La comunidad de amigos y la «esposa del Cordero»

Lunes, 6 febrero, 2012

Seguimos con temas relacionados con la Iglesia:

Según el Evangelio de Juan, los creyentes en Jesucristo, Hijo de Dios, conforman una comunidad de amigos, que se mantienen unidos, como sarmientos a la vid, por el mandamiento nuevo del amor, cuya fuente y modelo está en la entrega de su vida que hizo Jesús. Al igual que Jesús, los discípulos son consagrados mediante el amor y el Espíritu Santo, para ser enviados al mundo. La unidad de todos los creyentes se fundamenta en la oración de Jesús, que pide al Padre que sean una sola cosa, participando en el mismo dinamismo de amor que constituye la comunión entre Él y el Padre.
Para el autor del Apocalipsis, la comunidad de los fieles sigue a Jesús, el Cordero sacrificado pero ahora vivo, sin componendas con el poder idolátrico, hasta el martirio. Sobre el trasfondo de la nueva creación, el profeta de Patmos imagina a la Iglesia como una esposa preparada para las bodas del Cordero. La compara con la nueva Jerusalén, que desciende del cielo para ser la morada de Dios entre los hombres.
Justamente por ser la esposa del Cordero, la Iglesia es necesaria para encontrar y acoger a Cristo con el corazón y en la vida. En la comunidad que escucha y proclama su palabra, que celebra los sacramentos de la salvación, que vive y testifica la caridad, es Él quien se hace presente, a pesar de los pecados y de los antitestimonios de los hijos de la Iglesia. Una comunidad de rostro humano, acogedora, de fe viva, capaz de irradiar la alegría del Evangelio, viene a ser realmente, en relación con el Señor Jesús, como la luna respecto al sol: recoge de Cristo, verdadero Sol, los rayos de la luz que ilumina el mundo y los proyecta generosamente en la noche del tiempo. Así lo percibía y representaba la fe de los más antiguos escritores cristianos:
 Esta es la verdadera luna.

De la inagotable luz del astro fraterno
obtiene la luz de la inmortalidad y de la gracia.
La Iglesia, en efecto, no reluce con luz propia,
sino con la luz de Cristo.
  Toma su esplendor del sol de justicia,
para luego poder decir:
Vivo, pero no soy yo quien vivo,
¡sino Cristo quien vive en mí!
(San Ambrosio, Hexamerón 4, 8, 32).

Fuente: Cartas a los buscadores de Dios, de la Conf. Ep. Italiana

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