Nos falta algo

Martes, 24 enero, 2012

Alguien me comentó, con cierta preocupación, que su novia no rezaba. No lo hacía porque, según ella afirmaba, no necesitaba de nada, lo tenía todo. Esto me trajo a la memoria el siguiente relato:

Cuentan la historia de una rueda a la que le faltaba un pedazo, un trozo triangular. La rueda quería estar completa, sin que le faltara nada, así que se fue a buscar algo con lo que rellenar lo que le faltaba. Pero como estaba incompleta y solo podía rodar muy despacio, reparó en las flores del camino, se entretuvo charlando con los pájaros y disfrutó de los rayos del sol. Encontró montones de piezas, pero ninguna encajaba bien, hasta que un día halló una pieza que le venía perfectamente. Entonces se puso muy contenta, pues ya estaba completa, sin que nada le faltara.

Se colocó el fragmento y empezó a rodar. Era una rueda perfecta y que podía rodar con mucha rapidez. Tan rápidamente, que no veía las flores ni charlaba con los pájaros, ni disfrutaba de los rayos del sol. Cuando se dio cuenta de lo diferente que parecía el mundo cuando rodaba tan aprisa, se detuvo, reflexionó y decidió dejar en la orilla del camino el pedazo que había encontrado y se alejó rodando lentamente.

Y es que, por alguna misteriosa razón, nos sentimos más completos cuando nos falta algo. Leer el resto de esta entrada »

Atender al visitante inoportuno

Martes, 24 enero, 2012

Tras la buena aceptación de la última anécdota de Leo J. Trese, aquí os relato otro suceso narrado por este buen sacerdote:

Era un hombre pequeño, de cara redonda y trabajaba como representante comercial del ramo de los extintores. Yo no necesitaba ninguno y estaba a punto de partir para un partido de golf. Le dije caballerosamente que no necesitaba nada, pero él insistía en entrar: “será cosa de un minuto…”
—¿No le he dicho que no me interesa? No necesito nada, es inútil que perdamos el tiempo, váyase.
Se volvió, dio un portazo y vi que bajaba las escaleras.
Entonces fue cuando reparé en el remiendo en la espalda de su abrigo, en sus tacones comidos y en que necesitaba un buen corte de pelo. Me impresionó el pequeño remiendo: éste, y la gracia de Dios, puesto que soy de natural poco dado a generosos impulsos. Renuncié, por tanto, a la cita de golf (me pareció que iba a llover), lo llamé y traté de mostrarme como un caballero, dándole mis excusas. Vio lo que teníamos en casa y comprendió que estábamos bien abastecidos. Luego, mientras fumábamos, charlamos un rato. Me dijo que vivía en un estado próximo, con su mujer y cuatro hijos. Que su mujer era católica y que él estaba aprendiendo el catecismo para ser pronto bautizado. (¡Qué vergüenza sentí!). Tímidamente le puse un rosario en sus manos.
Desde entonces soporto mucho mejor a los representantes y a las llamadas inoportunas. Cada vez que mi natural impaciencia se agitaba no tengo nada más que invocar aquel remiendo.  (Tomado de Leo J. Trese, “Vasija de barro”, p.60.)

Tenemos motivos para mantener la esperanza. La Gracia de Dios nos salvará, solo ella puede sacarnos de nostros mismos, y llevarnos a resultados insospechados. Ya sabes: de que tu y yo nos portemos como Dios quiere dependen cosas grandes…

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