En el centro del drama humano se encuentra una mujer embarazada. La historia de la humanidad está fechada en el nacimiento de su bebé.  De algún modo ella es el Adviento personificado. Te has dado cuenta que nadie es más paciente que una mujer embarazada. El bebé no puede ser adelantado. Esperar es lo único que puede hacerse. 

La voluntad de Dios, los caminos de Dios, el plan de Dios no puede ser adelantado. Su tiempo no es como nuestro tiempo. Dios no usa un reloj ni usa una agenda diaria. Dios tiene visión a largo plazo. En el Jardín del Edén, cuando su proyecto de vida y amor se vio frustrado, ya empezó a soñar con una “nueva Eva”, una mujer que heriría a la serpiente en la cabeza. 

Nada transforma una vida más que el nacimiento de un bebé. Una mujer se transforma en una madre, un hombre en padre, un niño o una niña se convierten en un hermano o una hermana. Sus vidas ya no son lo mismo. Nadie ha transformado la historia más que aquel Niño concebido por el Espíritu Santo en el vientre de aquella mujer, nuestra Madre, la Santísima Virgen María. ¡A Él le adoramos! ¡Ella nos encanta!

¡Una buena noticia! ¡Está embarazada! Su nacimiento está muy cercano. ¡El cuarto del bebé -el corazón- debe estar ya listo! La vida nunca será la misma. ¡Dios te salve María, llena eres de gracia! ¡Venid, adoremos!

¡La Vida pudo más que la muerte!

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