El que quiera ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz de cada día y sígame (Mt. 16,24).

Esta frase del Señor se las trae. Esta puesta en condicional, no se obliga a nadie: “el que quiera“. Eso si, las condiciones estás claras; son tres, y son estas:

Carge con su cruz “de cada día”.

Alguien me contó que un crío, casi cinco años, va por primera vez al colegio. De vuelta a casa, sus padres le preguntan:

• ¿Cómo te ha ido en el colegio? ¿Qué tal?

• Mal ­contesta el pequeño. Tengo que volver mañana.

Y es que ser fiel a Dios un día es relativamente fácil. “¡Cuántos que se dejarían enclavar en una cruz, ante la mirada atónita de millares de espectadores, no saben sufrir cristianamente los alfilerazos de cada día! —Piensa, entonces, qué es lo más heroico” (Camino 204). Efectivamente, es necesario serlo cada día y todos los días. El problema está en que tendemos a ver como una gran cruz formada de la suma de la pequeña cruz de un día y otro. Esa visión es falsa e imaginaria. La santa Cruz no es acumulativa. Viene una a una, día a día. Cuando llega la de hoy, la de ayer ya pasó y la de mañana no llegó todavía. Así, la Cruz de cada día, llevada día a día, resulta más llevadera.

Santa Teresa de Lisieux solía decir que “El martirio a “alfilerazos”, a todo lo largo de la vida es tan meritorio, o acaso más, que el que se sufre de una vez bajo el cuchillo del verdugo”. Y en la  Enc. Veritatis spledor de Juan Pablo II se dice que: “Si el martirio es el testimonio culminante de la verdad moral, al que relativamente pocos son llamados, existe no obstante un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios” (VS 93).

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