“El mundo es redimido por la paciencia de Dios, y destruido por la impaciencia de los hombres”

Jueves, 3 mayo, 2012

Siempre que un corazón percibe de algún modo el calor de Cristo, y decide abrirse a esa fuente de alegría para conocerla mejor, entonces, y aunque sea a escondidas, se produce el milagro más sorprendente al que podemos asistir: la acción de la gracia en un alma. Con cierta frecuencia, he tenido la suerte de ser testigo de excepción de ese encuentro de la libertad personal con la gracia de Dios… Quienes hayan tenido esta experiencia saben cuánta alegría genera. Sí, todos podemos -y debemos- facilitar a parientes, amigos, colegas, el encuentro con Dios… Todos podemos aprender a mirarles como los mira Él, a participar de algún modo de la paternidad divina que cuida de cada uno de sus hijos. (Cfr.Basta una cebolla)

Es en nuestra intimidad donde se esconden los sueños, las aspiraciones, los dolores escondidos; ahí tienen lugar las decisiones importantes, las renuncias por amor… Suele decirse que la puerta que lleva hasta ese lugar se abre solo por dentro. Por eso, cuando alguien nos abre su corazón, está ofreciéndonos una gran manifestación de confianza, a la que hemos de corresponder con profundo respeto y delicadeza. Este abrirse es algo misterioso, pero si les ofrecemos una atención sincera y desinteresada, si les queremos con obras, preocupándonos por sus cosas, recordando lo que les gusta, lo que les importa, sus alegrías sus aspiraciones… crearemos así el clima de amistad que lo haga propicio. El afecto auténtico se expresa más que en palabras en detalles: preguntar oportunamente por un problema, felicitar, adelantarse a hacer un pequeño servicio… ¡Ah! Y sin prisas, porque  el apresuramiento es un gran enemigo de la verdad y de la confianza.

¿Cómo ayudar? ¿Qué hacer? Se trata de escuchar. Con frecuencia el mismo Dios habla a través de la persona que busca consejo. Si uno está atento puede, a través de las palabras del que habla, captar la palabra de Dios, lo que esa persona necesita. Y surge la luz, el consejo oportuno. Es entonces cuando llega el momento de la respuesta libre, personal, a las llamadas de Dios. “La libertad del ser humano es siempre nueva y tiene que tomar siempre de nuevo sus decisiones. No están nunca ya tomadas para nosotros por otros; en este caso, en efecto, ya no seríamos libres” (Benedicto XVI, Spe Salvi, 24). La libertad debe pues presidir todo este proceso del dialogo entre Dios y el hombre: Dios ha querido que sea así, ha querido correr el riesgo de nuestra libertad, porque quiere hijos, no esclavos, quiere una respuesta de amor verdadera, con voluntariedad plena.

Por eso nuestra actitud ha de ser la de dar confianza. Sucede como cuando se enseña a alguien a conducir un automóvil: tras la teoría, hay que darle las llaves del coche, sentarse a su lado, y tener el valor de no intervenir en cada momento, de mantener la serenidad aunque percibamos un error. Y cuando veamos un peligro, se le avisará con tiempo, pero debe ser él quien frene: solo así aprenderá a conducir, si le damos la confianza necesaria.

Y aunque parezca no responder, nuestra actitud no ha de cambiar. Con paciencia, hemos de seguir ofreciendo nuestra amistad y confianza. Las almas exigen paciencia: no solo en el sentido de esperar a que respondan, sino también en el sentido de aprender a “padecer” por ellas, dejando en las manos de Dios la intranquilidad que pueda surgir al ver que aquella alma retrasa su encuentro con Él: “el mundo es redimido por la paciencia de Dios, y destruido por la impaciencia de los hombres” (Benedicto XVI)

Hoy le pedimos a María: ¡Madre, acompáñanos en este maravilloso misterio del nacimiento de Cristo en las almas!

 

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