Porque los niños, como los gatos, necesitan su tiempo de ronroneo.

Fuente: Fred T. Wilhelms; The Gentlest Need.

Seguimos con la misma idea de la filiación divina, pero ahora referida también a la Madre, la Virgen María. La siguiente historia cuya autora dice ser verdadera, puede ayudarnos a comprender esto.

Yo fui una adolescente abominable. No como la mayoría, que supone que lo sabe todo, que no limpia su habitación, que muestra una actitud de “porque tengo ya quince años”. No, yo era un monstruo manipulativo, mentiroso, de lengua mordaz, que comprendí desde temprana edad que podía lograr que las cosas se hicieran a mi modo con sólo unos pequeños ajustes menores. Los escritores de las telenovelas más candentes de hoy día no podrían crear una “villana” peor. Algunos comentarios maliciosos aquí, una mentira o dos allá, tal vez una mirada maligna como toque final, y las cosas me resultaban grandiosas. O por lo menos así lo pensaba yo.

La mayor parte del tiempo, y en el exterior, era yo una buena chica. Una marimacha risueña de nariz respingada, a quien le gustaban los deportes y le emocionaban las competiciones (una bonita forma de decir, agresiva y exigente). Y es quizás por eso que mucha gente me dejaba ingeniármelas y usar lo que yo ahora denomino “tácticas de conducta tractor”, esto es, sin consideración ninguna a nadie. Por algún tiempo, al menos.

En vista de que yo era bastante perspicaz para que algunos se doblegaran a mi voluntad, me sorprende que haya necesitado tanto tiempo para comprender que estaba lastimando a mucha gente. No sólo logré alejar a muchos de mis mejores amigos al tratar de controlarlos; también conseguí sabotear, una y otra vez, la relación más preciada en mi vida: la relación con mi madre.

Incluso ahora, a casi 10 años de que naciera mi nuevo yo, mi comportamiento anterior me sigue asombrando cada vez que lo recuerdo. Comentarios ofensivos que hieren y lastiman a la gente que más quería. Actitudes de confusión e ira que parecían gobernar mis movimientos, todo para asegurarme de que las cosas se hicieran a mi modo.

Mi madre, quien me trajo al mundo a sus 38 años en contra de la voluntad del médico, me gritaba, “Esperé tanta tiempo tu llegada, por favor no me alejes. Quiero ayudarte“.

Yo le respondía con mi mejor cara de piedra, “Yo no te lo pedí. Nunca quise que te preocuparas por mí. Déjame en paz y olvídate de mí“. Mi mamá empezó a creer que yo la decía de verdad. Mis acciones no mostraban otra cosa.

Yo era mala y manipulativa al tratar de hacer mi voluntad a toda costa. Al igual que muchas muchachas de secundaria, los muchachos que sabía ya tenían un compromiso, eran los primeros con los que tenía que salir. Me escabullía fuera de casa a todas horas de la noche, sólo para demostrar que podía. Engañaba con mentiras complejas que siempre estaban al borde de estallar en mi cara. Encontraba cualquier modo de atraer la atención hacia mí aunque al mismo tiempo trataba de ser invisible.

Es irónico, pero me gustaría decir que le pegaba duro a las drogas en ese periodo de mi vida, que tomaba pastillas para alterar la mente y fumaba porros que cambiaban mi personalidad, como pretexto de las terribles y mordaces palabras que salían volando de mi boca. Sin embargo, no era ese el caso. Mi única adicción era el odio; mi única emoción era infligir dolor.

Pero de pronto me empecé a preguntar por qué. ¿Por qué la necesidad de lastimar? ¿Y por qué a la gente que más quería? ¿Por qué la necesidad de tantas mentiras? ¿Por qué los ataques a mi madre? Me estaba volviendo loca con todos estos “por qué” hasta que un día exploté en un ataque suicida.

Acostada despierta en el “hotel” (así llamaba cariñosamente al hospital), la noche siguiente a mi intento cobarde y fallido de saltar desde un vehículo que corría a 120 kilómetros por hora, algo me quedó muy claro, que no quería morir. Y que no quería infligir más dolor a la gente para ocultar lo que en verdad trataba de esconder, esto es, el odio a mí misma. Odia a mí misma desatado contra todos los demás.

Por primera vez en años, vi el rostro dolorido de mi madre, ojos marrones cálidos y cansados con ninguna otra cosa que agradecimiento por la nueva oportunidad de vivir de su hija y amor por su pequeña que esperó 38 años para tener. Mi primer encuentro con el amor incondicional. ¡Qué sentimiento tan poderoso!

A pesar de todas las mentiras que le había dicho, me seguía queriendo. Una tarde lloré en su regazo horas enteras y le pregunté por qué me seguía queriendo después de todas las cosas horribles que le había hecho. Solamente me miró, me retiró el cabello de la cara y me dijo con franqueza: “No lo sé”. Algo similar a una sonrisa se introdujo entre sus lágrimas mientras las líneas de su afligido rostro me decían todo lo que yo necesitaba saber. Que yo era su hija, pero todavía más importante, que ella era mi madre.

(…) El amor incondicional es el regalo más precioso que uno puede dar. Que se le perdone a uno por lo sucedido en el pasado es el más precioso regalo que uno puede recibir… Yo pertenezco a los afortunados, lo sé, y quiero extender el regalo que mi madre me dio a todos los adolescentes descarriados en el mundo que están confundidos.

No es malo sentir dolor, necesitar ayuda, sentir amor, pero hay que sentirlo sin ocultarlo. Sal de tu escondrijo protector, de detrás de tus rígidos muros y aléjate de esos aspectos de tu personalidad que te sofocan, y respira vida.

Fuente: Sarah J. Vogt