Terminamos, por ahora, con esta serie de temas sobre el relativismo. Y terminamos con una afirmación que está en el corazón del problema del relativimso:
Quien piensa que existe una verdad, y que esa verdad se puede alcanzar con certeza aun en medio de muchas dificultades, y quien piensa que la naturaleza, y el propio hombre como parte de la naturaleza, tienen una finalidad que no se ha inventado el hombre, está aceptando la existencia de una inteligencia superior, está afirmando la existencia de Dios.
Que exista un fin último objetivo, ajeno a la voluntad del hombre, presupone la idea de un Creador. Por el contrario, aquello que es fruto del puro azar o de la casualidad no tiene fin, no tiene objeto, esto es, no tiene causa final. El error fundamental de la Modernidad fue, precisamente, la negación de la causalidad final. Desde el siglo XVII, el conocimiento del hombre y del resto de la realidad se ha limitado a ser un conocimiento del cómo, pero no del para qué. Y es lógico, pues qué sentido tiene, por ejemplo, preguntarse sobre el para qué de un montón de trapos arrojados ciegamente en un vertedero sin orden ni concierto. El preguntarse sobre el para qué de algo presupone una inteligencia que haya lanzado ese algo a la existencia y le haya destinado a un fin. La causalidad final de algo presupone, por definición, la de una inteligencia que destine ese algo hacia un objetivo. Leer el resto de esta entrada »

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