¿La gloria del Vencedor Eterno significada por una Cruz?

Miércoles, 18 abril, 2012

Lo políticamente correcto hubiera sido evitar, en lo posible, todo ese desagradable capítulo de la Muerte en la Cruz. Al fin y al cabo ¡Cristo está vivo, ha resucitado! No está en el sepulcro… De hecho cuando alguien vence, se le representa con el símbolo de su victoria: levantando un trofeo, portando orgulloso una medalla, o subido sobre un podio que le levanta sobre aquellos a los que ha superado, bien alto, para que todos puedan verlo e imitarle… Nadie, que yo sepa, celebra una victoria con algo que recuerde el momento más humillante del evento con el que se logró.

Entonces ¿por qué erigir la Cruz como el símbolo del cristiano? ¿Por qué conservar e incidir tanto en las llagas del Cuerpo del Resucitado? ¿Por qué significar al Vencedor Eterno por medio de la Cruz humillante? ¿Por qué, entonces, ese afán de llenarlo todo de cruces? ¿Por qué insistir con una Cruz, que puede resultar desafiante y provocativa; y con la imagen de un Hombre Horadado por clavos que le cosieron a un Madero?

He de reconocer que es una buena pregunta. La Cruz nos suele dejar perplejos. Sin embargo, cada vez que el Señor habla de ella, lo hace con un tono positivo; más aún, como algo conveniente: Así tiene que ser levantado el Hijo del Hombre”... Son usuales en Jesús expresiones como: “tiene que”, “es necesario”… Como cuando dice: “Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado”. O, ya resucitado, cuando con insistencia repite que “era necesario que el Mesías pasase todo eso y entrara así en su gloria”… Evidentemente, esta conveniencia es por nosotros. Se nos está diciendo que necesitábamos como un puente, o una escalera capaz de conducirnos desde los más bajo de nuestra condición pecadora hasta lo más alto del Cielo. Y esa Escalera, ese Puente es la Cruz. Mejor aún, es el Cuerpo herido de su Humanidad Santísima.

Por tus llagas hemos sido curados” (1Pe 2, 24) dirá Pedro, evocando lo que había profetizado Isaías 53. Efectivamente, esas heridas, que son nuestros pecados, son también los peldaños que nos llevan hasta ese Costado abierto por el que podemos entrar en el Corazón de Cristo, en su Amor, y allí lograr escuchar: “ven, entra en el gozo de tu Señor”.

Sí, necesitamos esas heridas para unirlas a las nuestras y escalar por ellas hasta la Vida Eterna. Jesús se ha tendido como un puente, o como una escalera, para que nosotros podamos disfrutar con Él de la alegría de su victoria. Por eso, lo adoramos y lo representamos en un crucifijo, y cada vez que besamos esa Cruz sentimos un alivio, un consuelo y una esperanza difícil de describir, pero que aquellos que heridos por el pecado, amamos a Dios, conocemos muy bien.

Al pie de esa Escalera divina, está Ella. María, como buena Madre nos ayuda a poner los pies sobre esos peldaños de su Hijo, que ponen a nuestro alcance la Vida Eterna.

 

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