
Seguimos con nuestra serie
sobre el relativismo. Hoy nos planteamos en qué consiste la “dictadura del relativismo”.
Kelsen, ardiente defensor del credo relativista, no duda en condenar a todo aquel que pretenda negar la postura que él defiende. Según él, no hay más remedio que estar a lo que digan las mayorías, sea lo que sea, porque no hay otro criterio más justo que ese. Pero, entonces lo único que cuenta es el poder del más fuerte, del que sabe disponer la mayoría hacia sus propios intereses.
Sin embargo, en contra de Kelsen y de la postura relativista, podemos decir que únicamente sobre la base de un criterio común, que trascienda la voluntad individual, es posible un discurso público racional que permita justificar la validez de unos comportamientos y la prohibición de otros. Sobre esta base no habría lugar para una mera retórica de intereses, sino para un discurso verdaderamente racional, donde unos argumentos valdrían realmente más que otros, precisamente porque son más fieles a la realidad que otros. Donde no hay posibilidad de argumentar sobre algo que precede y vincula la voluntad de los interlocutores, no habría más que conflicto de intereses, en el que se impondrían aquellos que fueran expresados con mayor energía. Aunque a nadie se le antoja ya que las normas elaboradas por un Parlamento democrático sean fruto de un diálogo razonado donde terminan imponiéndose las razones mejor fundadas, la democracia teóricamente vive de la confianza en la posibilidad de un entendimiento racional. Desde la perspectiva relativista no habría propiamente un bien común objetivo, sino intereses mayoritarios, que por otra parte serían inducidos, y manipulados en su expresión, por los medios de comunicación dominantes. La opinión publicada se identifica entonces con la opinión pública, y ésta, a su vez, con el interés general, con lo que al final las fuentes del derecho se mantienen siempre dentro de los grupos de presión dominantes. Leer el resto de esta entrada »
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