Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein)
Jueves, 9 agosto, 2012
Edith nació a finales del siglo XIX. Era la pequeña de una numerosa familia judía de Prusia, actualmente Polonia. Murió en el campo de concentración de Auschwitz durante la segunda guerra mundial. El sostenimiento de la familia dependía de una pequeña industria maderera que generaba algunos puestos de trabajo. Con la prematura muerte del padre, la madre de Edith (Auguste Stein) hubo de hacerse cargo de la gestión de la empresa. Era una mujer fuerte, judía convencida y piadosa que luchó hasta el final por los suyos.
Edith era brillante académicamente. Aunque era prácticante judía, poco después de cumplir los quince años por parecerle que Dios era un ser lejano, abandono la oración y poco después dejó explícitamente el judaísmo.
En la universidad cursó brillantemente filosofía, y pronto trabajó para uno de los más influyentes pensadores de inicios del siglo XX: Edmund Husserl. Poco a poco, Edith adquirió prestigio entre sus compañeros y empezó a ser reconocida en todo el mundo por su competencia y gran capacidad de trabajo.
Algunos inesperados acontecimientos hicieron que recapacitara sobre Dios y acabaron por convertirla definitivamente. Nos centraremos en tres de estos momentos:
En primero fue durante su estancia en Frankfurt. Allí se encontró con su amiga Pauline, hermana de Adolf Reinach.
«Teníamos mucho que contarnos mientras recorríamos lentamente la ciudad antigua, que me era tan familiar por los Pensamientos y recuerdos de Goethe. Pero me impresionaron más otras cosas que el Monte de Roma y la Tumba del ciervo. Entramos unos minutos en la catedral y, mientras estábamos allí en respetuoso silencio, entró una señora con un cesto del mercado y se arrodilló en un banco, para hacer una breve oración. Esto fue para mí algo totalmente nuevo. En las sinagogas y en las iglesias protestantes, a las que había ido, se iba solamente para los oficios religiosos. Pero aquí llegaba cualquiera, en medio de los trabajos diarios, a la iglesia vacía como para un diálogo confidencial. Esto no lo he podido olvidar». Edith empezaba a tener una sana envidia de los católicos, que podían relacionarse así con Dios.
Edith, joven y prometedora profesora de filosofía, había hecho gran amistad con una familia protestante: los Reinach. Se apreciaban muchísimo. Por eso la trágica muerte de Adolf Reinach en el frente de Flandes el 16 de noviembre de 1917 le afectó mucho. Cuando pocos días después recibió una carta de la viuda en la que le rogaba fuera a Gotinga, si le era posible, «a ordenar los papeles que su marido había dejado», Edith no sabía qué palabras de consuelo podría usar con la viuda, que suponía estaría desesperada.
La impresión que le causó el encuentro con ella no la olvidará nunca. La encontró serena y llena de esperanza. Más tarde, en el funeral, escuchó palabras de consuelo y de futuro. Edith se daba cuenta de que la Cruz en cristiano significa algo muy distinto del sufrimiento sin sentido que ella había imaginado. Años más tarde, una vez convertida y hecha religiosa carmelita, nos hará esta confidencia:
«Fue este mi primer contacto con la Cruz y con la virtud divina que comunica a los que la llevan. Por primera vez vi palpablemente ante mí a la Iglesia nacida de la Pasión redentora de Cristo en su victoria sobre el aguijón de la muerte. Fue el momento en que se quebró mi incredulidad, palideció el judaísmo y apareció Cristo: Cristo en el misterio de la Cruz. Por eso, en mi loma de hábito no acertaba a expresar otro deseo que el de llamarme, en la Orden, con el apelativo de la Cruz». Una vez más, Edith había sentido esa envidia buena de los creyentes en Cristo.
Hubo tercer acontecimiento que fue decisivo en su conversión. Una tarde de julio en la casa de los Conrad Martius (otra pareja de filósofos amigos), entró en la biblioteca, tomó por casualidad un libro y comenzó a leer. Era la vida de santa Teresa de Jesús. Pasó toda la noche en vela, leyéndolo. A la mañana siguiente solo alcanzaba a repetir una frase: Esta es la verdad. Y decidió hacerse católica.
Cuando lo comunicó en casa, la decepción de su madre fue mayúscula. Una tristeza muy grande invadió su alma: difícilmente podía dirigirle una sola palabra. Edith no la dejó de lado, sino que seguía ayudándola en sus trabajos y la acompañaba cada sábado a la sinagoga.
Años más tarde cuando decidió entregar su vida entera a Jesucristo entrando en el Carmelo, nos narra que el día en que se lo comunicó a su madre fue el más triste de su vida. Permanecieron las dos juntas, llorando, sin poder articular palabra… No obstante, Edith siguió su camino. Cuando se recrudeció la persecución de Hitler contra judíos y católicos, fue enviada al campo de concentración donde murió.
Resumen sacado del autor Fulgencio Espa, en Agosto con Él


