¡Yo lo he cumplido, yo lo he cumplido!

Miércoles, 7 Octubre, 2009

Hoy es la fiesta de la Virgen del Rosario ¡Ay, el Rosario, el Rosario…! En cierta ocasión un joven universitario pedía a san Josemaría un consejo sobre como convencer a un amigo suyo de que rezara el Rosario. Le explicaba que su amigo decía que era una oración muy pesada y que como no le gustaba, y que para qué lo iba a rezar. La respuesta del san Josemaría parece que fue muy breve y precisa: “Dile que a Ella sí que le gusta”. Y que el Rosario sea “grato al corazón de la Santísima Virgen”, como decía León XIII, no puede sorprender a nadie. ¿Conocéis a alguna mujer que no le guste un piropo o un alago? ¿Sabéis de alguna joven que no le guste recibir de regalo una flor bonita? Haced si quereis la encuesta y comprobareis que no.

Es cierto que se trata de una oración que requiere una atención especialísima, pues se trata de rezar sabiendo qué se dice, quien lo dice, y a quien se lo decimos. Y claro, esto no es fácil. Me contaron hace tiempo la anécdota que puede ayudarnos a perseverar en esta oración a pesar de que nos distraigamos. No lo olvides el pero rosario fue aquel que no rezamos. Vamos a la anécdota.

Se cuenta de un duque medieval regalaba un atún el día de su cumpleaños a cada una de las personas de su ducado que venía a felicitarle. En un día de éstos, se presentó a las puertas del palacio un labriego, que fue interrogado por los guardas.

-¿A qué vienes?, preguntó el vigilante.

-A por el atún, respondió el labriego.

-¡Hombre, no!. Has de decir que vienes a ver al Duque. Tú vienes a felicitarle, y él te dará un atún, le explicó el guarda, ante el temor a que la simplicidad de aldeano provocara una situación embarazosa.

Se quedó pensativo nuestro hombre un buen rato, y al fin sentenció:

-Bueno. A por el atún y a ver al Duque.

Además una avemaría puede salvarnos. A veces basta un recuerdo de la infancia:
“Yo sí he visto milagros -escribía un sacerdote, Jesús Urteaga-. Fíate de mí. Hazme caso. Reza a la Virgen”. Y cuenta uno de los milagros que ha visto.
“Me encontraba en Madrid. Acababa de ordenarme sacerdote. Tenía 26 años. Era un atardecer a la hora de terminar el trabajo.
- Te llaman por teléfono -me dijeron.
Una voz masculina, un tanto nerviosa , explicaba la razón de la llamada:
- Mire, tengo un amigo que se encuentra muy mal, puede morir en cualquier instante. Me pide que le llame a usted porque quiere confesarse. (…) No, no le conoce, pero quiere que sea usted. (Nunca he entendido por qué.) ¿Puede venir a esta casa?
- Salgo para allá en este momento.
– (Me interrumpió) Mire, el asunto no es tan fácil. Me explicaré. El piso está lleno de familiares y amigos que no dejarán que un sacerdote católico entre en esta casa; pero yo me encargo de facilitar su entrada.

- Pues allá voy, amigo. Dentro de un cuarto de hora estoy ahí: lo que tarde el autobús.

El piso era muy grande, lo estoy viendo ahora que describo la situación. La puerta entreabierta, un pasillo largo. Entro decidido después de encomendarme a la Virgen para que facilitase el encuentro. Rumores de voces en las habitaciones contiguas; algunas personas que me miran con gesto de asombro. Con un breve saludo me dirijo a la habitación que estimo puede ser la del enfermo. Efectivamente lo es.
- ¿Le han dejado entrar?
- He visto caras de susto y gestos feos; pero ha podido más la Virgen nuestra Señora.
- Gracias. No tengo mucho tiempo (el enfermo jadeaba). Quiero confesarme.
- (Cogí mi crucifijo, lo besé.). Comienza, Dios te escucha…
Yo muy emocionado. El hombre (era un personaje importante), también. Apliqué mis oídos a sus labios porque apenas se le oía. La confesión… larga, muy larga.
- …Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
Al terminar -pocos minutos le quedaban de vida- quiso explicarme “su” milagro. Lo hizo fatigosamente. Se lo agradecí con toda el alma.
- He estado cuarenta años ausente de la Iglesia. Y usted se preguntará por qué he llamado a un sacerdote.
Él lo decía todo. Yo callaba.
- Mi madre, al morir, nos reunió a los hermanos… Mirad. No os dejo nada. Nada tengo. Pero cumplid este testamento que os doy: Rezad todas las noches tres avemarías. Y yo (¡cómo lloraba el pobre!), yo lo he cumplido, ¿sabe?, lo he cumplido.
Se moría mientras cantaba. A mí me pareció todo aquello un cántico: “Yo lo he cumplido, yo lo he cumplido”.

Por cansado que esté, Santa María, por burradas que haya hecho, por lejos que me encuentre de Dios, jamás dejaré de rezarte las tres Avemarías, por la noche, de rodillas. Porque si un día o una temporada estoy siendo mal hijo tuyo, Tu. Tu no te olvides de mi…  Ángel de mi guarda, encárgate tú de recordármelo, gracias.

Dignísima María

Lunes, 28 Septiembre, 2009

Me acaba de enviar un amigo esté texto que me parece extraordinario. Espero que lo disfrutéis:

Desde hace unos años –unos cuantos, la verdad- es difícil encontrarse con un niño que tenga síndrome de Down. Antes no, antes podías cruzártelo por la calle, o verle hacer la compra o trabajar como aprendiz en un taller mecánico.

En mis recuerdos hay dos personas con ese trastorno: Pedrito y Quilo. Los dos llegaron a viejos y los dos fueron queridos y hasta famosos en su ciudad natal. Pedrito estaba todo el día en un club deportivo –el Grupo Covadonga- haciendo mil recados y encargos. Quilo, que falleció este verano, era el utillero de los equipos del colegio de los jesuitas de Gijón. Si les saludabas por la calle te devolvían el gesto, Pedro con su mirada pícara y Quilo, siempre atareado, con su inovidable: “Tengo muches coses que hacer”.

Los dos tuvieron, a su manera, una vida plena y ambos contaron con el apoyo de una familia que les aceptó al nacer y les quiso al crecer. Por eso, cuando esta primavera nació María y supimos que tenía Down, recordé a Quilo y a Pedrito y me alegré de que llegara a un hogar que iba a luchar por sacarla adelante. Los padres de María son, en el buen sentido de la palabra, buenos y también ellos desdeñaron el coro de los grillos que cantan a la luna y dicen que un niño con síndrome de Down debe morir antes de nacer. María nació. Con mil dificultades, pero nació. Yo la conocí un 6 de julio en Pamplona, mientras el cohete de San Fermín estallaba en rojo y blanco. Iba perfecta con su pañuelico, dormida en medio de la algarabía desplegada por sus hermanos y los amigos de sus hermanos.

Tras la comida y el mus reglamentario nos fuimos para casa a continuar la sobremesa. María no dijo ni mu y solo se despertó para exigir su biberón. Las navarras son así, recias. Con ojos de guardia fronterizo la cuidaban Almudena y Graciela, nueve años como nueve miuras, y en la conversación hablé de Quilo y Pedrito y todos nos reímos con sus ocurrencias. En especial, una de Pedro con el nobel Severo Ochoa, que era su tío, y del que rechazaba la paga en pesetas. “Dólares, Severo, quiero dólares”, le decía con astucia de perro viejo.

María murió hace unos pocos días. Tenía el corazón roto y no soportó una operación de 11 horas que hubiera derrotado al mismo Rafa Nadal. Lo hizo entre oraciones y tubos, lo hizo en paz, la paz que Dios da a los inocentes y a los arrepentidos. Su última batalla la libró en Madrid, acompañada de sus padres y sostenida por unos médicos que lo intentaron todo.

María se fue sin desgarro, en medio de la tristeza de una madre que la llevó con ella nueve meses y que no se rindió nunca. María se fue entre lágrimas, pero sin tragedia. Se fue al cielo, que es donde están todos los niños, los no nacidos y los recién nacidos. Se fue con toda su dignidad a cuestas. Porque nadie es más digno que otro, ni tiene más derecho a vivir porque esté sano, o sea joven, o tenga dinero. María, con su efímero discurrir en el mundo, hizo mucho bien a los que la rodearon.

Sus padres quisieron que naciera y aceptaron con entereza que se fuera. “Los hijos no son propiedad de los padres, por eso vienen y se van”.

Dignísima María.

Nacho Uría en la revista Osaca, 27 sept. 2009,

y en www.nachouria.com

Helado para el alma

Miércoles, 16 Septiembre, 2009

Me he encontrado con esta anécdota que a mi me ha encantado.

La semana pasada llevé a mis niños a un restaurante. Mi hijo de 6 años de edad preguntó si podía dar las gracias. Cuando inclinamos nuestras cabezas el dijo: “Dios es bueno, Dios es grande. Gracias por los alimentos, yo estaría aún más agradecido si Mamá nos diese helado para el postre. Libertad y Justicia para todos. Amén”
Junto con las risas de los clientes que estaban cerca, escuché a una señora comentar: “Eso es lo que está mal en este país, los niños de hoy en día no saben como orar, pedir a Dios helado… ¡Nunca había escuchado esto antes!”
Al oír esto, mi hijo empezó a llorar y me preguntó: “¿Lo hice mal? ¿Está enojado Dios conmigo?
Sostuve a mi hijo y le dije que había hecho un estupendo trabajo y Dios seguramente no estaría enojado con él. Un señor de edad se aproximó a la mesa. Guiñó su ojo a mi hijo y le dijo: “Llegué a saber que Dios pensó que aquélla fue una excelente oración”.
¿En serio? – Preguntó mi hijo. – ¡Por supuesto! Luego en un susurro dramático añadió, indicando a la mujer cuyo comentario había iniciado aquel asunto: “Muy mal, ella nunca pidió helado a Dios. Un poco de helado, a veces
es muy bueno para el alma”.
Como era de esperar, compré a mis niños helado al final de la comida. Mi hijo se quedó mirando fijamente el suyo por un momento y luego hizo algo que nunca olvidaré por el resto de mi vida. Tomó su helado y sin decir una sola
palabra avanzó hasta ponerlo frente a la señora. Con una gran sonrisa le dijo: “Tómelo, es para usted. El helado es bueno para el alma y mi alma ya está bien”

Hace mucho que no pongo una alegoría o anécdota que ayude a reflexionar. Aquí va esta, a ver que os parece: Se cuenta que alguna una vez, en Inglaterra, existía una pareja que gustaba de visitar las pequeñas tiendas del centro de Londres. Una de sus tiendas favoritas era una en donde vendían vajillas antiguas. En una de sus visitas a la tienda vieron una hermosa tacita.

-¿Me permite ver esa taza?, preguntó la Señora. Nunca he visto nada tan fino como eso.

Y para su sorpresa ocurrió algo extraordinario: ¡la tacita comenzó a hablar!

-Usted no entiende. Yo no siempre he sido esta taza que usted está sosteniendo. Hace mucho tiempo yo sólo era un montón de barro amorfo. Mi creador me tomó entre sus manos y me golpeó y me amoldó cariñosamente. Llegó un momento en que me desesperé y le grité: “Por favor!! Ya déjame en Paz!”. Pero sólo me sonrió y me dijo: “Aguanta un poco más, todavía no es tiempo.”

Después me puso en un horno. Yo nunca había sentido tanto calor! Me pregunté por qué mi creador querría quemarme, así que toqué la puerta del horno. A través de la ventana del horno pude leer los labios de mi creador que me decían: “Aguanta un poco más, todavía no es tiempo.” Finalmente se abrió la puerta.

Mi creador me tomó y me puso en una repisa para que me enfriara. “¡Así está mucho mejor!”, me dije a mí misma, pero apenas me había refrescado cuando mi creador ya me estaba cepillando y pintándome. ¡El olor de la pintura era horrible! Sentía que me ahogaría! “Por favor detente!” le gritaba yo a mi creador, pero él sólo movía la cabeza haciendo un gesto negativo y decía “Aguanta un poco más, todavía no es tiempo.”

Al fin dejó de pintarme; pero esta vez me tomó y me metió nuevamente a otro horno. No era un horno como el primero, sino que era mucho más caliente. Ahora sí estaba segura que me sofocaría. Le rogué y le imploré que me sacara. Grité, lloré, pero mi creador sólo me miraba diciendo “Aguanta un poco más, todavía no es tiempo.”

En ese momento me di cuenta que no había esperanza. Nunca lograría sobrevivir a ese horno. Justo cuando estaba a punto de darme por vencida se abrió la puerta y mi creador me tomó cariñosamente y me puso en una repisa que era aún más alta que la primera. Allí me dejó un momento para que me refrescara.

Después de una hora de haber salido del segundo horno, me dio un espejo y me dijo: “¡Mírate! ¡Ésta eres tú!”. ¡No podía creerlo! ¡Ésa no podía ser yo! Lo que veía era hermoso. Mi creador nuevamente me dijo: “Yo sé que te dolió haber sido golpeada y amoldada por mis manos, pero si te hubiera dejado como estabas, te hubieras secado. Sé que te causó mucho calor y dolor estar en el primer horno, pero de no haberte puesto allí, seguramente te hubieras estrellado. También sé que los gases de la pintura te provocaron muchas molestias, pero de no haberte pintado tu vida no tendría color. Y si yo no te hubiera puesto en ese segundo horno, no hubieras sobrevivido mucho tiempo, porque tu dureza no habría sido la suficiente para que subsistieras. Ahora tú eres un producto terminado! Eres lo que yo tenía en mente cuando te comencé a formar!”.

Hélice Bridges

Hélice Bridges

Llevamos mucho tiempo sin poner historias de gente buena. De esas historias que a veces nos dejan pensando o nos emocionan. Aquí va esta.

“Sí que importa quién eres” de Helice Bridges

Una maestra neoyorquina decidió homenajear a cada uno de sus alumnos del último curso de bachillerato diciéndoles lo importantes que eran. Se valió de un procedimiento ideado por Hélice Bridges de Del Mar, California, y fue llamando a la pizarra, uno a uno, a todos los estudiantes. Primero fue diciendo a cada uno por qué él (o ella) era importante tanto para la maestra como para la clase. Después les fue dando una cinta azul que llevaba impreso, en letras doradas, el texto siguiente: «Sí que importa quién soy».

Después dio a cada uno de sus alumnos tres cintas más y les encargó que difundieran en su medio esta ceremonia de reconocimiento. Uno de los chicos de la clase fue a visitar a un joven ejecutivo, para reconocer la ayuda que éste le había prestado en la planificación de su carrera. Le dio una cinta azul y se la prendió en la camisa. Después le entregó dos cintas más, diciéndole: —En clase estamos realizando un proyecto de investigación sobre el reconocimiento y nos gustaría que usted también encontrase a alguien merecedor de este honor, le diera una cinta azul y otra para que esa persona, a su vez, pueda reconocer a una tercera persona y así mantener en marcha esta ceremonia.

El mismo día, el joven ejecutivo fue a ver a su jefe que, en honor a la verdad, siempre se había caracterizado por ser bastante gruñón y le dijo que lo admiraba profundamente por su creatividad. El jefe pareció sorprendidísimo, más aún cuando su colaborador le preguntó si aceptaría que le entregara la cinta azul y le permitiría que se la prendiera.—Bueno… sí, claro —balbuceó el atónito jefe. El joven ejecutivo se la colocó en el pecho, sobre el corazón, y finalmente le dio la otra cinta, preguntándole: —¿Me haría usted el favor de aceptar esa cinta y ofrecérsela a alguien que la merezca? El chico que me las dio está haciendo un proyecto escolar y queremos que esta ceremonia de reconocimiento continúe, para ver de qué manera afecta a la gente.

Esa noche, cuando el jefe regresó a casa, llamó a su hijo de catorce años y, tras indicarle que se sentara, le dijo: —Hoy me pasó algo de lo más increíble. Estaba en mi despacho cuando uno de los ejecutivos vino a decirme que me admiraba y me dio una cinta azul por mi creatividad. ¡Imagínate, piensa que soy un genio creativo! Después me puso en la solapa esta cinta azul que dice «Sí que importa quién soy» y me dio otra pidiéndome que se la diera a alguien que a mi juicio la merezca. Esta noche, mientras volvía a casa, me puse a buscar a alguien cuyos méritos quisiera reconocer y me acordé de ti. Eres tú quien se merece este reconocimiento. »Mi vida es realmente agobiante, y cuando vuelvo a casa no te presto mucha atención. A veces te grito por no traer notas suficientemente buenas de la escuela, pero no sé bien por qué, esta noche quería sentarme aquí contigo y… bueno, decirte simplemente que me importas. Además de tu madre, tú eres la persona más importante que hay en mi vida. ¡Eres un chico estupendo y te quiero muchísimo!

El sorprendido muchacho empezó a sollozar, y no podía dejar de llorar. Le temblaba todo el cuerpo. Levantó los ojos hacia su padre y le dijo, entre lágrimas: —Papá, estaba pensando en suicidarme esta noche, creyendo que tú no me querías, ¡pero ahora ya no es necesario!

Fuente: Helice Bridges

Ya sabéis que llevo desde el 30 de mayo cerca de Viljandi (Estonia). Pues bien ¿a que no os imagináis qué película vimos en inglés con subtítulos en lituano? Spiderman 2 (lo del inglés y el lituano es porque aquí estamos de varios países: Lituania, Estonia, Finlandia, Portugal, España, Francia e Italia). Sí, ya sé que lo de ver Spiderman 2 no es muy original, pero lo mejor fue el debate que algunos tuvimos sobre la película al día siguiente mientras estábamos en la sauna, a unos 90 ºC. Y para entrar en materia aquí os pongo con un trailer de la película:

Algunos decían que la película refleja en cierto modo claro, esa especie de tristeza que el hombre moderno siente ante todo lo que Dios le otorga. Es una tristeza, al percibir la elevación del ser humano producida por Dios, que le paraliza, pesa, descorazona…  Se ve muy bien en la película como lo opuesto a esta tristeza no es la laboriosidad o la diligencia, sino precisamente la grandeza de ánimo y la alegría que es consecuencia del amor a lo qué hace grande y heróica su vida (la sobrenaturalidad que podemos dar a nuestra vida).

Si te fijas la diligencia coexiste muy bien con ese abandono de los ideales. En algunas personas se podría incluso buscar la razón del desmesurado y excesivo patos del trabajo, propio de nuestra época, en ese vacío de ánimo y en esa tristeza, que es precisamente un rasgo fundamental de la fisonomía espiritual de nuestro tiempo.

Estamos hablando de esa tristeza de la cual dice San Pablo que “lleva a la muerte” (2Cor 7,10). Se trata en el fondo de una carencia de grandeza de ánimo (de magnanimidad). Aparece también cuando uno no quiere proponerse la empresa grande propia de la naturaleza del cristiano. Es una especie de angustioso vértigo que nos acomete cuando nos damos cuenta de la altura adonde nos eleva Dios.

Es ese sentimiento que alguna vez hemos podido experimentar de no tener ni el ánimo ni la voluntad de ser tan grande como realmente se es. Preferiríamos empequeñecernos para sustraerse de este modo a la obligación de la grandeza. Es una humildad pervertida; no quiere aceptar los bienes sobrenaturales, en el fondo porque implican esencialmente una exigencia para el que los recibe.
Nuestro tiempo en la que medida que ha hecho de esta actitud precisamente un rasgo fundamental de su fisonomía espiritual y social, y en la medida en que por ósmosis pasa al terreno del afecto y al de la decisión espiritual, supone una aversión más o menos consciente, una auténtica huida de Dios. Sí, el hombre moderno huye ante Dios porque lo ha elevado a un modo de ser superior, divino, y le ha obligado, por tanto, a una norma superior de deber.

La monstruosidad radica en la franca detestatio boni divini, es decir en que el hombre tenga la convicción y el deseo expreso de que Dios no le debería haber elevado, sino “dejado en paz”. La gravedad radica en la renuncia malhumorada y triste, estúpidamente egoísta, del hombre a la “nobleza que obliga” de ser hijos de Dios. Pero como esta filiación divina, sin embargo, es a su vez un hecho irrevocable que nadie puede cambiar en nada. Y puesto que se trata de un hecho irrevocable, en último término, significa que el hombre no quiere ser lo que Dios quiere que sea, es decir, que no quiere ser lo que realmente es (Cfr. J.Pieper; Las virtudes fundamentales, p.394/5; Rialp  1988.)

Afortunadamente el guión de la película se resuelve bien esta tentación. Esperemos que también en nuestra vida resolvamos también adecuadamente la respuesta que hemos de dar en cada momento. Contamos para ello con el amor a nuestra Madre, que será soplo que encienda en lumbre viva las brasas de virtudes que están ocultas en el rescoldo de tu tibieza. Madre ayúdanos a mantener siempre el ánimo de las cosas grandes y si caemos que recordemos que: A Jesús siempre se va y se “vuelve” por María. (cfr. san Josemaría en Camino 492 y 495)

Impresionante

Sábado, 9 Mayo, 2009

Cada día Dios hace lo mismo para cada uno de nosotros. Es su forma de amar… Y cada día parecemos dormidos a este beso de amor…

Por cierto, una vez más se lo debemos a Enrique Monasterio

Un buen “ronroneo” cada día

Lunes, 16 Marzo, 2009

A mi personalmente no es que me entusiasmen los gatos, pero al leer este relato me ha parecido que no solo los niños sino que todos estamos necesitados de cariño. Así que para que no se nos olvide aquí va este post.

Por lo menos una vez al día nuestro viejo gato negro se acerca a alguno de nosotros de una manera que todos hemos llegado a reconocer como especial. No significa que quiera que le den de comer ni que lo dejen salir, ni nada por el estilo. Lo que necesita es algo muy diferente.

Si tiene un regazo a mano, se sube a él de un salto; si no, lo más probable es que se quede ahí, con aire nostálgico, hasta que vea que hay uno preparado. Una vez acomodado en él, empieza a ronronear antes incluso de que uno le acaricie el lomo, le rasque bajo el mentón y le diga una y otra vez que es un gato estupendo. Después, con su «motor» acelerado al máximo, se acomoda hasta encontrar la posición que le gusta y se instala. De vez en cuando, su ronroneo se descontrola y se convierte en ronquido; entonces te mira con los ojos abiertos de adoración y te dedica ese prolongado ir cerrando los ojos que es la muestra final de la confianza de un gato.

Al cabo de un rato, poquito a poco, se va quedando quieto. Si siente que todo va bien, puede ser que se quede en el regazo para echarse una cómoda siestecita. Pero es igualmente probable que vuelva a bajar de un salto y se vaya a atender sus cosas. Sea como fuere, la razón la tiene él.

Hay un montón de cosas que me gustaría hacer por todos los niños y, si sólo pudiera hacer una, sería ésta: asegurar a cada niño que, esté donde esté, tendrá por lo menos un buen ronroneo cada día. Porque los niños, como los gatos, necesitan su tiempo de ronroneo.

Fuente: Fred T. Wilhelms; The Gentlest Need.

Seguimos con la misma idea de la filiación divina, pero ahora referida también a la Madre, la Virgen María. La siguiente historia cuya autora dice ser verdadera, puede ayudarnos a comprender esto.

Yo fui una adolescente abominable. No como la mayoría, que supone que lo sabe todo, que no limpia su habitación, que muestra una actitud de “porque tengo ya quince años”. No, yo era un monstruo manipulativo, mentiroso, de lengua mordaz, que comprendí desde temprana edad que podía lograr que las cosas se hicieran a mi modo con sólo unos pequeños ajustes menores. Los escritores de las telenovelas más candentes de hoy día no podrían crear una “villana” peor. Algunos comentarios maliciosos aquí, una mentira o dos allá, tal vez una mirada maligna como toque final, y las cosas me resultaban grandiosas. O por lo menos así lo pensaba yo.

La mayor parte del tiempo, y en el exterior, era yo una buena chica. Una marimacha risueña de nariz respingada, a quien le gustaban los deportes y le emocionaban las competiciones (una bonita forma de decir, agresiva y exigente). Y es quizás por eso que mucha gente me dejaba ingeniármelas y usar lo que yo ahora denomino “tácticas de conducta tractor”, esto es, sin consideración ninguna a nadie. Por algún tiempo, al menos.

En vista de que yo era bastante perspicaz para que algunos se doblegaran a mi voluntad, me sorprende que haya necesitado tanto tiempo para comprender que estaba lastimando a mucha gente. No sólo logré alejar a muchos de mis mejores amigos al tratar de controlarlos; también conseguí sabotear, una y otra vez, la relación más preciada en mi vida: la relación con mi madre.

Incluso ahora, a casi 10 años de que naciera mi nuevo yo, mi comportamiento anterior me sigue asombrando cada vez que lo recuerdo. Comentarios ofensivos que hieren y lastiman a la gente que más quería. Actitudes de confusión e ira que parecían gobernar mis movimientos, todo para asegurarme de que las cosas se hicieran a mi modo.

Mi madre, quien me trajo al mundo a sus 38 años en contra de la voluntad del médico, me gritaba, “Esperé tanta tiempo tu llegada, por favor no me alejes. Quiero ayudarte“.

Yo le respondía con mi mejor cara de piedra, “Yo no te lo pedí. Nunca quise que te preocuparas por mí. Déjame en paz y olvídate de mí“. Mi mamá empezó a creer que yo la decía de verdad. Mis acciones no mostraban otra cosa.

Yo era mala y manipulativa al tratar de hacer mi voluntad a toda costa. Al igual que muchas muchachas de secundaria, los muchachos que sabía ya tenían un compromiso, eran los primeros con los que tenía que salir. Me escabullía fuera de casa a todas horas de la noche, sólo para demostrar que podía. Engañaba con mentiras complejas que siempre estaban al borde de estallar en mi cara. Encontraba cualquier modo de atraer la atención hacia mí aunque al mismo tiempo trataba de ser invisible.

Es irónico, pero me gustaría decir que le pegaba duro a las drogas en ese periodo de mi vida, que tomaba pastillas para alterar la mente y fumaba porros que cambiaban mi personalidad, como pretexto de las terribles y mordaces palabras que salían volando de mi boca. Sin embargo, no era ese el caso. Mi única adicción era el odio; mi única emoción era infligir dolor.

Pero de pronto me empecé a preguntar por qué. ¿Por qué la necesidad de lastimar? ¿Y por qué a la gente que más quería? ¿Por qué la necesidad de tantas mentiras? ¿Por qué los ataques a mi madre? Me estaba volviendo loca con todos estos “por qué” hasta que un día exploté en un ataque suicida.

Acostada despierta en el “hotel” (así llamaba cariñosamente al hospital), la noche siguiente a mi intento cobarde y fallido de saltar desde un vehículo que corría a 120 kilómetros por hora, algo me quedó muy claro, que no quería morir. Y que no quería infligir más dolor a la gente para ocultar lo que en verdad trataba de esconder, esto es, el odio a mí misma. Odia a mí misma desatado contra todos los demás.

Por primera vez en años, vi el rostro dolorido de mi madre, ojos marrones cálidos y cansados con ninguna otra cosa que agradecimiento por la nueva oportunidad de vivir de su hija y amor por su pequeña que esperó 38 años para tener. Mi primer encuentro con el amor incondicional. ¡Qué sentimiento tan poderoso!

A pesar de todas las mentiras que le había dicho, me seguía queriendo. Una tarde lloré en su regazo horas enteras y le pregunté por qué me seguía queriendo después de todas las cosas horribles que le había hecho. Solamente me miró, me retiró el cabello de la cara y me dijo con franqueza: “No lo sé”. Algo similar a una sonrisa se introdujo entre sus lágrimas mientras las líneas de su afligido rostro me decían todo lo que yo necesitaba saber. Que yo era su hija, pero todavía más importante, que ella era mi madre.

(…) El amor incondicional es el regalo más precioso que uno puede dar. Que se le perdone a uno por lo sucedido en el pasado es el más precioso regalo que uno puede recibir… Yo pertenezco a los afortunados, lo sé, y quiero extender el regalo que mi madre me dio a todos los adolescentes descarriados en el mundo que están confundidos.

No es malo sentir dolor, necesitar ayuda, sentir amor, pero hay que sentirlo sin ocultarlo. Sal de tu escondrijo protector, de detrás de tus rígidos muros y aléjate de esos aspectos de tu personalidad que te sofocan, y respira vida.

Fuente: Sarah J. Vogt

Ella no me abandonó

Sábado, 7 Marzo, 2009

La filiación divina que Jesucristo nos ganó por su pasión, muerte y resurrección, nos ha hecho hijos adoptivos de un Padre Dios que nunca nos abandonará. Sí, somos en verdad familia de Dios.

Permanecía en el suelo furiosa, pataleando y gritando hasta quedar afónica, todo porque mi madre adoptiva me había pedido recoger mis juguetes. “Te odio”, aullé.

Tenía entonces seis años y no comprendía por qué me sentía continuamente tan enfadada. Desde los dos años de edad había estado viviendo en adopción. Mi verdadera mamá no podía darnos a mis cinco hermanas y a mí la atención que necesitábamos. Y como no teníamos papá o alguien más que nos atendiera, se nos colocó en diferentes casas adoptivas. Yo me sentía sola y confundida. No sabía cómo manifestar mi dolor interior. La única forma que conocía para expresar mis sentimientos era el berrinche. Como yo seguí portándome mal, con el tiempo, mi madre adoptiva del momento me envió de regreso a la agencia de adopción, igual que lo había hecho la mamá anterior. Yo consideraba que era la niña que inspiraba menos amor en el mundo.

Entonces conocí a Kate McCann. En aquel momento tenía yo siete años y vivía con mi tercera familia adoptiva cuando ella llegó de visita. Cuando mi madre adoptiva me dijo que Kate era soltera y quería adoptar a un niño, no pensé que me elegiría. No podía imaginar que alguien quisiera que yo viviera a su lado para siempre.

Ese día, Kate me llevó a una granja de calabazas. Nos divertimos mucho, pero no pensé que la volvería a ver. Unos días más tarde, un trabajador social vino a casa para decir que Kate quería adoptarme. Después me preguntó si a mí me importaría vivir con sólo una mamá en lugar de con una mamá y un papá. “Todo lo que quiero es alguien que me quiera”, dije.

Kate nos visitó al siguiente día. Explicó que se necesitaría un año para que la adopción fuera válida, pero que pronto me podría ir a vivir con ella. Yo me sentí emocionada pero también asustada. Kate y yo éramos perfectas desconocidas. Me preguntaba si ella cambiaría su parecer una vez que me llegara a conocer a fondo. Kate percibió mi temor. “Sé que te han lastimado“, manifestó, abrazándome. “Sé que estás asustada. Pero te prometo que nunca te enviaré de regreso. Ahora tú y yo somos una familia.” Para mi sorpresa, sus ojos estaban anegados de lágrimas. De pronto comprendí que ella estaba tan sola como yo. “Está bien … mamá”, respondí.

A la siguiente semana conocí a mis nuevos abuelos, tía, tío y primos. Fue una sensación curiosa, pero bonita, estar con extraños que me abrazaban como si ya me quisieran. Cuando me mudé a casa de mamá, por primera vez tuve mi habitación propia. Estaba tapizada y tenía una colcha que hacía juego, una cómoda antigua y un armario grande. Yo sólo llevaba poca ropa en una bolsa de papel marrón. “No te preocupes”, exclamó mamá. “Yo te compraré muchas cosas nuevas bonitas.” Esa noche me fui a dormir sintiéndome segura. Recé para que nunca tuviera que irme de ahí.

Mamá hizo muchas cosas buenas para mí. Me llevó a la iglesia. Me dejó tener mascotas y me dio clases de equitación y piano. Todos los días me decía que me quería. Pero el amor no era suficiente para que sanara la herida en mi interior. Yo seguía esperando que ella cambiara de parecer. Pensaba, “si me comporto muy mal, me abandonará como las otras“. Así que traté de herirla primero, antes de que ella me hiriera a mí. Por cualquier cosa iniciaba una discusión y hacía berrinches cuando no salían las cosas a mi modo. Daba portazos, y si mamá trataba de impedírmelo, le pegaba. Pero ella nunca perdió la paciencia. Me abrazaba y me decía que ella de cualquier modo me quería.

Como me iba muy mal en la escuela cuando me fui a vivir con ella, fue muy estricta con mis tareas. Un día que estaba viendo la televisión, entró y la apagó. “Puedes ver televisión cuando termines de hacer la tarea”, manifestó. Yo exploté, cogí mis libros y los arrojé por todo el cuarto. “Te odio y ya no quiero vivir aquí”, grité. Esperé a que ella me ordenara que empezara a empacar. Como no lo hizo, pregunté, “¿No me vas a enviar de regreso?”. “No me gusta tu comportamiento”, señaló, “pero jamás te enviaré de regreso. Somos una familia y las familias no se abandonan los unos a los otros”. Entonces lo comprendí. Esta mamá era diferente; no se pensaba deshacer de mí. En verdad me quería. Y comprendí que yo también la quería. Lloré y la abracé.

En 1985, cuando mamá me adoptó formalmente, la familia entera lo celebró en un restaurante. Era bonito pertenecerle a alguien. Pero seguía asustada. ¿Podía una mamá quererme en verdad toda la vida? Mis berrinches no desaparecieron de inmediato, pero con el paso del tiempo, se presentaron con menos frecuencia. Ahora tengo 16 años, tengo buenas calificaciones, un caballo llamado Dagger’s Point, cuatro gatos, un perro, seis palomas y una rana mugidora que vive en el estanque del patio de atrás. Y tengo un sueño, quiero ser veterinaria.

A mamá y a mí nos gusta hacer cosas juntas, como ir de compras y montar a caballo. Sonreímos cuando la gente nos dice que nos parecemos mucho. No creen que no sea mi verdadera mamá. Ahora soy más feliz de lo que jamás imaginé pudiera ser. Cuando sea mayor, me gustaría casarme y tener hijos, pero si eso no funciona, recurriré a la adopción igual que mamá. Seleccionaré a un niño asustado y solitario y después nunca, nunca, lo abandonaré. ¡Soy tan feliz de que mamá no me abandonara!

Fuente: Sharon Whitley;

Extraído de la revista Woman’s World

El cerrojo y la espera

Martes, 24 Febrero, 2009

Esta historia, me ha recordado a la del hijo pródigo y como mañana comienza la Cuaresma, me ha parecido oportuno ponerla.

En Glasgow, Escocia, una joven, como muchos de los adolescentes de hoy, se cansó de su hogar y de las restricciones que le imponían sus padres. Así mismo, rechazaba el estilo de vida religiosa de su familia, y dijo: “No quiero a su Dios. Renuncio. ¡Me marcho!’

Dejó su hogar, decidida a convertirse en una mujer de mundo. Poco después, sin embargo, estaba en la miseria y no conseguía un empleo. Se dedicó entonces a recorrer las calles para vender su cuerpo como prostituta aquellos años. Transcurrieron los años, su padre murió, su madre envejeció y ella se aferraba cada vez más a su modo de vida. La madre, al enterarse de dónde vivía su hija, se dirigió a aquella sección abandonada de la ciudad en busca de ella. Se detenía en cada una de las misiones de socorro con una sencilla petición: “¿Me permite fijar esta fotografía en la cartelera?” Era una fotografía de la madre, sonriendo y con los cabellos grises, con un mensaje escrito a mano en la parte inferior: “No he dejado de amarte… ¡Regresa a casa!”

Transcurrieron algunos meses y no sucedió nada. Un día, la hija entró en una de las misiones de rescate para recibir una comida que necesitaba con urgencia. Se sentó distraídamente a escuchar el oficio religioso, mientras dejaba que su mirada errara por la cartelera de anuncios. Allí vio la fotografía y pensó: ¿Podría ser mi madre?

Sin poderse contener hasta que terminara el sermón, se puso de pie y fue a mirar de cerca el anuncio. Era de su madre y contenía aquellas palabras: “No he dejado de amarte… ¡Regresa a casa!” De pie, frente al retrato, lloró de emoción, pues no podía creer que algo tan maravilloso le pudiera suceder a ella.

Ya era de noche, pero se sintió tan conmovida por el mensaje que comenzó a caminar hacia su hogar. Llegó a la madrugada. Sentía temor y avanzaba tímidamente, sin saber realmente qué hacer. Cuando llamó a la puerta, esta se abrió de par en par. Pensó que algún ladrón había entrado antes. Preocupada por la seguridad de su madre, corrió hacia su habitación y la encontró dormida. La sacudió para despertarla y le dijo: “¡Soy yo, soy yo, estoy en casa!”

La madre no podía creer lo que veía. Se secó las lágrimas y se estrecharon en un fuerte abrazo. La hija le dijo: “¡Estaba tan preocupada! La puerta estaba abierta y pensé que había entrado un ladrón”.

La madre respondió dulcemente: “No, cariño. Desde el día que te marchaste, la puerta nunca ha tenido cerrojo”

Fuente Robert Strand

Un beso de buenas noches

Sábado, 21 Febrero, 2009

NOTA DEL EDITOR: La autora de este relato, Phylips Volkens, murió dos día después de haberla localizado para pedir su autorización a fin de incluirlo. Su esposo, Stanley, nos dijo cuánto había significado para Phyllis que hubiera sido elegido a fin de integrar Sopa de Pollo para el Alma. Nos sentimos honrados de publicar “Un beso de buenas noches” en memoria de Phyllis.

Todas las noches, cuando tomaba mi tumo de enfermera, caminaba por los pasillos de la residencia de ancianos y me detenía en cada puerta para conversar y observar. A menudo, Kate y Chris se encontraban con sus grandes álbumes de fotografías sobre las rodillas, evocando sus recuerdos. Kate me mostraba sus viejas fotos con orgullo: Chris, alto, rubio, bien parecido; Kate bonita, de cabello oscuro, riendo. Dos jóvenes amantes que sonreían con el paso de las estaciones. ¡Qué bien se los veía juntos, mientras la luz de la ventana brillaba sobre sus cabellos blancos y sus rostros arrugados sonreían frente a los recuerdos atrapados y mantenidos para siempre en esos álbumes! (…)

El momento de ir a la cama estaba precedido por un ritual Cuando yo llegaba con los medicamentos para la noche, Kate se encontraba en su silla, con su camisa de dormir y sus pantuflas, esperándome. Bajo la mirada vigilante de Chris y de la mía, Kate tomaba su pastilla. Luego Chris, con gran cuidado, la conducía de la silla a la cama y acomodaba el cobertor alrededor de su cuerpo frágil. (…) Entonces Chris se estiraba para apagar la luz colocada encima de la cama de Kate. Luego se inclinaba con ternura y se besaban dulcemente. Chris le daba unos golpecitos en la mejilla y ambos sonreían. Levantaba la baranda de la cama de Kate, y sólo entonces aceptaba sus propios medicamentos. Cuando yo salía al pasillo, le escuchaba decir a Chris: “Buenas noches, Kate; y ésta le respondía: Buenas noches, Chris”; de un lado al otro de la habitación que separaba sus dos camas.

No fui al asilo por dos días. Cuando regresé, la primera noticia que recibí al entrar fue:

-Chris murió ayer a la mañana. -¿Qué pasó?-Un infarto masivo. Sucedió muy rápido. -¿Cómo está Kate? -Mal

Entré a la habitación de Kate. Estaba sentada en su silla, inmóvil, con las manos en el regazo, mirando fijamente. Tomé sus manos entre las mías y le dije: -Kate, soy Phyllis. Sus ojos no se movieron; continuaban fijos. Puse mi mano bajo su barbilla y volví su cabeza con suavidad, para que se viera obligada a mirarme: -Kate, acabo de saber lo de Chris. Lo siento. Al escuchar la palabra “Chris”, sus ojos regresaron a la vida. Me miró fijamente, perpleja, como si se preguntara cómo es que yo había aparecido de súbito: -Kate, soy yo, Phyllis -repetí-. Siento mucho lo de Chris. El reconocimiento y el recuerdo anegaron su rostro. Las lágrimas desbordaron sus ojos y corrieron por sus ajadas mejillas: -Chris ya no está -susurró. -Lo sé -dije-, lo sé.

Mimamos a Kate durante un tiempo. Le permitíamos comer en su cuarto, la rodeábamos de atenciones especiales. Luego, poco a poco, el personal la habituó de nuevo a su antigua rutina. A menudo, cuando pasaba por su habitación, la veía sentada en su silla, con el álbum en el regazo, mirando con tristeza las fotografías de Chris.

El momento de irse a la cama era la peor parte del día. Incluso cuando se aprobó su petición de trasladarse a la cama de Chris, y aun cuando todos conversaban y reían con ella mientras la acomodaban para la noche, Kate permanecía en silencio, tristemente retraída. Cuando pasaba por su habitación una hora después, la encontraba despierta, mirando el techo.

Pero las semanas transcurrían y el ritual de la hora de acostarse no mejoraba. Kate parece tan intranquila, tan insegura. “¿Por qué?”, me preguntaba yo. “¿Por qué en este momento del día más que en los otros?”. Una noche, al entrar a su habitación, de nuevo la encontré completamente despierta. Llevada por un impulso le dije: -Kate, ¿es posible que te haga falta tu beso de las buenas noches? Me incliné y besé su mejilla… Fue como si hubiera abierto una compuerta. Le corrieron las lágrimas; sus manos asieron con fuerza las mías: -Chris siempre me daba un beso de buenas noches -me dijo sollozando. -Lo sé -susurré. -¡Lo extraño tanto! Todos estos años me dio un beso de buenas noches. -Se interrumpió mientras yo le secaba las lágrimas. -No puedo dormirme sin su beso. Levantó los ojos hacia mí, llenos de gratitud: -Gracias por darme un beso -manifestó.

Una pequeña sonrisa se insinuó en las comisuras de sus labios. -¿Sabes? -agregó en tono confidencial-. Chris solía cantarme una canción. -¿De veras?

-Sí -asintió con su cabeza blanca-. Y de noche permanezco despierta y pienso en ella. -¿Cómo era? Sonrió, tomó mi mano y se aclaró la voz, debilitada por los años pero aún melodiosa. Entonó: “Entonces bésame, dulce amor, y separémonos / Y cuando esté demasiado viejo para soñar / Este beso vivirá en mi corazón”

Fuente: Phylips Volkens

Enviado por Jane Hanna

¿Problema o solución?

Viernes, 20 Febrero, 2009

¿?

¿?

Edgar Bledsoe nació en una granja en el nordeste del estado de Missouri. Fue una de las personas que se mudaron a California durante la década de 1930. Cuando la gran Depresión interrumpió sus estudios en Texas Tech. Después se dedico a la venta en la Kaiser Aluminium Company, con gran éxito por cierto. Ahora ya jubilado, vive felizmente en Green Valley, Arizona, con su esposa Marián.

Corría el año 1933. Me habían despedido de mi trabajo de media jornada y ya no podía colaborar con los gastos de la familia. Nuestra única entrada era lo que podía conseguir mamá cosiendo vestidos para los demás.

Mamá cayó enferma durante algunas semanas y le fue imposible trabajar. La compañía eléctrica nos cortó la luz cuando no pudimos pagar la cuenta. Luego la compañía de gas nos cortó el gas. Sucedió lo mismo con el agua corriente, pero el Departamento de Salud los obligó a conectarla de nuevo por razones de higiene. La alacena estaba vacía. Por fortuna, teníamos una pequeña huerta de hortalizas y podíamos cocinarlas haciendo una hoguera en el patio de atrás.

Un día mi hermana menor regresó de la escuela y dijo como al pasar.

- Mañana debemos llevar algo a la escuela para dar a los pobres.

Mamá comenzó a gritar. “¡No conozco a nadie más pobre que nosotros!”, cuando su madre, quien por aquella época vivía con nosotros, la obligó a callar apoyando una mano en su brazo y frunciendo el ceño.

-Eva -le dijo-, si le transmites a esa niña la idea de que es pobre, lo será por el resto de su vida. Queda un frasco de la mermelada que hicimos. Puede llevárselo a la escuela.

La abuela encontró un pliego de papel de seda y un poco de cinta rosada con los que envolvió nuestro último frasco de mermelada, y mi hermana salió al otro día para la escuela llevando orgullosamente su “regalo para los pobres”.

A partir de entonces, si surgía algún problema en la comunidad mi hermana suponía naturalmente que ella debía ser parte de la solución.

Fuente: Edgar Bledsoe

Muchas veces, a la hora de llevar a cabo un encargo, un trabajo o una misión, surgen en nosotros justificaciones, excusas, etc que debilitan la acción cuando no terminan por enredarnos en las mismas dificultades que debríamos superar para ser parte de ellas… Quizás esta historia nos evidencie mejor esta tentación tan habitual.

El pirata

Sábado, 14 Febrero, 2009

Aquí va otra de estas anécdotas históricas tan bonitas. Esta vez la autora es Marjorie Wallé es escritora, encargada de seminarios y consultora. Dirige el Illinois Statewide Radon Program. Bajo su dirección, este programa ha sido reconocido por sus logros en materia de conciencia pública, recibiendo los premios a la excelencia y al trabajo en equipo otorgados por la Agencia de Protección del Medio Ambiente de los Estados Unidos.

Aquel día el consultorio del médico estaba lleno, así que la señora Smith tuvo oportunidad de conversar con la madre del niño mientras él jugaba con sus soldaditos. Al principio él se mantuvo en silencio, maniobrando con los soldaditos sobre el brazo de la silla. Luego se trasladó silenciosamente al piso, lanzándole una mirada a su madre.

En cierto momento la señora Smith tuvo ocasión de preguntarle al niño qué le había sucedido en el ojo. Se detuvo a considerar la pregunta largo rato y luego replicó, levantando el parche:

-No tengo nada en el ojo. ¡Soy un pirata!

Y regresó a su juego.

La señora Smith se encontraba allí porque en un accidente automovilístico había perdido una pierna desde la rodilla. La cita de aquel día con el médico era para determinar si estaba lo suficientemente curada como para acomodar una prótesis. La pérdida había sido devastadora para ella. Aun cuando se esforzaba por ser valiente, se sentía una inválida. Racionalmente sabía que esta pérdida no debía interferir en su vida, pero en lo emocional no podía superar este obstáculo. Su médico le había sugerido practicar visualizaciones, y ella lo había intentado, pero era incapaz de forjar una imagen perdurable y emocionalmente aceptable. Se seguía viendo como una inválida.

La palabra ‘pirata” cambió su vida. De inmediato se sintió transportada. Se vio vestida como el Corsario Negro, a bordo de un barco pirata. Estaba de pie, con las piernas separadas… y una de ellas era una pata de palo. Tenía las manos bien aferradas a las caderas, la cabeza y los hombros erguidos, y sonreía frente a 1a tormenta. Los vientos tempestuosos azotaban su casaca y su cabello. Un rocío helado barría la balaustrada de cubierta mientras grandes olas rompían contra el barco. El navío se mecía y gemía bajo la fuerza de la tempestad, pero ella permanecía firme.., orgullosa, impertérrita.

En aquel momento, esa imagen sustituyó a la de la inválida y le devolvió su coraje. Miró al niño, ocupado con sus soldados.

Pocos minutos más tarde la llamó la enfermera. Mientras se balanceaba en sus muletas, el niño advirtió su amputación. -Oiga, señora, ¿qué pasó con su pierna? -le preguntó. La madre del niño se sintió mal por la pregunta. Pero la señora Smith contempló por un momento su pierna más corta. Luego le respondió con una sonrisa:

-Nada. Yo también soy un pirata.

Fuente: Marjorie Wallé