Lo leíamos ayer en la primera lectura de la misa:“Como está el barro en manos del alfarero, así estáis vosotros en mi mano, casa de Israel”…  Me acordaba de esto que leí de Fernando hace ya tiempo:

“El profesor de pretecnología nos entregó una enorme bola de arcilla, nos envió con ella a casa, y nos dijo: “¡Hala, mañana me traéis a la Dama de Elche!”… ¡La Dama de Elche! Yo no hacía más que mirar aquella pelota de barro con desesperación y decirme: “si me hubiera pedido un balón de fútbol, lo amasaría como si fuera una albóndiga. ¡Pero la Dama de Elche, con narices, ojos, y un peinado a lo Ágata Ruiz del Menhir! ¿Acaso se ha creído que yo soy Miguel Ángel?”… En esas estaba, cuando entró mi padre en la habitación. Le conté el motivo de mis zozobras, y entonces él fue a por una Dama de Elche que había en el salón. Miró a la Dama, miró a la bola de arcilla, y se puso manos a la obra mientras a mí me parecía estar contemplando a Chillida en plena exaltación creativa. Se recreaba, se relamía los labios, afinaba cada detalle, se olvidaba de la hora de cenar… Al día siguiente llegué a clase con la Dama de Elche mejor esculpida que jamás haya visto profesor alguno sobre la tierra. Mis compañeros, que habían traído una especie de balón con moño, admiraban mi supuesto trabajo, y yo cometí el error de desvelar a uno de ellos mi secreto. El muy cretino se lo dijo al profesor, y cuando éste tomó en sus manos mi escultura sacó otra pelota de barro, me la dio, y me dijo: “siéntate ahí y hazlo otra vez”… ¿Por qué no se me tragaría la tierra en aquel momento? ¿Por qué no se tragó, diez minutos antes, al maldito chivato (aclaro: no era Antonio Samaniego)? No os cuento cómo acabó la película, porque ya es bastante humillación…” (Autor Fernando ). Leer el resto de esta entrada »

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