Elegir carrera

Sábado, 17 septiembre, 2011

 

Fuente: Miguel Aranguren | www.miguelaranguren.com

A pesar de que atisbamos su volumen entre las sombras, hay dramas sociales que preferimos ignorar hasta que, de pronto, se yerguen como monstruos en los que bombea la sangre de nuestra indiferencia. Es el caso de la situación cultural española, de la que hoy nos lamentamos porque ha desdibujado la fisonomía moral de nuestro país, que siente desapego por la belleza y desprecio hacia la verdad, únicas razones que justifican cualquier manifestación intelectual y artística.

El catálogo de las editoriales y los podios de los premios literarios están saturados de novelistas descreídos, descorazonados, que sin embargo reciben nuestros laureles porque así lo ha decidido el beneplácito de los muñidores culturales. Lo mismo ocurre con el cine, la pintura, la música y cuantas manifestaciones pretendidamente sublimes saquemos a la palestra. Otro gallo nos cantaría si, en los años de formación de la generación que hoy tiene de cuarenta a sesenta años se hubiese considerado la plástica como fundamento para la formación humana y profesional. A quienes mandaban en aquel momento (en el ámbito familiar, universitario y administrativo) les asustaba que sus hijos, alumnos y ciudadanos ejemplares pudiesen ser abducidos por quimeras bohemias que conducen al desencanto y el hambre.

Durante estas semanas de junio, los alumnos de Bachillerato están decidiendo –a partir de la media de sus calificaciones– el destino que darán a la etapa universitaria. Por desgracia, la mayoría de ellos no pretende satisfacer una llamada vocacional ni la curiosidad del aprendizaje. Sólo, como por osmosis, cumplir un expediente entre bostezo y bostezo. Ni siquiera el miedo a esta crisis, que está enviando al banquillo del desempleo a tantos hombres y mujeres que cambiaron la fascinación de la aventura por la seguridad de un empleo gris, les ayuda a observar el futuro como un libro que invita a caligrafiar algo distinto, fascinante.

Mis hijos aún son pequeños y espero no inmiscuirme jamás si entre sus pulsos palpitara un afán profesional distinto al que yo pueda desearles. En todo caso, me escuchan hablar de aquellas profesiones que, por enamorado de mi país y su difícil devenir, exigen el compromiso de estudiantes de primera fila y no el de renegados a los que no les da el coeficiente mental o la diligencia. Me refiero a las Humanidades. Porque bastaría un buen puñado de filólogos, historiadores, filósofos, maestros, periodistas y artistas de calidad para que España enderezara de nuevo el rumbo e iluminara todos los rincones de la cultura.

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