Del “ensayo general” al directo

Miércoles, 1 febrero, 2012

En la meditación de esta semana, con la ayuda de la liturgia, nos detendremos en estos ­tres personajes: el rey David, Herodes y el endemoniado de Gerasa.

El rey David cada vez me cae mejor. Esta vez le vemos huyendo de Jerusalén traicionado injustamente por Absalón. Es de noche. Y mientras sube por la ladera del monte de los Olivos, con gesto penitente “llorando, la cabeza cubierta y los pies descalzos”, un hombre del clan de la casa de Saúl se acerca y comienza a tirarle piedras y maldecirle: “¡Vete, vete, asesino, canalla!”… Abisay, amigo del rey, quiere defenderle con violencia, pero David le reprende: “Déjale que maldiga, que, si el Señor le ha mandado que maldiga a David, ¿quién va a pedirle cuentas?” David contrito, ve en esa humillación algo querido por Dios, un remedio a los males que padece… Tras aquel “ensayo general”, tendrán que pasar mil años para que en aquel mismo lugar una noche aciaga se verificase la representación definitiva de la escena: Jesús, el Rey de los Judíos, yace, con gesto penitente, postrado en tierra, cubierto de un sudor sanguinolento por la angustia con que sufre inocente por nosotros. Al verse cercado, esta vez será Simón quien escuche aquella misma reprensión: “Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado mi Padre ¿no la voy a beber?” (Jn 18, 11).

Un último punto sobre el rey David. Cuando por su pecado de vanagloria, el pueblo entero fue asolado por la peste durante tres días, David no pudo contenerse y grito: “¡Soy yo el que ha pecado! ¡Soy yo el culpable! ¿Qué han hecho estas ovejas? Carga la mano sobre mí y sobre mi familia.” David era un rey pastor y amaba a sus ovejas. Entonces, Dios dijo al Ángel: “¡Basta! ¡Detén tu mano!” Hasta aquí el “ensayo general”. Habrá que esperar a que otro Rey y Buen Pastor, Jesús, esté dispuesto a dar su vida por sus ovejas. Esta vez serán nuestros propios pecados los que desencadenen el sufrimiento, la muerte, y la condena  del Pastor Inocente que carga sobre sus hombros la oveja perdida, y reclama para sí el castigo: “Si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos” (Jn 18, 8) “¡Soy yo el que ha pecado! ¡Soy yo el culpable! ¿Qué han hecho estas ovejas? Carga la mano sobre mí y sobre mi familia.” Como entontes, ahora, las ovejas, fuimos absueltas al tercer día, según lo había ensayado David. Ahora ya estamos en “directo”: el sufrimiento y la muerte recaen también “sobre su familia” haciéndose redención y vida. A esta “Familia” pertenecen María, Juan, los santos de todos los tiempos, y tu y yo si queremos unirnos por la gracia a su Sacrificio Redentor.

El viernes veremos a Herodes, un rey que “respetaba a Juan (…) y lo defendía. Cuando lo escuchaba, quedaba desconcertado, y lo escuchaba con gusto”. Herodes es una figura muy actual. Acaso no actuamos como él muchos cristianos “practicantes”, incluso podríamos decir más: “comprometidos”. Acaso no “escuchaba con gusto el sermón siempre que podía. No, no es de los que se duermen o distraen, al contrario, “cuando lo escuchaba, quedaba desconcertado”, absorto, con la boca abierta. Pero ¡si hasta se emociona! Y luego al salir, no es de los que se acobarda, no, ahí lo tenéis “lo defendía” a capa y espada… “Lo respetaba”, pero lo encarceló. “Lo escuchaba con gusto”, pero en un calabozo. Y cuando Juan le decía que no le era lícito estar con la mujer de su hermano, seguro que “quedaba desconcertado” y asentía… Pero después volvía al lecho que aquella mujer le había calentado. Sí, “lo defendía”, pero lo mandó decapitar. Herodes se comía a los santos… Y de paso alguna que otra mujer de buen ver. Pero eso si, su “opción fundamental” se mantenía como el primer día, y ahí le tenéis de nuevo al día siguiente escuchando a Juan y asintiendo a aquellas cosas tan bonitas… Hemos de escuchar y meditarla Palabra de Dios; defender el nombre de Cristo, alabar los sermones o besar los santos, pero lo que es ineludible ¡es convertirse!, ¡romper con el pecado! Y luego ponerse en marcha y buscar a los demás, y vivir las obras de misericordia, y fregar los platos… ya me entiendes.

Por último tenemos al endemoniado de Gerasa. “Mientras se embarcaba, el endemoniado le pidió que lo admitiese en su compañía”… Aquel hombre ha quedado deslumbrado, por Alguien que iluminará su vida ya para siempre. “Pero no se lo permitió, sino que le dijo: – «Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia»”… No lo olvidemos, no es esto o aquello, no es lo que me apetezca o lo que me disguste, no es aquí ni allá… Es lo que Dios quiera; eso es lo que nos hace santos. Buscar, amar y hacer la voluntad de Dios, ahí está el secreto de la santidad.

María ayúdanos a no confundir “lo que Dios quiere” con “lo que me apetece”,  y a buscar la ayuda de un buen director espiritual… Por cierto, ¿lo tienes?

About these ads

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 523 seguidores

%d personas les gusta esto: